Errores de Juicio #3
Paso el resto de la tarde ayudando online a Lily y Stephen, en la Fundación, a componer un manifiesto de misión y visión que planean repartir en todos los países que tenemos alcance: habrá una presentación a la prensa, además.
Claudio llega a instalarse en la oficina, hacer un show por mi cara, protestando que mi rostro es uno de sus mejores assets, que Instagran me ama y tengo que cuidarme; incluso insinúa cosas sobre no dejarme salir a jugar.
Trabajamos un poco y me hace preguntas para la minibiografia que está preparando sobre mí: la necesita para la entrevista GQ sobre los “hombres del holding Wexstone” que planea armar a fin de mes.
Creo que hasta ha conseguido el auspicio de diseñadores.
¿A quién engaño? Me gusta la idea de pavonearme un poco…
Sebastian llega a buscarme a las siete, y lo veo dejar en la oficina una bolsa de viaje floreada, lo que me da muy mala espina.
—¿Milly se va a quedar en el penthouse? —pregunto, sintiendo un deseo irrefrenable de instalarme como un poste a custodiarla. No es que necesite que yo la custodie. Es más, con lo fácil que es, seguro la muy cerdita le salta encima a esa ensalada de bíceps.
—Eso creo —dice Sebastian, revisando el refrigerador y dejando yogur y algo emplasticado—. Tienen que ir a unas reuniones bancarias muy temprano.
—¿Y tú crees que logre sacarse al australiano de encima para levantarse a las ocho?
Sebastian cierra la puerta del refrigerador demasiado fuerte, haciendo tintinear los vasos en la encimera.
No dice nada, pero cuando se endereza casi pienso que me va a emparejar la cara.
Y qué culpa tengo yo. Ya sé que por ley de probabilidades cada vez que algo pasa es mi culpa, pero de esto sí que realmente me lavo las manos.
—Si la señorita disfruta la compañía de Anthony Curtis, es su decisión y no hay más que decir —me suelta estiradamente. Me cruzo de brazos mientras él apaga las luces y hace amago de pastorearme al estacionamiento.
—Ah, ¿si a Milly se le antoja, tú se lo consigues si hace falta? ¿Lo vas a buscar al aeropuerto con koalas y todo? ¿Le compras condones de canguro…? —le tiro.
—Por algo lo tolero a usted —gruñe, subiéndose al Volvo y echándolo a andar antes de que yo siquiera me acomode bien atrás. Le gusta tanto sacudirme como una pelota manejando que estoy seguro de que es una sublimación homosexual de su agresividad.
Se lo digo.
Esa noche se larga a llover como la ira de Dios: Maddie ha puesto una película y no se queda tranquila hasta tenerme con los analgésicos, popcorn y chocolate caliente frente al televisor, y la acompaño durante su romcom (con ella babeando a Antonio Banderas).
Maddie da un gritito, se vierte el chocolate y se aferra a mi brazo durante la escena de susto; se ve tan contenta con mi compañía que me relajo un poco.
El analgésico hace su efecto. Si Helena no me hubiera enviado otra de sus malditas fotos (con un corazoncito y diciendo “la pasamos bien los dos, ¿no?”) y si Milly hubiera estado en casa, todo habría sido perfecto.
Le mandé un mensaje preguntándole si llovía igual en Manhattan.
No me respondió.
—Hoy llamé a Tessa a la Fundación, para desearle feliz cumpleaños —me comenta Maddie tras que Antonio Banderas corra románticamente a la estación de trenes y vuelva a seducir a la actriz—.
Tessa empezó como mi secretaria, ¿sabes?
Ahora es tu agregada gubernamental. Están muy contentos contigo en la Fundación.
Dicen que eres realmente muy empático y amable…
estás haciendo un buen trabajo. Yo no lo haría mejor.
—Gracias, Maddie —le digo. Me conmovería si no fueran justo sus ideas las que uso.
—José también me dijo que siempre apoyas a Milly en las reuniones, y eso…
mira, no se espera que vayas a todas. Milly hace muchas, le gustan, pero no es necesario que te agotes yendo a Manhattan y vuelta a Clayton y Providence.
Me alegra que la acompañes, pero la Fundación está haciendo un trabajo tan importante y necesita guía, así que…
no tienes que forzarte tanto, mi amor. Con que vayas una vez al mes está bien.
Estás ojeroso, no me gusta eso —dice dulcemente, besándome la frente.
Ahí sí me derrito; cuando me abraza, me dejo acariciar como el gato que soy: poco me falta para frotarme en su pecho, inhalar ese perfume mágico y sentirme… sí, cuando ella me besa como a un hijo, me condenaría por esa sonrisa.
Hay un parpadeo en la luz sobre nuestras cabezas y, de repente, se corta. Maddie da un gritito y se pega a mi pecho. Me enderezo en el sillón, oyendo a Miriam gritar de susto en la cocina, pero un momento después suena la voz de Sebastián.
—La calle tiene luz, quizá se ha recargado la red… voy a asomarme a tratar con el medidor central —dice con esa calma suya—. Por favor, señor Evan, quédese con la señora —me conmina, como si yo fuera a tener una chance de soltar a Maddie colgada de mí como un pulpo.
Hay unos minutos en que la lluvia parece sonar más fuerte, más amenazante; luego vuelve la luz y Maddie al fin me deja con una risita nerviosa.
—Me dan miedo esas cosas… —susurra, pero entonces veo a Sebastian regresar, goteante, con la cara muy seria y algo en la mano. Tiene pétalos de los rosales de Maddie pegados con agua al pantalón.
—Alguien bajó el interruptor en la entrada. La verja estaba abierta.
—¿Pero cómo…? —musita Maddie, llevándose las manos a la cara—. ¿Fue una broma? ¿Algo así?
—Me temo que no es una broma, señora Madeleine —dice Sebastian, sombrío, y extiende el papel mojado sobre la mesa.
Los dos nos acercamos, y siento que me brotan unas ganas homicidas desde lo más hondo.
Son honestos RECORTES (de verdad, RECORTES de revistas, con lo que debe costar encontrar una revista impresa hoy en día): recortes de letras pegados pacientemente en un papel para crear un anónimo como los de las películas.
Es una IDIOTEZ. Es una burrada tan absurda que tengo tantas ganas de reírme como de romper algo.
Maddie da un gemidito horrorizado, pero yo leo la carta, mojadita y con letras faltantes:
“SE PeRFECTAmenTE Lo Que Estas HACIENDo y NO te DEJArE SalIrTe (faltan dos letras) N lA tuya. Tus MeNTIrAs SALdrÁN A LA Luz. ToDOS SabrÁn Lo Que EREs”
No sé qué tipo de persona hay que ser para tener DOS chantajistas detrás; alguien debería darme un premio.
Máxime cuando, aparte de Helena, éste es una abuelita o una niña de diez años.
Maddie se estremece de revulsión, pero Sebastián me mira como si yo tuviera la culpa de algo, y yo… no sé qué decirle.
Miriam acuesta a Maddie con mucho chocolate caliente; la oigo llamando a alguien, seguro a alguna de sus amigas. Sebastián se sienta en la cocina conmigo, y cuando lo veo ir por una taza de café, me dan unas ganas irrefrenables de un whisky, pero me contengo.
—¿No hay cámaras o ya lo habrías mencionado, verdad?
— El señor Wexstone nunca quiso poner cámaras. Le disgustaban, y a la señora Madeleine también.— suspira Sebastian. — Lo siento. No es mucho para llamar a la policía o a un abogado…
—Freddie —digo con convencimiento—. Tiene que haber sido Freddie.
—¿Lo están chantajeando? —Sebastián hace una pausa mesurada, revolviendo su café con una cucharita diminuta que se ve ridícula en su manaza—. ¿Por eso andabas consiguiendo dinero antenoche?
—No se lo digas a Milly.
—No le dije cuando debí —dice él, mordiéndose el labio—. Ahora sonaría a que te estaba encubriendo. Y realmente no necesita más problemas. ¿Crees que es Frederick Courtland entonces?
—¿Quién más podría ser tan infantil? Mi tía Gertrude sabe, pero no me la veo saltando la verja en la lluvia…
—El señor Frederick tampoco. Seguro han mandado a alguien —dice Sebastián sombríamente—. ¿Cómo puede ser que no lleve dos meses acá y ya tenga más de un enemigo?
—Soy así, especial —gruño, hundiendo la cara en los brazos cruzados—. Al menos este no me pide dinero ni…
—¿Quién le pidió dinero?
Lo miro a los ojos. Aún tiene el pelo mojado, y se ve tan preocupado que siento un extraño alivio de ver a alguien disgustado por mí, no sólo conmigo.
—Helena, la novia de Tom Redford. Es una escort que iba con frecuencia a verme al club. Tiene fotos mías. Bastantes. Amenaza con hacerlas virales si no le doy dinero y me caso con ella cuando reciba mi herencia. Como soy tan guapo, no le costaría mucho…
—Pero ¿cuando reciba su herencia…?
—Encontraré cómo cerrarle el pico, por supuesto. ¡No pienso casarme con ese esperpento!
—¿No estará haciendo todo este show sólo porque está enamorada de usted?
—Me importa un carajo si lo está haciendo por inspiración divina. Pero ella me inquieta mucho más que esta estupidez de carta.
—Hace falta paciencia y determinación para esto —dice él, tocando el papel mojado—. Alguien lo detesta de verdad.
—Sí, bueno, que se ponga a la fila y saque un numerito. Me enfrenté a las tríadas chinas, puedo enfrentarme por alguien que recorta Cosmopolitan. Y, Sebastián…
—¿Sí?
—¿Puedes conseguirme municiones para mi Glock? —digo, echándome a la boca un cubo de azúcar y masticándolo—. No me asustó la mafia china; no me va a asustar un chantajista que aún lee revistas de moda.