Errores de Juicio #2
Milly se ve desconcertada mirándome por un segundo, pero luego parece asentir para sí, y sin más se larga con el tropel de inversores como una profesora de kínder con niños, el más grandote de la manito. Grr.
Me meto en la oficina de Milly, ya que aún no hemos elegido una oficial para mí. Tiro mi abrigo a un rincón y me echo en el sillón frente al ventanal, aflojándome la corbata con irritación. Me estoy portando como un ridículo.
—Sabes, no tenías que quedarte para complacerme, pero lo agradezco —dice la voz de Helena, y yo cierro los ojos preguntándome qué más puede salir mal hoy.
—No me quedé por eso. Te mandé la transferencia temprano.
—Fuiste muy generoso. Pero ya sabes que tu mayor talento es otro…
—agrega, sus manos yendo a mis hombros, a mi cuello desde detrás, como tenazas de una langosta.
Sé que no debo resistirme; sé que tengo que seguir engañándola, que tengo que mantener la charada que sé que puedo actuar sin problemas —lo he hecho por años—, pero de repente me apetece tan poco.
¿Será lo falto de sueño que estoy, el puñetazo de Sebastian, todo lo que salió mal anoche?
—¿Dónde está Tom? —pregunto con aspereza, aferrando su mano antes de que me pellizque el pezón por dentro de la camisa.
—Se fue a encargar almuerzo para ti, para nosotros… Creo que el mocoso de pelo rizado igual se quedó.
—Se llama Frederick Courtland.
Helena hace un gesto de que no le importa y mete la lengua en mi oído. La aparto de un tirón.
—¡No aquí! ¿Cómo se te ocurre…?
—Tengo ganas, y tú eres de mi propiedad ahora —dice con una risita que no es suficientemente alegre como para convencerme de que es una broma—. Vamos, rápido…
—¡Es la oficina de Milly!
—¿Y eso qué importa? ¿Tú crees que ese australiano de cien kilos no la va a doblar sobre este mismo escritorio más tarde? ¿No viste cómo la miraba? No que ella se vaya a quejar… Ninguna mujer se quejaría, excepto de gusto…
Me levanto y la aferro del brazo para sacarla de la oficina, pero Helena malinterpreta mi gesto, y cuando la empujo hacia la puerta, planta las manos en la superficie como un gato enojado y proyecta las nalgas contra mi entrepierna.
Ah, qué diablos. Al menos esta es una mujer que me desea, aunque sea un diablo. ¿Supongo que estoy condicionado como un perro de Pavlov a responder cuando una mujer me demanda? Deformación profesional, le dicen.
Apenas aparto algo de ropa del camino: la conozco lo suficiente para que incluso vestidos y de pie, la haga disfrutar, mordiendo mi brazo apoyado en la puerta.
Tengo que taparle la boca para que no se oigan sus gritos: siempre fue escandalosa, y me muerde la carne entre pulgar e índice, pero el roce se mezcla con mi enojo y sí, disfruto su deseo, su placer, la presión…
la volteo y la arrojo sobre el sillón, doblándola sobre el respaldo, y cuando me aferra con las piernas pienso que me encantaría haberme follado a Milly en esta oficina, despeinarla sobre sus gráficos, arrugar esa prístina blusita blanca…
Tal vez ese australiano sí sepa dónde está el clítoris y gima para él tan dulce como gimió para mí.
—No sé si prefieres el plato italiano porque no hay queso real… ¡Oh, perdón! —exclama Freddie.
Se queda ahí, aferrando los dos contenedores que humean dulcemente, uno con pasta y otro con arroz y camarones, mirándonos con ojos como platos.
Esta zorra no cerró la puerta.
Y ahora comprendo que fue a propósito. Quiere que nos descubran: quiere empezar la farsa de nuestro romance desde ya.
Y yo caí como un imbécil.
Ella hace el show de vestirse apresuradamente y salir a la carrera, y me deja ahí, húmedo, jadeante y absolutamente furioso, enfrentando a un Freddie que no parece capaz de hilar dos palabras.
—¿…Ésa… no es la novia de Tom Redford…? —murmura, dejando la comida en una mesita como si fueran dos bombas.
—Sí —digo, y porque no se me ocurre otra cosa, añado mientras me abrocho los pantalones—. Vino a almorzar con él hoy.
—Ah —dice Freddie, retorciendo la punta de su corbata en el dedo—. Uhm… todos decían que habías cambiado, pero…
—Freddie, guárdatelo —digo ferozmente, agarrando una botella de agua y vaciándola. Por Dios, me detesto a mí mismo a veces.
—Bueno, asunto tuyo. —Freddie echa los hombros atrás, y puedo ver que mi espectáculo lo hace sonreír, porque lo hace sentirse mejor consigo mismo. Seguramente su madre había estado haciendo comentarios peyorativos comparándonos—. Yo no voy a andar de chismoso por ahí, pero Redford…
Se interrumpe cuando tocan la puerta, y se asoma un desconocido: muy mayor, calvo y con barba blanca; pequeños ojos castaños, muy vivaces.
—¿Señor Wexstone? Me llamó la señorita Milly. Soy Findlay, el doctor de Recursos Humanos. Me dijo que era posible que tuviera una neuralgia por un traumatismo encefalocraneano. ¿Me dejaría chequear?
—Qué linda es Milly contigo —bufa Freddie, tan celoso como estaba yo hace una hora.
Francamente, entre las rabietas, el orgasmo perdido y la falta de sueño, sin contar el puño de Sebastian, la cabeza se me parte, y dejo que Findlay —que parece un perfecto Santa Claus panzón y risueño— me toquetee, haga ruiditos como un escáner humano y luego me alargue una tira de analgésicos y unas pastillas para dormir.
—Si está sufriendo insomnio, una de estas después de una buena cena. Un buen descanso es la raíz de la salud. Un analgésico cada ocho horas. ¿Y qué le pasó en el pómulo?
—Una puerta de auto —musito, los ojos cerrados. Qué paternal se siente su mano en mi cabeza.
—¿Y hay posibilidades de que vuelva a discutir con esa puerta de auto? —me pregunta tranquilamente. Al fin sonrío.
—No, espero que no.
—Eso está muy bien, porque la señorita Milly estaba muy preocupada por usted. ¿Se irá solo a casa o lo vendrá a buscar un chofer?
—Llamaré. Gracias, doctor Findlay.
—¿Tiene alguna preocupación de corte personal que comentarme? Estoy disponible para toda consulta. ¿Todo bien en el departamento romántico?
Freddie emite un gorgorito en el otro extremo de la oficina, donde se está comiendo los camarones.
—Nada más, gracias, doctor Findlay.
—Llámeme Ian, y recuérdele a la señorita Milly que es hora de su chequeo anual cuando la vea.
—Lo haré.
Me como la pasta y entretengo un poco a Freddie, que no ha cambiado su desagradable mirada de superioridad moral. Pero necesito que no abra el hocico, así que me esfuerzo en ser tan simpático como puedo y achaco lo de Helena a “un desliz que la chica llevaba tiempo buscándome”.
—Es que tiene sentido. Vas a ser un soltero muy codiciado, con toda la fortuna Wexstone a la espalda…
La gente había dejado de preguntar por ti.
La verdad, yo pensé que te habían matado las drogas y por eso nadie te mencionaba, pero ahora…
bueno, vas a tener a quien quieras. No sé si te han dicho que hay una fiesta que arma Richard todos los años, con barbacoa y todo eso, en su casa, y se llena de debutantes…
No sé cómo Richard no se cansa de perseguir a Milly y se busca una, si se le echan encima como palomas a las migas…
así que si sientes que te hace falta, bueno…
—agrega con un encogimiento de hombros y un trago de la botella de agua que portaba—. Son fáciles. Te las presento.
Me negaría, pero es más fácil asentir: me está doliendo mucho la cabeza. Me devoro la pasta y añado el analgésico, levemente más animado con la comida
Al menos Milly se preocupa por mí lo suficiente como para mandarme un médico.
Freddie intenta ser un amigo, aunque más no sea en honor a nuestra amistad de infancia, y se lo debo. Casi lamento haberle pegado tanto, pero era un niño tan cargante.
—¿Todavía estás aquí? Pensé que ya te habías largado a hacerte el lindo a la Fundación —dice Dickie, entrando.
A éste sí lamento no haberle pegado más, vaya.
—¿Cómo estuvo el almuerzo? —pregunto.
—Nuestra irresponsable jefa se largó a pasear al australiano por la ciudad, como sugeriste, mientras el resto intentamos hacer nuestro trabajo —dice, dejándose caer en el asiento principal frente al escritorio, que ni Freddie ni yo habíamos ocupado—.
Noté que no te gustó tampoco que traiga extraños a la empresa. Es raro que estemos de acuerdo, pero…
—Milly sabe lo que hace; ella tiene todos esos estudios. Y no entendí todo lo que propusieron, pero sonaba muy inteligente.
—La verdad, tanto Armando como Tom, José y yo estamos un poco cansados de las manías de Milly. La empresa funcionaba perfectamente con tu padre y nunca hizo tantas reuniones ni tantos cambios; veníamos una vez al mes y ya…
—La muerte de Mr. Wexstone hizo caer un poco las acciones, Dickie. Mi mamá estaba preocupada.— interrumpe Freddie
—Pero ya han subido, ¿no? —pregunta él.
—Probablemente porque Milly no para de trabajar.
—Yo creo que han subido naturalmente. Tu regreso también ha tenido cierto impacto, no hay que negarlo —dice, dirigiéndome una sonrisa ancha y amistosa, tan falsa como el montón de forros de porcelana que tiene, con dientes del porte de chiclets—.
Tengo una fiestita este finde; es en mi casa, en los Hamptons, van unas amigas…
se supone que es el aniversario de mis padres pero igual hago mi propia fiestita luego.
¿Por qué no vas? Quizá empezamos con mal pie, pero…
Diablos.
Tengo tantas ganas de pasar tiempo con Dickie como de rascarme los ojos con una navaja. Por otro lado, por la cara alarmada de Freddie, de verdad creo que este imbécil está pensando hacer algo contra Milly, una toma de poder hostil o quién sabe qué… no vendría mal enterarme.
Y además se supone que tengo que lograr que el board me apoye, eventualmente.
—Cuenta conmigo.