Esclavo Tuyo Errores de Juicio
37%

Errores de Juicio

—Me di con el mueble de la cocina. Ya sabes que soy torpe…

Maddie no me deja levantarme de la silla y mantiene el pack de arvejas congeladas sobre mi pómulo hinchado, haciendo ruidos gallinescos. Ha gritado al verme.

Hemos perdido el tren de la mañana.

Milly, que corrió a buscar crema y analgésicos al ver mi cara, está detrás de Maddie con ellos en las manos, pasando de un pie a otro, toda amor y solicitud.

Sebastian, que se acaba su café con una cara de palo notable, me echa una ojeada que parece preguntar cómo un gusano como yo puede haber acabado en su mesa de desayuno.

Pero mientras las chicas me atienden —e incluso intentan darme las tostadas en la boca, con muchas caricias de pelo y sonidos de conmiseración—, le saco la lengua.

—¡Deberías reposar hoy! ¡O hacerte un escáner cerebral, si te has hecho daño! —los gemiditos de Maddie me tocan el corazón, pero me trago la pastilla analgésica que me alarga Milly y le sonrío.

—No ha sido nada, de verdad… — insisto.—Estoy bien, tenemos que irnos…-

—Sebastian, ¿puedes llevarnos ahora? Tengo una reunión a las once, el nuevo inversor… Evan, ¿seguro que te sientes bien como para asistir?

—Tengo que ir, le prometí a Claudio reunirme con su team. Pero me tendrá que tomar las fotos de lado… —agrego.

Nadie se ríe de mi chiste, y cuando Sebastian acelera llevándonos a la empresa poco después, miro de reojo a Milly, que se ve distraída, la vista en los bellos campos llenos de niebla dorada de la mañana alrededor de Providence.

Lleva un traje chaqueta muy elegante, con detalles en terciopelo blanco, y la verdad, se ve tan absolutamente formal que me dan muchas ganas de despeinarla, arruinarle el labial rosa y ver si puedo lograr que maúlle como gatita de nuevo.

Claramente Sebastian no me ha traicionado. Pero no creo que sea por simpatía hacia mí, sino más bien por no estresarla. Ahora recuerdo que me dijo que ella había tenido un mal día en la empresa.

—¿De qué trata la reunión hoy? —pregunto, acariciándole el brazo, sintiendo los ojos de Sebastian en mí.

—Hoy presentaremos a un posible nuevo inversor, que sería nuestro hombre a nivel en Australia —me dice ella, su cara tan despierta, esta vez un poco más maquillada de lo habitual, noto.

Está ansiosa por esta reunión, claramente—.

Podría significar alisar un montón de detalles, y además nos permite desplazar impuestos directamente a la Fundación. Todos ganamos, si consigo…

—¿No tienes el cincuenta y cinco por ciento de la empresa? Ordénaselo.

Milly esboza una sonrisa paciente.

—Tengo el cincuenta y cinco por ciento de la porción de nuestro padre, que es el cuarenta y uno coma tres por ciento de la empresa.

Y como está agarrado en los abogados, no soy técnicamente dueña de nada por ahora.

Ya se discutió que no puedo hacer plurirepresentación; por lo tanto, represento el estado de mi padre, pero lo de mamá se inactivó en el ejecutivo: recibe réditos, pero, a no ser que decida protestar, sólo tiene un seis coma dos nominal.

—Tú sabes que no entiendo bien esas cosas, pero me parece que te esfuerzas demasiado en que estén de acuerdo. Deberían estar agradecidos de todo el trabajo que te das.

—Todos lo hacen a su manera. Mrs. Courtland se ocupa de mantener nuestra reputación en la sociedad más tradicional.

Los Klein se interesan por los movimientos de la Bolsa.

José Mancini conoce cada engranaje de las fábricas; es un maravilloso supervisor.

Claudio, ya sabes que es muy talentoso con la media, y Armando tiene relación y se mantiene al día en la industria automotriz.

Herman y Áster Gustloff tienen muchas relaciones en el gobierno, y es gracias a ellos que nunca nos ha caído una inspección de ningún tipo de sorpresa.

Y Hugh es un visionario: confío en que eventualmente su división nos dará mucho éxito.

—¿Y Dickie qué, sirve el café? ¿Y Tom?

—Dickie ha tenido algunos problemas como director de Recursos Humanos.

No es popular con el personal; la mayor parte de los empleados prefiere tratar conmigo, así que al menos me entero de lo que pase.

Pero han habido comentarios que planeo investigar tan pronto acabemos con la expansión australiana.

Y Tom… —su rostro se suaviza alarmantemente; no tenía la menor idea de que Tom le caía tan bien.

Es cierto que es simpático, pero asumo que no le gusta…

¿de esa forma?—. Es un mago de la logística.

El día que padre lo invitó a sumarse a la empresa fue uno de sus mejores logros.

Padre era talentoso en muchas áreas, pero su mayor don era saber juzgar a las personas en su valor…

—dice, y se calla incluso antes de que yo me dé cuenta de que ese hombre al que ella tanto admira fue el que me echó a la calle por inservible.

Ella menea la cabeza, como disgustada consigo misma, y extiende una mano para tocarme el brazo conmiserativamente. Yo nunca he reaccionado bien a que me tengan lástima, y me tenso; creo que lo nota, porque se queda quieta y no dice nada más.

Cuando descendemos en el estacionamiento, cinco para las diez, veo de refilón que antes de separarnos, Sebastian le da un abrazo rápido.

Parece increíble que la misma mano que me hizo volar de un puñetazo anoche le entregue su carterita blanca después con tanta delicadeza, vaya.

Para mí, no hay un “tenga buen día”, de paso.

Oh, al carajo. Este es el tipo de días en que uno no debería salir de la cama. Y ni siquiera me acabé las tostadas.

Primero, en vez de la vieja Courtland está Freddie, que se pega a mi lado charlando excitadamente sobre la “reunión importante”, lo emocionante de representar a su madre (cuya única enfermedad es una liposucción hoy) y cómo tenemos que planear una salida juntos por los viejos buenos tiempos.

Y tengo que sonreírle, porque Claudio trajo un fotógrafo a la reunión.

Lo segundo es aún peor: Tom ha traído a Helena a la empresa. Ni sabía que era el día de traer a tu trabajador sexual al trabajo.

Momento… vaya, no puedo tirar piedras. Si Milly puede traer a su puto de soporte emocional, ¿por qué Tom no podría, supongo?

Helena está magnífica en un traje Chanel azul cielo, pero la mirada que echa alrededor —ese “todo esto va a ser mío eventualmente”— acaba de irritarme. Pero todo esto es sólo el entremés del plato de mugre que está siendo este día.

El problema es Chris Hemsworth.

Bueno, no Chris Hemsworth: su clon. Supongo que los australianos son hechos en serie, o quizás es tanto el inbreeding.

Pero, puestos en plata, que semejante tonelada de bife rubio se salude de besos con Milly, le agarre las manos y no las suelte nunca más, y asienta con tanto entusiasmo y una sonrisa de cinco kilómetros a todo lo que ella diga… me exaspera.

Trato de componer mi expresión al notar que Dickie masca veneno mirando los dos metros de sol australiano hipermusculado, pero no puedo evitarlo.

—Anthony ha venido para presentarnos su proyecto inmobiliario; creo que es visionario y puede servirnos de patrón para replicar, si llegamos a un acuerdo —dice Milly, reuniéndose con Hugh Dahl y el australiano.

El tipo, asoleado y sanote, nos ofrece una breve presentación sobre casas mitad subterráneas ideales para el clima australiano, a las que llama Hobbit Holes.

A mí me suena pornográfico, pero los Klein hacen unos soniditos felices al oír el nombre.

Hugh se ve entusiasmadísimo hablando de huellas de carbono y paneles solares, y veo en la cara de Claudio, al mirar la apostura del bife con piernas, cómo saca sus cuentas felices sobre seguir yéndose viral con la empresa en base a nuestro atractivo.

Si está planeando una competencia de poleras mojadas…

—¿Evan? ¿Qué opinas? —me interrumpe ansiosamente Freddie.

Veo que Dickie ya ha abierto la boca para rebatir algo, pero he perdido el hilo de la conversación.

—Creo que un poco de prudencia no estaría de más —digo sesudamente, sin poder evitar que mi desagrado por el tipo haga sonar mi voz más seca de lo habitual.

Dickie hace un gesto de “¡lo que yo decía!”, pero Milly se ve sorprendida, y eso me agrada de un modo un poco sombrío. Sí, estaré dependiendo de tu review, pero no soy tu cheerleader, Mildred.

—Poner a prueba el proyecto por un par de meses no es mala idea —dice conciliadoramente el tipo. Su voz es muy profunda—. Es un compromiso, lo comprendo, pero yo estoy dispuesto a saltar con toda la energía. Oportunidades como ésta no se presentan todos los días —agrega, mirando a Milly.

Tom, que está a mi lado, me levanta una ceja sugestiva, pero no estoy de humor para reírme del asunto.

La conversación de negocios se convierte en planes para sacar al australiano a almorzar, Milly a la cabeza.

Mi irritación escala mientras discuten nombres de restaurantes que no conozco, con la desagradable sensación de que quizás yo creí que estaba dándole cuerda en el faro, pero en realidad ella estaba haciendo teatro para quedarse libre tras darse un gustito conmigo y esperar a este gorila, con el que ya charlaba por Zoom.

Oh, apuesto que en esas reuniones el desgraciado usaba camisetas escotadas; ¡tiene un pecho como para requerir un bra!

¿Por eso era “prematuro”, Milly? ¿Tenías los ojos en este tipo, con su dinero y su tostado, tras que yo te rascara un poco lo que te picaba?

Sí, estoy irritado, además de trasnochado y con el pómulo adolorido, aunque Maddie insistió en ponerme un poco de su base de maquillaje.

—¿Prefieres carne o pescado, Evan? —me pregunta Freddie, que ha propuesto el restaurante al final.

No sé qué me posee, pero sacudo la cabeza.

—No puedo acompañarlos, tengo algo de la Fundación, pero diviértanse mucho… —musito, mis ojos torvos en Milly—. Deberías mostrarle un poco la ciudad, ser una buena anfitriona…

—La señorita Mildred ya ha prometido cenar conmigo esta noche —dice él alegremente, volviendo a aferrar su mano. Táctil, el bastardo.