Riesgos Nocturnos #3
Hago el intercambio sin demasiados problemas: me estaban esperando, y si el tipo pensaba intentar algo, lo pensó mejor al verme bajar del auto.
Por supuesto, me puse una de mis pintas antiguas más matonescas: sweater sin cuello negro, jeans negros que destacan las piernas que tengo (que no son de patear dealers, son de bailar con tacones de nueve centímetros en una barra, pero qué van a saber ellos) y el abrigo que me tenía Maddie en el clóset, cuero hasta el suelo y broches al frente.
Pesa como una mochila de campamento y la verdad no calienta nada, pero qué espectacular me veo.
También la Glock con números limados que llevo a la vista bajo el brazo en su arnés ayuda, seguro.
Me volví con el alivio de saber que tenía la mitad del trabajo hecho y doscientos cincuenta mil dólares en la cajuela, de los cuales el siete por ciento es mío.
Mientras acelero de regreso, cerca de las tres de la mañana, el alivio me hace sonreír.
Voy a mantener a Helena callada con esto, voy a seguir trabajando en la Fundación, y con un poco de suerte, a fin de año seré libre. Libre.
Lo primero que voy a hacer cuando ya no tenga nada que perder es llevarme a Milly de clubs y follármela en posiciones que no tiene la menor idea de que existen.
Hay sillones especiales para eso, ¿saben?
Me faltaban solo veinte kilómetros para regresar a Providence cuando vi las luces azules y rojas siguiéndome.
Oh, no. Oh, JODER.
—Buenas noches, joven —me dice el relamido, sonriente policía, gafas puestas en la mitad de la noche, actitud posera con el cinturón cruzándole a duras penas la oronda panza—. ¿Adónde se dirigía a esta hora y a esa velocidad, uh?
—Estaba debajo del límite —gruñí con profundo resentimiento.
—Sí, pero este vehículo… —dice apoyándose en el marco—. Tú sabes que a las mujeres les gusta que tu auto se vea bien, no solo tú. Todo ese rímel y ese look de niño bonito no se condicen muy bien con que tengas una de tus luces traseras muertas.
Este HIJO DE PUTA.
—No me di cuenta, lo lamento, oficial. Lo cambiaré a primera hora de la mañana…
—Este auto requiere una buena intervención. O un entierro decoroso. ¿Qué año es? ¿Documentos?
—Me acabo de dar cuenta de que me los dejé en casa —balbuceo, esforzándome por representar lo mejor que puedo la inocencia desconcertada.
—Sal del auto —me dice con voz tranquila, casi dulce—. Ahora te pregunto por segunda vez: ¿adónde ibas a esta hora?
—Voy a mi casa, oficial… —murmuro. Él me pone una cara tan escéptica. Oh, diablos, esto va peor y peor—. Soy vecino de Providence, vivo…
—Las manos donde las vea —me dice con la misma voz tranquila.
El dinero y mi arma están en la cajuela. Por Dios, qué jodido estoy.
Abro la puerta y desciendo despacio. Cuando me enderezo en el abrigo de cuero, el policía arrisca la nariz del modo en que la mayoría de los hombres reacciona ante la androginia o las pretensiones de belleza en otro hombre. Debí quitármelo. Pero aún tengo puesto el arnés del arma, y si me lo quito…
Él habla por su bluetooth entretanto.
—Tengo lo que parece un 12-14 en el kilómetro 2877. Requiero grúa para el auto.
—¡Esto no es necesario, oficial! —interrumpo, pero él levanta una mano, indicando que me calle.
Se aleja unos pasos y se pone de perfil mientras habla, distraído por el estado de las ruedas traseras del Chevrolet, que están bastante lamentables. Patea la goma ausentemente, mientras sigue dando números y detalles al dispatch.
Creo que puedo reducirlo. No sabe quién soy, y si lo noqueo… si me muevo rápido…
Pero si saca el arma… oh, maldita sea. Ya he experimentado antes que policías y narcos viejos son los más temibles respecto a inesperados reflejos y rapidez. Por eso sobreviven hasta la vejez, supongo.
Pero la idea de que Milly tenga que ir a sacarme de cana y pagar bail para que me suelten… su cara decepcionada… no, no puedo tolerarlo.
Oh, maldita sea…¡tengo que intentarlo al menos!
Unos focos me detienen justo cuando estoy preparándome a saltar sobre la espalda del policía. Un Volvo que reconozco se estaciona junto al coche de policía, y baja una figura alta y amenazante que me deja paralizado.
—¿¡Sebastian!?
Él no dice nada. Simplemente avanza, pasa por el lado del policía que le hace preguntas ignorándolo, y me da un puñetazo que literalmente hace que mis pies abandonen el suelo por un segundo.
Luego hace amago de arrojarse encima de mí, y el policía deja su llamada boquiabierto, su mano yendo al arma.
—¡HEY! ¡OYE! ¡WOW! ¡Calmarse todo el mundo! ¿Qué es esto? ¿Ajuste de cuentas narco? —vocifera, a lo que Sebastian hace una mueca, agarrándome del abrigo y levantándome del suelo.
—Este idiota no es un narco, oficial. Este imbécil es el hijo de mi jefa —dice él serenamente—. Se robó mi auto para venir de putas. ¿Lo puede creer? Una prometida hermosa, dinero a espuertas, y aun así… le juro que el dinero hace idiota a la gente. ¿Qué carajos estabas pensando?
—¿El hijo de tu jefa? —dice el policía, mirando el Volvo. Veo cómo corre la patente con su dispatch y sus ojos se abren—. Pero qué diablos… ¿tú eres tonto o qué, mocoso?
—No quería… enojar a nadie… —balbuceo, y porque soy un excelente actor de improvisación y sé seguir las señales de otro actor, me pongo a llorar como un niño en el pecho de Sebastian.
El policía no se hubiera puesto más incómodo si me hubiera puesto a felarlo. Rueda los ojos, mira a Sebastian, maldice y, al final, se echa a reír.
—¿Te pagan lo suficiente para esto?
—Mi jefa es una buena mujer. La Fundación, usted sabe. No es su culpa tener un hijo tan, tan… ¡No moquees mi camisa, pequeña mierda!
—El dinero no hace la felicidad… —gimo trágicamente.
Sebastian rueda los ojos; el policía lo mira.
—¿Le pego yo ahora?
Tras una exhaustiva revisión de los documentos de Sebastian, el policía me repite lo inútil que soy, y se va.
Me quedo en silencio, un poco asombrado de mi buena suerte. Los dos estamos ahí, en la carretera, a las cuatro de la mañana.
Tengo que llegar antes de amanecer con el dinero y el auto.
—¿Cómo me encontraste? ¿Me tienes puesto un chip como a un perro?
—Tu teléfono.
Cierro los ojos con furia.
—¿Milly sabe?
—No la iba a despertar para esta mierda después del día que tuvo en la empresa —me gruñe severamente—. Muévete.
—No le digas. Tuve que hacer esto, pero…
—Evan, no me interesan tus jodidas razones. Milly confía en ti —Dios sabe por qué—, y tú estás siendo un absoluto imbécil. Ahora súbete a esta basura y vámonos.
Le doy la espalda y me subo al Chevrolet, mientras él vuelve al Volvo y parte con un rugido de motor y un chirrido de frenos, saltando a la carretera como un tigre.
Tiene que dar marcha atrás. El Chevrolet no parte.
Sebastian tiene grasa de autos hasta en los dientes después de literalmente hacerle una operación de corazón abierto al rejodido auto para que resucitara, y pudimos llegar dos minutos antes de las siete de la mañana a la maestranza, donde el encargado me tapó a maldiciones y me ordenó no aparecerme jamás de nuevo.
Pero más amenazante fue el dealer, que, cuando le entregué el dinero, lo contó mientras su asistente me encañonaba, me reprochó el retraso y me descontó mil dólares por llegar tarde.
La cara de Sebastian cuando le ofrecí cinco billetes de cien por el rescate habría convertido en pasas a un racimo en la vid.
—No le digas a Milly. Fue un favor para un amigo. No volverá a pasar —insisto—. Por favor, no la disgustes…
Un largo silencio.
—Tú me disgustas profundamente, Evan.
Hace mucho tiempo que no escuchaba tanto desprecio, tan profundo, tan hiriente, en la voz de alguien. Aparto la vista y miro por la ventana: me ha escocido.
Pero no importa.
Tengo el dinero. Callaré a Helena.
Todo va a salir bien.
Debe ser extremadamente incómodo sentirte tentado, reflexiono.
La chica es tan guapa como Charlene, siguiendo esa moda de la “clean girl” que luce tanto en chicas curvilíneas como ella: su sonrisa es chispeante, pero sus ojos demasiado deliberados para que sea sólo atracción lo que la hace hacer la blatante oferta.
—Linda, estoy full halagado. Pero soy un desastre en relaciones.
Y recién me estoy adaptando a todo… esto.
— digo encogiéndome de hombros del modo más modesto posible.
— de verdad que en este momento tengo el rango emocional de una cuchara.
Sería un desastre…- agrego riéndome, como si me detestara un poco.
Pero por otro lado, coquetear un poco (firmemente de ESTE lado de NO ACOSO) va a ayudar a mantener el asunto con Milly discreto. Si varias me miran con estrellas en los ojos cuando aparezca, no parecerá raro que ella también lo haga, vaya.