Riesgos Nocturnos
La expresión de Sebastian cuando llega cargado de paquetes, escoltando a Maddie y Miriam poco antes del mediodía, es casi insultante; parece casi como si esperara que yo hubiera puesto en peligro a Milly y me la hubiera follado.
Que es lo que pasó, pero no tiene por qué enterarse.
Lo que no me gusta mucho del asunto es que Maddie se ve exhausta de verdad y, aunque insiste en un brunch, mimosa y un paseo conmigo por la playa —recogiendo conchas y admirando el día azul y luminoso que ha resultado tras la tormenta— está claro que apenas se sostiene en pie.
Como no nos iremos hasta la noche (Arturo Mena pasará a buscarnos en su helicóptero, el dinero que derrocha de esta gente…) la convenzo de que haga una siesta mirando el mar en una de las mecedoras, bien arropada, y regreso con Milly, que no ha parado de comer desde que despertó.
Va por el quinto éclair.
Es ella quien se ha puesto hoy una solera vaporosa de un amarillo estampado con flores grises y blancas (¿y por qué le quedan tan bien los colores feos?
Nunca lo entenderé), pero está radiante; incluso Sebastián calma su irritación y suspicacia cuando la ve agarrar una manzana y tomarme de la manga, anunciando que nos vamos de paseo al faro.
Por lo que veo, Sebastián tampoco ha dormido bien, porque acepta la sugerencia de descansar un rato y se va a su habitación. Miriam pone su cara de vinagre, pero se sienta cerca de los éclairs con miradas digestivas, mientras yo sigo a Milly calle arriba.
Cuando despertó, me sonrió y se abrazó a mi pecho; se quedó tan quieta que parecía dormida, aunque a veces la cosquilla de sus pestañas me decía que había parpadeado.
—¿Todo bien? —murmuro, besándole el pelo.
Ella asiente, pero no dice nada más.
Se va a la ducha luego, y me pasa algo extraño: me quedo con la sensación de algo que no dije o que no hice, pero no tengo idea de qué era.
Si hubiera sido una clienta, habría hecho el espectáculo de no querer que se fuera, insinuar que estoy ansioso por otro round y mirarla vestirse con la boca abierta: eso siempre me garantizaba otra visita.
Pero Milly se va sonriente y con los ojos bajos, y por un minuto no sé qué hacer.
Ahora, en cambio, se ve tan entusiasta que la sigo de buen humor atravesando las calles hasta llegar a unas antiguas escaleras que bajan a la playa.
La parte norte no es apta para el baño: está llena de rocas y el oleaje rompe con fuerza, pero hay un sendero salpicado de pastos entre el roquerío y luego, tras un arco tallado en una gran roca, el ascenso por una escalera de piedras sueltas hacia un promontorio.
El faro no es tan grande como lo imaginaba: tiene una pequeña caseta y una terraza de madera, pero la vista es despejada y hermosa. Me detengo junto a Milly, que no se ve ni agitada por la subida; nos apoyamos en silencio unos momentos, el viento agitando su falda, mi cabello.
Sigo con la sensación de que debería decir algo, pero ella se ve tan pacífica.
—Esperaba que Maddie descansara en el viaje, pero se veía más cansada que cuando llegamos.
—Le tiene cariño a la hija de Arturo. Ya sabes cómo es mi mamá…
Una adolescente sin madre, sola en su cumpleaños…
Seguro jugó y vio películas y la entretuvo quizás hasta qué hora.
Arturo no es mala persona, pero no tiene mucha habilidad paternal…
—agrega, y pellizca mi manga, acercándose un poco más—Evan…
—Dime.
—No estoy muy segura… de qué… —suspira—, de qué estamos haciendo.
Sonrío para mí: no puedo evitarlo. Milly no solo es predecible; verla ir a mi encuentro justamente como necesito es fascinante. Es como si no pudiera ser menos que la perfecta víctima de lo que es.
La regla de la droga es tan antigua como el marketing: la primera probadita es gratis.
Obviamente, si empezáramos una relación, ya estaríamos peleados en mayo y Milly ya me odiaría en agosto.
Podría lograrlo, quizás si por ahí en abril le pidiera matrimonio, y tenerla entretenida con los preparativos podría durar hasta fin de año.
Pero es tan complicado y tengo tantas posibilidades de estropearlo todo que la respuesta más simple, por supuesto, siempre es la mejor.
—¿No te gustó, Milly? —pregunto con dulzura, poniendo mis mejores ojos heridos en ella. ¡Cómo se angustia inmediatamente!
—¡No, o sea sí, por supuesto, fue… estuvo…! —duda antes de hablar con más claridad—. Fui muy feliz. Pero siento que… dado que tengo que enviar ese informe, y todavía estamos… todavía todo está tan…
—Sientes que fue apresurado.
—¿Prematuro?
—…No te atrevas a usar esa palabra conmigo —le digo con una mueca, lo que le saca una carcajada. Sí, con mis habilidades, “prematuro” es un insulto.
—Evan… estoy un poco confusa. Pero no me arrepiento en absoluto. ¿Qué… qué pensabas tú? —dice, la vista en sus manos—. ¿Qué quieres de mí?
—No estaba pensando en nada ayer. Supongo que me dejé llevar —musito, y entonces le clavo la vista, sacando mi mejor carta—. Hacía muchos años que no estaba con nadie que no fuera… trabajo.
Bingo. Se le llenan los ojos de lágrimas. Si no estaba un poco enamorada de mí ya, acabo de noquearla.
—Evan, lo siento. Yo también fui muy irresponsable.
No tienes que preocuparte: por las fechas, no hay…
ningún peligro —agrega. Trato que no se me note en la cara que me hace infinita gracia que, después de follarse a un trabajador sexual realmente prolífico sin protección, su primera preocupación sea disculparse por el riesgo de embarazo en vez de pensar en enfermedades de transmisión sexual.
No hay necesidad de decirle que estoy limpio y que me hice la vasectomía hace años, por razones obvias.
Dejemos que piense que perdí la cabeza también.
—No me habría importado… —murmuro, haciendo el teatro de mirar el mar.
En este mundo de padres ausentes, ese parpadeo y mirada de soslayo como si por un segundo te imaginaras la verja blanca y los 2,4 hijos con ella, las pone más mojadas que cualquier docena de abs.
Milly se muerde el labio.
—Moralmente… no estuvo bien de mi parte. No está bien, si recién vienes saliendo de todo ese trauma, y teniendo este… maldito… poder sobre ti, es… estuvo mal. No volverá a pasar, por favor… No quiero que pienses que tienes que… Lo siento, Evan.
—No pensé eso. Pero entiendo lo que quieres decir. Yo también estoy muy confuso —digo despacio—. ¿Puedo… puedo besarte una vez más, por favor?
Ella se ve conflictuada, pero al fin sonríe.
Me ofrece la cara, apoya tiernamente en mi pecho mientras le doy un beso apoyándola en la baranda del faro, levantándole el pelo de la nuca para que sienta el viento, deslizando un pie entre los suyos para que le venga un flashback de anoche.
Gime en mi boca cuando profundizo el beso: tengo que hacerlo memorable para que le dure unos meses mientras juego a ser el sufrido héroe romántico que he logrado que se crea que soy.
Cuando bajo la vista luego y veo sus ojos adorándome, el cielo reflejado en las pupilas oscuras, apoyo la frente en la suya para que cierre los ojos y no vea mi sonrisa de tiburón. Set, match, partido: te tengo, Mildred Wexstone.
Al regreso es como si nunca hubiéramos tenido esas vacaciones.
Milly se aplica a la empresa y yo a la Fundación: todas las mañanas me siento un rato con Maddie, en su cuarto o en la terraza, y oigo sus consejos, sus ideas, y luego parto a Clayron o a una reunión por Zoom en donde escucho, escucho, escucho, felicito a todo el mundo, y luego dejo caer la mejor de las ideas de Maddie.
Me aclaman.
Por la tarde, me reúno con Milly en Manhattan si estoy allí y volvemos en el tren o en el auto con Sebastian, con ella interesándose por la Fundación y hablándome de las reuniones del holding: después de la cena, me siento con ella en el estudio, uno de sus tés de hierbas en la mano, y me ocupo de absorber sus ideas, y las de Sebastian, lo mejor que puedo.
Al día siguiente las paso discretamente como mías.
Es una existencia muy tranquila, casi monástica.
Me asombra lo rápido que me acostumbro: lo fácil que me acomodo a ser el “heredero presuntivo”, llegando con donas en la mañana a la Fundación a animar a los altruistas, o yendo a reuniones en el Edificio, charlando sotto voce con Tom cuando los gráficos de Milly son muy áridos, haciendo reír al viejo Gustloff, pero teniendo cuidado de no interrumpirla.
—Es imposible que ejecutes ese cambio sin provocar una disrupción en las líneas de internación. ¡Vas a crear un desastre, se va a bloquear…!
—Dickie, cállate, estoy tratando de entender ese porcentaje. Con el surplus acumulativo, Milly puede demorarse un mes y no nos quedaremos sin material en las bodegas. Tom, tú eres el experto en aduanas: ¿cuánto podríamos estar parados por el papeleo?
—Mildred ya me preguntó y yo estimo que, máximo, ocho días.
—¿Ves que te preocupas demasiado, Dickie? Pareces una viejecita…
Oh, lo hago hervir. Pero no tengo tiempo de preocuparme de sus rabietas en las reuniones, porque en medio de una de esas miro mi teléfono y ahí, oronda y preciosa en mi WhatsApp, está una linda foto mía vestido de corsé, pantalones de cuero y nada más que glitter, bailando en el escenario con un billete de cien metido en el trasero.
La música era Tainted Love para ese baile, creo.
Helena ya tiene nuevo teléfono.
Salgo al pasillo disculpándome un momento y me encierro en un cubículo del cuarto de baño, abriendo el chat.
:: Lamentas mucho que no me comieran los peces, ¿verdad? ::
:: No quería arruinar tu asunto con Tom preguntando, pero sabía que estabas viva ::
:: ¿Qué importa? Pronto vas a tener que empezar a mostrar algún interés en mí si quieres que nuestro matrimonio se vea real ::
:: Helena, con la cantidad de dinero que vamos a tener, da exactamente lo mismo :: texteo.
Hay un silencio de tres puntitos, y luego una selfie: está en un penthouse, despeinada y en bata, con una mesita de hotel cargada de desayuno. Sé exactamente lo que es eso.