Madera Pintada de Azul #3
Su habitación es un congelador, al igual que la mía.
En este rato no ha parado de llover intensamente: llueve tanto que ya no se escucha el rumor del mar, solo el golpeteo de la lluvia en el tejado.
Corro las cortinas, lo que oscurece el viejo dormitorio con piso de madera desnuda, y abro la cama, empujándola al espacio contra la pared para meterme a su lado y rodearla con el brazo.
De todos los modos en que me he encamado con alguien, este es el más tontito, pienso vagamente. Y lo gracioso es que, para todas mis consideraciones de querer meterme en la cama de Milly, esta vez lo he hecho sin absolutamente ningún plan ulterior en mi cabeza, excepto que deje de tiritar.
—No tienes que… —susurra ella, pero emite un suspiro de alivio cuando la atraigo contra mi pecho. Entre el desorden de ropa que tenemos y las mantas encima, de a poco la cama se entibia. Es un simple catre antiguo de plaza y media, pero es muy confortable.
—Tú fuiste la heroína hoy, déjame ser un héroe también… —le digo, y ella se ríe de mi tono grandilocuente, acurrucándose más.
Mi caricia empieza, lo juro ante Dios, como simplemente el deseo de echarle atrás una mechita que le cae sobre el ojo.
Pero cuando acaricio su pelo aún un poco húmedo, vuelvo a hacerlo, y vuelvo a hacerlo, y ella levanta la vista y me mira a los ojos…
No hay nada más natural. No hay nada más sencillo que el modo en que mi boca va a la suya y la beso largamente, dulcemente, sin nada más que el beso en mi cabeza, sin antes ni después ni porqués: como si este beso fuera una meta y, a la vez, nada más existiese.
Su cuerpo es suave y muy dócil contra el mío.
Cuando mis manos, un poco heladas, van a su costado por bajo el pijama y empiezan a buscar y acariciar piel con avaricia, hay un temblor en ella que por un minuto casi me hace detenerme.
Pero ella me echa los brazos al cuello y parece besarme con más ganas que antes.
Me he abandonado en estas caricias, pero lentamente —como cuando oyes una canción en la lejanía, en sordina, hasta que empiezas a reconocer las notas y el ritmo— pensamientos que conozco bien empiezan a entrometerse en mi cabeza.
Es mareante cómo puedo pensar, a la vez, cuán bella me parece Milly despeinada y tierna bajo mi cuerpo, y a la vez decirme: ¡MUY BIEN, AL FIN LA TENEMOS DONDE QUERÍAMOS!
Basta. Esto es lo más limpio, lo más dulce que he tenido en mi vida. Y, sin embargo, mientras le beso la clavícula, mientras mi mano llega a su seno libre bajo el pijama, es como si se desplegara una pancarta en mi cabeza diciendo: UNOS CUANTOS ORGASMOS = UNOS CUANTOS BILLONES.
Dios mío, me detesto. Cuando me enderezo para quitarme las camisetas y lo que llevo encima, Milly trata de ayudarme y nos hacemos un lío: nos reímos juntos, y hay una picardía en su rostro, una alegría al acariciarme la cintura, el pecho, que me hacen aferrar su cabeza entre las manos y comérmela a besos.
Es como cuando iba por la jeringa o la línea: me lanzo, olvido todo, y por un momento funciona cuando presiono mi muslo entre los suyos y Milly gime, su cara en mi cuello.
—Está bien… ¿quieres? —susurra antes de que yo pueda preguntar nada, y me apoyo en un codo mientras mi mano sigue acariciando su pecho.
—¿No soy mucho mejor que una manta eléctrica? Soy una mantita multifuncional… —digo, sacándole un gorgorito.
Nuestros besos se hacen más frenéticos: ¿frío? ¿De qué frío me hablan? En el nido de esas mantas, de ese lecho, sin importar la lluvia feroz como fondo, el viento, aquí estamos cálidos y cómodos. Y cuando deslizo la mano entre sus piernas, estamos ardiendo.
—¡Evan! —exclama en mi oído, y se agarra tan fuerte de mi cuello que casi me corta el aire cuando la estimulo, la acaricio, juego con la humedad que me dice cuánto me desea.
QUIZÁS DEBIMOS DEJAR QUE SE RESFRIARA. UNA PULMONÍA IGUAL PODRÍA DEJARTE DE ÚNICO HEREDERO.
Contraresto esa voz maldita deslizando dos dedos dentro de Milly, y mi cuerpo despierta de un tirón, mi erección tan brusca que por un momento siento que se me va la sangre de la cabeza.
Creo que nunca he tenido un pussy tan apretado, tan caliente y estrecho: es casi como si succionara mis dedos, contrayéndose, pidiendo más.
Estor mordisqueándole el mentón y el cuello cuando siento la oleada, el apretón firme en mis dedos: parece imposible, pero está teniendo un orgasmo con tan poca estimulación.
Soy bueno, pero no tan bueno como eso: estoy empezando a pensar que Milly tiene algún desorden neuronal, pero vaya, mientras disfrute…
—¡Evan, Evan! —gime, dándome besos ciegos, sus manos intentando atraerme a ella. Oh, sé lo que quiere, y voy a dárselo, pero su mismo ardor me calma, me hace sonreír. Uno de los dos tiene que estar en control aquí, y el profesional soy yo.
Y LA IDEA ES QUE ELLA QUEDE ESTÚPIDA POR TI, ESTAMOS TRABAJANDO.
Ella hace un ruido de sorpresa cuando, tras estar acodado sobre ella, la aferro y súbitamente me giro, quedando yo de espaldas en la cama y ella casi sentada en mi pecho.
Hay unos movimientos desconcertados un segundo, hasta que comprende lo que pretendo.
Mi mano se hunde en la suave carne bajo su ombligo, guiándola; la otra agarra con poca suavidad su nalga, y puedo ver cómo se demora, duda…
—Confía en mí —susurro—. Sé hacer esto, Milly —ordeno, y le doy un tirón.
Es con timidez que al fin se atreve a montar mi cara, pero yo no pierdo tiempo; soy un artista de esto.
Se le escapan gritos cuando mis dientes aferran los pétalos mojados y mis dedos penetran ambos orificios, estimulándolos, moviéndose rápido e incansables: ella no puede evitarlo pero empieza a mecerse contra la lengua que fricciona su clítoris, gimiendo, y yo dejo que lo haga, sintiendo en su humedad el sabor de mi triunfo.
MÁS LE VALE QUE EL INFORME QUE LE PRESENTE A LOS ALBACEAS NO INCLUYA ESTO.
Me viene una carcajada, pero la disimulo justo en el momento en que ella se corre de nuevo.
Cuando se derrumba adelante, sus muslos en mi cuello, su vientre en mi cara, debería quedar medio asfixiado, pero en vez de eso la aprieto más, inhalándola, sintiendo de un modo extraño una paz serena en medio de sus gemidos.
Estoy en control. Aquí estoy completamente en control, y sigo en control, cambiando de posición, arrodillándome tras suyo, atrayendo a mí sus muslos mojados, su sexo expuesto y palpitante, sus nalgas ya enrojecidas por el apretón de mi mano…
—Milly… —murmuro, y aún estremeciéndose, ella se endereza, trata de acomodarse más cerca todavía.
Con ese permiso me basta. Apoyo ambas manos en sus costados y hay algo natural, casi de novela, en lo fácilmente que nuestros cuerpos se alinean cuando la cubro y la cabeza de mi pene entra en ella.
Emite un grito entrecortado, pero apoyo la cabeza en su omóplato y doy un tirón brusco, sintiendo súbitamente una ola de deseo que no esperaba.
Ya había olvidado lo que era querer estar dentro de una mujer, no tener que hacerlo.
Y oh, ella es deliciosamente apretada y cálida, pero más aún que el roce lo que me excita de verdad es lo mucho que enloquece bajo mi cuerpo.
He tenido a mujeres disfrutando, incluso drogadas o en afrodisíacos que les vendían en el club, pero no recuerdo ninguna que gozara con tal fruición, moviéndose, ondulando bajo mí, un sonido sin ilación en su boca mientras mi pene se movía dentro de ellas.
MUY BIEN! 874!
Me detesto, en serio.
Los gemidos de Milly llegan a un crescendo: la rodeo con mis brazos, aferro sus senos con un brazo, masajeando uno bruscamente, mientras mi mano va a su clítoris.
Pero no hace falta, por Dios: ella estalla una vez más, gozando tanto que va a estar ronca mañana, y en el mismo momento en que siento el primer pinchazo de mi orgasmo acercándose, hay un trueno brutal afuera y casi inmediatamente el flash del rayo.
La tormenta está sobre nosotros: la siento parte de mí, en mis venas mientras me muevo sobre Milly, y de repente mi disfrute se hace insoportablemente intenso.
No me sentía así desde mi última sobredosis: tan salvaje, tan abandonado, tan… aquí.
Tan libre.
Me muevo con furia, con deleite, apenas registrando las palabras de amor que Milly me dirige: me corro tan explosivamente que acabo echado sobre su espalda, laxo, estremeciéndome de pies a cabeza, aún dentro suyo…
—Aa. Aah —jadeo en su cuello, en su nuca. Por unos momentos no hay nada en mi cabeza. Por unos segundos me mantengo libre, incluso mientras Milly se mueve, nos acomodamos, vuelve a abrazarme mientras yo jadeo a bocanadas mirando el techo—. Milly… ¿estás bien?
—Te quiero —dice ella en un susurro de voz antes de dormirse como un ángel contra mi brazo. Yo… me quedo de una pieza.
La lluvia continúa.
Es una tormenta en toda regla.
Aguardo pacientemente a que Milly se duerma profundo, y luego me levanto. Ya no siento el frío, aunque estoy desnudo: camino al cuarto de baño, me detengo, mirando por las ventanas de la galería.
El mar se ve verdoso y agitado por la ventana; los banderines que adornaban el muelle se agitan ferozmente. En retrospectiva, fue un tanto idiota venir de visita a una isla en el borde del Atlántico sin chequear bien el clima primero.
Voy a asearme, vuelvo a ponerme el pijama, me lavo la cara. No sé por qué paso tanto rato lavándome la cara que tengo los dedos arrugados cuando acabo.
Y me miro al espejo.
Tenerla loca por ti era el plan: ahora no sólo le dará un buen informe a los albaceas, sino que te llevará de la mano hasta que todo el mundo en el holding y en la Fundación te respete.
Tiene justo la experticia que a mí me falta, y mi padre solía decir que la gente más exitosa no era la que sabía mucho, sino la que lograba que la gente que sabía mucho hiciera cosas por ellos.
Pensar en mi padre es lo último que debería estar haciendo en este momento.
Pero no me gusta la cara que me devuelve el espejo: he hecho esto mismo cientos de veces, y ella duerme feliz, satisfecha, extremadamente bien follada, y seguramente ni siquiera se resfriará.
¿Por qué me siento como una basura infecta, entonces?
¿Es porque ella dijo que me quería? Milly es buena conmigo, pero hay que considerar que en realidad me conoce desde hace una semana y media.
Y dicho en plata, soy lo suficientemente bueno en la cama para que me lo diga una osa polar si me encamo con ella.
No significa nada.
873 mujeres no han significado nada; no vamos a empezar a ponernos sentimentales ahora. Billones, Evan. Billones. Y cuando los tenga y ya no haya ningún motivo para volver a tocar a nadie que no quiera, igualmente le daré algún orgasmo a Milly, de simpatía.