Esclavo Tuyo Madera Pintada de Azul #2
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Madera Pintada de Azul #2

Supongo que Helena ha tenido el buen sentido de guardarse para sí sus cartas de triunfo, la muy bitch. Pero eso es lo que más me conviene, por supuesto.

Por un momento juego con la idea de efectivamente casarme con ella, con Helena, con alguien tan trepadora, peligrosa y a la vez tan deshonesta y superviviente como yo.

Pero no tendría sentido. Nunca podría confiar en ella completamente, y cualquier atractivo sexual que pudiera tener se acabó la primera vez que pagó por tenerme.

No podría dormir con un escorpión preguntándome cuándo —no si— va a clavarme el aguijón.

Charlene sigue tratando de impresionarme, ocultando sus secretitos.

Me dan ganas de decirle que no se moleste: ya está muy claro que los zapatos que lleva, unos mocasines nada apropiados para velear, son más de lo que puede pagar con facilidad, pero son sus zapatos buenos y quiere verse bien vestida.

Supiera que la gente con más dinero que he conocido con suerte se fija si el zapato tiene suela y ya. Milly lleva unos botines sin forma que podrían fungir de zapatillas de casa; Helena, en cambio, lleva unas ballerinas de puntera muy elegantes.

—Claudio se ha vuelto tu mayor fan —me dice Tom, sentándose a mi otro lado y ofreciéndonos cervezas heladas, tomadas del cuello.

Charlene lo toma como señal para ir a charlar con Helena y comer queso, mientras Milly se ha encaramado en proa y está filmando la costa en su teléfono—.

Las fotos del fundraiser han traído mucho interés, creo que quiere prepararte un perfil, conferencia de prensa o algo…

Con la mística que tu padre tenía, están bastante ilusionados.

—¿Mística?

—Tu padre levantó esa empresa de la nada, Evan —dice Tom, empinando la botella—. Me imagino que te dijeron que cuando se supo que había muerto, los stocks se fueron al piso… Tu regreso ha despertado esperanzas, vaya.

—Pero Milly también es hija suya, y ¿no llevaba un buen tiempo ya haciéndose cargo de la empresa?

—Sí, pero… —Tom se encoge de hombros—. Es la óptica. El hijo varón. No es totalmente misoginia: se sabe que eres su hijo biológico, no adoptado, y pues… eso entusiasma a la gente. Es algo muy bueno para la empresa.

—Creo que los análisis de Milly son mejores para la empresa, pero entiendo lo que quieres decir. Haré todo lo que esté en mi mano, por supuesto —concedo—. Oye, Tom…

—¿Hmm?

—¿De dónde conoces a Helena?

Él ensancha su sonrisa.

—Cuando la viste vi tu cara… ¿tengo un rival, hmm?

—No es eso. Solo pregunto porque…

—La conocí donde tú mismo debes haberla conocido, probablemente.

Pero es una chica lista. Dócil. Y aprecia lo que le doy, lo que la mayoría de las socialités de hoy ni siquiera aprecian.

Ya sabes, tratamiento de princesa y todo eso.

¿No te enseñó Julia Roberts cuando eras niño que no hay mejor novia, más agradecida y dulce, que la que sacas del arroyo?

Ya sabes… no dicen que ¿“adopta, no compres”?

—agrega con una risita, volviéndose a ver a las chicas.

Charlene y Helena han imitado a Milly con sus teléfonos, pero están tomándose selfies. Charlene es muy guapa, pero Helena es francamente espectacular con su gran solera de flores: parece una modelo, la verdad.

Milly acepta tomarles unas fotos juntas: las dos se encaraman en la proa, sentadas en la baranda, haciendo poses, estirando largas piernas. Veo que a Tom la exhibición le está gustando mucho, y las viva cuando hacen una pose sexy abrazadas.

Me pregunto qué piensa Milly del show.

Pero luego intentan una pose más audaz, con Helena montada en la barandilla de metal y Charlene recostada, y el yate da un bandazo…

En retrospectiva, deberíamos haber sabido lo que iba a pasar.

Milly gritó cuando Helena resbaló en su vestido y cayó por la borda en un splash que —reconozco— me hizo gracia.

Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que ese teléfono directo en el fondo del mar me convenía mucho; pero luego, mientras Tom corría a detener y girar el yate y Charlene gritaba, y Milly agarraba el salvavidas, se me ocurrió que, siendo que seguro tenía respaldos, la muy zorrita, lo que me convenía más en realidad era ella directo al fondo.

Nunca he matado. He estado cerca: no estoy seguro de no haber dado muerte a alguien en las peleas en que alguna vez me trenzé cuando homeless y hambriento, porque no eran peleas en que uno pensara en el prójimo, precisamente.

—¡No la veo! —gritó Tom, estirándose sin soltar el manubrio de control, sin atreverse a ir más cerca sin verla.

Supongo que en la extensión azul es muy fácil calcular mal la distancia y atropellar a alguien con el yate, pero considerando el vestido blanco y rojo, debería verse.

Me encaramé en la baranda y vi, a nuestra izquierda, un leve reflejo bajo el agua.

Claro. Es el motivo por el que estúpidas novias intentando hacer una sesión de fotos nadando con su vestido de novia casi se ahogan: la tela de algodón se hincha y carga agua, no flota como la lycra.

Suficiente ruedo y te vas directo al fondo.

Helena está tratando de nadar, pero el vestido la hunde…

Si no digo que la veo y se ahoga… la habré matado y estaré a salvo.

¿Soy capaz de matar por mantener mi secreto?

En el segundo en que me doy cuenta de que definitivamente sí, soy capaz, Milly se quita esos botines feos de un tirón y salta al agua.

Nada como un pez: la vio, por sobre mi hombro, y con asombroso vigor se sumerge, sale con ella cazada en el brazo, flotando de espaldas, y la arrastra con vestido y todo al yate, en donde Charlene y Tom la suben entre exclamaciones y quejas.

Yo agarro el brazo de Milly y la subo, chorreante y jadeando.

—¿Dónde aprendiste a nadar así? —pregunto impresionado, a lo que ella me dirige una brillante sonrisa.

—Nadé por la Universidad mis cuatro años de Escuela de Negocios.

Era el único extraprogramático en que casi no tenías que hablar con nadie…

—tose y se abraza a sí misma, empezando a temblar.

Se ha nublado por completo en esos minutos y hay una brisa fría, tenaz.

Me maldigo por no tener nada seco que ponerle encima, y Helena, que se ha quitado el vestido y se ha envuelto en toallas que Charlene le trae, no parece dispuesta a prestarle una.

Milly se estruja el pelo.

—Tom, deberías llevar a Helena al dispensario, seguro tragó mucha agua…

Tom asiente mientras Charlene trata de secarle el pelo y la envuelve más en las toallas de playa, pero Helena me mira a mí, y creo que tiene una idea de por qué no salté a ayudarla. Creo que sabe: ella y yo nos parecemos, un poco.

Tom nos deja de regreso en el muelle en diez minutos, pero para ese entonces Milly ya tirita visiblemente y ha empezado a caer una llovizna fina y fría.

La rodeo con el brazo y corremos por la playa hasta la casa. Llueve con fuerza cuando, tras varios intentos tocando la puerta-ventana sin éxito, Milly busca las llaves y damos la vuelta para entrar por la puerta principal. La casa está silenciosa.

¿Dónde está todo el mundo?

—¿Mamá? —llama Milly, sin respuesta, subiendo la escalera. Pero la sujeto del brazo.

—Después averiguamos. Ve a cambiarte, estás chorreando…

—No soy la única —dice ella. Y es verdad que la lluvia me ha dejado más o menos igual de empapado.

Los dos nos apresuramos a nuestros cuartos, en donde compruebo con desánimo que en mi bolso no eché nada especialmente grueso, y también he empezado a tiritar.

Me planto dos camisetas y un henley encima, y me asomo a la cocina, en donde para el almuerzo habían dos sirvientas además de Miriam y Sebastian.

Ahora no hay nadie.

Pongo agua a hervir y busco con qué preparar unos sándwiches. Cuando Milly baja, ya estoy calentándolos en un anticuado tostador, pero ella ha tenido una brillante idea y trae un secador de pelo, bien envuelta en un pijama grueso y un chaleco encima.

Nos secamos el pelo mutuamente. Ella muerde con ganas su sándwich y revisa su teléfono mientras yo chequeo el mío.

—Tom dice que ya la atendieron y no fue más que el susto, pero los han pinchado a los tres por prevención. Quizás deberíamos haber ido con ellos para que te pusieran un antibiótico o algo…

—Fue solo un chapuzón, yo no tragué agua, y nosotros llegamos mucho más rápido aquí…

—dice Milly, que estaba mirando el teléfono—.

Y mamá se llevó a Sebastian y a las chicas al cumpleaños de Constanza Mena, la hija de Armando…

Parece que la pobrecita no había conseguido muchos invitados.

Se quedarán allá, por la lluvia; es en la otra punta de la isla…

—suspira—. Por un momento me asusté, pensé que mamá había tenido alguna emergencia de salud o algo…

—Tú vas a tener una emergencia de salud, sigues helada —digo, tomando su mano y frotándola—. Pero estuviste magnífica. ¡Nadas como un salvavidas profesional!

—En el verano a veces trabajaba de salvavidas en las piscinas de la Universidad.

—¿Te tocó salvar a alguien?

Ella lo piensa y me muestra cuatro dedos, muy orgullosa.

Y de súbito me inunda una ternura mezclada de envidia al darme cuenta de que en los años en que yo aprendía a bailar el caño y sufría en rehab, ella estaba teniendo la más normal de las vidas normales.

Una educación, una familia e incluso… salvando vidas en su tiempo libre.

Dios santo, no me merezco que alguien así me muestre afecto.

Beso su mano helada, y ella me acaricia la mejilla con mucha suavidad. Pero al hacerlo siento el estremecimiento que aún la recorre, a pesar del té y del secador de pelo.

—Vamos, es mejor que te acuestes… ¿No hay una estufa? ¿Algo que caliente esta casa? —digo irritado, tirándola de la mano que no he soltado.

La guío delante de mí por las escaleras, y ella no se resiste, murmurando cosas sobre una caldera que solo encienden en invierno, y cómo a veces usan mantas eléctricas pero no sabe dónde están.