Esclavo Tuyo Madera Pintada de Azul
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Madera Pintada de Azul

No recordaba así Nantucket.

Recordaba más que nada lluvia, olor a pescado hervido y playas vacías. No sé cuándo fue la última vez que vine, pero habrá sido muy chico.

Ahora, al bajar de la avioneta y tomar un pequeño transfer de diez minutos al centro de la isla, todo parece…

aireado, luminoso. Hay tanta madera blanqueada por el viento marino, o pintada de un azul refrescante o blanco cegador que refleja el sol, que todo el pueblo se ve deslumbrante.

Aunque aún no es plena temporada, veo bastante gente paseándose por mercados, tiendas y las calles empedradas en declive.

Las piedras están húmedas de rocío aún cuando aterrizamos, y tomo el brazo de Maddie, que lleva tacones.

Pero ella parece energizada y contenta, señalando diferentes tiendas y charlando sobre las especialidades culinarias que recomienda del lugar.

Detrás de nosotros, Sebastian me imita llevando a Milly del brazo, pero los dos van charlando en voz baja, sin prestar mucha atención al entorno. Trato de escuchar algo, pero hablan muy bajo, maldita sea.

Miriam, que nos sigue, le recuerda a Maddie que tiene que comer algo para poder tomarse sus medicamentos.

—¡Podemos desayunar ahí! ¡Me encantan sus rollos de canela! —dice Maddie alegremente, apuntando a una pastelería anticuada.

Asiento, pero Milly se detiene.

—Nosotros llevaremos las maletas a la casa —declara. Sebastian, a su lado, se carga con la mía, siendo que ya carga la suya propia y la de Maddie. Miriam los sigue—. ¿Encargo el almuerzo, mamá?

—¡Sí, tú sabes lo que me gusta, arréglalo con Miriam…! —dice ella con alegría—. ¡Gracias, Milly!

Ellos asienten y se van, y aunque tengo muchas ganas de seguirlos, estoy cazado.

Resiento un poco que Maddie me retenga, con una intensidad que yo mismo reconozco que es absurda: le tengo mucho cariño, ganármela es muy importante y debería estar agradecido rotundamente de su buen recibimiento.

Pero hay algo semejante a mi antiguo trabajo en la forma en que la entretengo, animo y acompaño, y me odio por compararlo.

Al menos el café y el bollo que compra Maddie son fantásticos.

Nos sentamos frente a una vitrina atiborrada de pasteles, y Maddie toma su taza con dos manos, sonríe, inhalándola con los ojos cerrados.

Por un momento mira las nubes blancas en el cielo a través de la ventana con tanta paz en la cara que la envidio.

Se lo merece. ¿Cómo alguien puede haber vivido con mi padre y verse tan feliz?

¿O tal vez está tan aliviada como yo de que al fin se haya muerto? ¿Tal vez a eso viene esa sonrisa?

—¿Maddie?

—Sí, mi amor.

—Mi padre… ¿nunca fue brusco contigo, Maddie?

— No sé qué quieres decir, Evander — Su mirada es distante, y siento un vacío en el pecho. De pronto, haber sido arrojado de casa ya no se ve como ser la víctima que fue perjudicada.

Ahora me pregunto si en verdad no fui yo el que se fue, dejándola a ella y a Milly a enfrentar al monstruo.

—¿Te puso las manos encima alguna vez, Maddie? ¿A Milly?

—Nunca se hubiera atrevido conmigo. Y fue estricto con Milly, pero ya la conoces.

Milly nunca le hubiera discutido —dice ella, alargando su mano fría, con anillos, pero tan sedosa, para acariciar la mía—.

Yo a veces peleaba con él, pero Milly siempre se esforzó tanto para no decepcionarlo. No quería…

—Ser yo —acabo. Sí, ya veo a Milly tratando por todos los medios de darle el primogénito que había perdido. Llenando mis zapatos.—¿Hay algún pastelito que podamos comprarle, que no afecte su estómago?

—Oh, ella ya está bien de eso.

Por Dios, Maddie no sabe. Empiezo a pensar que soy el único al que Milly le dice la verdad. O eso espero.

Cuando llegamos a la casa —un beachfront grande y viejo, pintado de gris y azul con una adornada verja blanca— me doy cuenta de que Sebastian y Miriam no son el único servicio.

Han traído a dos mujeres más, que se afanan acomodando, a pesar del viento, un almuerzo como un picnic en la terraza que mira al mar.

Mi padre era mucho más frugal. Ahora me doy

cuenta de que Maddie tiene el doble de servicio que antes, si no más.

Tengo un mensaje de Tom diciendo que vendrán alrededor de las tres con su velero para sacarnos de paseo. No sé si es el trasnoche, el azúcar de ese bollo o la semana que he tenido, pero cuando me echo en una de las cómodas mecedoras de playa de la terraza, no me movería hasta la noche si pudiera.

—Estuve leyendo un artículo sobre… bueno, tu vida antes. Y cómo te afecta. Quizás hemos sido muy exigentes —dice Milly, sentándose a mi lado en una igual, de repente. Creo que me había adormecido.

—¿De qué estás hablando? ¿Mi vida?

—Ha sido un cambio brusco —dice ella, asintiendo para sí—. Y hay… condiciones que perduran en esos casos, según leo. Por lo que leí hay medicamentos para lidiar con eso en lo que te acostumbras.

Tengo que estar medio dormido. O Milly me está hablando de adicción al sexo.

—¿Perdón?

—Es un cambio brusco. Parece que toma tiempo. Tu cuerpo está acostumbrado a otros ritmos y no debe ser fácil… —suspira—. Si puedo ayudar… bueno, hay unos protocolos con regímenes de pastillas, y si yo puedo hacer algo para que estés más confortable, te adaptes, físicamente…

Parpadeo. Lo que tengo en la punta de la lengua…

—Evan, si no quieres hablarlo conmigo, Sebastian…

—Por supuesto que prefiero hablarlo contigo, pero ¿qué quieres que diga? —está empezando a darme risa.

Milly me arquea las cejas porque en ese momento llega Maddie para almorzar, y cambia el tema a una posible llovizna por la noche y por la madrugada, por lo que planea comprar pasteles y ofrecer un brunch en casa a Tom y otros amigos.

Milly asiente cortésmente y se ofrece a salir a comprar todo lo necesario en vez de ir a velear con nosotros, pero Sebastian insiste en tomar la responsabilidad para que ella se divierta.

Me alegro, aunque sigue sin gustarme la idea de juntar a Helena con Milly.

Alcanzo a darme una siesta en la habitación que me asignaron, una buhardilla con vista a la playa y una cama empotrada en la pared, muy rara, con motivos náuticos. Algo tiene el viejo colchón de lana que me hace dormir como un bendito.

Me despierto con la voz de Sebastian y me planto la camisa encima para bajar a la carrera. Estoy abotonándola cuando veo por la ventana que efectivamente en el muelle hay un gran velero: desde la ventana distingo a Helena, luciendo una magnífica solera que flamea, blanca con flores rojas.

Se nubla a ratos: el cielo tiene bordes grises

Abajo Milly está recibiéndole a Sebastian una bolsa de yute, que asumo tiene golosinas. Él se queda, y bajamos los dos a la playa, encaminándonos al muelle. Ella lleva pantalones cortos que imitan jeans y un suéter azul.

—¿Maddie no viene?

—No, la llamó una vieja amiga que la vio pasar hoy en la mañana. ¿Dormiste algo? ¿Te sientes bien?

—Estoy perfectamente, Milly —le insisto, aunque la verdad aún siento un ardor al caminar que no se ha pasado a pesar de crema y reposo—. ¡Hola, Tom!

Charlene y Helena nos dan la bienvenida con besos en la mejilla. Helena me aprieta el costado con un mohín aprobador mientras Tom ayuda a Milly a saltar al yate.

Hay placer de verme en Charlene, una expansión a su sonrisa que reconozco de mis clientas; pero en Helena hay un placer propietario al echarme una ojeada de arriba abajo, que también se expande cuando me tropiezo al saltar al yate.

Me cuesta abrir tanto las piernas, y no sería bueno que sobrextienda y empiece a sangrar.

Me puse un apósito, pero los slacks son claros y podría notarse.

—¡Bienvenidos a bordo del Artemis! —dice Tom, extendiendo los brazos, ya con una botella de vino en la mano—.

Esta joyita y yo estamos recién casados.

Lo compré el verano pasado, pero apenas alcanzamos a darle unas vueltas…

Hay más de beber en el camarote y Charlene armó una tabla de quesos.

Pueden reposar en cubierta y disfrutar. Voy a dar una vuelta a toda la rada…

Mi orgullo masculino demanda que vaya a ayudarlo, pero mi trasero está demasiado adolorido.

A pesar del cielo que se nubla, la vista es preciosa: el beachfront de Nantucket está entero ocupado de casas históricas, las playas muy cuidadas, y hay banderines al viento, gaviotas sobre las rocas.

Todo tiene una sensación de limpieza y frescura en que Nantucket parece reflejar el pálido azul del cielo, pero el agua, bajo nosotros, es casi esmeralda: cuando me asomo por el costado del yate, me asombra lo traslúcida que es. Puedes ver metros y metros.

—En verano no es tan clara —me dice Charlene, notando mi interés, sentándose a mi lado—. Por eso me gusta venir en otoño.

—¿Eres local? —le digo, acomodándome despacio en un cojín. El yate da algunos bandazos, pero noto que Charlene, Milly y Tom se mueven como si estuvieran acostumbrados. Helena y yo, los Costa Oeste que somos, nos agarramos con mucho cuidadito de las cuerdas y barras a mano.

—No, qué esperanza. Esta es isla de gente no solo rica, sino que con buenos apellidos. Soy de Chappaquiddick al norte, una caleta de pescadores en la desembocadura del río —dice mirando hacia el norte—. Pero sí sé navegar. Tom ama esto, pero está recién aprendiendo.

Me calma un poco.

—Me alegra tener una experta a bordo —le digo, sonriendo—. ¿Se conocen hace mucho tiempo?

—No tanto —dice ella, y hay un parpadeo, un discreto desvío de la mirada. Ajá.

Conozco ese gesto, ese momento de buscar una versión de la verdad o una buena y honesta mentira. Creo que sí fue, si es que ya no es, escort—. Estaba estudiando en la Universidad de Boston, pero congelé…

Pobre Charlene. Intenta impresionarme con sus dos años de estudio, de verse culta y coqueta, a ver si me interesa.

Está claro que ignora completamente mi pasado: que yo no solamente nunca pisé una universidad, sino que a duras penas pisé la secundaria, y que el cartón que tengo lo pagó mi padre por el triple de su precio.