Esclavo Tuyo La Amenaza de un Pasado. #2
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La Amenaza de un Pasado. #2

—No he podido resistirme; en verdad se suponía que venía a hablar contigo —miento, echándome en un sofá, manteniéndole la mirada. Ha funcionado: está radiante, relajada, casi risueña—. Tú también has dejado la industria, ¿verdad?

—Ocasionalmente. Hay que mantener relevancia y no todos tenemos billones a la puerta —dice elevando un hombro—. Pero Tom no es la primera oportunidad que se me ofrece. Y en este momento, tú eres una oportunidad que vale la pena explorar.

La codicia en sus ojos, el modo en que me observa como un pájaro a un gusano, me enerva.

Incluso mientras trabajaba con Jean nunca me sentí tan fuera de control, tan a la merced de otros.

Ni siquiera bajo un puente. Ni siquiera preso por vagancia o amenazado por la mafia: nunca me sentí tan como un objeto, tan una mosca encerrada en una botella.

¿Es porque me ha tenido contra mi voluntad?

¿O es porque ese dominio, esas amenazas, podrían llevarse la magnífica esperanza que me trajo Milly: mi padre muerto, familia que me quiere, un nombre respetable, una labor de la que estar orgulloso?

No más esconder mi cara del sol de la mañana, no más miedos…

—Quiero que seas mi esposo. Podemos divorciarnos más adelante, una vez que me establezca —dice Helena tranquilamente—.

Si te guardo el secreto, me merezco algo.

Y además… —añade, echándose en mis piernas, su mano subiendo propietaria por mi mejilla—.

¿No te gustaría tener a alguien de tu lado, alguien que te conoce y te acepta como eres, alguien a quien no le tienes que mentir?

¡Y con quien tienes sexo fantástico! Puedo ser tu aliada, ¿no ves?

Por un breve momento, me pregunto por qué siento tanto rechazo a la idea.

No es sólo porque no la quiera: no quise a ninguna de las otras 872.

Pero es cierto que es tal tipo de culebra que podría ayudar a mantenerme a salvo mientras me acostumbro a manejarme con tanto dinero, influencia, tentaciones…

No. No es ella la persona que quiero a mi lado cuando vengan las tentaciones a golpear la puerta. Sé exactamente a quién quiero, a quien la idea de disgustarla o asquearla me detiene como una pared. La última persona que quiero que vea mis fotos…

Oh, Milly. Y Madeleine, también…

—Y antes de que te hagas la idea de hacerme algo o tratar de sacarme del camino te advierto que tengo recursos.

He puesto tus fotos a buen recaudo, y saldrán públicas si yo desaparezco…

¡te arruinaré por completo! —agrega, aferrándome el mentón con dos dedos—.

Entonces, si para San Valentín no me has convertido en Mrs. Wexstone, todo el mundo, la internet y planetas cercanos van a ver las pruebas de cómo te vendías.

Y no te creas que puedes lograr que una confesión te gane simpatías.

Una pobre chica indigente que no tuvo más opción que venderse es muy posible que lograra que la opinión pública la defendiera, pero ¿tú?

¿Un niño rico drogadicto que casi mata a su madrastra, que echó su vida por la borda y que ahora sale limpio de polvo y paja?

¡Te van a destripar! Apuesto a que hasta la empresa de tu padre acaba baneada por tu asquerosidad.

¿No es la más romántica pedida de mano del mundo?

La estudio un segundo antes de aferrarla y besarla profundamente.

Todo su cuerpo se afloja en mi regazo, y yo doy gracias al Viagra, porque estoy en excelente posición para sujetar sus caderas, aferrarla rudamente de la nalga y abrir mi cierre de un tirón.

Helena emite un ruido de incredulidad, pero se transforma en un jadeo cuando me impulso hasta su mismo fondo bruscamente, y echa la cabeza atrás.

Cuando intenta agarrarse de mis hombros, le aferro los brazos y se los sujeto atrás, inmovilizándola.

Se acaban las amenazas, al menos mientras me muevo bruscamente, asegurándome de frotar su clítoris cada vez que la ensarto.

Su respiración se agita cuando me ayudo con un pulgar, pero mientras ella se deshace en una sucesión de grititos y gemidos cuando dos dedos toman posesión de su ano, yo entrecierro los ojos y oculto la cara en su pecho desnudo.

Oyendo su corazón agitarse, la humedad creando un sonido plástico a cada movimiento, aumento el ritmo y no la suelto aunque un orgasmo ya ha pasado por ella.

No: necesito que pierda totalmente la cabeza.

Después de mi padre, me juré que nadie me dominaría de nuevo.

No me rendí al hambre, las drogas ni la maldita mafia china. Una escort no me va a dominar ni romper. No, porque tengo algo mucho más valioso que defender esta vez que mi libertad, incluso.

Tengo un futuro.

Cuando está postorgásmica, lacia y derrumbada en mi hombro, le explico que no tendré el dinero hasta dentro de un año, y que hay una prohibición de casarme o comprometerme hasta entonces —mentira—, pero que si espera con paciencia, puede tener la fortuna y mi mano en cuanto herede, mientras cierre el pico.

Le prometo joyas, le prometo visiones de los dos paseándonos por París; le insinúo hasta romance, porque “somos iguales, ¿no ves?”.

Le prometo todo lo que quiera, incluyendo escapaditas sexuales con montón de orgasmos en secreto de vez en cuando.

Lo que esta estúpida no se da cuenta es que cuando tenga los billones, hacer desaparecer a una escort me va a costar menos que nada.

Es con ese pensamiento que soporto incluso que me sodomice, como tanto le gusta, con el dildo más grande que habrá encontrado, y aún con sangre en los muslos y su risa en mis orejas, muerdo la sábana y sonrío de oreja a oreja.

Es un déjà vu asqueroso colarme en la casa por la puerta de la cocina a las cuatro y media de la mañana, evitando abrir la puerta hasta el fondo, porque chirría en cierto ángulo: me deslizo despacio, aunque me duele bastante inclinarme, teniendo cuidado de cerrar la puerta sin soltar el picaporte, lo que activaría la alarma.

La desconecto y vuelvo a conectarla luego, algo que memoricé durante la tarde; pero mientras arrastro los pies hacia la cocina en busca de hielo para mi perineo, todos mis cuidados se van a la mierda, porque estoy rebuscando entre los packs de congelados en el freezer cuando alguien enciende la luz de la cocina y yo dejo caer un táper de vidrio lleno de aceitunas en mi pie.

El táper no se rompe; no estoy muy seguro sobre mis deditos.

—Hay terapistas que ayudan a la gente que no puede evitar cometer la misma estupidez una y otra vez —me dice Sebastián, en camiseta blanca y lo que supongo es su versión de emo goth pijama: un pantalón de algodón negro—.

¿Sabe que comimos dos chapsuis cada uno?

La señorita insistió en traerle uno de pescado y otro de camarón.

Son esas cajas blancas al fondo —agrega, yendo a buscar un vaso de agua y estudiándome por encima—.

¿Está borracho, se puede saber? ¿Drogado?

—Estoy harto, eso es lo que estoy —digo, echando la caja marcada como “camarón” al microondas—. Tengo casi treinta años, Sebastián. ¿Se asume que tengo permiso para salir un viernes en la noche? ¿O tengo que quedarme encerrado rezando el rosario contigo? ¿No puedo salir como la gente normal?

—La gente normal no vuelve cojeando y con aspecto de haber hecho la maratón —me dice, alargándome un segundo vaso de agua que me bebo con ansiedad—¿Se siente bien?

—Nunca mejor —aseguro expansivamente. Luego aparco el trasero en una de las sillas altas frente a la isla de la cocina y… apenas aguanto un grito. Pensé que era cuero acolchado. Es madera tallada.

Hundo la cara en las manos, odiando APASIONADAMENTE el estilo decorativo minimalista nórdico.

—Vi que sus exámenes estaban limpios de enfermedades de transmisión sexual cuando compré sus contratos, pero le diré a la señorita que se los repita si va a estar teniendo tantas conductas de riesgo… Los billones no le sanarán el VIH, de paso.

Lo detesto tanto. —Nadie te pidió tu opinión, santurrón insoportable. ¡Con razón no logras seducir a Milly!

—Eso no está en mi descripción de funciones, y no dejaría a la señorita tomar una decisión que afecte su futuro —me dice seriamente—. En cambio, usted no parece dispuesto a dejar que nadie arregle el suyo, pudiendo joderlo usted mismo…

Al fin se calma un poco la sensación de que alguien me ha metido un escorpión en el trasero, y levanto la cabeza para mirarlo con odio. Se me atraviesa un pocillo con chapsui de camarón humeante en la cara.

—Cómase eso. Los mariscos son buenos para las resacas.

—No bebí —protesto, pero agarro la cuchara. La verdad, está muy bueno—. No le digas nada a Milly. No volverá a pasar.

Sebastián me echa una larga mirada, evaluadora y fría. No sé qué ve, pero cuando ya voy por el fondo del bol —no que me demorase mucho—, asiente.

—No la decepcione. Ha puesto muchas esperanzas en usted. Y la señora Madeleine también —me dice al fin, volviéndose al ventanal. Hay una tenue luz gris en los cristales: se acerca el amanecer.

—Créeme, tengo intenciones muy firmes de no decepcionarlas —digo, dejando el bol en el lavaplatos y devolviendo la silla infernal a su sitio de un golpe.

—¿Se da cuenta de que en cuatro horas hay que tomar la avioneta para su visita a Nantucket? Se lo prometió a Tom Redford. La señora Madeleine mandó abrir y limpiar la cabaña de la familia allá para usted. Y la señorita Milly estuvo probándose sombreros por la tarde.

Lo había olvidado.

Joder.

Con la sensación de que estoy sentado en un ají picante, cuatro horas después estoy en la avioneta que, según me entero, Madeleine arrienda con cierta frecuencia para ir a la isla.

Milly está encantadora en jeans y blusa a rayas; Madeleine lleva un vaporoso vestido, un sombrero de paja y una bolsa del mismo material, que, cuando me pega juguetonamente en el trasero para apresurarme con ella, me hace ver burros de colores.

Pero soy un actor: disimulo, hago bromas, las ayudo a subirse (y a Sebastián, y a Miriam, y como a nueve maletas) al avioncito, un Cessna que parece de juguete, y respondo apropiadamente a sus bromas y excitación.

Aparentemente no van a Nantucket desde antes de la muerte de mi padre; y aunque aún está frío para bañarse, no dejan de hablar de restaurantes y de amigos.

Yo tengo muy vagas memorias de haber visitado la isla alguna vez: tengo la idea de que mis vacaciones de niño las pasé en algún lugar con bosques de pino y un río, pero todos mis veranos después de los once años los pasé castigado y con tutores tratando de mejorar mis notas, u obligado a seguir a mi padre por la empresa.

Odiaba más el verano por eso: oír a Madeleine charlar sobre, al parecer, pasar tres meses enteros con Milly al año en la playa me despierta una envidia intensa.

Se me acaba el preocuparme por tonterías cuando Tom me textea una foto en la marina, junto a un orondo yate, con Charlene en shorts y Helena en vestido, riendo, y con la nota de que lleguemos a almorzar con ellos.

Maddie comenta que puede que también veamos a alguien más del directorio: el club de yates era propiedad de mi padre, que lo cedió a la empresa, así como terrenos de lujo frente al mar en donde casi cada uno de los inversores construyó casas de recreo.

—¿Sabes nadar bien, verdad? Edgar hizo instalar una piscina olímpica… Milly nada mucho —me dice Maddie, mientras yo guardo el teléfono. No importa si Tom me manda más notas, pero no puedo seguir mirando la foto de Helena tan sonriente.

—Evan me salvó de una piscina ornamental cuando era pequeña y me caí. Estábamos de visita en alguna parte… —dice Milly, volviéndose en el asiento. A pesar de lo mucho que trabajamos esta semana, está radiante.

—Había olvidado eso. Sólo te pesqué cuando te hundías, tenías tanta lana encima… —le digo rememorando—. Pero sí, nado bien.

Madeleine se ve feliz, y yo me volteo a la ventanilla. La altitud hace que ahora me empiece a doler la cabeza trasnochada.

—¿Todo bien? ¿Te divertiste anoche? —me dice Milly, sentándose solícitamente junto a mí, mientras Maddie discute con Miriam que quiere comer langosta y va a comerla aunque tenga que nadar a buscarla.

—No mucho —suspiro, mirándola con más atención—. Creo que aprovecharé el tiempo leyendo los reportes que me preparaste sobre la Fundación en Risotto…

—Lesotho —me corrige ella, antes de bajar la vista y tocarme el brazo—.

Ehm… debería advertirte. Hay varias amigas de mi madre en la isla, y seguramente…

muy probablemente… va a querer que la acompañes de visita.

Está muy emocionada de mostrar que estás de regreso, y Claudio insiste en que tus fotografías son las que más han entusiasmado al público, así que…

—Lo que haya que hacer por la empresa y por Maddie lo hago con gusto, Milly —le digo, y no miento—. Pero me gustaría poder tener un rato a solas contigo.

—Quizás podríamos darnos una caminata hasta el faro, más tarde. Es la zona más antigua… trato de hacer ese camino cada vez que voy.

Se ve tan feliz con la idea que decido ahí mismo que no voy a contarle lo de Helena. Puedo lidiar solo con esa idiota. Milly se merece un par de días de paz, y si también quiere langosta, pues nadaré a buscársela, faltaría más.