Esclavo Tuyo La Amenaza de un Pasado.
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La Amenaza de un Pasado.

Esa semana, Milly y yo nos partimos la espalda.

No, no de esa forma.

Es una casa antigua, con columnas, cielo estucado y patio empedrado con una fuente. Los rosales que —me han contado— mi madre amaba aún rodean la casona.

Alguna vez debió de ser la casa más cara del pueblo: redondeada, victoriana, tiene un encanto avejentado y delicado, totalmente diferente al interés de mi padre por el ladrillo y el cuero.

Contrasta con su tejadillo gótico y las ornadas rejas art nouveau el hecho de que en cada sala haya pantallas: la Fundación está conectada con todas las esquinas del país y también con Centroamérica y Surasia, donde hay dos filiales.

Milly me presenta a las cabezas de cada sección —médica, educativa y constructora—, al encargado de lidiar con la burocracia nacional y extranjera y al encargado de asuntos administrativos.

Todos parecen aterradoramente competentes, dedicados y entrenados.

A veces creo que me va a dar un sarpullido: yo, tan inefectivo entre ellos y Milly, que no es más eficiente porque no se levanta más temprano.

Pero logro hacerlos reír, cubrirlos de elogios por sus trabajos y pronto me aprendo todos los nombres y características, además de stalkear sus redes sociales.

—Creo que hay leyes contra eso —me dice Milly el segundo día de regreso, recostada en mi hombro mientras yo miro un reel de la fiesta de cumpleaños del hijo de nuestra secretaria jefe, Lily. Debe decir algo sobre el niño que la torta sea de Stitch.

—Tengo que conocerlos si voy a trabajar con ellos. Además, si alguno muestra que vive en una mansión y conduce un Camaro vintage, ya sabríamos que nos están robando —digo, a lo que Sebastian hace un sonido de asentimiento desde el asiento del conductor.

—Qué desconfiado eres.

—Le has caído en gracia al personal, al menos —comenta Sebastian, aunque no saca la vista del camino.

Su calmada energía ha organizado los viajes, nuestras comidas y partidas con la eficiencia de una madre de quintillizos; Milly, mientras tanto, ha llenado mi día de reuniones, exposiciones y presentaciones.

Siento que mucha gente ha venido a mostrarme sus logros, esperando mi aprobación, y ciertamente la tienen; pero reconozco que, por las noches, me quedo sombríamente pensando que, mientras me muestran mortalidad infantil disminuida, importación de alimentos asegurada para alguna población o hábil manejo de crisis sanitarias en zonas rurales…

todos esos logros —de los que no soy más que una cheerleader— se comparan con los míos y me hacen sentir francamente miserable.

Sí, ya sé: ¿qué clase de persona ve a niños sobreviviendo la tos ferina y piensa en sí mismo? ¿En lo injusto que es que mi gran logro comparativo sea haber aprendido una versión de la danza del vientre?

Pero qué miserable me siento, qué avergonzado. En mi mundo yo era una estrella, algo admirable, valioso y costoso; aquí no soy… ¡Dios mío, no soy nada!

Una parte de mí casi lo resiente, casi querría volver a lubricantes y a mentiras bonitas.

Es absurdo, por supuesto.

Estoy camino a heredar millones sin hacer nada más extenuante que permitir que gente siga haciendo lo que ya estaba haciendo antes de que yo apareciera, y exitosamente.

Milly me deja con frecuencia en manos del equipo que hacen una hábil secretaria y un asistente, Lily y Stephen, quienes me proveen de buen café y me guían de la mano por las reuniones mientras Sebastian la lleva y la trae de reuniones en Manhattan.

Me sentiría mal de hacerla ir y venir tanto, de no ser porque al final de la tarde, cuando nos vamos en el auto…

sus explicaciones, sus opiniones, la forma en que se preocupa por el papel que hago me conmueven.

Por un rato, con ella, casi creo que soy capaz.

Por un rato, casi olvido todo mi pasado y pienso que yo también, eventualmente, voy a lograr algo que valga la pena.

Eso me dura hasta el viernes, claro, cuando Milly había hecho planes con Sebastian de llevarme a un restaurante novedoso de comida japonesa para celebrar mi semana de trabajo, y tuve que disculparme y decirle que iba a ver a un amigo.

Sebastian me miró con auténtica irritación, pero no podía desdecirme: Helena se había encargado de recordarme a diario con fotos, cada una más comprometedora que la anterior, que mi secreto estaba en la balanza.

Esa noche me arreglé como solía, dejando los trajes de T.

E. White por algo más seductor. No tanto porque Helena fuera a impresionarse —las últimas fotos dejaban muy claro que había pocas poses en las que no me hubiera visto…

(joder, ¿cómo me había tomado tantas fotos sin que yo lo notara?

¿Cuántas más lo habrían hecho?), sino por la necesidad de sentirme en control, de vuelta en mi antigua piel.

No como el risueño y modesto heredero recién llegado que había sido toda esa semana, sino el tipo más costoso, hábil e irresistible del menú.

Durante seis años al menos, nunca se me resistió una mujer.

No íbamos a empezar ahora con tonteras.

Ya había vuelto loca y seducido a Helena una docena de veces: una vez más no me iba a costar ningún esfuerzo.

Llegué temprano, pedí un café irlandés sin alcohol y me instalé en el rincón del bar con la luz más favorecedora.

Mis planes se vieron bajo prospectos positivos cuando Helena llegó halagadoramente temprano y, al verme en mi ropa habitual, casi se le saltaron los ojos de las órbitas.

Se adelantó tan de prisa que casi choca con un camarero.

Tuve que bajar la vista para no reírme, pero al mismo tiempo no sentí la habitual esponjada en mi ego que suelo experimentar cuando las clientas se muestran ansiosas. Sentí un pinchazo extraño, pero no era momento para niñerías.

—Tengo pedida una habitación arriba. Pensé que ibas a querer hablar lo nuestro en privado —me dice, deteniéndose junto a la mesa.

Lleva el vestidito negro que es tan uniforme de su profesión como los pantalones ajustados y las camisas traslúcidas lo son de la mía.

La sigo obedientemente, pero cuando se cierra la puerta del ascensor se lanza al ataque, y la dejo, sosteniéndola por las caderas mientras me besa con hambre.

A Helena le gusta morder: no me molesta, pero no quiero llegar con la cara como un chicle al fin de semana en Nantucket.

—Recuerda que tenemos que estar en público mañana… —le susurro, dándole una buena apretada a su nalga para que no se ofenda—. Y posiblemente en traje de baño.

—¿Me dices que sólo te muerda en lo que cubre tu traje de baño? —me dice, su mano yendo a sopesar esa área.

Asiento. Me tomé un Viagra para estar seguro de que los nervios no me traicionarían, pero nunca me hace falta. Soy un animal.

Helena no me suelta ni siquiera cuando salimos del ascensor y abre la puerta de un cuarto discreto, donde no pierde tiempo en arrastrarme a la cama.

Tengo que ponerla de buen humor y de mi lado.

En realidad me está haciendo un favor, porque éste es un talento que se me da mejor que hablar, generalmente.

Me abandono a nuestro ritmo habitual. Helena responde con energía, pero es como si mi frustración, mi impotencia y mis angustias se sublimaran en un deseo que parece furia.

Creo que nunca he sido tan brusco con una clienta.

Cuando la arrojo boca abajo en la cama, anudo su pelo en mi mano, le arremango el vestido y me precipito dentro, no estoy leyendo sus señales, buscando su aprobación, calculando mis movidas como siempre hago.

Por unos minutos, mi otra mano aferrando su muslo como una prensa, no hago sino buscar alivio, mi propio placer, una salida para mi furia, algo…

… y no lo consigo. Cada empuje sólo parece irritarme más, y cuando me detengo jadeante, ella me echa una mirada atrás, cómplice y ardorosa, y se aparta para quitarse el vestido y empezar a desvestirme a tirones.

—Helena… —murmuro, cuando sus manos arrojan mi camisa color berenjena al suelo—. Esto no es…

—No pienses, Evan, no te traje para eso.

Dios, tiene razón. No quiero pensar. Y si tengo que estar aquí, porque estoy tan obligado a estar aquí como lo estaba en el club, ¿qué tanto importa tratar de disfrutarlo un poco que sea?

La beso, rodamos por la cama y dejo que mi cuerpo use lo que sabe: deslizo mis dedos por sus piernas, succiono la redondeada protuberancia del hueso de su pelvis; presiono mis pulgares tras sus rodillas, separo sus piernas y hundo mi boca en su sexo.

Su alarido es mi triunfo, el saludo a la experticia de mi lengua y mis labios.

Sus ruidos son incoherentes cuando apoyo mis dientes en su clítoris y muevo la cabeza.

Puedo sentir contra mi costado cómo su pie se contrae, estira y arquea cuando el orgasmo la aferra; sus inútiles intentos de clavar los talones en la colcha.

Tiene los ojos contraídos cuando me yergo sobre ella y vuelvo a penetrarla, esta vez con el vaivén suave y ascendente que es perfecto para casi todas las mujeres.

Todas esas escenas de porno de un tipo moviéndose como un conejo en celo no logran sino irritar a una chica: es carne, no rascar una lija.

Si no te gustaría sentirlo en tus labios, ciertamente ella no quiere eso en ninguno de los que tiene.

Alargo y alargo su placer hasta que empiezan a correrle lágrimas y a arañar mis hombros. Sólo entonces me concentro en darle empujes más violentos, dejándome ir al fin cuando ella se retuerce por última vez.

Y no siento nada.

Ni orgullo, ni alivio. Nada, excepto un vacío que parece enfriarme por dentro cuando me corro sin cerrar los ojos, sin moverme, casi sin respirar.

—Has estado magnífico —me dice un rato después, tras pedir champaña y bombones a la habitación, paseándose en la bata de cortesía. Yo me he vuelto a vestir, pero no tengo ganas de champaña—. Diría que eres mejor todavía libre que pagado, ¿quién lo diría?