Esclavo Tuyo La Gala Wexstone #3
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La Gala Wexstone #3

Detecto la vibración en su voz: la chica ha evaluado las ventajas de un romance conmigo, pero además creo que le caigo bien.

Me vendría bien una tapadera por si las cosas se ponen complicadas, e incluso una coartada, pero no sé por qué me disgusta la idea de tener que venderle un romance a una chica una vez más.

Lo hacía con tanta naturalidad que casi me lo creía yo mismo con cada clienta (un verdadero actor de método, ven), pero ahora…

sólo quiero irme a casa solo, descansar un poco, pensar qué carajos hacer con Helena, con la Fundación, y seguramente sentarme un rato con Milly.

Ella sabrá qué hacer…

—Te llamaré, Tom nos había invitado a velear a la costa el fin de semana —le comento, entrelazando los dedos. No debo perder ni un contacto, todos pueden servirme, pero… esta vez es un esfuerzo—. ¿Podemos vernos allí?

—Llámame cuando quieras, lindo —me dice y me estampa un beso. Veo por sobre sus rizos a Madeleine haciéndome un gesto de picardía y felicitación, pero no siento nada más que un vago triunfo profesional de estar una vez más agradando, conquistando. Ni siquiera siento el rush de mi ego.

¿Qué me pasa?

La gente empieza a irse mucho antes de medianoche: la mayor parte de los inversores y donantes son mayores de sesenta. Unos pocos se quedan en la fiesta bailando y acabando con el buffet, pero Tom me detiene en una esquina, una copa vacía en su mano.

—¿Cuento contigo el fin de semana? Y mira, Helena y yo pensábamos seguir un rato en mi apartamento, ¿no te gustaría? Charlene irá, quizás Claudio…

—Estoy un poco cansado y pensaba escoltar a Madeleine a casa —murmuro, pero entonces tengo un sobresalto al girarme para buscarla con la vista.

En una esquina está hablando con Arturo Mena, y están muy, muy cerca.

Demasiado cerca. A pesar del disimulo de unos arreglos de flores y que han bajado la luz, veo que él inclina la cabeza y, aunque ella gira la cara, el beso que él le planta es bastante inconfundible…

¿Qué está pasando acá?

José Mancini aparece de la nada, y los dos se apartan, Maddy tomando el brazo de José y yéndose con él en dirección a la salida. No me ha gustado cómo se veía eso, pero supongo que puedo preguntarle más tarde.

Ahora, claramente le sobran las escoltas.

—Le gustaste mucho a Charlene —me dice Tom con una sonrisita. Sé lo que me está diciendo. Me pregunto cómo será la vida para un hombre al que la promesa de sexo lo entusiasma, en vez de parecerle un… deber un poco cansador.

¿Quizás tanto follar por dinero me ha vuelto gay? ¿Asexual?

Oh, por Dios, no.

—Ella es realmente encantadora —le sonrío, y veo en la entrada a Helena y Charlene esperando, envueltas en chales de fiesta, junto al BMW de Tom—. Pero paso por hoy. Vas a invitarlas a navegar el finde también, ¿verdad?

—Si me dices que invite a Charlene…

Asiento, y Tom me da un burlón saludito militar antes de irse. Los veo partir, y salgo afuera para agitar la mano y decirles adiós al mismo tiempo que tomo un poco de aire: los periodistas se han largado en su mayoría, y la calle está desierta, la ópera enfrente vacía.

El Mercedes que maneja Sebastian está un poco más atrás, estacionado pero con el motor encendido. Me acerco curioso, y entonces doy un respingo: en el asiento trasero está tendida Milly, y tiene a Sebastian encima.

—¡Sebastian! —ladro, abriendo de golpe la puerta trasera, y él levanta la cabeza y me mira. Tiene los brazos alrededor de Milly, que tiene los ojos cerrados, la cabeza caída—. ¿Qué estás haciendo con…?!

—Se mareó —me dice Sebastian secamente, y entonces me doy cuenta de que tiene toda la ropa puesta y sólo estaba acostándola cuidadosamente en el asiento trasero—. La llevo al penthouse del Edificio

—¿No vamos al hospital? ¿No deberíamos llamar a Madeleine?

—digo con ansiedad, subiéndome al auto, luego cambiando de idea y yendo al otro extremo, y metiéndome en donde pueda mantener los pies de Milly elevados en mi regazo.

Sebastian me observa con una expresión sarcástica, pero no puede disimular que está preocupado.

—Creo que es sólo deshidratación y falta de sueño, además de que no ha podido comer nada que se quede en su estómago. Tengo sus medicamentos en su oficina —me dice, subiéndose para manejar—. Si quiere irse con nosotros…

—¡Conduce, Sebastian, apúrate!

Milly despierta unos minutos luego, tratando de enderezarse, pero cuando ve sus pies en mis manos, y Sebastian le asegura que nadie vio nada y que Claudio quedó a cargo de cerrar el evento, vuelve a recostarse, un brazo sobre los ojos, y nos confiesa que se le parte la cabeza.

Masajeo sus pies mientras nos apresuramos al Edificio, y una rápida carrera en ascensor nos lleva a un penthouse un poco raído, pero limpio y despejado.

Me da la impresión de que hace tiempo que nadie se queda aquí.

Ella se tiende en uno de los sofás, y Sebastian se afana con una bolsa de suero, unas pastillas y una botella de Gatorade.

Milly es muy dócil y obediente: le alarga el brazo para que él lo pinche con habilidad y traga la bebida isotónica.

—¿Seguro que no necesitas ir al hospital? —insisto, sentándome a su lado.

—No, esto ha pasado antes… —suspira ella—. Evan, lo lamento. Era tu gran noche y tuviste que dejar a tu chica para venir a cuidarme… Sebastian se hace cargo de mí perfectamente, no era necesario… y tenías una cita.

—¿Cómo salió la tuya con Dickie? —murmuro con algunos celos, mientras veo a Sebastian desabrocharle las sandalias de tacón, subirle los pies al sillón y levantarse.

—No era una cita, estábamos trabajando —protesta ella.

Sebastian se vuelve hacia mí:

—¿Puedes vigilar el suero, que no se quede dormida y se vacíe? Iré a buscar algo que pueda comer.

—¿A esta hora? —pregunto incrédulo.

Sebastian me rueda los ojos, como si yo fuera un miserable pueblerino. Sí, supongo que no es difícil de conseguir algo sin lactosa en Manhattan, pero… ¿pasada la medianoche?

Sebastian se larga y Milly se recuesta cerrando los ojos.

Tomo una segunda botella de Gatorade para mí y doy una vuelta por el penthouse, que recuerdo muy vagamente de mi infancia, pero que no ha cambiado mucho: los mismos colores rojos y castaños que mi padre prefería, el mismo look de refugio de caza con tweed y motivos ingleses.

En un rascacielos. En fin, mi padre creía que eso era elegante.

Hay dos dormitorios y un baño completo, una mezcla entre comedor y sala de reuniones, y una cocina pequeña.

—¿Me podrías traer un sweater del dormitorio? —me pide Milly sin abrir los ojos—. Tengo frío.

No debería sorprenderme, pero me disgusta un poco abrir un clóset y encontrarlo lleno con ropa de mi padre. Reconocería el olor de su perfume en cualquier parte. Me encantaría quitarme el tuxedo y ponerme algo cómodo, pero asesino a Sebastian y le robo su ropa antes de ponerme esto.

Le llevo un gran sweater color avena. Es lío metérselo con el suero puesto, pero lo logramos. Le cubre las caderas: mi padre era tan alto como yo.

Milly suspira y se hace bolita en el sofá, mientras yo busco en el teléfono fotos de la Gala en Telegram.

Claudio tiene un verdadero talento: todo lo que está publicado se ve encantadoramente espontáneo, pero halagador y coqueto, y mi sonrisa haciendo un paso de baile con Charlene es contagiosa.

Incluso Dickie se ve apuesto, llevando a Milly de la mano en una escalinata: Helena está devastadora en las fotos.

Pero Madeleine se lleva el premio en su foto conmigo: ella sale en foco, yo no, pero su gesto es tierno al sonreírle a la cámara, cogida de mi brazo.

Quiero contarle a Milly lo de Helena, pero se ha quedado dormida. Aún está pálida. La vigilo en silencio hasta que se acaba el suero, y luego le quito la aguja, la tomo en brazos y muy despacio la llevo al dormitorio.

—Mañana iremos a Clayrton… —murmura cuando abro la cama y la acuesto—. ¿Me quitaste el suero tú…?

—Sé usar agujas, Milly —le digo con intención.

Ella levanta la vista hacia mí, sus ojos dulces aunque exhaustos.

—Eres muy bueno conmigo, Evan. Nunca… nunca te habría obligado a esto, no sabía lo que mi padre pretendía… temía que me odiaras.

—Milly, me sacaste de la prostitución y ahora soy director de una fundación —le digo, sentándome a su lado en la cama y acariciándole el pelo—. Y gracias a ti la mafia china no me hará gyoza.

—Las gyozas son japonesas… —protesta, pero apega la cara a mi mano.

Me quito la chaqueta y la corbata, y me acurruco a su lado, recostándola contra mi cuerpo. Veo que se remueve algo incómoda, pero enseguida comprendo: el vestido tenía pedrería de fantasía en los tirantes.

—¿Te ayudo? —ofrezco.

Ella asiente, pero creo que no se esperaba que metiera las manos en el sweater por el cuello, luego por la manga, y luego por debajo, le diera un tirón al vestido y lo sacara de la cama, con el sostén de bonus.

—¡EVAN! —exclama.

Yo me río, abrazándola púdicamente cubierta por el sweater y las mantas de la cama.

—¿Qué? Es una experticia duramente ganada… —me burlo, y ella también se ríe—. ¿Quieres ver las fotos de la fiesta? Madeleine está preciosa…

Milly se duerme apoyada en mi brazo, admirando las fotos en mi teléfono. Debería levantarme y apagar las luces, dejarla dormir para que se recupere, pero creo que me adormezco un poco yo, hasta que siento a Sebastian regresar y meterse en la cocina.

Me levanto y me asomo para verlo lidiando con pan blanco y unas cajas de quesillo.

—¿Qué es lo que está mal con su estómago, Sebastian? —pregunto cruzándome de brazos.

Él me echa una mirada de costado, vestido de jeans y sweater negro. Estoy esperando que toda su ropa sea de una profesión previa de enterrador, o tuvo una etapa goth muy interesante.

—No me corresponde…

—¡Oh, corta ya! La gente con “estómago sensible” no se desmaya por una gastritis. Estoy ayudando a cuidarla, dime la verdad.

—¿Por qué debería? ¿Para que la incite a beber más y en un año usted sea el único heredero? —me dice con suspicacia, cortando los bordes del pan.

—Milly ha sido buena conmigo. Soy un bastardo, pero no tanto —gruño—. Sebastian…

—Una úlcera —dice tras una pausa—. Creemos que la desarrolló en la universidad, pero no se trató en el 20, 21, 22… estábamos preocupados del Covid de la señora y del cáncer del señor Wexstone. Hasta que el año pasado colapsó vomitando sangre.

—Jesús…

—Yo sabía que algo andaba mal desde 2020 —dice con irritación—. Debí insistir más.

—No es tu culpa —digo, alargando la mano hacia uno de los sándwiches, pero él me pega con el canto del cuchillo y me alarga un bagel de la bolsa que tiene al lado—. Gracias por decirme, Sebastian.

Él asiente, pero me distrae el pitido de mi teléfono. Voy a la sala para mirarlo, y tengo que sentarme.

Charlene me ha mandado una foto sexy saliendo de la ducha, pero no es eso lo que hace que se me quiten las ganas de acabarme el bagel.

Es un simple mensaje de Helena. Me ha mandado una foto que debe haberme tomado en algún momento de nuestras noches juntos.

Estoy en la cama, con los brazos atados a la espalda, un dildo tamaño XL en la boca, y la cámara alcanza a captar la dilatación que tengo, porque ella me está penetrando en pegging, del modo que tanto le gusta.

Debajo, ha puesto: “Qué memorias, ¿no? Viernes a las 10.” y la dirección de un hotel.