Esclavo Tuyo La Gala Wexstone #2
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La Gala Wexstone #2

—Mi madre nunca anuncia lo que va a hacer, sólo lo hace y ya. A Padre lo volvía loco su impulsividad —suspira—. Pero supongo que eso te da una posición muy importante en la empresa. El lunes podemos ir a Clayrton, donde está la sede, y te presento al equipo.

—¿No crees que lo ha hecho para aliviarte un poco el trabajo? —le digo con suavidad. Ella hace un leve mohín.

—Me gustaba ayudarle con la Fundación, es lo más… agradable del trabajo. Pero está bien, es tu derecho…

—Milly —susurro, tomándole la mano—. Necesito toda la ayuda que puedas darme. Ya sabes que soy un total ignorante. Esto es una locura, que me pongan a mí como responsable del bienestar de tanta gente. Por favor, no me dejes solo con esto.

Ella asiente, una sonrisa regresando a su rostro cuando tomo su mano y la apoyo en mi pecho. Sus ojos se suavizan, hermosamente delineados en oro suave.

—Eres una buena persona, Evan. Lamento… reaccioné mal ayer. Nunca debí darte una bofetada. Te debo una disculpa, de verdad. Es que tu padre y Richard me desautorizaron tantas veces que yo…

—No tienes que disculparte. Te juro que mi intención era ayudar, Milly —susurro. Ella apoya la frente en mi hombro, y le beso el pelo, que huele a miel—. Vamos a comer algo…

Mataría a Richard. Cuando llegamos, el desgraciado va por el tercer brindis entre aplausos y risas, y de pie en una silla llena una copa y se la alarga a Milly con palabras sobre cómo es “la mujer que hace todo lo aburrido de esta empresa”.

Entre risas y grititos para que se la beba, Milly pone una sonrisa de circunstancias y se traga una parte antes de hacer el gesto de alargármela a mí.

Luego parece pensarlo mejor, y se la bebe toda entre aplausos.

—¡Tu estómago! —le susurro—. ¡Debiste dármela!

—Mejor mi estómago que tu sobriedad —me dice con una mueca, aunque cierra los ojos un momento.

Dickie la toma del brazo, susurrándole:

—En cuanto estos parásitos acaben de comer, abres el baile conmigo, ¿me oíste? Vamos a dejar entrar a los fotógrafos a las nueve en punto, así que no te desaparezcas…

—Sí, eso es lo que acordamos —dice ella apaciguadoramente.

Es notable cómo la cara de Dickie se transforma en halagador entusiasmo al ver a la mujer de Aster, una bella morena que de repente me recuerda a Charlene, a la cual busco para verla muy entretenida charlando con Sebastian, poniéndole la mano en el brazo mientras los dos llenan unos platos de pasta.

—Tengo que ir a ver a mi cita. ¿Algo que puedas comer de aquí?

—Iré por unas patatas —me dice Milly, con algún humor, una mano en su vientre—. Es tan gracioso que cocidas no me hagan daño, pero destiladas…

—Una patata no es igual a vodka.

—Dile eso a un ruso.

Milly me hace reír, y me abro paso hasta Charlene. Me pregunto vagamente si, igual que Helena, es o ha sido una yacht girl; pero es curiosidad. Dios sabe que no tengo el descaro de juzgar a nadie.

—Perdona por dejarte sola tanto rato, no sabía que iban a necesitarme en la ceremonia —le digo tan cálidamente como puedo. Creo que exagero un poco mi calidez, pero no puedo evitarlo; soy competitivo, y su miradita admirativa en Sebastian ha pinchado mi ego—. ¿Cómo puedo hacerme perdonar, uhm?

—La vas a tener difícil por comparación —dice con una sonrisa a Sebastian, que le ha alargado lo que parece crème brûlée y se ha despedido con una inclinación—.

Si tuviera dinero, contrataría a un hombre como ése para que me atendiera 24/7.

¡Qué suerte tienen algunas zorritas! —agrega, mirando a Sebastian abrirse paso hacia Milly.

—Mildred trabaja muchísimo; por supuesto que necesita ayuda —me irrito, pero ella se echa a reír y me toma del brazo

— Tengo ideas de cómo se puede hacer perdonar, señor flamante director de La Fundación Wexstone —agrega llevándome a un rincón a sentarnos—. Cuéntame alguna de tus aventuras por Europa; Tom dice que estuviste varios años perdido haciendo maldades… cuéntame y quizás nos inspiramos…

Gracias a San David Bowie, Helena no le ha dicho nada.

No sabe. Es un agujero menos que tapar en mi barquito.

La entretengo repitiéndole una historia sobre unas turistas alemanas locas en París que me contó una clienta una vez, y noto con cierto triunfo que empieza a tocarme: el brazo, el pecho, el muslo, con un interés bien patente y risueño.

Ajá, así que no tendré los hombros de Sebastian, pero sigo teniendo mi talento, ¿no?

Diez para las nueve. Es muy obvio que si quisiera llevármela a un hotel, habrían entusiastas asentimientos de respuesta.

Pero no tengo ninguna gana, la verdad. Me preocupa más que Milly ha regresado de una expedición tras bambalinas con todo el maquillaje refrescado (¿habrá vomitado?) y que Helena, que es chispeante y encantadora en un grupo de gente joven que rodea a Tom, lo coge de la corbata y lo trae a nosotros.

—Mira lo calladito que ha estado nuestro joven Director —dice Tom con una risa—. Claudio quiere fotos de todos nosotros bailando; dice que tu idea de la última sesión disparó nuestro engagement al cielo, la foto con más likes es la nuestra…

—Es que son los más guapos —dice Helena, echándole los brazos al cuello—. ¿Sabes qué rompería la internet? Una foto de ustedes dos bailando juntos. Representación y todo eso, diversidad…

—¡Eres tan inteligente! —exclama Tom, besándole la nariz—. Yo estoy dispuesto si Evan quiere…

—Oh, Evan no pone problemas; es de lo más dócil…

siempre está dispuesto a todo —dice Helena con intención.

Veo en las cejas de Tom que empieza a darse cuenta de que nos conocemos, pero justo antes de que pregunte, oímos a Etta James, y Dickie avanza al centro del salón mientras bajan las luces y suena At Last.

Hay una banda de música en vivo que no había visto: el arreglo orquestal es precioso. Milly se ve grácil en los brazos de Dickie, que la lleva un tiempo demasiado rápido; tras seis años de clases de baile en mi infancia, ciertamente sé hacerlo mejor.

(Sí, no se imaginan con qué gusto me arrancaban la ropa del cuerpo las clientas tras un tango: garantizo que mi padre nunca imaginó que monetizaría mis clases de baile de esa forma).

Hay aplausos a un giro que no es la gran cosa, la verdad, y luego se les une Madeleine, de la mano de José, y Claudio me hace un gesto.

Avanzo con Charlene de la mano, pero de repente Helena agarra mi otra mano y me lleva a la pista, Tom riéndose y llevándose a Charlene.

—¿Qué estás haciendo? —le digo con la boca seca.

—Quería bailar contigo. Qué quejoso te has puesto, Evan. Antes estabas tan feliz de que te escogiera, ¿no te acuerdas?

—Era un trabajo, Helena. No diferente al tuyo.

—Te recuerdo que las mujeres podemos ponernos un poco de lubricante y hacer teatro. Los hombres… —añade con un mohín coqueto—. No es lo mismo. Nunca vas a convencerme de que no disfrutaste nuestro tiempo juntos.

—Helena, no he dicho eso. Pero ahora todo es diferente…

—Sí, ahora es diferente —dice, deslizando una mano por mi cuello—. Ahora tienes dinero, y todo que perder.

—¿No estás con Tom ahora?

—Tom es un buen hombre. Pero nunca me ha dado seis orgasmos en una noche —me responde crudamente—.

Piénsatelo, Evan. Si me tienes contenta, yo podría ser un asset para ti.

Conozco a la perfección a una buena parte de la élite empresarial, Evan.

Me he acostado con la mayoría. Y si, francamente, no quieres que se sepan viejas historias…

La oprimo por la cintura.

—No me amenaces, Helena.

—No es una amenaza cuando estoy siendo muy clara contigo —dice despacio—. Ser Mrs. Wexstone suena fantástico.

—Eso no pasará.

—Entonces te volverán a desheredar, y esta vez definitivamente —dice. No sé cómo lo lee en mi cara, cómo detecta mi sorpresa, pero me doy cuenta de que no lo había dicho totalmente segura, y ahora mi cara se lo ha confirmado.

Maldita sea. Tengo que rehacerme o me va a tocar como un violín.

—Helena, sé razonable. ¿No prefieres que seamos amigos?

Vas a tener acceso a muchas cosas si somos amigos —le digo, concentrándome en volver a una sonrisa y una caída de ojos que solían ganarme extra tips.

Tiene efecto: Helena vuelve a sonreír, acariciándome el brazo de un modo propietario que me indigna, pero lo disimulo—.

Va a ser bueno poder ver a alguien a quien no tengo que mentirle…

—Los dos somos buenos mentirosos, pero seamos honestos juntos —dice acercándose a mí con tal interés que le echo una ojeada alarmada a Tom, que baila ahí al lado con Charlene—. Te buscaré antes de irme.

—Helena… —susurro, pero ella, sin perder un paso, me suelta y va a tomar a Tom con una pirueta encantadora, que hace que él ría y me guiñe un ojo dando una vuelta muy ágil para entregarme a Charlene y continuar con Helena.

Hay aplausos y flashes. Charlene se ve radiante, y tengo que concentrarme en bailar cuando el ritmo se acelera con Sway.

Nosotros cuatro y Claudio con su pareja estamos en el centro de la atención: Madeleine ya ha dejado de bailar y sigue el ritmo con las palmas, acompañada por José, y Milly… ¿Dónde está Milly?

Está en una esquina, con Dickie, que no baila con tanta soltura, pero que en vez de mirarla a ella, nos mira a nosotros, celosamente. El pobre desgraciado está celoso de nuestra popularidad, los flashes y la habilidad bailando, parece, pero difícil que le salga bien sin siquiera mirar a su pareja.

Es una pena. Ese vestido verde tiene un pliegue en el ruedo que yo haría aletear…

Alzo a Charlene en brazos al final, y Tom me imita, lo que nos gana aún más fotos y que Claudio casi nos bese de felicidad. Después de eso el baile se hace generalizado, y Charlene está radiante mientras bebemos juntos unas mimosas, aunque yo ni siquiera he transpirado.

Si cree que dos piezas me agotarían,ya la veo bailando una hora en una barra bajo fluorescentes…

—Tom me había dicho que eras muy simpático —dice alegremente, colgándose de mi brazo—. ¿Qué quieres hacer después de esto, Evan?