La Gala Wexstone
—Deberías haberte visto la cara —me dice Helena, después de que Madeleine baja y nos envían en una sucesión de automóviles a la Gala.
Hago el teatro de detenerme para ayudar a cada dama a bajar y luego a subir la enorme, impráctica y estúpida escalinata de La Cariossa (hecha básicamente para que los periodistas puedan tomar buenas fotos de los looks en cada alfombra roja de teatro que se ha hecho aquí).
Pero, aunque por un momento le tomé la mano y subí a su lado, no habíamos podido hablar.
Desde que la vi, siento que tengo una bomba atada al pecho. Por un momento, todo lo que podía repetirme era joder, joder, joder.
Asumo que tengo mucho que agradecer a mis años de actor y mis años de puto: me oigo a mí mismo riendo con Charlene, animando a Tom, felicitando a Claudio cuando llegamos a la Gala, que se ve realmente asombrosa.
Armada con mucha clase, es igualmente algo mucho más cálido y acogedor que las fiestas que se daban en los años de mi padre: hay paneles con relucientes fotografías enmarcadas de los dispensarios y laboratorios que el dinero de la Fundación paga, un catering colorido y atractivo, y al menos cien personas extremadamente trajeadas entrando y siendo fotografiadas por una jauría de periodistas afuera.
Madeleine está en el centro del salón, recibiendo saludos y riendo feliz. No he visto a Milly, pero en cuanto tuve un minuto y vi a Tom reunirse con Arturo Mena, le dije a Charlene que iba por copas, y atrapé a Helena en un pasillo.
No estamos solos: la gente pasa por nuestros costados, camareros echándonos miradas exasperadas porque bloqueamos un rincón mientras ellos maniobran con bandejas llenas de copas. Yo agarro dos, más que nada porque la sonrisa de Helena me da ganas de agarrarla del cuello.
—¿Cómo llegaste aquí? ¿Venías siguiéndome? —siseo.
Ella se echa a reír, su labial de un rojo elegante haciendo más burlón el gesto.
—Qué engreído eres, Evan. Conocí a Tom del modo más natural posible. Sabe de mi pasado y no le importa. Pero no te diré que no se me cayó la mandíbula al ver las fotos que tomaste con Tom. ¡El heredero Wexstone! Qué calladito te lo tenías.
—Hay una historia detrás…
—Oh, despreocúpate. Ya me han contado tus aventuras en Europa. Se podría decir que hacías tu trabajo por puro amor al arte, entonces… —me susurra, antes de inclinarse hacia mí—. ¿Te excitaba que te eligieran y pagaran por ti? ¿Es eso? Yo puedo entenderlo…
—Por el amor de Dios, cállate.
—¿Lo guardas en secreto? Es probable que a nadie le importe. Tom fue muy comprensivo conmigo, ¿sabes?
—Es diferente. Por favor, Helena, cierra el pico.
—Qué rudo te has puesto. ¡Y antes eras tan dulce conmigo!
¿No que yo era “una chica tan especial” y “la única que te entendía”?
—dice, apegándose a mi pecho cuando un camarero pasa por detrás suyo.
Levanta la mano a mi cara, y no sé qué me pasa: he fingido por años, y de repente no puedo fingir.
Creo que ve el rechazo en mis ojos, el mínimo gesto de echarme atrás.
La forma en que su cara se endurece es… siniestra.
—Ya veo —me dice—. Por Dios, qué idiota soy. Hago lo mismo y, aun así, caí: carnada, anzuelo, me faltó comerme el sedal…
—Helena, no era nada personal…
—¡Es bastante personal cuando estás metido en el cérvix de alguien, permíteme que te lo diga!
—¿Qué quieres que diga? ¿Qué quieres de mí? —gruño—. Helena, por lo que más quieras, cierra la boca, no le digas nada a nadie, necesito…
—¿Por qué debería importarme lo que tú quieras, Evan? —me dice con resquemor.
—Helena…
—Me llama Tom. Me lo pensaré. Búscame más tarde —dice, sonriendo de súbito—. ¿Sabes? ¡El heredero Wexstone!… esto puede ser un poco divertido.
Me quedo ahí de pie un segundo viéndola salir al encuentro de Tom.
Agarro otras dos copas de una bandeja y me giro, sintiendo el miedo apretarme el estómago: (y mi sobriedad a la verga, de paso).
Pero mientras busco a Charlene con la vista, me doy cuenta de que Milly viene caminando desde la zona de las cocinas, apresurada, teléfono en mano, pero deteniéndose a arreglarse el pelo y el vestido antes de volver al salón.
Y está preciosa.
El verde que me parecía tan feo contrasta de maravilla con su tez y el tono ceniza de su pelo: se ve delicada, artística, el medallón dorado en su pecho del mismo tono que los lisos que caen de su moño.
¿Porqué verla me calma? ¿Es ese color?
Está bastante maquillada, pero le queda bien…
—Pasó la noche devolviendo el estómago —me dice una voz en mi nuca, y casi dejo caer las copas. Es Sebastian, el desgraciado, un bluetooth en su oreja—. Tres días en su vida y ya la estás llevando al alcoholismo…
—No le puse el licor en la mano. ¿Se enfermó? ¡Si no debería beber!
—Tiene dentro tanta leche de magnesia que debe sonar como una piscina cuando se mueve —dice Sebastian severamente—. Y el señor Richard se ha ido a pelear con los Gustloff. ¿Podrías ayudarla a hacer los anuncios, por favor?
—Tengo una cita… —empiezo, a lo que Sebastian me quita las copas y enfila hacia Charlene. Me encojo de hombros en su dirección y le hago señas de que voy al podio, pero Charlene está hipnotizada mirando los hombros de Sebastian.
Ésta no es mi noche, definitivamente.
—¿Te pasaste la noche enferma? ¿Cómo te sientes?
—le pregunto a Milly, que acaba de dejar a un vejete rubicundo que le asentía con mucho entusiasmo y la vista pegada en su escote—.
Ella acepta mi mano para subirse al podio, y no hay animosidad en su rostro, sólo esa inexpresividad severa que ponía en la oficina.
—No es más que culpa de mi inconsciencia y mi propia estupidez —me dice, y veo cuánta base tiene puesta bajo los ojos—. Gracias por venir a ayudarme, Richard no ha estado muy dispuesto hoy…
—Déjame a mí. ¿Qué necesitas que diga?
—Es sobre la Fundación…
Milly saluda al público, y se proyectan unos videos sobre las actividades de la Fundación: luego me deja el micrófono, y definitivamente no tengo ningún problema en parafrasear todo lo que me dijo Madeleine hoy, aunque me tropiezo en un fragmento:
“…vacunas VPH y medicamentos HIV para trabajadores sexuales en la Costa, así como chequeos de salud protocolizados, junto con oportunidades educativas y de trabajo para cambiar de rubro…”
Excepto por la vacuna, es justo lo que están haciendo conmigo. Siento la mirada de Helena en mi cara: es imposible no notarla, incluso en penumbra, en su vestido rojo. Al igual que Milly, no tengo a nadie a quién culpar excepto a mí mismo, y la verdad me siento más que un poco como un imbécil.
—Y ahora pedimos un aplauso para la directora de la Fundación, la señora Madeleine Wexstone-Carinne —acabo, y Madeleine sube de mi mano, una luz en su bella figura, tomando el micrófono toda sonrisas y rubor.
—Les agradezco a todos por estar aquí para celebrar el trabajo de la Fundación y ayudarnos a alcanzar nuestras metas —dice dulcemente, pasándome una mano por la cintura, abrazándome como a un hijo—.
Nada de esto sería posible sin ustedes, y sin alguien que ya no está. Mi marido, Edgar Lawrence Wexstone.
Se proyecta una imagen tan cerca de mí, en la pared, que doy un respingo.
Es mi padre, pero es un hombre que no conocí. Envejecido y canoso, debilitado por los años, y aun así con una arrogancia y esa chispa de desprecio en la cara que era tan suya.
¿De verdad envejeció tanto en diez años?
Se me revuelve el estómago con el silencio reverente que se extiende entre la concurrencia, al rostro de amor y devoción de Madeleine.
Busco con la mirada a Sebastian, que me sorprende al verse igualmente disgustado, y eso me hace mirar a Milly, que me mira a mí.
Hay un momento en que nuestras miradas se encuentran, y veo en ella una extraña esperanza mezclada con tristeza y preocupación.
A pesar de estar enojada, creo que se preocupa por mí.
Y yo me preocupo por ella. La mano con la que se apoya en la balaustrada está blanca.
—Pero aunque mi querido esposo ya no nos acompañe, me ha dejado algo valioso en su lugar —continúa Madeleine, e inesperadamente me abraza, plantándome un beso en la mejilla—. ¡Nuestro nuevo director, mi hijo Evander Wexstone!
El aplauso me deja estúpido por un minuto: Helena, en el centro, aplaude con la expresión de una cobra viendo un pajarito.
Milly parece alarmada, pero Madeleine está radiante.
No puedo hacer otra cosa que abrazarla, aceptar sus besos y saludar al público con una mano alzada y la expresión más modesta que tengo.
—Gracias a todos por la confianza: haré todo lo que pueda para ser digno de ello y de la visión de esta Fundación —digo cuando Madeleine me alarga el micrófono—.
Gracias a Madeleine, la Fundación ha tenido un impacto asombroso en los últimos cinco años.
¡Vamos por otros cinco años de bondad y generosidad en su nombre! —exclamo, besándole la mano.
El aplauso es ensordecedor. Ella me besa de nuevo.
Milly invita luego al público a pasar a un buffet en la siguiente sala, y mientras la gente se mueve en búsqueda de comida y brindis, Madeleine me mantiene abrazado.
Echa la cara atrás para mirarme con tanto afecto, que podría matar a alguien para que no deje de mirarme así.
—Maddy… no debiste, no tengo ninguna preparación…
—Tienes un buen corazón, Evan, y Mildred está ocupada. Y mi salud… —dice moviendo un hombro con descuido, como si fuera una leve molestia—. ¡O quizás es mi nefando plan para que no te alejes de nuevo! Te necesitamos mucho, hijo mío…
Me condenaría por esa sonrisa, por sus besos en mi frente. Luego llama a Mancini y se va de su brazo a comer algo, mientras oímos a Richard empezando los brindis.
—¿Sabías que iba a hacer eso? —le pregunto a Milly, que niega con la cabeza, viéndola irse.