Esclavo Tuyo Vista de Rascacielos. #3
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Vista de Rascacielos. #3

El resto del viaje es en silencio, Sebastian dejando una selección de música incidental calmante en el reproductor. Cuando llegamos a la casa Corliss, Milly se va a su habitación, dejándome a mí para saludar a Madeleine, que se ve feliz de besarme y ofrecerme té.

No es hasta una hora después que logro despegarme de Maddie, y tras dejarla instalada viendo un reality que le encanta, subo con la excusa de cambiarme a algo más cómodo y busco a Milly.

Está en el estudio: siento el impulso de golpear la puerta, como antes, y esperar la voz de mi padre para que me deje entrar, pero es ridículo.

Milly está sentada en su sillón de cuero, con un vaso y un montón de hojas impresas. No ha encendido la luz y ya está bastante oscuro: enciendo la luz y voy a correr las cortinas rojas; el gran ventanal ya empañado por el frío.

—Termina de trabajar y acompáñame con Madeleine, que no logro entender lo que me explica sobre su reality… ni siquiera sabía que existía un butt lift tan gigante… oye, ¿eso es brandy? —digo con alguna sorpresa—. ¿Y tu estómago, Milly?

Ella deja el vaso en el escritorio. Se ha soltado el pelo y le cae algo en la cara; cuando deja el montón de hojas en el escritorio, hay algo brusco en su gesto que me inquieta.

—¿Milly? —pregunto.

—No vuelvas a desautorizarme —dice en voz baja.

—No sé de qué…

—No necesito tus rescates. Me preparo y sé lo que estoy haciendo.

Tengo que conseguir convencerlos con la verdad, no con movidas de simpatía y redes sociales.

Somos una empresa seria, no un meme —dice volviéndose hacia mí, y sus ojos chispean.

Siento el brandy en su aliento, por Dios, hace mucho que no anhelaba tanto un poco de alcohol—.

Puedes discutir y votar si estudias la documentación, pero esto no es juego ni una competencia de popularidad, Evander —exclama.

Yo me quedo de una pieza.

—¡Estaba tratando de ayudarte! —exclamo—. Esos viejos son incapaces de entender un gráfico, y no deberías tener que justificarte tanto. ¡Mi padre no lo hacía!

—Pero yo no soy tu padre. Y ganártelos con coqueterías para que hagan lo que tú quieres… —responde ella.

—¡Para que hagan lo que nosotros queremos! ¡Estoy de tu lado, Milly! —exclamo asustado. No esperaba enojarla. Por Dios, es tan yo: llevo dos días aquí y hasta la niña dulce ya quiere matarme.

—¿De verdad lo estás? ¿O me estás usando para adquirir tu herencia, y luego usar tu encanto para lograr que te voten a ti accionista mayoritario? ¿Ése es tu plan? ¿Ése es el plan de tu padre?

Oh, Dios. Creo que ese vaso no era el primero. Y yo pensaba que el paranoico era yo.

—Milly… —musito, y maldigo, porque sí: planeaba usarla para conseguir mi herencia, pero el plan no era hacerle daño.

No laboralmente, al menos. Y si le rompía un poco el corazón, pues seguro que hay una docena, partiendo por Dickie, para consolarla—.

Milly, no he planeado hacer nada de eso.

Sólo creí que podía ayudar… —digo, tomándola de los brazos.

Ella baja la cara como si no pudiera mirarme, pero cuando la atraigo apoya la frente en mi pecho, los codos…

—Eres como él —gime—. Una sonrisa, una palabra y todo el mundo pendiente de él…

Está hablando de mi padre, y… maldita sea…

La callo con un beso, porque es eso o ahogarla, pero el olor del brandy alerta todos los nervios de mi cuerpo.

Una vez eres un alcohólico, eres un alcohólico para siempre, bebas o no: basta una gota y esos receptores gritan de deseo en tu cabeza.

Pude resistir la llamada del alcohol estos años reemplazándolo por sexo y adulación, pero ahora es como si su beso fuera un añadido que hace el sabor irresistible, y la beso furiosamente, esta vez yo quien no puedo resistirse al deseo: succiono su lengua, muerdo su labio, apretándola contra mí…

Podría tenerla ahora, sobre el escritorio, sin detenerme; pero esta vez ella no es receptiva y entusiasta. Esta vez, un empujón en el pecho me echa atrás, doliéndome como el golpe de una porra, y su mano me da un bofetón tan firme que golpeo el escritorio con la cadera. Esto va a dejar un moretón.

—No vuelvas a interferir en mi trabajo. Y no vuelvas a besarme. No cuando no puedo confiar en ti —me dice en voz baja y fría, y se larga.

Hubiera querido seguirla, pero oír esa gelidez en su voz, esa decepción, ese disgusto es mucho para mí cuando estoy en este estudio. Supongo que era de esperarse. Lograr que la gente se decepcione de mí es mi superpoder.

Si no logro arreglar las cosas con Milly, tengo que mantener terreno con Madeleine: tras una noche bastante inquieta, me levanto a acompañarla al desayuno y ofrecerme a escoltarla a su modista, para darle los últimos toques al vestido que va a ponerse.

—Deberías decirme de qué color es tu vestido para comprarte el corsage y que vayamos juntos a prom —le digo, mientras, ante la mirada de vinagre de su asistenta Miriam, me meto a su auto y le ofrezco un bombón—. ¿A qué hora es la cosa? Ayer me entretuve tanto charlando que no pregunté…

—A las nueve, en La Cariossa —me dice Madeleine, comiéndose el chocolate a pequeños mordisquitos.

Era de imaginarse. Era el restaurante favorito de mi padre, más antiguo que la Ópera que está al frente.

Yo lo detestaba, la comida era muy picante y después de dos horas de Puccini el yo de diez años quería irse a dormir.

Pero si es el evento más grande que se ha hecho desde el Covid, tengo que estar allí, muy fotografiable: el tuxedo que me mandó T. E. White es espectacular.

—Llego muy tarde para ser tu cita, ¿verdad?

—Oh, mi amor. Por supuesto que me irás conmigo, pero ¿no tienes una amiga que invitar? ¿O llamo a alguna de las mías? Iré con José en memoria de tu padre, habrá un pequeño tributo, pero seguro que tienes alguien que…

—Pensé en invitar a tía Gertrude —le digo con humor, pero Madeleine se ve seria.

—No le digas nada, pero parece que no vendrá. Discutió con Milly. No sé qué le habrá dicho, pero Miriam me dijo que tuvieron toda una pelea por teléfono. No que ande escuchando ni nada… ¡pero vas a tener que buscarte otra chica, Evander!

¿Milly se peleó con la vieja por mí? No puedo imaginármelo. Pero ella estaba tratando de ayudarme, y aunque yo traté lo mismo, lo que hice fue ofenderla. Oh, maldita sea.

Madeleine se prueba un fabuloso vestido negro con unos pocos brillos, y recoge uno de un verde poco atractivo para Milly.

Luego insiste en pasar por unos helados, y me habla con volubilidad sobre la Fundación, los avances que han conseguido, y cómo en la fiesta que dieron en 2019 consiguieron casi nueve millones de dólares para investigación y su área de vacunas y servicio gratis para comunidades pobres.

Está radiante hoy: puedo ver cómo aún hay alguna fragilidad cuando se apoya en mis brazos, pero parece energizada por el prospecto del fundraiser.

—Y tanta gente que presentarte, hay tanta buena gente en la Fundación…

Madeleine charla y charla, y me descubro asintiendo, sonriéndole con interjecciones apropiadas como si fuera una clienta.

Me apena un poco darme cuenta de que soy incapaz de interesarme naturalmente, de darle la honesta atención que merece, pero la pelea con Milly me ha dejado descolocado.

No puedo fallar en esto, y cuando siento el riesgo… actúo.

Cuando volvemos, me entero de que Milly se ha ido a coordinar el evento con Sebastián, dejándome a mí a viajar con Madeleine, su peinadora, su maquilladora y el chofer, sin nada que hacer hasta las cinco.

Me siento como un niño pequeño que llevan y traen, y sinceramente, me costó menos una orgía con tres japonesas drogadas en anfetas y un colega, que el resto de la tarde y las conversaciones.

Soy un excelente actor, pero no sé por qué la discusión con Milly me ha dejado tan mal.

¿Quizás porque por una vez estaba honestamente tratando de hacer algo bueno, de ayudar a alguien, y ella se lo tomó como una ofensa?

¿Porque sé que de ella depende mi herencia, y que me deteste pone todo en peligro?

¿Porque estaba tan seguro de que la tenía en el saco y ahora todo se ha torcido?

Nunca me había fallado así mi talento para seducir chicas. Aunque, por otra parte, rara vez tenía que hacer más que una noche por vez con la misma.

Probablemente estoy fallando porque no me la he follado. Nunca una mujer ha dejado de adorarme de rodillas después: ésa es un área en la que soy todo un experto. Tengo que suavizarla lo suficiente para que se relaje, y entonces, ¡zas!, orgasmos.

No hay mujer que no esté más tratable y bien dispuesta después de unos cuantos.

Y empacaré chocolate también. Eso ayuda.

Cuando entramos al estacionamiento del Edificio, en donde hay un ascensor especial que nos llevará al penthouse para vestirnos antes del evento, tengo un pequeño sobresalto al bajarme: el déjà vu de pasearme por este estacionamiento me golpea.

No pensé que lo tuviera tan grabado: las voces, las puertas de los autos, el eco.

La memoria de mi padre está en cada rincón, aquí, y mientras ayudo a Madeleine con su maletita, me asalta otra realización: la pelea con Milly me afecta extra por los modos de mi padre que tiene, y por habernos peleado en ese bendito estudio.

Supongo que soy como un soldado con PTSD, de alguna forma.

Tengo que controlarme, no soy un niño. Tengo que calibrar mejor las cosas. Y, sobre todo, tengo que ganarme a Milly. Mi padre está muerto, sus millones son míos, y todo depende de lo que hago mejor que nadie, que es conquistar a una chica.

Pienso en eso mientras me meto en el tuxedo y me peino.

El estilista de Madeleine me da una ojeada y hace un gesto coqueto de que no tiene nada extra que hacer por mí, sacándole bufidos al resto.

José ya ha llegado, con dos muchachos desgarbados que son sus nietos; pero lo saludo y lo dejo esperando a Madeleine, bajando al lobby para esperar allí al vehículo que nos llevará a La Cariossa.

Y abajo tengo el disgusto de encontrarme a Dickie, discutiendo furiosamente con alguien en el teléfono. ¿Es que este hombre siempre tiene que estar peleando con alguien?

—Pensé que estabas ayudando en la Gala —le digo, cruzándome de brazos. Ya se ve sudoroso, y su tuxedo, aunque de excelente clase, está arrugado—. ¿Dejaste sola a Mildred?

—Esa frígida está muy bien sola —me dice, colgando la llamada de golpe. Le miro las venitas en los ojos, la torpeza en las manos.

—Te voy a aconsejar que le bajes a la coca, Dickie. Dosis más altas no te tendrán despierto más horas, sólo te darán un infarto. Sobre todo si lo mezclas…

—¡Eso debes tú saberlo bien! —exclama con disgusto—.

¡Paseándote en Europa mientras acá todos teníamos que aguantar a tu padre y su dictadura!

¡No tienes idea de lo que era…! —empieza, y ahí, yup, pierdo la paciencia, y avanzo, agarrándolo de un brazo para poder mirarlo a la cara.

A pesar de un perfume caro, huelo sus nervios y el sudor de la coca debajo.

—Si alguien tiene idea de lo que era tratar con mi padre, soy yo —le digo en un siseo. Quiero decirle algo más, posiblemente con mis nudillos, pero oímos un auto y voces afuera del lobby, saludos, risas. Son los Klein y Tom, que se reúnen en la escalera y entonces los oigo llamarme.

—¡Evan! —la voz de Tom es muy alegre: me ha mandado un par de memes de perritos durante el día y una foto suya con un pez del porte de mi brazo.

Pero ahora no se parece al pescador sucio y barbón de la foto: ahora está arreglado audazmente con un traje de cuello abierto, castaño con camisa blanca, y lleva del brazo a una morena alta espectacular, con ese aspecto intrigante del atractivo que no es modelesco—.

Evan, te presento a Charlene, es amiga mía… puede ser tu plus one, ¿verdad?

—Por supuesto —digo cortésmente, saludando a la chica con una sonrisa. Pero supongo que la chica nota algo en mi rostro, porque me mira con alguna suspicacia, y no es para menos, porque siento que me he atragantado con algo del porte de un durazno.

Si Charlene, vestida de dorado y con su espectacular melena rizada, llama la atención, mi vista ha ido a la pareja de Tom.

Porque muy sonriente, con un vestido rojo cerrado y el pelo en un elegante chignon, colgada de su brazo pero con los ojos fijos en mí, está Helena, cuya sonrisa se expande y se expande como un tiburón.