Vista de Rascacielos. #2
Con él está casi todo el resto del directorio, lo que me hace sonreír, porque mi padre siempre se quejaba de lo difícil que era conseguir quórum para nada, lograr que levantaran sus flojos traseros y vinieran efectivamente a las reuniones.
En esta época de Zoom, más me asombra que esté esta marea de viejos aquí, pero claro: ver al hijo pródigo de regreso debe ser un incentivo poderoso.
Está Mrs. Courtland, sin tucanes y mucho más seria que ayer, vestida de pantsuit rojo: es la única mujer aparte de Milly.
Hay dos viejos que son hermanos, los Klein, de una empresa de supermercados que mi padre absorbió hace años; Arturo Mena, un piloto de Fórmula Uno que nunca logró otra cosa que estrellarse, pero es un apasionado de los autos y dirige esa sección del negocio; José Mancini, un viejo amigo de mi padre que fue alguna vez su mano derecha, pero se pelearon y se convirtió en su eterno antagonista, llevando buena parte de los contratos que tenemos con el gobierno; y otro vejete que también trabajó con mi padre desde los inicios y, aunque está retirado, viene a cotillear: Hummel Gustloff.
Viene con su hijo, Áster, que es un poco mayor que yo; leí que se encarga de licitaciones.
Hay dos caras nuevas: Claudio Varela, que dirige media y comunicaciones, y Hugh Dahl, un arquitecto entusiasta de las casas modulares.
Hugh me dirige una sonrisa y me estrecha la mano, pero Claudio me echa una larga mirada que por un momento creo que es del tipo gay, antes de darme cuenta de que admira mi atractivo no para sí mismo, sino en la posibilidad de promocionarme como rostro de la empresa.
—Y estaba vivo —se burla Mancini, que más de una vez me dio palmadas por robarme los dulces de cortesía—. ¡Vivo! ¿No te molestaste en ir al funeral, pero para la herencia apareces, eh?
—¡José! —exclama la señora Courtland, defensivamente—. ¡No lo molestes, viejo!
—Considerando cómo lo trató Edgar, mejor que no apareciera en el funeral. Si hubiera sido yo, habría llegado con una granada… —dice con una risita y una tos el viejo Gustloff, al que su hijo le alarga una botella de agua.
Hay unos bufidos y Dickie comenta algo en voz baja, pero Milly se levanta y toma naturalmente el mando de la reunión.
Admiro cómo lo hace. Es tan obviamente la más preparada en el salón. Con un mando a distancia hace descender una pantalla, baja las luces y empieza una presentación sobre gráficos, mercados y porcentajes que es extremadamente ordenada.
Y profesional.
Y árida.
Sabe perfectamente lo que está hablando y alcanzo a captar algunos de sus razonamientos, que son conservadores y muy lógicos: más dinero en industria local es menos dinero en traslados e importaciones, mejor aprovechamiento de servicios, mayor ahorro.
Pero puedo ver que sólo Dickie, Claudio, Hugh y Mrs. Courtland siguen su narración.
Cuando se abre la puerta y entra un hombre de mediana edad, muy guapo, con una barba negra y ojos de un verde asombroso, todo el mundo emite un suspiro de alivio al encender las luces.
—Mildred, por favor, perdona la interrupción, tuve problemas con el Volvo. Por favor continúa —dice, sentándose a mi lado. Vuelven a apagarse las luces y ella empieza a hablar de inestabilidad política en Asia, cuando el hombre me alarga la mano.
—Tom Redford, logísticas y aduanas. Es un gusto conocerlo al fin, señor Wexstone.
—Dime Evan. El “señor Wexstone” es ella en este minuto —susurro, señalando a Milly y su gráfico en forma de manzana, que luego cambia a un Excel.
Dickie gruñe en respuesta.
—No importa cuánto alegues, la verdad es que el porcentaje de exportación habla por sí solo.
Hay un motivo por el que China exporta más que Australia, y es muy simple: precios —interrumpe, antes de que ella llegue al final de su presentación—.
Creo que deberíamos mantener la línea que mantuvo tu padre, en vez de hacer cambios tan súbitos. No está ni frío y ya quieres…
—Mildred ha estado a cargo de la dirección por año y medio ya, Richard —señala Claudio, a lo que Dickie le echa una mirada despreciativa.
—Pues yo creo que necesitamos un estudio más profundo, de profesionales, antes de cuestionarnos cambiar la política…
Hay un murmullo de asentimiento. Veo que los viejos Klein y Gustloff empiezan a enderezarse, como si esto diera por terminada la reunión. Mildred está de pie muy derecha, pero antes de que hable, oprimo mi botella plástica de agua de tal modo que suena y todo el mundo me mira.
—Yo no tengo ninguna opinión válida que añadir, lo siento —digo, sacudiéndola entre dos dedos, el movimiento atrayendo las miradas—.
Pero creo que, considerando lo complicados que son en Asia y, honestamente, lo difícil que es prever cómo están las cosas políticas allá, preferiría tratar con alguien que hable inglés —musito—.
Si pudiera elegir… —agrego, mirando a los Gustloff, que asienten.
A finales del año pasado, viajaron a Tailandia por la boda de Aster y les robaron TODAS las maletas. Me giro a Tom, que va a surfear a Melbourne todos los años.
Sí, mientras Milly estudiaba sus gráficos, yo me estudié los Instagram y Facebook de toda esta gente y les envié solicitud de mi brillante y nuevo perfil social (con foto de gatito con corbata).
—Creo que tienes un punto ahí, Evan —dice la señora Courtland.
Le pongo mi sonrisa más fascinante.
—Soy el primero en decir que no entiendo todo lo que Mildred nos presentó, pero por eso ella es la experta con todos esos títulos, no nosotros —digo, encogiéndome de hombros—.
Yo sugeriría que la dejemos tomar esas decisiones…
Aun si se equivocara, seguro lo haría menos que nosotros, y nunca será tan irreparable tampoco.
La empresa tiene muchos negocios y fuentes de revenue.
Lo que yo sugeriría, ya que estamos todos tan guapos y lo raro es que esté todo el directorio de Wexstone reunido, es que vayamos a comer algo y Claudio haga que nos tome unas fotos bonitas para la media.
Esas cosas venden más que todos los gráficos, ¿no es así?
Claudio aplaude mi idea; los viejos Klein le piden a Mrs. Courtland que les ponga colorete.
Se entusiasman como unos niños con la aventuraa, y es un grupo variopinto el que baja, se toma fotos por todo el edificio y la cosa acaba en una foto grupal, con globos de colores, en la escalinata del lobby.
Es espontáneo y alocado: en una de las fotos, me aseguro de abrazar a Mildred.
—Ahora los jóvenes de la empresa, por favor, miren acá… —insiste un fotógrafo, reuniendo a Tom, Claudio, Dickie, Hugh y yo en una audaz toma mirando hacia los rascacielos, como si tuviéramos grandes cosas en mente.
Mientras nos toman varios ángulos, Dickie masculla:
—No creas que no me di cuenta de lo que hiciste. Mildred no necesita un voto de confianza tan amplio, va a alocarse y es nuestra herencia la que va a sufrir…
—¿“Nuestra”? —musito, tomándole la mano—. ¿Me estás pidiendo matrimonio?
Me suelta con una cara de asco tan fea que realmente espero que la hayan inmortalizado para repartirla por internet. Tom se echa a reír y, cuando Dickie huye, toda su masculinidad sacudida, Tom me pone la mano en el brazo.
—Me ha gustado ver cómo lo pones en su lugar. La verdad es que creo que se opone a todo lo que Mildred propone por principio. No es por ser cotilla, pero dicen que es porque ella ha rechazado sus avances…
—Oh, me rompes el corazón, ¿a mi novio le interesa mi hermana? Eso es tan de telenovela mexicana —contesto, a lo que Tom ladra de risa. Es un poco mayor que yo y Claudio, pero es muy simpático—. ¿Qué es eso sobre un fundraiser, Claudio?
—Mañana. Es por caridad: ecología, mayormente. El dinero va a varias universidades y ONGs, y a la fundación de la señora Wexstone. Por supuesto, estás invitado con un plus one… —me señala el encargado de media, posando para otro par de fotos conmigo y Tom, charlando naturalmente.
—No tengo un plus one… —empiezo, pero Tom me agarra del hombro.
—¡Yo me ocupo de eso! Puedo traerte una amiga que estará feliz de estar invitada a la Gala, y se vería mal que vinieras solo… —me dice, con un guiño.
Yo le echo una mirada a Milly, que está escuchando a Dickie quejarse, y asiento.
—Y el fin de semana pienso ir a velear a Nantucket. ¿No querrían venir tú y Mildred? A ver si la convences de que se asolee un poco. No todo en la vida es trabajo —agrega con una sacudida de cabeza, indicándolos, lo que me hace sonreír perversamente.
Por supuesto que es una excelente idea que Milly y yo estemos solos, y conmigo en traje de baño, va a ser un porcentaje de aceleración en que se caiga redonda a mis pies que habría que graficar.
Pero verla actuando como líder de la empresa, llenando tan cómodamente los zapatos de mi padre, me ha hecho pensar en una pregunta inquietante: si yo tengo como cláusulas portarme bien y que Milly me apruebe, y de eso depende mi herencia… ¿qué cláusulas le puso mi padre a ella?
Sebastian aparece a las cinco de la tarde con el automóvil y nos lleva de regreso: ni una chance de hablar con ella a solas, máxime porque se va todo el camino discutiendo sobre la seguridad del evento con él.
Por lo que oigo, hace unos años un tipo entró con un arma a amenazar a mi padre: lástima que no tuviera mejor puntería.
Yo me entretengo configurando el teléfono y añadiendo los teléfonos de todo el mundo que encuentro en la red; por un momento me pregunto si debería llamar a Jean y reportarme, pero ya lo haré más adelante.
Por ahora compro un par de cosas online y me entretengo leyendo chismes de celebridades, cuando Sebastian de pronto busca mi mirada en el retrovisor.
—¿Cómo estuvo su primer día en la empresa, señor Evander? —pregunta.
—No era mi primer día. Me pasé toda mi infancia y parte de mi adolescencia metido en ese lugar, y sé cómo es la gente —respondo con cierta sequedad.
No necesito condescendencias del chofer.