Vista de Rascacielos.
Soy un montón de bostezos cuando nos subimos al tren, pero supongo que debí haberlo supuesto: tenemos un compartimento para nosotros solos, con mesita para trabajar y botellas de agua de cortesía.
Milly se ve bastante despierta, una trenza ajustada y un gran abrigo beige envolviéndola, y no parece molestarle que prefiera dormitar un poco, calculando que el viaje es largo y ya tendré tiempo para oír tips sobre lo que nos espera. La verdad, me muero de sueño.
—Evan —me susurra.
—Cinco minutos…
—Ya llegamos, Evan.
OH, MALDITA SEA.
Estamos en Grand Central y el tren está detenido: me dormí la hora y media.
Es frotándome los ojos que la sigo por la estación, teniendo cuidado de no chocar con la gente: soy bailarín, pero es ella quien se mueve como una anguila, mientras que soy yo quien recibe todos los carterazos en la cara.
Cuando salimos de la estación a una mañana fría y luminosa, oigo una voz alegre.
—¿Buenos días, señorita Mildred? ¿Lo usual?
—Sí, por favor —dice volviéndose a mí—. ¿Desayuno?
Hubiera pensado que la CEO de Wexstone Holdings pedía un Starbucks y un bollo afrancesado fancy de soja y alguna especia oriental a alguno de sus asistentes, pero se detiene en un carrito en la esquina y recibe alegremente un pan blanco con algún tipo de embutido dentro.
Parece un carro de hotdogs, pero el vejete grandote que lo atiende le ha alargado algo diferente.
—¡El especial blanquito! —anuncia—. Mi mujer le manda saludos, señorita.
—¿Cómo está Roxanne?
—Comiendo como un tigre y seguro a esta hora durmiendo en mi cama. ¡La vida de algunos! —dice encogiéndose de hombros—. ¿Y el joven, qué va a querer?
—Dame lo mismo que a Milly… Mildred —me corrijo, a lo que ella me mira de reojo, pero insisto.
Resulta ser un bagel blanco sin nada más que queso crema dentro, que francamente sabe a hostia, pero finjo disfrutarlo mientras nos despedimos y cruzamos hacia el Edificio.
—Ya están listas tus cuentas, te entrego todo llegando… —me dice, como si la azorase lo que pensaría el hombre cuando ella pagó por los dos.
—No te preocupes. Se siente como cuando era niño, y venía a la empresa… Madeleine siempre me compraba paletas —digo mirando al lobby del edificio.
Con una vista al Deutsche Bank y encajonado por el otro lado por WTC7, solía ser una masa tan sombría y poco inspiradora como la casa en Providence, pero le han añadido tragaluces, letreros y unas muy airosas letras plateadas en el costado: WEXSTONE CORP.
Todo esto es mío. Me duele el cuello cuando levanto la vista hacia la cima del Edificio. No lo había visto en años, cuando me fui huyendo corrí tan lejos que sólo me frenó el Pacífico.
—Buenos días, señorita —nos dice el guardia cuando entramos, abriendo la puerta. Mildred se detiene.
—John, éste es Evan, mi hermano. Va a trabajar aquí ahora. Pedí sus identificaciones el jueves, pero por hoy…
—Por supuesto, señorita. Bienvenido, señor Evan —me dice, saludando.
Es un hombre de color muy robusto, con ojos honestos: pero cuando me mira a la cara, me pregunto qué rumores habrá oído, porque hay una sospecha en su mirada…
Basta. No voy a llegar a ningún lado si me pongo paranoico. Le estrecho la mano con mi mejor actuación de Soy El Hombre Más Confiable Del Mundo, pero algo en su cara me hace sentir que sabe que estaba comiéndome a Milly en la cocina con excusas de frosting a las tres de la mañana.
Me estoy poniendo ridículo.
Nos metemos al ascensor entre un coro de “Buenos días, señorita Mildred” y ella se quita el abrigo, lo cuelga en su brazo, y mientras yo bostezo una vez más y me aseguro de no tener miguitas en las solapas de mi fantástico T.E. White a rayitas… algo pasa.
No sé explicarlo. Es como esas películas cuando Clark Kent se quita los anteojos y se abre la camisa. No pondría objeciones a que Milly se abriera la camisa, de paso. Pero es como si se enderezara, se… endureciera.
Estoy rascándome la nuca cuando de repente veo los ojos de mi padre en el espejo del ascensor. No, no sus ojos, que eran del mismo azul que los míos: pero en los ojos negros de Milly de repente hay algo igual a los de él. Algo que te hace pensar en aguas profundas y dientes.
Ella sale del ascensor pareciendo más… alta que antes, sus pasos más determinados, y yo me quedo pensando que TENGO que asegurarme de que de verdad no seamos hermanos.
Milly tiene una oficina junto a la que era de mi padre, que está cerrada: es amplia y severa, con los mismos muebles azul marino y vidrio negro en todas las superficies.
La veo recibir a seis o siete personas, firmando y dando respuestas breves y exactas a preguntas muy específicas.
Cuando guarda silencio tras el informe de un joven que parece de IT, el chico se apresura a asegurarle que los problemas en los servidores estarán resueltos antes de la noche.
Luego, un par de brujas que parecen sus asistentes —blusa negra con camafeo y todo— se sientan a cuchichearle, mientras yo finjo estar interesado en el iPad que me entregó.
Sinceramente los negocios me interesan poquísimo: podríamos decir que siempre los asocié con mi padre y por eso los rechazo, pero más bien tengo la sensación de que simplemente no soy muy inteligente.
Me salto los folders sobre “Mercados actuales”, “Absorciones”, “Adquisiciones” y voy al que dice “Miembros del Directorio”.
Abro Google en una ventanita. Y me pongo a trabajar.
Cuando Milly acaba de firmar documentos y discutir con las viejas, son casi las once en punto.
—¿Evan?
—¿Dime? —digo cerrando mis pantallas. Ya he acabado, estaba viendo un sitcom.
—A las once y media tenemos una reunión con el directorio, y te presentaré como observador por ahora.
Es todo lo que se te pide. En tres meses tendrás poder de voto —me dice, abriendo unos sobres que le han dejado sus asistentas—.
Aquí están tus tarjetas, tu teléfono nuevo y llaves de la casa. No tenemos oficinas vacías pero…
—Me gusta ésta —le digo, recostándome en el sofá duro. Es rígido, pero agradablemente largo: quepo estirado.
Milly parece un poco desconcertada.
—Puedes quedarte aquí conmigo, pero…
—No, quiero que sea sólo mía —digo echando la cabeza atrás y señalando la puerta que une esta oficina con la que era de mi padre—. Y tú ocupas ésa.
Milly se muerde el labio, apilando muy ordenaditas mis nuevas cositas en su escritorio.
—No la hemos vaciado aún, mamá… vendrá estos días. No sé si es…
—Eres su heredera. Te heredó todos sus problemas… Maddy, la empresa. Yo. ¿Por qué no usarías su oficina?
—Se siente raro —dice acercándose a mí, alargándome la tarjeta y documentos de identidad puestos en una billetera muy bonita, rojo oscuro.
Hay una timidez al alargármela que me dice que su actuación de empresaria y jefa severa no se mantiene ante mí, y eso me hace sonreír.
—No sé si estoy lista…
—Me dio la impresión de que sabes hasta cuántas tazas de café se toma tu personal al día. Yo creo que sí —le digo, y en vez de tomar la billetera que me alarga, la tomo de la muñeca y la siento en mis piernas.
—¡Evan! —protesta, pero en vez de sonrojarse hace un mohín—. No digas café. Me muero por uno y no puedo.
La rodeo con el brazo.
—Puedo comprar uno y le das un sorbito…
—No debo —me dice muy santurrona, y se arquea cuando pego la nariz a su cuello—. Compórtate, puede entrar alguien…
—¿De qué se trata la reunión?
—¿No leíste la carpeta con fecha de hoy? Tengo que convencerlos de aceptar abrirse al mercado australiano. Dickie quiere apegarse al sur de Asia, pero me preocupan los derechos humanos de la zona y, además, está el tema de la caída del yen…
Hociqueo su espalda, mi brazo yendo bajo su chaqueta.
—¿Y qué necesitas que diga?
—Lo que pienses —me dice, mirándome hacia abajo con un gesto algo escandalizado—. No tienes que mentir ni te voy a pedir que…
Le muestro mi billetera.
—Soy tu pobre asalariado, jefa —digo con un mohín picaresco, pero ella frunce los labios.
—Eso no tiene nada que ver, eso fue cosa de Padre…
—¿O sea no es para que te apoye en las reuniones que me tienes? —le digo con una risita, mis manos yendo a masajear sus muslos por sobre el pantsuit—. ¿Para qué me tienes entonces, eh?
Ella emite una vaga risita y extiende las manos con impotencia.
—Ni yo lo sé. ¿Padre quería que te vigilara? ¿Que me apoyaras? No sé lo que él quería en realidad, amarrándote así a mí.
—No pregunté qué querría él de mí, Milly. Lo que él quisiera, como creo probé fehacientemente, me importa un carajo —le dije. Y mi brazo la aprieta contra mí, mi cara contra su costado, casi en su seno—. Me interesa lo que tú quieres.
Su voz suena ahogada, íntima.
—No… no quiero nada de ti, Evan. Excepto que consigas… que todo salga bien. Yo no tengo derecho… —agrega en voz baja—. Todo esto debería ser tuyo…
La miro por un momento sin comprender. Pero entonces hay un pitido en el teléfono —anticuado, cuadrado, de esos que se comunican con la secretaria afuera— y la voz de una de sus asistentes suena:
—El señor Richard y los señores Klein ya están en la sala de reuniones, señorita Mildred.
—Vamos —dice, levantádose de un salto. Me arreglo la chaqueta y me levanto, pero pongo una mano en la puerta antes de que la abra.
—No olvides que estoy aquí por ti… Mildred —le digo suavemente. No puede disimular cómo le brillan los ojos, cómo le sale el color.
Es la clienta más fácil de toda mi vida. Si no consigo que esté colada por mí antes de fin de mes, me hago una tramp stamp.
Dickie me saluda con poco entusiasmo: lleva un traje con solapas tan grandes que creo que intenta aparentar que tiene pechugas de fisicoculturista, que, de paso, no tiene.