Volver al Hogar #3
Me levanto y bajo descalzo, a oscuras, al primer piso, mis pies recordando la casa como si nunca la hubiera dejado. Me sacude un poco pensar que, tras casi una década fuera de este lugar, mi cuerpo sigue condicionado a saltar el tercer escalón que siempre cruje.
Lo de la maligna vieja, aunque no parecía interesada en exponerme, me sacudió tanto como su jodido comentario sobre mi parecido a mi padre. Estaba tan confiado en que lo estaba haciendo bien, me sentía tan seguro de que podría lograrlo sin esfuerzo, y ahora… ahora siento que camino sobre alfileres.
Y tengo que seguir caminando un año.
Hay una luz en la cocina.
Por favor, que no sea Miriam…
Abro la puerta y me da un mareo. Es mi padre.
No, qué estupidez. Es Milly, usando una bata tejida que era de mi padre, roja y negra. Le arrastra un poco, aunque no es baja. Y ahora me doy cuenta de que la chaqueta militar que usó la noche que me fue a buscar era de él también.
Inconcebible como suena, incluso considerando que Madeleine no se ve tan afectada, ni nadie que haya visto hasta ahora parece llorar a mi padre… creo que Milly sí. Cómo alguien puede llorar a ese bastardo nunca lo entenderé, pero…
—¿Qué estás haciendo? —pregunto. Ella se sobresalta y luego pone una mano en su pecho. No tiene que explicarme más cuando veo un platito con torta en el mesón y una jarrita de té.
—No debería comer torta, pero es de cereza y no pude resistirme —me confiesa, encogiéndose de hombros.
En el modo honrado por hermanos desde que nacieron Caín y Abel, voy, tomo un buen trozo de su plato con la mano y me lo zampo.
—¡Usa una cuchara!
—En realidad está deliciosa —le digo, volviendo a abrir el refrigerador y buscando un cuchillo.
—Tienes que dejar para el desayuno… —exige ella, protegiendo el trocito que le queda.
Soy generoso: saco una buena rebanada y, tras darle un par de mordidas, le ofrezco el resto en mis dedos. Milly desliza un dedo para sacarme frosting, pero mientras se lo come, le pongo el último trozo directamente frente a la cara.
Creo que espera que lo quite de golpe o se lo estampe, y de pronto me inunda una oleada de nostalgia.
¿Habríamos crecido como hermanos si no me hubieran echado?
¿Habríamos jugado en esta cocina si me hubiera portado bien, habría mantenido a un idiota como Dickie lejos, habría tenido derecho a sus abrazos, sus besos, regalitos en mis cumpleaños?
Milly se come el trozo de mi mano con tanta confianza que me duele el corazón. Es tan dulce, y yo sé lo horrible que este mundo es. Yo sé lo horrible que soy.
—¿Cuál es la historia con Dickie? ¿Por qué se cree con tantas atribuciones respecto a ti? —pregunto, sacando una soda mientras ella bebe su té—. ¿Hay un romance con el viejo Dickie?
Ella menea la cabeza.
—Fui a su mismo colegio. Me llevó a mis proms, salió con unas amigas, y cuando estaba en primero de la universidad salimos un par de veces…
—¡Ajá, salieron! ¿Y qué pasó? —digo, apuntándole con el cuchillo lleno de frosting—. ¡Cuéntale a tu hermano mayor, cerdita!
Ella toma su té con las dos manos y se ve desinteresada.
—Pues no le gusté. Salimos dos veces, y luego nunca más me invitó. Supongo que beso terrible. A veces vamos a eventos del holding, pero…
—¿Cómo? ¿Y ése es ciego? Tú eres mucho más hot que él, aunque no es que sea un gran esfuerzo…
Ella se ríe, sacude la cabeza, lava su tacita como la niña buena que es, y luego mi cuchillo todo lamido. Me inunda un afecto absurdo por ella, a pesar de la bata que lleva puesta. Supongo que solamente alguien realmente buena persona podía sentir afecto por mi padre.
—Yo hablaré con la tía Gertrude —dice, poniéndolos a secar—. No te preocupes por nada, yo me haré cargo.
—Te haces cargo de un montón de cosas. Deja que yo me haga cargo de algo —digo, tomándola por la cintura, besando su nuca—. Dame cosas que hacer mañana.
—Lo haré —dice, volviéndose y sonriendo—. Tienes frosting en la mejilla, Evander.
Sonrío y se la ofrezco: la atraigo de la cintura cuando hace el gesto de quitármelo con el dedo.
No tiene por qué saber que esta misma escena ocurría, con salsa de tomate, en la película.
Es cierto que la mayoría de las rom-coms son exasperantes, pero también son excelentes Mira Cómo Se Hace de la psique de las mujeres que van a verlas.
La mayor parte están dispuestas a aguantar un montón de cosas por un segundo de romance. Por eso, cuando me quita el frosting con un besito, giro la cara y la beso tan profunda y cinematográficamente como puedo, saboreando ese frosting tan excesivamente dulce como ella.
¿Cómo carajos pudo hacerle pensar ese idiota que besaba mal?
Puede ser un poco tímida al comienzo, pero cuando lo profundizo, se derrite por completo.
Por cómo se agarra a mis hombros, no tengo dudas de que podría sentarla en el mesón de la cocina y continuar.
La idea empezaba a parecerme muy atractiva, sinceramente, cuando gimió al sentir mi muslo presionándola contra el lavaplatos entre los suyos: he tenido 873 mujeres entusiastas y ella está entre las diez más dispuestas. Quizás entre las cinco.
Pero abro los ojos, y tengo ambas manos en la bata de mi padre: la suelto como si me hubiera quemado. Ew.
Milly se tropieza contra el lavaplatos, mete la mano al agua al perder el equilibrio, da un gritito y nos salpica a los dos al sacarla.
—¡Perdona! —exclama, porque el agua helada me ha chorreado por la cara.
Me seco con la manga y la recompenso con una risita. Ella menea la cabeza como si se burlara de sí misma.
—Vamos a dormir, Milly —le digo, tomándole la mano mojada.
Pero ella no se mueve.
—Mildred —dice, yendo a apagar la luz. Se queda de pie, una silueta en el pasillo claro de luz de luna—. Nadie me llama Milly en la empresa. Es Mildred.
—Si te acostumbras a “Evan”… —insisto.
Ella asiente y sube la escalera sin esperarme. Está bien.
Necesito un vaso de agua con hielo: ese salpicón no ha bastado para enfriarme.