Volver al Hogar #2
—Se irán al cine —digo al rato, metiéndome al cuarto del tercer piso que, tras unos paseos, calculé sería el correcto.
Sebastian, que tiene unas corbatas sobre la mesa y estaba leyendo algo en una tablet, me levanta una mirada como si estuviera pensando en qué nivel de violencia merezco por meterme en su cuarto sin invitación.
—Hay figuras legales sobre empleadores acosando a sus empleados… —me comenta despacio, a lo que elevo las manos.
—Sí, bueno, no soy tu empleador, y deberías estar feliz de que no haya una ley contra babear a tu empleador, o Milly te deja en la calle —bufo, echándome en una silla junto a la cama—. Por otro lado, Dickie from hell te deja chiquito. ¿Qué se ha creído ese tipejo?
—Para empezar, se cree que será el heredero de la familia —me confirma, volteándose en su silla para mirarme—.
A la señora tampoco le gusta mucho, pero la directiva está de su lado.
Por algo los dos van a hostear el fundraiser de la empresa juntos, el próximo mes.
Va a ser lo más grande que hayan hecho desde antes del Covid.
—¿Ah, sí? ¿Y cuándo se decidió eso?
—Ahora en el almuerzo. Asumo que estabas pensando en cosas más importantes —me suelta Sebastian con acidez.
Maldita sea. Dickie puede irse a la verga si piensa que se va a llevar el 55 de mi empresa con Milly envuelta para regalo.
Aunque me pregunto desde cuándo a mí me interesa eso.
Hace dos días, si me hubieran dicho que tendría esta oportunidad, me habría portado bien (dentro de lo posible), habría aguardado a cobrar mi parte, la habría vendido al mejor postor el día uno y me habría largado a Tailandia con el dinero.
Era lo que siempre soñé hacer, cuando pensaba en la muerte de mi padre.
Ahora… todavía quiero hacer eso, pero Dickie. Dickie se me atraviesa. Es que, qué asco. Y la idea de Dickie planeando tenderse entre las piernas de Milly para hacer algo como lo que yo hice anoche me llena de una furia asqueada.
Más encima con lo fácil que es Milly.
¡La idea de que reaccione igual a ese Ken plástico con pelo de cepillo me da ganas de pegarle a los dos!
—¿Alguna vez hubo algo entre ellos, Sebastian?
El tipo me mira, y no tiene que decir nada, porque tiene ese brillito en los ojos que les aparecía a los dealers cuando les decía que no tenía dinero y que ahí venía la paliza.
—No es algo que yo debería estar respondiendo. Puede preguntarle a la señorita…
—Puedo preguntarle a esas viejas también, pero quiero oírlo de ti.
—¿Por qué? —me dice, y veo una chispa de enojo en sus ojos—. ¿Por qué de mí?
—Porque a nadie más parece importarle Milly, por eso —le digo, cruzándome de brazos. Pero Sebastian no pica, reflejando mi gesto.
—¿Eso lo incluye?
No importa lo imbécil que se ponga ese Kevin Costner de cuarta.
Me pongo traje y bajo a escoltar al pack de viejas, entre las que Madeleine brilla como la protagonista de una película.
Cuando están plantándose abrigos y echarpes para salir al auto —Maddie tiene su propio chofer, veo, un vejete que no conozco—, me giro al ver a Dickie y Freddie dirigiéndose a un auto distinto.
—¿Los veré allá?
—No, hay reunión mañana, nos vamos al Edificio ahora —dice Dickie con un gesto descuidado. El “Edificio” era como mi padre llamaba a las oficinas del holding en Manhattan.
Como, ya saben, como si lo que lo rodeara fueran bungalows, vaya.
Busco a Milly con la vista para preguntarle si nosotros también iremos, pero recuerdo que dijo algo sobre un tren…
Y no la veo.
—¿Milly no viene?
—Tenía una reunión por Zoom, pobrecita —dice mi tía Gertrude
Envidio a Milly un poco cuando tengo que escuchar durante todo el viaje la relación de varias operaciones de estas mujeres, pero soy un profesional y seguro debo parecer el más afectuoso de los sobrinos.
Les compro bebidas, palomitas y dulces con lo poco que me queda en la cuenta: tengo que hablar con Milly sobre conseguir más.
Aunque por un momento me siento extrañamente incómodo con la idea.
—Su tarjeta se ha declinado —me dice el vendedor, y tengo un sobresalto. Estaba seguro de que me quedaba algo más. Las tías se han ido a buscar nuestros asientos, y me quedo congelado pensando en qué hacer, cuando alguien pone un billete sobre el mostrador.
—Me pasa todo el tiempo, me olvido de traspasar —me dice pagando y alargándome la bandeja—. Camina, sobrino. ¿Saben que mi sobrino es actor? Seguro traerlo a ver películas debe ser frustrante; una romcom no es Shakespeare precisamente, se va a aburrir… —le comenta a la vendedora.
—No sé cómo pasó… —empiezo, pero ella menea la cabeza mientras avanzamos a la entrada ya oscura de la sala.
—Dile a Mildred que te extienda una cuenta. Aunque no sé por qué tenía la idea de que nadabas en dinero ganado por ti mismo.
—Como actor…
—No sé yo —me dice, subiendo la escalerita en la casi oscuridad, y su mano huesuda agarra mi codo como una pinza—. Una amiga mía dijo que había pagado nueve mil dólares la noche para… verte.
Sólo los años de bailar con tacones evitaron que mandara la bandeja volando sobre las cabezas del público. Tía Gertrude no me suelta, vaya el agarre que tiene.
—Tía… —musito.
—No diré nada —me asevera, y en la penumbra sus ojos son tan triunfantes como las trompetas que anuncian el inicio de la película de Paramount—. Pero me alegra asegurarme de que mi Charles no ha caído al menos TAN bajo. Por Dios, Evander, ¡eres tan igual a tu padre!
—¿Hola, qué película vieron? —Milly levanta la cabeza del escritorio, donde tiene varios libros y laptops abiertos. No estaba en su cuarto, como esperaba.
Regresamos tarde porque a las viejas se les ocurrió ir a comprar a un drive-thru “como los jóvenes” y estuvieron una hora con el auto parado comentando sobre la extraña comida en bolsitas.
Supongo que el chofer estaba igual de exasperado que yo: me bebí una gaseosa y, la verdad, estuve a punto de dejarlas y venirme caminando cuando al fin se aburrieron de charlar.
Cuando se fueron, subí a Madeleine a su cuarto; pero me asustó que, en cuanto sus amigas se fueron, guardó silencio y se apoyó en mi brazo con todo su peso. Su cara de repente se veía muy delicada bajo el maquillaje.
—¿Maddy? ¿Te sientes bien? —dije alarmado.
Ella asintió, sonriéndome.
—No es nada, querido. El Covid me dejó… me falta el aire, a veces, pero qué bien la hemos pasado…
Ha sido un cumpleaños maravilloso… A ver si logras que Milly se ponga mañana la pañoleta azul que me trajo Linda…
Le quedará mucho mejor a ella, y hay niebla en las mañanas…
Ha sido tan lindo tenerte con nosotros, Evander. ¿Y te ha gustado la película…?
Jadeaba un poco al hablar. Me aseguré de dejarla en manos de Miriam, que la esperaba con rezongos de que salir hasta tarde no era aconsejable con su condición, y que la metió en cama en un santiamén.
Pero fue de bastante mal humor que, tras no ver luz en el cuarto de Milly, me asomé al estudio de mi padre, lugar que basta por sí solo para ponerme los pelos de punta.
Detrás de esa puerta tachonada está el único lugar en donde me pegaron y yo no pude devolver los golpes.
Ni siquiera se me hubiera ocurrido.
—¿Qué le pasa a tu madre? ¿Por qué está tan delicada?
Ah, y la vieja bruja Gertrude sabe. Además, no me queda dinero —barboté todo a la vez, apoyándome en el escritorio lleno de papeles, laptop y lo que parece ser unos gráficos en una tablet—.
Y vimos una rom-com sumamente tonta sobre un tipo musculoso que seduce a su chica de la limpieza. Sebastian la habría disfrutado a mares.
Milly se quita los lentes: tiene los ojos enrojecidos. Se los frota y va con paso lento al bar para servir dos pequeños vasos.
—No deberías beber si tienes el estómago delicado.— rezongo—. Y yo no debo beber porque tengo la sobriedad súper delicada.
—Es sirope de uva, nada más —me dice, agregándole soda y alargándome un vaso.
—¿El tequila que te di esa noche te hizo daño? —pregunto.
Ella se encoge de hombros.
—Yo me lo bebí, podría haber dicho que no —suspira—.
Mi madre… tuvo dos vueltas de Covid. La segunda la dejó con lo que llaman Covid largo.
Aún se está estudiando, pero parece algo…
autoinmune. No sé. Anemias, síntomas respiratorios, infecciones…
no se sabe aún cómo funciona. Por eso la cuidamos mucho: tiene dos médicos a cargo.
—Agrega—. Lamento lo del dinero. Te abrí cuentas, pero no estarán hasta el lunes. Y tampoco… —se muerde el labio.
—¿Tampoco qué?
—Tampoco tendrás derecho a una licencia de conducir ni a más de trescientos dólares en tu cuenta.
—¿Qué? —exclamo—. ¡Tenemos millones, Milly!
—No, la empresa tiene millones. Tú y yo no tenemos derecho a mucho hasta que se cumpla el año, según los albaceas. Me gustaría darte más, pero nuestro padre lo dejó protocolizado y no quiero cometer ningún error que los abogados puedan reprochar y cuestionar.
—Pero pensé que padre te había dejado…
—Su dinero personal pasó a mi madre. Todo lo demás está en evaluación.
Y este año… el directorio va a tratar de tomar más control.
Papá… actuaba como un autócrata, lo sabes.
Nadie respiraba si no era a su gusto. Ahora que no está, y el Dow cayó…
—empieza, pero luego se calla—. Te estoy aburriendo con esto.
—No entiendo, Milly.
—No te preocupes. Voy a solucionarlo. Es tarde, ve a dormir… mañana tenemos que tomar el tren de las siete y media para llegar a la primera reunión. Te explicaré de qué se trata en el tren… —bosteza, cubriéndose la boca con el dorso de la mano—. Perdona…
— Vete a dormir tú, Milly.
No puedo dormir.
No es la primera vez que me pasa en esta casa, pero tras un vago duermevela me despierto a las cuatro y no logro volver a dormirme.
No me atrevo a tomar una pastilla, o pasaré de largo.
Todo junto me ha dejado inquieto y lo último que quiero es llegar con aspecto resacoso a presentarme en la empresa. Pero parece que no hay caso.