Volver al Hogar
Los invitados se acomodan en la sala del frente, que ayer noté Madeleine había transformado del espacio gris con negro y blanco de mi padre a un lugar acogedor con chintz, estampados de flores y plantas, espejos y radiantes lámparas de porcelana.
Lo único que queda de mis recuerdos es un gran cuadro al óleo, un recuerdo de mi madre, que muestra un paisaje nevado, con una cabaña frente a un cielo a manchas azules que semejan el efecto en el suelo, mezclando artísticamente barro, agua y nieve. Es tan vívido que casi parece una ventana.
Recuerdo haber estado de pie frente a ese cuadro que pintó mi madre, pidiéndole protección en silencio mientras mi padre me recriminaba a voces en esta misma sala.
Él no creía en ponerse al nivel de un niño ni mucho menos: peleábamos de pie, sin que se admitiera réplica, acumulando sus reproches y sus gritos hasta que sólo oía un zumbido y todo parecía muy lejano.
A veces mi vista se iba al cuadro, hecho por la misma persona que me hizo a mí, y me sentía igual de nevado y embarrado por dentro.
Es un cuadro bastante triste.
Me habría gustado conocerla.
Sebastian se ha asomado para repartir cócteles, aunque apenas pasa el mediodía. Noto que le alarga algo rosado a Milly, que está respondiendo preguntas de una de las viejas sobre su vestido.
—¿Qué bebes? —le pregunto en un susurro—. Sebastian, ¿puedes darme de lo mismo que bebe Milly? —le pido, a lo que él eleva una ceja pero me ofrece lo mismo. Es dulce y fresco.
—Ya estás con esos batidos, prueba un poco de esto, apenas tiene tequila… —empieza el tipo vestido de marinerito.
Le levanto una ceja imitando a Sebastian, que debe tener un posgrado en eso.
—¿Dickie y tú son amigos? —saludo—. Evander Wexstone, no sé si nos conocíamos… —intervengo.
—Evan, soy yo, Freddie —me dice el tipo.
Oh, no me lo creo. Freddie (Alfredo) Courtland era un enano de la edad de Milly que me seguía a todas partes como un pomeranian y era del mismo porte.
Probablemente el pomeranian promedio era más listo, sí.
Ahora me supera en estatura y tiene el mismo tipo de musculatura de Sebastian, casi podría sentar a Milly en el hombro y hacer sentadillas.
Debe hacer muchísimas sentadillas. ¿Celoso yo?
—Vaya, no te había reconocido, cómo has crecido…
—En cambio se nota que tú sigues siendo exactamente el mismo. ¿Dónde te habías metido? Tu padre actuaba como si te hubieras muerto… —me suelta Dickie, que está bebiendo whisky a esta hora.
Hay, no un silencio, pero sí una baja de volumen en la conversación de las viejas y varias ojeadas hacia nosotros que me dicen que, aunque fingen estar escuchando a Madeleine, en verdad están pendientes de mis palabras. Me aclaro la voz y me dirijo más bien a ella, con un mohín.
—Para mi padre que anduviera siguiendo a una playhouse por Europa y haciendo teatro experimental era peor que si me hubiera muerto, supongo.
No me arrepiento de nada: tuve experiencias, me enamoré, conocí muy buena gente…
pero la familia está primero —le digo con una sonrisa a Madeleine, que suspira y se pone la mano en el pecho.
Pero Dickie, que tiene las cejas depiladas más obvias que he visto en un hombre que no sea una drag queen, emite un bufido.
—¿Familia? Di que la herencia…
—¡Richard! —lo amonesta una mujer con exactamente las mismas cejas (a ella le quedan mejor), que asumo es su madre.
—Tu padre debería haber estado orgulloso de tener un artista en la familia, es tan comprensible, considerando a tu madre… —señala otra de las viejas, con el pelo violentamente rojo oscuro.
—¿Y qué pasó con la novia? Dijiste que te enamoraste… —inquiere la cuarta vieja, la mayor del grupo, con el pelo blanco y como diez vueltas de perlas al cuello. Me es cara familiar…
—Me botó por un alemán con el cuerpo de Sebastian —digo con un suspiro trágico—. Hola, tía Gertrude.
La hermana de mi padre, que tiene la misma cara de ataúd, asiente como si le pareciera muy esperable que me botaran. Nunca fueron muy cercanos y, teniendo un fideicomiso, la maligna vieja nunca dependió del holding familiar, pero siempre ha actuado como si ella fuera la jefa de la tribu.
Ahora que lo pienso, es mi única parienta de sangre, ella y su hijo.
—¿Y Charles? —pregunto, a lo que hay un silencio incómodo. Sebastian me hace una de sus levantadas de ceja, recogiendo vasos vacíos, pero Madeleine habla con su habitual dulzura.
—Charley estaba estudiando en Yale, pero lo dejó, y está tomándose un descanso —dice despacio—. Siempre he sentido que les exigen mucho a los chicos hoy en día…
—A Charles se le exige menos que a tu Millie, y en lo que ella ha acabado tres posgrados lo único que ha acabado mi estúpido hijo es mi paciencia —dice mi tía con aspereza—.
Aunque ver aquí a Evander, vivo y decente tras todas las tonterías que hiciste, me da algo de esperanza.
Quizás diez años perdidos arreglen a Charles…
Me tenso. Algo en el tono de la vieja me da la sensación de que no se ha tragado nuestro cuento, pero me concentro en verme tan relajado como se puede.
Anuncian el almuerzo, y cuando le ofrezco el brazo a Madeleine en mi mejor imitación de Downton Abbey, hay más gorgoritos.
—¿Visitaste lugares bonitos? ¿El Louvre, Italia? —me pregunta la de pelo rojo, colgándose de mi otro brazo. Su caftán es de seda lujosa, pero adornado con tucanes que no le van al clima. Quizás sea un tipo de arrogancia de “no sé lo que es estar a la intemperie”.
Ponerme en el juego de inventar visitas a la Torre de Pisa es buscarme un tropezón. En cambio, pongo mi voz más madura:
—No, no tenía el dinero ni el tiempo: estaba trabajando. Pero supongo que tuve la suerte de experimentar una Europa más real, con la amabilidad de mis compañeros, la gente corriente, los rincones que los turistas no ven… fue una experiencia muy real, Mrs. Courtland.
Le he apuntado.
—¡Oh, me recordabas!
No, pero cabe dentro de lo razonable que el hijo de la mujer forrada en tucanes sea el del vestido de marinerito.
—Has dicho una gran verdad, y seguramente eso ayudó a madurarte —dice de pronto la tía Gertrude—. Por un momento has sonado como tu padre cuando era joven.
Ahí va mi apetito.
Nos sentamos a la mesa, Milly al final, asegurándose de acomodar a la tía, y Madeleine lleva con mucho talento la conversación a lo que escucho casi sin creer: una fundación caritativa que cubre gastos de salud en comunidades aisladas y que depende del holding.
Mi padre solía decir que cada dólar hay que ganárselo y, si no puedes, pues mejor te caes muerto pronto.
No sé por qué oír a Madeleine hablar de eso me produce una sensación extraña de liberación, paseando la mirada por el comedor, también remodelado.
Sí, mi padre está muerto. MUERTO. No más gritos, no más comentarios crueles, ya no puede alcanzarme ni dañarme…
y con ello siento una euforia que no imaginaba, como un rush que en otra época sólo el alcohol me producía.
Tengo ganas de brindar, de reír… creo que hasta sentarme aquí y escuchar a Madeleine no había logrado convencerme.
Soy libre.
—¿Evander? —me dice Freddie, con entusiasmo—. ¿No vas a opinar? Entiendo que ahora vas a estar a cargo de la empresa, ¿verdad?
He perdido el hilo de la conversación. Veo la alarma en la cara de Dickie y un parpadeo en Madeleine, pero bendita sea ella, no dice nada, esperando a oír mi opinión. Me giro a Milly y le tiendo una mano por encima de la ensalada de patatas, que noto es todo lo que hay en su plato.
—Freddie, me he pasado los últimos años declamando a Ibsen. No puedo tener menos idea de negocios. Voy a apoyar a Milly como ella me diga, y a la directiva, pero seguro que todos ustedes saben hacer mejor ese trabajo que yo. Tendrán que tenerme paciencia mientras aprendo.
Las viejas se babosean: nada desarma tanto a un bully como echarte y mostrar la watita. Tras dejar claro que no soy una amenaza, ciertamente pretendo serlo.
Pero no me gusta nada cómo Dickie le habla a Milly.
—… no vas a detener el futuro con tus mañas, si ya se sabe que el futuro está en las importaciones de China y el sudeste asiático, tú pensarás lo que quieras, pero todo el mundo adquiere…
—perora durante los postres mientras las tías hacen planes de ir al teatro por la noche.
Yo aparto mi trozo de torta y apoyo el mentón en las manos como si estuviera fascinado.
—¡Es tan educativo escucharlos! Es lo que yo decía. Milly me estuvo presumiendo de sus posgrados… ¿y tú, Dickie? Charles y yo somos desastres, pero tú eres el chico bueno, parece. ¿Qué estudiaste?
La tía Courtland ahoga una risita que me dice que he dado en el blanco más que la expresión maléfica de Sebastian, que se lleva lo que queda de torta, y el blush en la ancha cara de Dickie. Yo mantengo mi expresión fangirlesca.
—No tengo… aprendí mucho con tu padre —dice Dickie, ampulosamente—. Él decía que yo tenía talento para los negocios…
Maldita sea. Me ha pinchado donde más duele: mi padre opinaba que mi único talento era meterme en problemas, y lo gritó lo suficiente en público para que todo el mundo lo supiera. La tía Gertrude me clava la vista, pero me fuerzo a sonreír y asentir.
—Decía lo mismo de Milly, por eso le pagó todos esos cursos. ¡Ha sido la primera de su clase en todo! —dice con entusiasmo Freddie.
Ajá. Ya entiendo esto. Freddie está coladito por Milly.
Dickie, en cambio, está coladito por la fortuna que iba a tener si yo no volvía y conseguía casarse con Milly.
El aire propietario con que le discute algo en voz baja, creo que quitándose la humillación que le infligí, me enoja desproporcionadamente, pero me controlo.
Por algún motivo la mirada de la tía Gertrude no me abandona.