Esclavo Tuyo La Casa Corliss #3
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La Casa Corliss #3

Está jadeando, pobrecilla. Creo que realmente el día que la penetre voy a darle un paro y heredaré todo, win, win. Y el arma del asesinato será… una que no está en Clue, vaya.

Apoya la frente en mi pecho. Completo el tratamiento con unos besos.

Si esto es todo lo que tengo que hacer para ganarme esa herencia, pues es pan comido.

Aún me dura el orgullo a la mañana siguiente cuando me meto a la ducha, aunque no dormí muy bien: tengo la vaga idea de haber tenido alguna pesadilla, o quizás alguna memoria de mi padre al volver a mi antiguo cuarto, pero se me olvida al ver que la lluvia ha dado paso a un magnífico día soleado.

Me asomo al balcón tras la ducha, para ver a Sebastian, sudoroso en un horrendo buzo verde, pasar trotando por entre los arbustos con tanta gracia como un toro forrado de Adidas.

—¡Buenos días! —le grito en el momento en que pasa a la escalinata de jardín. No se cae, pero patina, y levanta una mano para mirarme, desviando la luz del sol y arrugando la cara como un Muppet.

—¿Podría ponerse algo encima, señor Evander? El balcón da a la calle.

—Estoy en mi casa —protesto, y además tengo puesta una toalla. Una toallita.

—Las amigas de la señora Madeleine deben estar por llegar.

—¿Empieza temprano el desfile? —pregunto, acodándome en la baranda de hierro.

Sebastian sigue ahí con su cara de desaprobación, lo que me hace sonreír como gato: se ve tan tontito trotando en el sitio para no perder el ritmo—.

Voy a bajar para que me muestres dónde tienen escondidas las pesas.

Ese cuerpo no te lo regaló Diosito, ¿no es así?

Ignoro sus protestas y, metiéndome en mi ropa de ensayo —un pantalón de buzo ya transparente de tanto lavarlo, gris, y una camiseta que siempre ha sido transparente—, bajo a la carrera.

Me meto por detrás de la escalera y abro la puerta batiente de la cocina, lo que sobresalta a todo el mundo dentro como si fuera una misa.

Hay al menos diez personas y nueve llevan cofia; las mesas de la cocina están cubiertas de bandejas de canapés, platos con masitas horneadas y cristalería.

El proverbial toro en la tienda de porcelana es Sebastian, todo sudado, que está bebiendo agua junto al fregadero intentando pasar desapercibido en el caos de preparaciones que hay.

Pero yo me pongo las manos en la cintura.

—¿A quién tengo que besar para conseguir una taza de café? ¿O tres? ¿Alguien le llevó desayuno a la cumpleañera y a Milly?

—La señorita le llevó desayuno a la señora, y están teniendo una pequeña celebración de madre e hija, señor Evander —me suelta una voz que reconozco, aunque vaya que ha envejecido más esta vieja cara de sapo, lo que no parecía posible—.

Le hago una bandeja de inmediato, pero salga de aquí y no toque nada del catering para el cumpleaños…

Por supuesto que al oír eso TENGO que meter un pan en el gazpacho y protestar cuando me corretean. Esa vieja, la nanny de Maddie, que me acusaba cada vez que podía (no que yo no le diera la chance), se llama Miriam, y de verdad que hizo mi adolescencia difícil con sus cuentos.

Eran todos ciertos, pero no es el punto.

Al menos parcialmente le debo que me echaran a la calle, vaya.

Pero acabo en el jardín interior, que en mi época no tenía nada de jardín y no era sino un patio de piedra al que se accede de cualquier punto del primer piso.

Ahora también tiene árboles y flores en macetas, y varios juegos de mesitas y mecedoras de hierro blanco con cojines mullidos: con sombrillas rojas en las mesas, y unos juegos de luces de colores, es irresistiblemente alegre.

Podría acostumbrarme a esto.

Sebastian está sorbiendo un jugo verde cuando le hago señas para que se acerque, y se instala frente a mí justo cuando Miri me trae una bandeja con café, tres tostadas y una masita con fruta.

Estoy a punto de preguntarle si escupió todo o solo el café, pero me distraigo al ver sus manos: están tan arrugadas y retorcidas que parecen patas de pollo.

Supongo que el mal karma pasa la cuenta.

—Oye, ¿te estás tratando eso? —pregunto. La vieja no se suaviza, pero al menos deja de mirarme con tanto odio.

—La señorita me consiguió un médico. Ya no duele como antes —dice, sosteniendo la bandeja sin incomodidad y yéndose.

Le echo una ojeada a Sebastian, que parece muy satisfecho.

—Milly le ofreció jubilarse, pero Miriam básicamente crió a la señora Madeleine… no quiere abandonarla, menos ahora.

—No sabía —comento. El café está fantástico—. ¿Y babear a Milly está en tu contrato de trabajo?

—¿Está en el suyo, ahora? —me suelta. El tiro es tan exacto que me quedo un momento mirándolo por sobre mi taza.

—Debo asumir que babearme a mí no. ¿Ni los días hábiles? Y considerando que soy más lindo…

Sebastian me ignora, porque Milly está abriendo las persianas de madera del cuarto de Madeleine en el segundo piso. No alcanzo a distinguir su expresión, pero lleva un vestido rosa y se ha trenzado el pelo.

De súbito me pregunto si este desayuno con su madre no será ocasión de que le cuente lo que le estuve haciendo anoche.

No tengo la menor idea de cómo reaccionaría Madeleine al enterarse de que estoy lamiéndole el ombligo a su hija, pero tengo la sensación de que Milly no revelará nada, porque si no le ha dicho lo del contrato…

Aun así, no las tengo todas conmigo, y se me quita el apetito. Le alargo la masita a Sebastian.

—Toma, que esos músculos no se mantienen solos. Imagínate que el quequito tiene puesto un vestido rosa… —digo, alargándoselo—. “Sebastian, eres tan sexy cuando cargas mi cartera…”

—Espero que pueda comportarse hoy con los invitados de la señora —me dice él, tomando el bizcocho y comiéndoselo sin resistencia—. La señora ha estado triste y enferma, se merece un buen cumpleaños.

—Y ver a su madre feliz hace feliz a Milly, ¿no? —musito como si eso fuera atraparlo en un renuncio, pero él solo sonríe con un lado de la boca.

—Como es normal. Ya verá que aprender cómo actúa la gente normal no es tan difícil, señor Evander.

¿Me ha insultado este… Richard Madden de pacotilla?

Me mostró el gimnasio, con trotadoras y barras, aunque lamentablemente sin pantallas para entretenerse mientras practicas, pero no tuve tiempo de entrenar: ya había entrado un auto blanco del porte de un buque pequeño por las verjas.

Me cambié rápidamente a un segundo traje de White, y luego cambié la chaqueta y la camisa por algún contraste, porque soy un excelente actor y puedo fingir casi todo, pero no que soy aburrido.

Cuando bajo, hay un cardumen de viejas en el lobby, y un par de tipos.

Hago una pausa y bajo arreglándome las mancuernas con una sonrisa tímida pero masculina, como conviene, y puedo ver que el contraste de pantalones grises, camisa marfil y chaqueta azul oscuro contra la alfombra color vino de la escalera ya me ha hecho el 80 por ciento del trabajo.

Madeleine no es la única que tiene corazones por ojos: he noqueado a estas viejas.

Evan 1, Público 0.

—Chicas, recordarán a mi hijo Evander. —dice Madeleine con tanto orgullo que no me cuesta nada esponjarme.

Vagamente me pregunto si alguien, excepto yo, alguna vez ha estado orgulloso de mí, y no se me ocurre nadie.

—Ha regresado de Europa para apoyar a Mildred con la empresa…

ha sido así de amable, aunque tiene una carrera de actor allá…

—¿De actor? —exclama una de las viejas—. ¿Pero eso no se hace en Hollywood?

Si sonrío más, se me caerá la parte de arriba del cráneo como un sombrero. —Actor de teatro. Maddie exagera, no estoy a ese nivel… —añado con una modestia que debería ganarme un Oscar.

Las viejas emiten gorgoritos y siguen a Madeleine en tropel a la sala, pero los dos tipos se quedan conmigo: uno, como de mi edad, con pelo militar y un traje gris digno de abuelito; y el otro, con melena oscura y, honesto a Dios, vestido de millonario ochentero con chaqueta larga azul marino y pantalones blancos.

Si solo le falta el gorrito de capitán de yate.

Les sonrío, alargando la mano, pero mientras que el moreno la estrecha con entusiasmo, el rapado me entrecierra los ojos y de repente sé quién es.

—Evander. —me dice secamente.

—Hola, Dickie. —le digo, ampliando mi sonrisa.

No alcanzo a decir nada más, porque el otro da un saltito y corre al pie de la escalera, donde Milly viene bajando con un envoltorio de regalo en brazos.

Se ve algo agitada, pero muy bonita con ese vestido, aunque es bastante infantil; y aunque nos sonríe, veo que su rostro se tensa al mirar a Dickie.

Ajá.

Aquí hay más que una pelea por ética financiera, ¿verdad?