La Casa Corliss #2
No esperaba que la mantuvieran igual, pero lo que me recibe es totalmente ajeno, excepto por el gran balcón que da a la calle, y que usé de entrada y salida más de una vez, y no siempre sobrio.
El grueso roble que era mi escalera está recortado a poco más que un arbusto, ahora.
Mi escritorio ha sido reemplazado por una mesa sencilla con un florero; la cama king, por una más pequeña y de aspecto nuevo.
Pero en el clóset aún hay ropa mía, forrada en plástico. Y sí hay un largo abrigo de cuero negro que me habría quedado increíble en el escenario. Maddie no mentía.
Mis maletas están a un lado, junto con unas cajas en las que me asombra ver el membrete de T.E. White: no sé si Milly y sus quejas sobre sweatshops lo saben, pero ese viejo debe estar manejando a sus asistentes a latigazos si logró hacerme algo a medida en un día.
Estoy probándome unos pantalones que deben costar lo mismo que un auto y que hacen cosas con mi trasero que deberían ser ilegales, cuando oigo voces junto a la puerta.
—… se quede tranquila. En atención al duelo no serán más de diez personas, una cena, y aunque es posible que la tía y Mrs. Courtland se queden, nos iremos el lunes a primera hora. Por favor, consigue tickets para el tren, puedes ir a buscarme por la tarde, Sebastian.
—¿No prefiere que la acompañe, señorita Mildred? Descansará un poco más si la llevo en el auto.
—No, ya te has perdido dos días libres por todo esto, Sebastian. Y necesito hablar con Evander a solas —dice Milly con una voz tan resignada que se me hiela un poco la sonrisa.
Al igual que Sebastian, ella ya parece harta de tratar conmigo. Pero si logré que se sonrojara y sonriera, ¿tan rápido se desvanece mi encanto? ¡Tuve clientas que ahorraban un año para volver a verme!
Bueno, por esfuerzo no quedará; si tengo que despertarla día a día con danzas del vientre, seguro hay un pedazo de tul en alguna parte…
Espero a oír a Sebastian bajando las escaleras y luego, descalzo, me lanzo en persecución de Milly, que adorablemente aún duerme en la misma habitación que tenía de niña, al fondo del pasillo. La puerta apenas se ha cerrado tras ella, cuando la abro, me meto dentro y la cierro a mi espalda.
Ella se gira con un gritito, tratando de reabotonarse la blusa que había empezado a quitarse
—¡Evander!
—Evan. Ya te dije. Detesto Evander, es la contracción más presumida de… te estás abotonando los botones en los ojales equivocados.
—¿Qué haces en mi cuarto?
—¿Qué haces tú aquí? Ésta era la nursery. Ya estás mayor para este cuarto. Tiene conejitos en el friso, Jesús. ¿Por qué no tomaste mi cuarto? Tiene balcón y todo, a éste le llega todo el ruido de las cocinas…
—No iba a tomar tu cuarto —me dice, yendo a sentarse en un silloncito junto a la única ventana. No hay otro a la vista, así que aparco el trasero en un baúl a los pies de la cama.
—No se suponía que yo regresara.
—Pero has regresado —me dice abriendo las manos, y esboza una sonrisa al fin.
—Te oí decir que querías hablar conmigo a solas —le digo, cambiando mi asiento a la cama y palmeando la colcha esponjosa, del modo más inofensivo posible—. Ven acá y conversemos.
Milly estira las piernas al levantarse obedientemente. Lleva pantalones de vestir no muy diferentes a los míos: los dos con camisa blanca, parecemos un par de azafatas.
—Es… por el cumpleaños, mañana. En general, tenemos que idear… —empieza, sentándose con las piernas cruzadas a cierta distancia.
—Ver qué les decimos a la gente que estuve haciendo estos años. —completo yo.
Milly se ve incómoda cuando me echo de espaldas en la cama; más aún cuando me giro boca abajo para mirarla por encima de los brazos cruzados, asegurándome de exhibir la maravilla que es capaz de coser ese viejecito.
—Pensaba… apegarnos lo más posible a la verdad. Como se rumoreó que te habías ido a estudiar teatro, podríamos decir que te habías ido a Europa…
—¡Y me había unido a un monasterio! ¡Monje por diez años! —acabo triunfalmente.
Milly se echa a reír.
—Digamos que te habían secuestrado para pedir rescate…
—No, me soltarían al día por odioso. Digamos que el accidente me dejó en coma y recién despierto.
—Te uniste a un culto y viviste con una corona de flores todos estos años en las montañas.
—Me casé con una mujer rusa y viví en la tundra con ella y un oso, y eran idénticos…
La risa de Milly es espontánea y natural. Se bambolea con los codos en las rodillas, el cabello suelto sobre los hombros.
—Te volviste bailarín de ballet y estabas con una troupe…
—¿Y si me piden que haga un plié?
—Pensé que sabías bailar.
—No sin un poste, ¡y no con ropa!
Milly se tapa la cara y se pone roja mientras se ríe de mi protesta. Yo continúo:
—Lo más simple y creíble es que estaba en un hospital psiquiátrico. Diles que me tuvieron dopado…
—No, eso no.
—Pasé tiempo en rehab, es casi lo mismo.
—¿Sabes cómo se vería que te hubiéramos botado en un hospital psiquiátrico diez años?
—Me botaron a la calle. ¿No es peor?
Milly se ensombrece y parece apenada. —Mi madre peleó tanto con tu padre por eso que casi se divorcian.
—Sé que no fue ella, Milly —le digo, girando de nuevo y apoyándome en los codos, poniéndole una mano en la rodilla—. Pero necesitamos algo creíble, y nadie va a creerse que era un preso político o algo así…
—Lo que es creíble sería que, tras tus estudios de teatro, te fuiste con colegas a Europa y estuviste con un tour indie que no ganó dinero, pero sí experiencia. Que te quedaste unos años en… no sé, ¿hablas algún idioma con soltura?
—Apenas hablo inglés.
—Diremos que estuviste haciendo teatro en una playhouse en… Gales, quizá. Tengo un amigo que creció allí. Quizás nos dé algunos tips.
—¿Un… “amigo”? —hago comillas con los dedos—. A ver, ¿qué amigo? Tu hermano mayor no ha aprobado a ningún baboso…
Milly tiene la gracia de no echarme en cara lo absurdo del comentario.
—Es solo un colega. Fui dama de honor en su boda.
—¿Y no hay algún amiguito “especial” que tengas que presentarme?
—Si tuviera un novio, no habría… —empieza, y se interrumpe.
Veo cómo empieza a incomodarse cuando recuerda nuestro encuentro, pero antes de que se aparte como veo que va a hacer, planto una mano sujetando sus tobillos cruzados juntos y me enderezo en el otro brazo, acercándome.
—No habrías ido a llorar a mis brazos, por nuestro padre, ¿verdad? —musito, tan cerca que ella aparta la cara y noto que, a diferencia de Madeleine, no lleva casi nada de maquillaje. Yo podría enseñarle a sacarle partido a esos ojos negros que heredó de su madre.
—No pretendía aprovecharme ni nada. No supe… —agrega, bajando la vista como si estuviera avergonzada.
Es aquí cuando tengo que hacer mi movida. No sabré nada de inversores ni de idiomas europeos, pero este, este idioma lo manejo de maravilla.
—Si no hay novio, y ya me tienes contratado por un año…
no hay problema con que te mime un poco, ¿no es así?
Después de todo me has rescatado… mi caballero de blanca armadura…
—digo, deslizando el dorso del brazo por su hombro, acariciando la camisa blanca y deteniéndome justo en su seno—.
Estos botones mal abrochados me están volviendo loco, debo tener TOC… —susurro, desabotonando el primero.
Milly inspira hondo, pero se queda muy quieta, y yo amplío mi sonrisa a cada botón que suelto, distrayéndola hasta que sé que no tiene idea cómo acaba acostada con las piernas separadas y yo tan campante entre ellas.
Intenta apoyarse en un codo, y yo la callo despacio, yendo muy púdicamente a abotonar la camisa correctamente.
—Sh, no hagas escándalo, no queremos molestar a Madeleine… —le digo dulcemente, y planto un beso entre los bordes de la camisa abiertos.
Los ojos de ella se dilatan, pero no hace ni un gesto por echarme, ahí quieta, cuando abrocho el que sigue y también beso la piel que cubro, justo en el borde de su sostén gris. Y sigo.
Cuando beso el penúltimo espacio, justo sobre su ombligo, dejo que mi lengua se hunda en la cavidad, lo que le saca un gemido tan profundo que se cubre la boca con ambas manos. Yo me río, asegurándome de que sienta la vibración en la pancita.
Es increíble que me haya tocado la mujer más fácil del mundo.
Cómo no tiene cinco bebés de padres diferentes, no tengo idea, pero es tan excitable que, cuando beso el espacio bajo su ombligo y deslizo una mano entre sus piernas, presionando, su jadeo agónico me dice que está a punto de tener un orgasmo, y yo no he hecho nada…
Todavía.
—No debería… estoy… aprovechándome de ti… —gime, intentando enderezarse de nuevo—. No te fui a buscar… para esto… —protesta, pero la presión de mi pulgar hace que se le caiga la cabeza atrás.
De verdad que estoy empezando a temerme que sea virgen. ¡Una virgen extremadamente horny!
—Nadie se aprovecha de nadie —miento—. No somos hermanos, Milly. Y yo soy un experto. Me has hecho… un favor muy grande… —añado, moviendo mi mano en un círculo—. Y yo quiero hacer esto, y diría… mm… diría que lo estás disfrutando muchísimo, mi querida…
Estalla. Todo su cuerpo se arquea en la cama, pero del modo más patético posible.
alarga la mano, agarra la almohada y se la aplasta a sí misma en la cara como si intentara matarse con asfixia autoerótica.
La imagen es tan estúpida que suelto la carcajada y todo mi ritmo se va al carajo: no puedo seguir con romanticismos mientras ella aún se estremece abrazada a una almohada azul con flores.
—Hey… —murmuro cuando acaban sus convulsiones, frotándole la espalda: ha acabado hecha una bolita, la cara en su cojín salvador—. ¿Estás bien?
Asiente. Levanta una cara roja como el sol poniente y con una de las flores bordadas estampada en la mejilla. Tiene todo el pelo en la cara, pero de algún modo le sienta este aspecto desgarbado más que cuando está peinada y con los lentes. Sí. Así es casi tan guapa como su madre.