La Casa Corliss
Newport, incluso más que Providence, está atiborrado de las viejas mansiones más bellas de Rhode Island, incluyendo algunas históricas, con victorianas agujas, torrecillas, jardines y trabajos forjados preciosos.
Recuerdo haber paseado, borracho como una cuba, esperando que se me pasara un poco antes de llegar a casa, por sus calles al amanecer admirando tanta hermosura.
Al menos Madeleine —seguro ha sido ella— ha recortado los dos robles enormes que flanqueaban la casa y la hacían tan oscura, y los ha cambiado por arbustos y unos arbolitos floridos que cambian totalmente las líneas feas de la casa.
Veo que atrás está lleno de arces rojos japoneses, que también cumplimentan el maldito ladrillo.
Pero a pesar de la diferencia, cuando me bajo del auto tengo las piernas adormecidas del susto. Me pasaba eso en mis primeras presentaciones en el club: hace años no sé lo que es pánico escénico.
O quizás es simplemente pánico.
El vuelo fue extremadamente cómodo. Cómodo porque estábamos solos: yo, como un idiota, no se me ocurrió relacionar que no tenía documentos aún hasta que llegamos al aeropuerto, pero a mis balbuceos Sebastian se limitó a echarme una mirada despreciativa y decirme que no me preocupara.
No tenía que preocuparme porque era un avión privado. Mi padre no tenía uno que yo supiera, pero Milly se echó en un asiento del porte de un bergère con toda familiaridad cuando subimos y le agradeció a Sebastian por subir su maleta y las cinco de mis compras.
—No tomará más de dos horas, el capitán Reynolds tiene amigos en los controladores de vuelo de Philly —me dijo—. Puedes dormir si quieres… hay unos sillones cama muy cómodos ahí atrás.
No habría podido dormir ni de chiste, aunque Milly leyó un rato, hizo unas llamadas y luego se envolvió en una manta y se durmió como un gatito, aunque roncaba un poco.
Me di unas vueltas y miré el bar del avión con la sensación de que me devolvía la mirada; pero en lo que me frotaba la cara me di cuenta de que me hacía falta una afeitada, y tomando mi bolsito de mano me metí en el baño, que sí tenía buenos espejos.
Estaba en la mitad de afeitarme, pensando en estar lo más presentable posible para Madeleine, cuando Sebastian abrió la puerta del baño.
—Está ocupado. Si tienes que ir, podrías sacarlo por una ventanita…
—Quería advertirle que probablemente mañana habrá visitas en la casa Corliss. Es el cumpleaños de la señora Madeleine. No habrá fiesta ya que están de duelo, pero seguramente sus parientes…
—¿No podías decirme antes para comprarle un regalo?
—La señorita ya me encargó el suyo. El de ella lo compró hace meses.
Lo miro con un poco de admiración.
—¿Vas a hacer todo por mí ahora? ¿Lavarme los dientes antes de acostarme, cantarme una nana? ¿No quieres afeitarme?
—Ahora que lo dice, está haciendo un trabajo lastimoso —me dice, y no sé cómo, toma la afeitadora eléctrica de mi mano, agarra mi cabeza con una mano que parece envolverme todo el cráneo, y bzzt, bzzt, bztt, y listo.
No me di cuenta hasta ahora que, para todo su aspecto de Bigfoot, tiene los ojos muy grandes y muy grises.
—Ahora sí va a parecer una persona decente cuando lleguemos —me dijo muy satisfecho.
Yo me quedé lavándome la cara, pero reconozco que me pasó algo que nunca me pasa. No, eso no: eso me pasa a diario.
Me sentí azorado.
Ahora estoy mucho más que azorado cuando atravesamos la verja bajo una lluvia fina y Milly entra sin llamar, con sus llaves, a un lobby que recuerdo bien, de madera antigua y mesitas de mármol.
Hay un aroma a especias, y el entarimado da paso a una alfombra étnica que antes no estaba, llevándonos al pasillo de la escalera, las puertas a la cocina y los salones, y las dobles puertas a la sala de estar, que ahora parece toda color crema…
—¡Mamá! —exclama Milly, y abraza a la mujer que se levanta.
El padre de Milly debe haber sido realmente un tipo muy desabrido, porque en vez del pelo rubio y la tez pálida, Madeleine Carinne tiene una espesa cabellera castaño rojizo, enormes ojos de un castaño casi negro y la cara adorable de una muñeca, con labios rojos, generosos y suaves.
Se despega de su hija y, al verme, abre los delgados brazos con tal naturalidad que me desarma: no puedo hacer más que abrazarla, pero Dios Santo, qué flaca está; es como abrazar una bolsa de palos de golf.
Me asaltan un millón de recuerdos que creía olvidados al inhalar su perfume, un musk sabroso y gustoso que no he olido nunca en nadie más: la recuerdo cuando me parecía la mujer más bella del mundo, poniéndome su abrigo encima cuando me encontraba dormido en el sillón tras jugar videojuegos.
Llevándome una bandejita con comida suave tras una borrachera y una sesión de gritos con mi padre.
Un pequeño billete en mi mano cuando me iba al colegio; unas botellitas de Gatorade en mi mochila…
Su brazo intentando protegerme cuando el auto se salió de control…
—¡Por fin lo trajiste a casa! —dice ella con voz ahogada, y cuando se echa atrás para mirarme a los ojos, me asombra ver sus bellos ojos negros húmedos—. ¡Oh, Evander!… ¿podrás perdonarme? Debí haber convencido a tu padre antes, haber hecho tantas cosas diferentes, no he dejado de pensar en ti…
Hay un parpadeo en Milly, a mi izquierda.
La verdad, Madeleine no le presta ninguna atención mientras sostiene mis antebrazos y luego presiona mis hombros, atrayéndome a sentarme con ella.
Mi primer pensamiento es un ahogo que me sube por el pecho, sintiendo un latido que quiere abrazarla de nuevo, inhalar ese aroma bienhechor, sentir esas manos como absoluta seda en mi cara.
Esta mujer no tiene por qué pedirme perdón por nada.
El siguiente pensamiento, que enfría mis manos y me hace soltarla, es preguntarme si Milly le ha dado los detalles del arreglo de mi padre. Sospecho que no, por cómo baja la vista, por lo feliz que se ve Madeleine: no puedo imaginarla feliz ante mi moderna esclavitud.
¿Y ella sabrá que, si fallo, toda la empresa queda en control de Milly? La gente ha matado por mucho menos que casi un billón.
Pero asumo que mi padre la ha dejado bien provista.
Debería hacer preguntas inteligentes y leer documentos en vez de dedicarme a molestar a Milly, pienso vagamente, mientras Madeleine se afana sirviéndome té y hablando del clima.
La hija mira a su madre con afecto, y Sebastian ha desaparecido, seguro llevándose la maletita de Milly en los dientes para dejarla en su cuarto y luego esperar echado a que le rasquen la panza.
—… hice que prepararan tu habitación, seguro van a estar yendo a Clayton y a Manhattan, pero pensé que la casa debía ser su base, al menos para que pueda verlos más… —continúa Madeleine—. Está el loft en Manhattan y la cabaña en Nantucket, pero…
—Madeleine, por favor, no te preocupes por mí. Vine a ayudar a Milly, la acompañaré a todas partes —le digo tan firmemente como puedo.
Ella se sonroja, y Madeleine se ve feliz, tomándome las manos tan agradecida que casi me siento mal de dudar de ella.
—El lunes hay una reunión con la gente de internación y tenemos que solucionar las observaciones del IRS, de la última inspección… —empieza Milly, pero Madeleine agita una mano, y luego me señala con su taza de té.
—No lo atosigues con trabajo, ¡si acaba de llegar! Evander… créeme que traté de encontrarte cuando tu padre se agravó, y luego para el funeral, pero…
—No hubiera venido, Madeleine —digo con firmeza—. No te culpes por eso. Mi padre dijo que no quería verme en esta casa mientras él viviera, y se ha cumplido.
—Tu padre dijo muchas tonterías que no sentía. Sé que se arrepintió…
—Maddie, no quiero hablar de él. No por ahora, al menos.
—¿Pero dónde has estado? ¿Has estado bien? He estado muy preocupada… —dice ella, y hay una tristeza profunda en sus ojos—. Cada Navidad te compraba un regalito pensando que quizás iba a ser la Navidad en que volverías…
Me aprovecho de su lacrimosa historia para distraer de la pregunta, porque tengo que sentarme con Milly a la brevedad a inventarnos una historia de vaqueros sobre eso.
Madeleine no va a ser la única en preguntar, seguro, y no creo que en la reunión de inversores elegantes cuele un “oh, bailando en una barra y empotrando a 863 clientas” (algunas repetidas). Sí, llevaba la cuenta.
—¿Qué regalitos? Quiero verlos. Cuéntame qué me comprabas.
¿Están todavía por ahí? —exclamo, cambiándome de asiento a su lado y rodeándola con el brazo.
Es asombroso que esa movida, que usaba con clientas, haga que mi madrastra casi burbujee de gusto, echándose a reír y apoyando la mejilla en mi pecho.
—Oh, había por ahí una casaca de cuero… unas gafas de sol… te compré un abrigo una vez, aún está colgado en tu pieza, me angustiaba pensar que quizás estabas pasando frío…
¿Habrá sido la Navidad que pasé bajo un puente jalando crack? Me habría venido bien cualquier prenda de ropa, vaya.
—Estoy tan feliz de que hayas regresado, Evander —me dice mirándome a los ojos.
Y no, nadie puede dudar de ese rostro, que ahora me doy cuenta está maquillado con esmero, pero tiene arrugas, la piel floja, fina como seda mojada en su delicado mentón, una red como telaraña azul en el nacimiento de su pelo, bajo sus ojos, en donde la piel es casi transparente.
Madeleine ha envejecido esperándome, pero cuando le planto un beso en la frente, se pone tan feliz que es como si rejuveneciera.
El Covid la dejó delicada, parece. Insiste en brindar con unos dedos de licor con nosotros por mi regreso, pero Milly le insiste y, con el anuncio de que mañana tendrá visitas por su cumpleaños, logran que se vaya a la cama.
La acompaño hasta el pasillo que da a los dormitorios, y allí me cuelo en mi vieja habitación.