Cambio de Piel #3
—… Después de que estábamos de acuerdo, ¿quieren nuevamente una votación?
No comprendo qué les pasa, Richard. Ya se había discutido el tema a fondo, aun antes de que Padre se retirase.
No apoyaremos nuevas importaciones coreanas: el riesgo de los sweatshops es demasiado.
Nuestro dinero siempre se ha invertido y con un buen rédito…
Nada te va a dar un 4 %, no seas ridículo.
Nada legal al menos, y no permitiré… —en ese momento me ve, y parpadea, bajando la botella de agua—.
Perdona —le dice al sujeto en el teléfono—. ¿Evander? ¿Todo bien?
—Tu esbirro me vistió y desvistió más veces que ninguna novia que haya tenido —le digo apoyándome en el balcón—. En serio, ni mis amigas estriptiseras se desvisten tantas veces al día.
—¿Encontraste cosas que te gustaran? —me dice Mildred, con el tono con el que le hablarías a un niño.
Eso me exaspera, y tomo su mano, le quito la botella y planto sus dedos en mi cintura, deslizándola por mi pecho a través del sweater rojo que me he comprado.
—Creo que es cachemira. Más vale que lo sea, por lo que costó. ¿Qué opinas?
Mildred se pone violentamente roja cuando me aseguro de que su palma se estacione sobre mi pezón, erecto perceptiblemente a su toque, pero no le suelto la mano aunque intenta retirarla.
—Eh… sí, eso parece… —agrega, antes de toser.
Le alargo la botella de agua de nuevo y la bebe, pero no deja de mirarme. Le tomo la botella y bebo yo también, asegurándome de dejar que una gota se quede en mis labios.
Hay una pausa larga. Casi puedo imaginar que hay partes de ella que también se humedecen cuando me lamo los labios.
—¿No estabas en una llamada?
—¿Eh? Ah, sí —Mildred vuelve a la llamada dándome la espalda, poniéndose el pelo tras la oreja y retomando su conversación, pero ahora con rubor en las mejillas y una sonrisita—. Lo siento, Richard. Sí, estoy con alguien… Sí, más tarde. Quizás consigamos que lo piensen mejor…
Cierro la puerta ventana y luego me meto en la cocina, en donde Sebastian se ha subido las mangas y está cortando cuidadosamente unos sándwiches muy deprimentes de pan de molde con una pasta blancuzca y unas rodajas de manzana al lado.
—¿Quién es el tal Richard? —pregunto en un susurro conspirador.
Sebastian no levanta la vista del pan blanco, pero por la forma en que alarga la trompa ya intuyo algo.
—Sonaba como un idiota. Mildred estaba alterada de verdad… —exagero.
Sebastian toma aire por la nariz.
—Richard Riordan es el hijo del señor William Riordan.
Tomó el lugar de su padre hace un año en la directiva y no ha hecho sino ponerle problemas a la señorita.
Todo se lo discute, todo se lo cuestiona…
La señorita tiene dos MBA en negocios, otro título en inversión ética y está estudiando ahora mismo un posgrado en recursos humanos, pero ese idiota, que apenas hizo un cursito de bachillerato, viene y la hace justificarse…
—gruñe, adornando su engendro con pedacitos de oliva.
—¿Richard es Dickie? Recuerdo a Dickie cuando éramos niños. Una vez me acusó con mi padre de comerme su torta de cumpleaños.
—¿Y era cierto?
—Por supuesto que era cierto, pero lo correcto habría sido pegarme y defenderla, ¡no andar con cuentos! —exclamo ofendido.
Sebastian no puede evitar la sonrisita al mirarme. Está pensando que tengo razón, es demasiado masculino y peludito para que no.
—Así que hay que darle un “soségate” al viejo Dickie, ¿hm?
Sebastian parece tentado de asentir con energía, pero entonces Mildred empuja la puerta en la que me apoyaba, asomándose y pareciendo confusa de vernos ahí como dos conspiradores.
—Todo está listo. El avión sale a las nueve, señorita. Preparé unos sándwiches, y pensaba preparar té… —dice él con una voz más cálida que mi chaleco de cachemira rojo.
Ella sonríe y recibe el platito con un asentimiento.
—Eso me gustaría mucho. Gracias por coordinarlo, Sebastian. Necesito que vengas, Evander. Tus papeles ya han sido solicitados, y tengo un par de documentos que requieren tu firma para conseguir tu pasaporte y el certificado electoral. ¿Ustedes comieron algo?
—Bajaremos más tarde al restaurant —dice Sebastian de inmediato.
Ella asiente, y la sigo a la mesa en donde una impresora portátil tiene a su lado unos papeles arreglados con “x” de lápiz en algunas líneas. La veo morder con apetito esa cosa, y leo los documentos obedientemente.
Es cierto que no he renovado nada en cinco años: no tenía ganas de que mi padre lo usara para encontrarme. Aunque, hablando de eso…
—¿Cómo me encontraste?
—No fui yo. Tu padre tenía varios detectives privados. El que te encontró, Mr. Miller, es quien está a cargo de los pagos mensuales a las mafias con las que… tuviste relación —dice ella delicadamente.
Cuando muerde de nuevo ese sándwich, y Sebastian le trae un té de hierbas, estampo mi firma sin leer mucho más. Me aburre soberanamente todo eso, y si no es una pista de que no estoy hecho para empresario…
—Tengo unos archivos que cargué en ese laptop para que revises. Puedes hacerme todas las preguntas que quieras. Es una radiografía al estado del holding actualmente: ingresos, composición de la directiva, make up de recursos, nuestras políticas, misión, visión…
—Milly, deja de comer esa basura. Nona’s no está tan lejos, vamos y tratemos de ver cuántos gnocchis caben en Sebastian…
Ella parece sorprendida a mi exabrupto, pero luego baja la vista.
—Si quieres, vayan ustedes, o pídele a Sebastian que llame y solicite delivery. Yo estoy bien con esto.
—Pero parece comida de hospital. En verdad, de verlo me da sarpullido, es como lo que me daban cuando estaba en rehab…
—No estoy en rehab —me dice Milly con una sonrisita—. Pero tengo el estómago sensible. Sebastian sabe perfectamente lo que puedo comer, y aunque podría hacérmelo yo, es tan atento… —agrega.
Seguro el hombre está con la oreja pegada a la puerta de la cocina y todo rosado.
—¿Adónde vamos, entonces? Hablaron de un avión.
—¿No te dije que iremos a ver a mi madre?
—¿Dónde está?
—En Providence, ¿dónde más?
Me levanto para ir por un café. Necesito café para esto, porque hace siete años que no piso la casa Corliss, no desde que me sacó la policía a los gritos de mi padre, mientras despegaban el automóvil del árbol y a Madeleine de los fierros retorcidos.
Oh, joder.