Cambio de Piel #2
El asistente y chofer de Mildred me detesta desde el momento en que me ve: no me sorprendería para nada que esté celoso, porque es el tipo de sujeto alto, tosco y callado que odia y ama en silencio y con la misma cara de palo.
Cuando me acomodo en el auto junto a Mildred, el tipo me echa una mirada por el retrovisor que mataría a un animal pequeño.
—¿Es tu maridito? —pregunto por encocorarlos, a lo que ella niega distraída y a él se le pone el cuello color ladrillo.
—Sebastian trabaja conmigo desde que empecé en la empresa, no lo molestes, Evan —dice ella hurgando dentro de su cartera, una cosita gris muy vieja—.
Sebastian, consíguenos vuelo para esta noche a casa y haz que Tom disponible para una reunión virtual a las 3.
Necesito que lleves a Evan de compras mientras preparo una documentación.
—¿De compras? —pregunta Sebastian.
—¿Documentación? —pregunto yo.
Ella nos echa una mirada circular y regresa a luchar con el cierre de la cartera: se está arruinando las uñas.
—No tienes ningún documento legal, hay que rescatar tu número social, nuevas cuentas corrientes, seguridad médica… Y vas a ir a comprarte un guardarropa, porque no te presentarás ante mi madre con esos jeans.
—¿Qué tienen de malo mis jeans?
—Tienen más hoyos que tela.
—Es la moda. Maddy tenía sentido de la moda, lo entenderá.
—¿Vas a empezar a desobedecerme desde hoy? —me dice con un suspiro, a lo que le quito la cartera, enderezo el cierre y se la alargo de un tirón.
—Para nada. A tu servicio estoy, adorada mía. Si dices que hay que retapizarme, retapizado iré. ¿Alguna preferencia? ¿Boxers, briefs, o así al natural?
Sebastian cierra los ojos como si mi voz le hiciera doler la cabeza, lo que no es muy listo cuando está manejando. Mildred mantiene la vista en el teléfono que ha rescatado de dentro del forro de la cartera.
—Sebastian conoce todas mis preferencias y tiene un estilo perfecto. Apégate a lo que él diga.
Se le ha quitado el dolor de cabeza al tipo: si fuera planta, estaría floreciendo. Yo me cruzo de brazos y me maldigo a mí mismo, porque aunque de verdad que estoy tratando de conquistar el afecto de Milly, es como si no pudiera evitar ser contrario.
Esta salida me está enseñando muchas cosas.
Mildred se sentó frente a dos laptops y su teléfono y se puso a convencer gente (no entendía ni un carajo, pero el tono era inconfundible) y, tras un almuerzo muy triste y desabrido de hotel a solas, Sebastian me devolvió al auto y partió con rumbo desconocido.
—Es difícil vitrinear cuando vas en auto, con los vidrios tintados encima —me quejo—.
¿No vamos a comprarme un guardarropa? ¿No me vas a dejar opinar siquiera?
—me quejo de nuevo, mientras él mira su reloj y continúa conduciendo bastante más rápido de lo que lo hacía con Milly a bordo.
O le teme, o el muy cerdito quiere alargar lo más posible el rato que la tiene cerca, apuesto.
Sebastian es varios centímetros más alto que yo y casi dos veces más ancho, pero no tiene cuello, como un minion: seguro compra las corbatas por metro.
Supongo que la gente que le gusta follarse refrigeradores industriales lo encuentra sumamente atractivo, pero considerando que viste de gris sobre gris con gris, me estoy preocupando un poco.
No digo que sea imposible, porque soy así de bueno y estoy así de guapo, pero me va a costar excitar a Milly vestido de enterrador.
—En realidad es un poco sexy que quieras regalarme ropa interior, pero no sé si puedo corresponder a tus sentimientos…
—Llegamos —dice, estacionándose tan brusco que estoy seguro de que lo hizo a propósito: tengo que plantar manos y piernas como un gato para no acabar estampado en el parabrisas. Y luego tengo que seguirlo a la carrera porque no me espera, pero cuando levanto la vista sé dónde estamos.
Oh, carajos.
T.E. White. Es el sastre de mi padre. Es el hombre que me hizo minitrajes toda mi infancia, a medida.
E increíblemente el viejo no solo no se ha muerto, sino que sigue exactamente tal y como lo recuerdo. El trato con el demonio debe ir de maravillas.
—Qué alegría verlo de nuevo, joven Evander —me dice una vez que me encaraman en un escabel y su ejército de jóvenes idénticos con chaquetillas color bronce se me echan encima. Recuerdo la rutina, pero, aun así, cuando me miden al contorno del trasero empiezo a hartarme.
—No sé cuántos trajes has encargado, pero no quiero que sean todos iguales. No quiero parecer un camarero… —suspiro—. Sebastian, ¿me estás oyendo?
—Un camarero sería muy afortunado de usar uno de mis trajes —me dice White glacialmente—. Le ruego que confíe en mi experticia. Vestí a su padre por cincuenta años.
—¿Vistes a Mildred también?
—Solo visto varones.
—Bueno, no tiene mucho trasero…
Sebastian se gira como si estuviera listo para estrangularme con una cinta de medir, pero inesperadamente White se echa a reír con una tosecilla malvada.
—Muy curioso, su padre me hizo el mismo comentario. Se parecen mucho, ¿sabe? Conocía a su padre cuando tenía su edad, y en verdad son como dos gotas de agua…
NOOO. Si quería vengarse, lo logra, porque después de eso cierro el pico y me dejo pinchar estoicamente en silencio.
Es casi media hora antes de que la tropa de sádicos me suelte, y aunque White se despide con su sonrisita e intenta sonsacarme dónde he estado metido, Sebastian me saca de ahí como si fuera The Amazing Race
—Habrá que preparar una respuesta para cuando la gente pregunte dónde he estado.
No creo que Milly quiera que le diga la verdad a la gente, ¿no?
—comento cuando nos subimos al auto. Me siento a su lado, en el asiento del copiloto, pero no dice nada hasta que nos metemos en el estacionamiento de un mall bastante elegante.
—La señorita Mildred pensará en algo —me dice, pero se ve preocupado.
—Oye, Sebastian…
—¿Sí?
—Si te dijera que me des el dinero que te dieron para ropas y nos vamos a divertirnos un rato los dos, ¿qué dirías?
—Como sabe que eso sería fútil, no dirá nada, ¿verdad?
—¿… Y si simplemente te vas a comer algo al foodcourt y me dejas elegir tranquilo? No soy un niño pequeño, Sebastian.
—Intente eso. Tengo unas esposas en la cajuela y le va a costar probarse camisas conmigo unido a usted —me dice, poniéndose las gafas al bajar y guiarme a una tienda.
Es el tipo de tienda masculina y carísima que tiene una imitación de troncos por fachada, un montón de gigantografías de bosques y fotos de modelos en ropas impecables que semejan vagamente el combo de franela y jeans, balanceando pescados que seguro no pescaron o cargando leña con un hacha absolutamente nueva al lado.
—Sebastian, ¿le has dicho a Mildred que te va el BDSM? Quizás ahí sí te hace caso.
—Por favor, elija cinco conjuntos, ropa interior para una semana, calcetines y tres pares de zapatos, y nos vamos de aquí.
Necesito resolver cosas para la señorita, y sé que está disfrutando esto tan poco como yo, así que hágalo lo más pronto que pueda y ambos nos libraremos del otro —me dice con cierto cansancio.
Me desarma un poco. Estoy acostumbrado a que la gente me deteste o me adore, pero que simplemente parezcan cansados de mí a nada de conocerme es un poco ofensivo.
Lo que es yo, pienso que soy hilarante.
Pero dejo al pobre sujeto sentado en una esquina y selecciono la ropa menos testosterónica de los montoncitos, y hago muy feliz a una dependienta con la comisión que se va a llevar.
Para que sea justo para todas las vendedoras y que todas tengan un buen día, procedo a quitarme la camiseta y probarme tres camisas y un sweater sobre la piel, dejándolas deleitadas con mis pectorales.
—Suficiente. Pago y nos vamos —suspira al fin Sebastian cuando estoy quitándome el sweater con un tirón de un hombro al otro, un truco que creaba chillidos dignos de focas cuando lo hacía en el escenario—. Déjate eso puesto y que se deshagan de la camiseta que traías.
—¡Pero me gusta esa camiseta!
—Dice PUSSY RIOT.
—¡Es una banda, ser ignorante!
—… Tú sujetas el teléfono con You Can Leave Your Hat On y yo entro modelando la camisa negra. Y cuando me la quite, te la arrojo, y me lanzas la roja: puedo hacer un baile con ella, a Milly le va a encantar… —continúo.
Siento que Sebastian camina más rápido que yo, aunque carga una docena de bolsas y tres cajas de zapatos; yo llevo las manos en los bolsillos y sigo charlándole mis planes de entretener a Milly con una coreografía cuando lleguemos.
Se ha gastado un dineral en vestirme, lo menos que puedo hacer es twerkear para ella con mis nuevos jeans azul marino planchaditos.
Lo hacía para chicas que sólo tenían cinco dólares que meterme en los calzoncillos, vaya…
Sebastian no dignifica mis ideas con un comentario y usa la tarjeta en la puerta de un cuarto de hotel que, bueno, vaya que hay dinero que gastar si piden una suite sólo para un día.
Estoy a punto de recordarle que es mejor que empiecen a considerar economías —es MI futuro dinero el que están gastándose después de todo—, pero me interrumpo cuando, al entrar a una sala recibidora que desemboca en una mini estación de café, un pasillo y lo que parece una sala de televisión, los dos nos quedamos mirando a Mildred paseándose por el balcón, el teléfono en el oído, una botella de agua contra la frente como si le doliera la cabeza.
Está gestualizando cansada e irritablemente: esa conversación, sea lo que sea, no parece que vaya nada bien.
Las puertas ventanas del balcón están cerradas, así que no oigo nada.
¿Pero no dijo que se iba a ocupar de conseguir documentación para mí? ¿Se está esforzando tanto por mí?
Dejo a Sebastian lidiando con el lío de bolsas y voy al balcón, asomándome a pesar de que el sujeto trata de detenerme. Cuando deslizo la puerta ventana, me llegan algunas palabras.