Esclavo Tuyo Cambio de Piel
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Cambio de Piel

Supongo que debería estar agradecido de que Jean me haya vendido a mi familia —la única familia que me queda— y no a los chinos o algo peor.

Supongo que así se sienten los shih tzu cuando van a buscarlos a la tienda de mascotas, mientras la gente se mueve a mi alrededor y me cambian de sitio como a un bulto: estoy tan desconcertado que no se me ocurre qué decir.

¿Excepto vociferar, tal vez?

Esperaba que Mildred fuera la solución a mis problemas, pero ahora tengo la sensación de que salté de la sartén al fuego. Y, sin embargo, no puedo negar que no tengo de qué quejarme: no solo se han hecho cargo de todos mis problemas, sino que tengo un verdadero shot a recuperar mi herencia.

Después de dejar caer su bomba, Mildred se acabó el café mientras yo digería suficientes cosas como para que no me entrara ni una galleta entre pecho y espalda.

Estoy en posición de heredar casi un billón.

Ya no tengo que continuar esta carrera de prostituto.

Regresaré a vivir con mi familia… o más bien, la que me queda.

Familia a la que anoche le hice un sexo oral de segundos, pero…

Supongo que no es momento de dejarme llevar por el pánico, sino de ponerme feliz, pero por algún motivo no me entra el aire y solo quiero dar patadas. ¿Es el momento de mencionar que Milly no es técnicamente mi hermana? Su madre… Dios mío, ¡Madeleine!

—¿Cómo está Madeleine? —barboto, no sin vergüenza en la voz.

Casi matar a Madeleine fue lo que acabó la relación con mi padre, aunque fue un honesto accidente.

Pero Madeleine fue la única persona en el mundo que me trató bien: me creía mis mentiras, me mimaba cuando podía y tenía paciencia con mis resacas y mis desastres.

Además de ser la mujer más hermosa que he visto, santo Dios.

—Estamos de duelo, Evander —suspira ella—. Mamá… quería mucho a nuestro padre. Está en casa, el COVID la dejó delicada, pero en cuanto leímos el testamento, le avisé que vendría a buscarte de inmediato y se preocupó…

Eso es muy de Madeleine: ignorando su dolor para pensar en mí.

Me muerdo los labios, porque aún siento que podría decir alguna estupidez en el shock que tengo, pero Mildred se ve más descansada y en control, y continúa hablando.

No es hija de mi padre, pero la forma en que echa la cabeza atrás y entrelaza los dedos para seguir hablando es igualita a él.

—Tenemos un par de empresas derivadas y a alguien…

el agente que te encontró… que se ocupará de pagar esos intereses a la mafia china en forma mensual.

Los costos se deducirán de tu herencia, pero nuestro padre la dejó atada a algunos codicilos.

En verdad, la mía está atada a otros semejantes, y los abogados albaceas son un bufete que trabaja directamente con Citibank; ni siquiera los conocía, así que…

—¿Codicilos? —parpadeo—. ¿Qué es eso? ¿Cuándo estará listo el dinero?

—Son condiciones. No se nos entregará el dinero hasta pasado un año, Evander.

—¿Eso es normal?

Mildred se ve completamente incómoda por un segundo, pero luego continúa. Es tan joven: cuando yo era el adolescente desastre en casa, ella era una beba llena de rizos, lazos y encaje que se bamboleaba detrás de mí tendiendo manitas pegajosas.

Espero que no recuerde que solía tomarla y dejarla cabeza abajo en el andador.

—Tu padre dejó condiciones estrictas para que se te entregue tu herencia. Y en parte… pasan por mí.

—¿Cómo? —oh, por favor, que no recuerde la vez que le puse toda la ropa al revés y Madeleine se puso a chillar porque la cara de su pequeña estaba entera llena de pelo.

—Tu contrato con la tríada aún existe y no se acaba hasta que se paguen todos los intereses.

Por lo tanto… técnicamente… —agrega, y baja la vista—.

Tu contrato pasa de Jean a mí. Tengo que presentar un informe escrito de tu comportamiento por cada mes, y si los albaceas opinan que es aceptable, solo entonces…

—¿Me estás diciendo que ahora soy tu… prostituto particular?

—¡No se trata de eso! —Milly se ha puesto roja pero sigue hablando—.

Lo de anoche fue… un error de juicio. Estaba ebria y cansada y tú…

—sacude la cabeza—. Olvidémoslo. Para el próximo marzo y tras una evaluación física y psicológica, si todo el año muestras el comportamiento que se espera del heredero Wexstone, pues…

la herencia y tu posición en la directiva son tuyos.

—¿Y tú qué ganas con esto?

Milly parpadea, y luego me mira a los ojos.

—Estoy cumpliendo con la última voluntad del hombre que fue mi padre por dieciséis años, Evander.

—Por última vez, llámame Evan —exclamo, dejando la mesa y frotándome la cara—. Y no me vengas con “ebria y cansada”. Podrías haberme dicho todo eso anoche antes de… antes de todo el teatro de ser una clienta. ¿A qué vino todo eso, Milly?

—Ya nadie me dice Milly —dice ella, y se cruza de brazos, a la defensiva—.

No tengo que darte tantas explicaciones.

Vine a darte las condiciones de tu herencia, tal como las dejó tu padre.

Durante los doce meses que vienen tendrás que hacerme caso, aprender a cumplir con tus funciones en la empresa, dejar que los inversores te conozcan…

y mantenerte sobrio. No es tan difícil, supongo… —acaba en voz baja.

—¿Cuánto tiempo llevas a cargo?

—Tres años. Lo de tu padre fue muy súbito. Cáncer de pulmón… tuvimos menos de tres meses.

Asiento. No sé qué decir. No siento nada por el viejo bastardo que me echó a la calle sabiendo que muy probablemente acabaría muerto.

Mi padre creía a pies juntillas en la disciplina y el deber, y yo era su vergüenza, su cruz.

Con qué alivio se habrá levantado al día siguiente de desheredarme, y con qué gusto habrá criado a Milly como un maldito autómata.

Nunca entendí cómo una persona tan buena como Madeleine aceptaba acostarse con él. Se lo dije una vez y, del palmetazo, mi padre tuvo que pagarme luego frenillos nuevos.

Pero esas condiciones…

Depende de Milly que acceda a mi herencia.

Depende de que me porte como el despreciable niño rico que mi padre quería.

Tengo tantas chances de mantenerme sobrio y buenito por 12 meses como de que un tiramisú sobreviva en una guardería.

Pero hay una gran diferencia entre mi yo alocado de dieciseís años y este, once años después. Tengo pocas ventajas, pero tengo algunas.

La primera es que tengo cuatro años de actuación en el cuerpo. Una vez hice un Lysander que las puso a todas locas, para que sepan.

Y anoche me dejó muy claro que mi dulce hermanastra Milly tiene los pies de barro y una debilidad por mí. Si no supiera explotar eso, no habría tenido éxito en este trabajo.

¡Dinerito, venga a mí!

Mildred me había ofrecido quedarse unos días en un hotel para que pusiera en orden mis asuntos, me despidiera de mis amigos y calmara mis nervios antes de seguirla para empezar esta charada, pero le dije que no tengo, no tengo y no tengo, así que me esperara una hora en lo que empacaba y nos íbamos.

Ella asintió y se quedó en el Penthouse Room, y yo fui a echar mi ropa a la única maleta que tengo, aunque con ciertas dudas.

Algo me dice que hay pocas posibilidades de que vuelva a usar, al menos en público, unos shorts metalizados con una cola de gato cosida a ellos… pero quién sabe las vueltas de la vida. Y mi vestón con flecos de vaquero me queda de maravilla.

Estoy empacando unas botas con tacón y plataforma, con las que soy capaz de bailar todo Locomotion, cuando se abre la puerta y veo a Jean ahí, los brazos cruzados, acariciándose la barba.

—Largo de mi vista, Judas.

—Considerando que si todo sale bien vas a recuperar todo a lo que tienes derecho, esperaba promesas sobre arreglar nuestro sistema antiincendios, otro escenario o algo…

—¿Ése fue siempre tu juego, Jean? —escupo, volteándome—. ¿Amarrarme con tus favores para forrarte cuando heredara? Y yo pensando que éramos amigos.

—Considerando que no estábamos muy seguros de que sobrevivieras tras tu sobredosis número tres, y que hubo que limpiarte ambos extremos y ponerte las inyecciones durante todo 2015, no sé si lo llamaría un juego —me dice tranquilamente.

Me siento avergonzado, pero mantengo la mirada.

—Debiste decirme quién era la clienta.

—No lo sabía. No lo supe hasta esta mañana, cuando su asistente trajo todo el papeleo.

Ya hablaron con las tríadas, con la clínica, hasta con las ambulancias a las que aún les debemos…

La oferta que me hicieron cubría tu deuda total.

No podía decir que no. Necesitamos… dinero.

Con la influenza de Robyn… —agrega encogiéndose de hombros.

No soy el único al que ayuda, lo sé—. Y siendo honestos, es lo mejor para ti. No quiero que acabes muerto, Evan.

—¿Tanto le temes a los chinos?

—No. Tanto le temo a esas ganas de autodestruirte tuyas, mi amigo —me dice, sus tristes ojos en mí.

Por un momento creo que me voy a emocionar, pero me limito a morderme el labio.

—Mi padre me dejó enjaulado, pero no será la primera vez que sorprendo a ese viejo jodido —mascullo—. Y respecto a Mildred…

—No parece una mala persona. Evan, ésta es tu última oportunidad. No la arruines por odio al viejo —me dice con severidad.

Cierro la maleta y me siento en ella para mirarlo de hito en hito.

—¿El dueño del prostíbulo me va a dar lecciones morales ahora?

—Sigo estando moralmente por encima del mocoso que chocó siete autos diferentes, y el último con su madrastra adentro.

—¡El tres y el siete no fueron choques, ese árbol se me atravesó! —protesto—. ¡Y el seis no fue culpa mía!

—Evan… —me dice, y se adelanta.

Si espera que lo abrace…

No. Me abraza el muy descarado, y le devuelvo el abrazo, aunque no sé por qué.

—Te llamaré cuando necesite que me den rezongos como una vieja. Eres la única vieja que conozco —le digo mientras me apretuja—. Oye, y si todo falla, un año no es nada, y aún me sé las coreografías…

—Vete de una vez, putón.