Esclavo Tuyo La Clienta #3
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La Clienta #3

Cuando estuve tan endeudado y jodido que la mafia china estuvo lista para venderme por pedazos, Jean usó sus influencias para convencerlos de que me sacarían más dinero de una pieza, una vez que me limpiara.

Pagó un buen segmento de mi deuda y me ofreció esta forma de pagar lo demás aquí, devolviéndole parte de su dinero y dejándome algo para vivir.

Porque jamás volveré a pedirle dinero a mi familia. Simplemente no.

Como ciertamente hoy podría no ser más que dos riñones y pedazos de piel trasplantados en China, me considero afortunado de que todo lo que tenga que hacer sea fingir que chicas muy feas y muy aburridas son de mi gusto.

Estudié actuación, antes de que mi familia me largase, y cada noche intento enfrentarla como una performance, algo que le pasa a un personaje, que no soy yo.

Un amante legendario, seductor, infalible, adorado. El Evan, de Jean.

Es a veces después de bañarme, cuando las calles se aclaran y veo a escolares yendo a clase, la gente normal que vive de día, apresurándose a sus decentes trabajos con sus decentes preocupaciones y sus tan decentes vidas, que siento el pinchazo, y ansío tanto un trago.

Pero me contengo, y me voy a mis habitaciones en donde, cuando oscurezca, saldré de nuevo en mi mejor, irresistible papel del Romeo soñado del siglo XXI.

No por nada gano más que ninguno. Mikael, Sydney, Robin y los demás se repiten que esto es temporal: un trabajo que olvidarán tan pronto puedan, cuando Sydney se reciba de su carrera, Robin acabe de pagar los gastos médicos de su madre, Mikael cuando se saque de encima a su ex mujer.

En cambio, yo estoy muy seguro de que envejeceré aquí, si es que los chinos no se aburren de esperar mis pagos y me matan antes.

No hay otra salida.

No puedo mostrar mi cara de nuevo al mundo. No puedo. Prefiero esta actuación…

Me debo haber adormecido, a pesar del excelente café, pero el sueño me abandonó al oír gemidos que venían desde la cama.

Había bajado las luces, y hacía rato que los ronquidos se habían transformado en unos gorgoritos ocasionales; pero ahora eran auténticos sollozos, y aunque dudé por un momento, me levanté y fui a inclinarme junto al lecho.

La chica estaba soñando, y sollozaba dormida. Dudé de nuevo, pero había algo tan lamentable en esa chica con el pelo tieso por habérselo mojado sin acondicionarlo, desnuda bajo la manta, hecha una bolita miserable.

—Oye… —tuve que sacudirla.

Cuando despertó, me miró, y volvió a su bolita de miseria, mientras yo le frotaba la espalda sin mucho sentimiento. Pero, maldita sea, lo último que necesito es que Jean vea a la chica salir pálida y llorosa tras pagar esa millonada: va a pensar que soy el peor amante del mundo.

—Hey… dime, ¿por qué lloras? ¿Puedo ayudar? —ofrecí.

Ella sacudió la cabeza y escondió la cara con un gesto que ya empezaba a exasperarme los nervios. ¡Habla, mujer, que para eso Dios te dio boca!

—El… funeral. Mi padre… —gimió.

Ehm. Es que uno quizás no debería contratar un prostituto el día que entierras a tu padre, pero quién soy yo para decirte nada; francamente, me hubiera encantado enterrar al mío personalmente, ojalá muerto sólo parcialmente.

—Lo siento —dije, sentándome a su lado y resignándome a ser usado de paño de lágrimas de nuevo.

Pero dejó de llorar, se limpió la cara y se acurrucó junto a mi brazo, su voz temblorosa pero los ojos secos.

—¿Te traigo algo de beber?

—¿Tienes café?

Que si tengo café. Dejar el alcohol me volvió un experto. Le traigo uno fantástico, con chocolate: si no me deja provocarle un orgasmo del modo habitual, veamos esta forma. Y sí, le vuelven los colores a la cara, a pesar de la luz azulada.

—¿Lo querías mucho? —pregunto.

Ella asiente, y apoya el vaso con la taza en las rodillas cubiertas por el edredón.

—Era… un hombre duro, pero era muy bueno conmigo. Me educó, me preparó pero… con su muerte… tengo tanto que hacer ahora por la familia que… estoy asustada. No quiero hacerlo sola… —susurra.

Por fin empiezo a entenderla un poco más, porque he visto esto: antes de un cambio en sus vidas, antes de tomar una gran responsabilidad —un matrimonio, un hijo, un cambio de país—, algunas chicas eligen hacer esto como una especie de last hurrah.

No ha salido como suele, pero es su dinero, y su gusto.

Y sí, sé que hay mujeres dispuestas a pagar un buen dinero porque un hombre apuesto las escuche, no las juzgue y las apoye.

¿Qué voy a criticarles? Soy un prostituto.

—Lo lograrás. Seguro. Sólo tienes que tomártelo con calma… —digo, acariciándole los nudillos.

Se le agrandan los ojos cuando los beso.

—Tener fe en ti misma y hacerlo lo mejor que puedas. Hacer las cosas como él te enseñó. Seguro que él tenía mucha fe en ti…

—Sí —dice ella, con una sonrisa algo temblorosa.

Me mira casi con adoración, pendiente de mis palabras: esto está funcionando. Quizás, después de todo, no acabe en un wantán.

—¿Ves? Ten confianza en cómo te preparó…

—Sí, me dejó instrucciones muy detalladas, pero no sé…

—Lo harás bien, estoy muy seguro.

Soy tan convincente que me abraza, y cuando dejo las dos tazas a buen resguardo, no se resiste cuando la beso.

De aquí pueden salir millones. Tengo que moverme con cuidado. Con suavidad. Tengo una sola oportunidad de enganchar este pececito en mi anzuelo, y no, no es una metáfora.

Ya le gusto, ya confía… sólo necesito un broche de oro…

—No… deberíamos… —suspira cuando aparto la manta, cubriéndose el pecho.

Dejo que me dé una buena mirada ahí, inclinado sobre ella: sé lo que la luz azul hace por mis ojos y mis músculos.

—Pero si ya pagaste por esto, déjame hacerlo… quiero hacerlo… —susurro, y puedo ver el deseo volver a su rostro.

Sí, soy irresistible. Me preocupo tanto de moverme atractivamente, de deslizar sus muslos por los músculos de mis costados, de mantener mi vista en la suya, que cuando bajo la cabeza y presiono su pelvis contra la cama con mis hombros, su estremecimiento me toma totalmente de sorpresa.

No he alcanzado a ejecutar casi ninguno de mis talentos: a esta chica le hace tanta falta sexo que la yema de mis dedos y la presión de mi lengua en su clítoris la han hecho revolverse como un cortador de pasto fuera de control.

Poco más y se cae de la cama: su cuerpo se arquea como una cuerda a punto de cortarse, vibrando, gimiendo.

Es un poco tierno, y me apoyo en un codo para mirarla mientras se retuerce, sin poder evitar el orgullo ante mi experticia. Si sigue visitándome, le enseñaré a usar un satisfyer en Navidad, vaya, o le va a dar un derrame el día que la coja al fin.

Que no será hoy.

Después de su orgasmo se duerme como una piedra, sin más berriditos. Pero lo recordará, seguro. Y vendrá por más.

Veo mucho dinero en mi futuro.

No sé cómo me quedé dormido a su lado. Es posible que la coreografía de sexy vaqueros que hice con los chicos al inicio de la noche, la que puso a Helena en celo, me haya agotado más de lo que creí. Y hoy tengo ciclo de piernas en el gym, maldita sea.

Ella está levantada, y se ha cambiado la camiseta por una blusa que la hace ver mucho más bonita. Se ha peinado, y está sentada frente a la mesita, mirando su teléfono, con un iPad en la mano y anteojos. Anteojos muy grandes, reales, no de coquetería.

Quiero decirle algo coqueto, pasearme desnudo para que me admire, pero algo en su gesto me molesta profundamente.

Es como si anoche ella hubiera estado a mi merced, pero ahora, a la luz del sol, frente al café y la ciudad que despierta, volviéramos a ser lo que somos: la persona que se vende, la persona que lo compra.

Es como si toda mi actuación y poder fuera un hechizo que se va a la luz del sol, y la mujer que ayer lloraba y luego se convulsionó en mis brazos se ve tan profesional y tan limpia, tan lejos de lo que yo soy.

Pero me compraste. No eres tan decente, Mildred.

Hay un desayuno que supera lo que normalmente se sirve en el club: no sé si ella lo ha encargado o Jean decidió extremar el agasajo de su clienta D’Amalfi.

Me esfuerzo en componer mi expresión y arreglarme la cara al ir a lavarme y vestirme, con alguna rebeldía con camiseta y jeans a pesar de mi “uniforme” de camisa y slacks elegantes: si ella viene con jeans y bototos, no veo por qué yo tengo que lidiar con botones.

Al regreso la encuentro aún sorbiendo su café, aunque unas miguitas en su plato me dicen que no me esperó para tragarse su desayuno.

¿No era que quería que desayunáramos juntos?

—¿Dormiste bien, querida Mildred? —le digo tan afectuosamente como puedo, aunque no estoy muy seguro del terreno que piso.

Pero nunca se debe mostrar miedo a una clienta. No hay nada tan poco sexy en un hombre como el miedo.

Ella asiente, y luego deja su taza, tomando el iPad y una carpeta.

—Tenemos que hablar.

Oh, joder. ¿Qué hice?

—Jean Curtis ha consolidado y vendido tus deudas, Evander —me dice, acomodándose los lentes y mirándome a la cara—. En verdad quería hablarlo anoche, pero estaba demasiado cansada.

Me quedo boquiabierto. Creo que derramo café de la taza que había tomado, un estremecimiento en mi mano.

—¿A quién?

—Tu deuda con los Tigres ha sido amortizada, pero exigen el pago de los intereses de todas formas de modo mensual. Durante todo el año que viene, tienes doce pagos más que hacer. Luego serías libre.

Parpadeo. Estamos hablando de varios millones.

—¿Y la deuda del rehab? ¿El desfalco del banco? ¿El seguro del accidente?

—Todo ha sido amortizado. También se te cobrarán los intereses, por un año.

—¿Y quién iba a hacer todo eso? —musito sin voz.

Por Dios. Si esta chica ha pagado todo eso, debe estar LOCA por mí.

Si juego bien mis cartas… si lograra jugar bien mis cartas, podría hasta acabar con mi vida resuelta.

Y qué momento es para sentir una punzada en mi conciencia.

Vender mi cuerpo y mi actuación por una noche no me parece nada terrible ni generalmente me molesta. Pero pensar en ser un verdadero mantenido por una sola chica, mentirle con promesas de amor en vez de un arreglo por noche, se siente… se siente descender un paso más al infierno.

Wantán.

Acabar como un wantán.

—Tu padre, antes de fallecer —me dice.

Y me atraganto en mi propia saliva.

¿Qué? Perdón, ¿QUÉ?

Estoy tosiendo y con lágrimas en los ojos cuando ella me alarga la carpeta y el iPad.

Hay una… detallada… DETALLADÍSIMA relación de mis deudas, mis ingresos, mis gastos y los intereses adquiridos: y en cada documento, en la línea de puntos, está la firma que aprendí a imitar antes de los catorce y que una vez logró que me DEJARA una noche en la cárcel.

L. E. Wexstone.

El Holding Wexstone nunca ha funcionado como prestamistas, pero esta vez lo han hecho: han comprado mis deudas.

Me he pasado la vida tratando de alejarme del viejo bastardo y no solo me ha encontrado, sino que me ha hecho jaque mate como el hijo de puta que es…

—… ¿Has dicho que ha muerto? —digo, súbitamente dándome cuenta de lo que significa.

El viejo está muerto. Quizás le deba dinero a la empresa de mi familia, pero no es como deberle a la tríada china.

Wexstone no va a venderme en pedazos en sus empresas por no pago, y si se ha muerto está la posibilidad de que…

—¿Heredo algo?

—El 45% de toda su parte en las empresas, y un asiento en la Directiva de Inversores —me dice ella con voz muy serena.

Como si no estuviéramos hablando de…

Oh, santo David Bowie.

¿Soy billonario al fin?

Un minuto. Un minutito. Ese viejo bastardo nunca jamás… él juró que yo estaba muerto y enterrado para él.

—¿Cuál es el truco? —digo al fin, devolviendo la carpeta a la mesa—. ¿Quién carajo eres? ¿Qué es todo este teatro, Mildred…? —exclamo, levantándome.

Y entonces la miro a la cara y se me aflojan las piernas.

Mildred. Milly. Ya sé quién es.

Es mi hermana.

—Siéntate, te has puesto pálido, Evander —me dice ella con su mejor voz de CEO.

Porque ya sé quién tiene el 55% de la parte de mi padre en la empresa, vaya.