La Clienta #2
Cuando lo coloco junto al jacuzzi y le gestualizo que está listo, parece asombrada de que la sirva, y más cuando empiezo a quitarme la camisa y luego mis pantalones.
—¿Qué estás haciendo?
—¿No quieres que te acompañe?
Ella se lame los labios y parpadea, mirando del agua a mí alternativamente. De verdad que estoy pensando que alguien le jugó una broma o algo así.
—La verdad, quería asearme un poco. Me vine… no me detuve, conduje varias horas… —agrega con voz cansada.
—Puedo lavarte el cabello, seguir ese masaje… —le sugiero, poniendo a la mano una espuma de baño que huele delicioso a sándalo.
—No sé…
—Venga, me has contratado para algo —insisto, a lo que aprieta los labios por un minuto, pero luego se decide o finalmente el cansancio le gana.
La mirada que echa alrededor es como si buscara que un traje de baño apareciera mágicamente, y por esa expresión me dejo puesto el briefs, aunque Dios sabe que esto es imbécil: si pagó por verme…
Al fin se quita los jeans y la fea camiseta para meterse en ropa interior al agua.
Tengo la primera pista cuando me meto detrás, y cuando se levanta el pelo con una tenacita, veo la etiqueta de su sostén. Ahá. Al fin algo con sentido: la camiseta era de supermercado, pero el sostén es carísimo.
Hmmm.
Sus movimientos se hacen lentos cuando se lava y al fin se reacomoda en el escalón del jacuzzi. Tomo la esponja y le jabono la espalda, asegurándome de friccionarle los hombros.
Puedo ver cuando al fin se relaja, recostándose contra mis manos.
—Eso es… muy agradable… —susurra al fin.
La acomodo contra mi costado, poniéndole al alcance la bandeja y alargándole el segundo cóctel, y acabo el tratamiento con un beso en su cuello.
—¿Quieres que continúe? —le digo tan dulcemente como puedo.
La música se ha apagado, no sé por qué, pero no saldré del jacuzzi para ir a buscar el control a distancia: debí traerlo.
Ella suspira, pero se aparta de mí y se concentra en comerse las crackers con fruición. Sí, tenía hambre. Y sigue en silencio.
—Por favor… —susurro, al fin agotando mi paciencia—. Dime qué quieres que haga. Estoy para complacerte, pero esto parece un funeral…
—Bueno… —dice algo indistintamente entre galletas—. Es que vengo de un funeral.
—¿De verdad? —musito, al fin entendiendo algo de su ennui—. Lo siento.
—Háblame de ti. Cómo acabaste… quiero decir, ¿por qué haces esto?
—Podría ser porque me gusta… —le digo, alargando una mano a su cintura sumergida, pero ella apoya el codo en el borde, manteniéndose aparte mientras se acaba el queso.
—Hablo en serio.
Oh, por Dios, es una de ESAS. Quiere oír una historia terrible sobre cómo el hambre y el capitalismo me llevaron a venderme a mí mismo, cuán terrible es mi sufrimiento y cuánto aprecio el dinero que está pagando.
No me tocan con frecuencia —a Sydney, con sus ojazos grises y carita de querubín, le tocan todo el tiempo: tiene una a la que le gusta que le diga Mami—, pero dicen que le pasa mucho a las prostitutas mujeres.
Detesto eso. Me gusta cuando es juguetón y travieso, no cuando es dramático, y soy terrible fingiendo llorar.
No me gusta hablar de mí en estas circunstancias. Sé que Robin tiene una historia inventada aprendida para estos casos, pero siempre me he preciado de ser lo más honesto que uno puede ser… en este rubro.
—Soy bueno con la gente, y me sirve el dinero —digo tan cortantemente como puedo, manteniendo la deferencia a una clienta.
Una clienta D’Amalfi, que no se me olvide.
Y que acaba de terminarse su segunda copa, demoler un paquete entero de crackers y ahora se ha sentado en el reborde, su cabello oscureciéndose en los mechones que se han mojado, su cuerpo un poco encogido en la grada bajo el agua.
Tiene el torso pequeño pero brazos y manos muy largos: así recogida parece una araña.
Su pecho y caderas no están mal, aunque no le pagarían por ellos; está claro que pasa más tiempo sentada que en el gym. Tiene un belly pouch de gatito que me parece extrañamente íntimo, bajo la cinturilla de sus panties rosa.
—Evander…
—No sé de dónde sacaste ese nombre. Me llamo Evan —le digo con firmeza, porque de verdad que se me empieza a acabar la paciencia. Si ella fuera Helena, ya iríamos por una segunda vuelta, y no es para hablar que me vendo, vaya.
—Pero te llamas Evander… —empieza ella, antes de apoyar la cabeza en el reborde y mirarme largamente.
Creo que el tequila empieza a hacerle efecto.
Me muevo hacia ella, y aunque no me quita la vista de encima, no se mueve.
Creo que estoy haciendo lo correcto cuando pongo las manos en su cintura y mantiene la vista en mis ojos.
La atraigo hacia mí: cuando la beso, sabe a la naranja del cóctel. Es muy simple y dócil. Ayudado por el agua, me aseguro de atraerla bien y frotarla contra lo que vino a buscar, exactamente.
Emite un jadeo al sentirme, halagador, aunque no lo más halagador que me han dicho (algunas clientas, que son size queens, han chillado de emoción cuando me desvisto) y, cuando la emprendo con su oreja, pone las manos en mis hombros.
—Esto está… mal… —gime, pero se estremece cuando deslizo las manos por su muslo y meto mi pulgar bajo la tela que rodea su cadera, tironeándola suavemente.
—Pero si has pagado por esto, y aquí estoy… eres una mujer muy especial…
—Ni siquiera te he dicho mi nombre…
—No tienes que hacerlo.
—Me llamo Mildred.
Por Dios, qué nombre tan mata pasiones. Es nombre de secretaria vieja, ¡¿quién le hace eso a su hija?!
Trato de mantener el entusiasmo, pero ella se aparta. Aunque todo empieza a caer en un patrón un poco más reconocible, porque claramente sí, me desea. Se ha derretido en mis brazos como helado al sol.
Sale del agua y busca vagamente una toalla hasta que le alargo unas negras, disimuladas en una percha. Espero a que me mire para quitarme muy obviamente los briefs mojados y colgarlos junto al aire acondicionado, quedándome solo con la toalla.
Cuando le alargo las manos para que me dé sus prendas, se sonroja como una chiquilla, pero lo hace, quedándose también solo en la sábana de baño, muy virginalmente cerrada.
Yup, las panties son de la misma carísima marca.
Cuando me vuelvo a ella, con el cabello goteando, el torso desnudo y solo la toalla a la cintura, esperaba verla lista para que empezáramos, al fin. No va a ser ningún esfuerzo: algo de su renuencia se me ha hecho refrescante, y estoy dispuesto.
Pero ella se ha sentado en la cama y bosteza, aunque aún se ve muy triste.
—¿Por qué viniste aquí después del funeral? ¿Es para… “afirmar la vida”, algo así? ¿No quieres que te ayude o…? —sugiero, bastante exasperado ya. No entiendo qué quiere que haga.
—Quiero que desayunemos juntos mañana. Quiero… tengo que hablar contigo. Pero ahora estoy muy cansada —me dice, y le tiembla la voz.
Mi confusión y exasperación dan paso a una mezcla de compasión y resignación: si quiere pagarme esa millonada por un cóctel y un beso, asunto suyo. Porque ya no veo cómo más me puedo ofrecer que no sea saltarle encima como una ardilla voladora.
—Por supuesto. ¿Quieres que me vaya? —digo, sin poder evitar un deje de rencor en la voz.
Ella se envuelve en el edredón y se muerde el labio.
—Lamento si te he ofendido —me dice en voz baja—. No sé exactamente…
—¿Para qué me contrataste? —largo al fin, las manos en las caderas—.
No es que me importe, te puedes gastar tu dinero como se te dé la gana, pero si es un kink venir aquí y rechazarme sabiendo que no voy a hacerte nada que no quieras, o solo quieres tener a un hombre del que burlarte, o eres gay y estás tratando…
Ella sacude la cabeza con vigor, su pelo escapando del moño.
—¡No, en lo absoluto! Evander, solo quería conocerte mejor y… —su voz se apaga—. Nunca había hecho esto. No quería ofenderte.
Oh, joder.
¿Esta chica está enamorada de mí?
—No necesitabas pagar un D’Amalfi para conocerme —le digo sentándome a su lado, sumamente halagado—. Una botella de champaña te da quince minutos de charla.
—Quería que estuviéramos solos —dice en voz baja—. Quería desayunar contigo mañana.
Esto es tiernísimo.
Y podría… podría ser muy profitable, tener colada por mí a una chica capaz de gastarse esa cantidad en un meet and greet.
—¿Qué tuviste que vender para pagar…?
—Tengo el dinero, no es problema —dice, pero veo que se entristece de nuevo.
No, no. Tengo que lograr que quiera volver a verme, esto puede ser un descanso fantástico, regular y extremadamente conveniente…
—No pienses en nada ahora. Estoy muy feliz de haberte conocido, Mildred… —le digo, recostándola en mi brazo, besándole la frente, dejando que vea cómo se refleja la luz del bar en mis ojos—. Descansa, aquí estaré cuando despiertes, querida.
—Evander… —susurra, su mano yendo a mi mejilla, acariciándola—. También estoy feliz, ha sido… —musita, y se echa a llorar en mi pecho.
Doce mil dólares bien valen unas lagrimitas. No es la humedad más desafiante que me han echado encima, y por menos dinero. La acaricio y le doy palmaditas hasta que pasa de las lágrimas al sueño, pero veo difícil que yo me duerma: se queja y ronca como un búfalo drogado.
Debe estar realmente exhausta.
Me levanto, me hago un buen café y me siento a mirar la noche en la ciudad. No son ni las dos, y tengo el resto de la noche libre, aunque sea con esos berridos de fondo. La miro con cierta frecuencia, aunque solo emergen unas mechas rubias y un codo del grueso edredón.
Esto podría solucionar muchos problemas.
Me metí en muchísimos líos de adolescente: mi última rehab, la única que funcionó y pagó Jean, era la quinta.
Y es el motivo por el que estoy vivo. Jean es el único de mis amigos que me mantuvo el contacto, y tampoco culpo demasiado a los demás: usaron mi dinero, me usaron a mí y me botaron, pero es cierto que el menú de adicciones que yo tenía, en particular la mezcla de cocaína y alcohol, me hacían bastante imbécil.