Esclavo Tuyo La Clienta
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Esclavo Tuyo

Esclavo Tuyo

Por Silma Kreuze

© inepub.com

La Clienta

El volumen del orgasmo de Helena hizo retemblar las copas en la mesa, y no era el primero, pero su último gemido se transformó en un sonido de indignación cuando la puerta de la Suite Coon se abrió y hubo una tosecita discreta y un golpe en el marco.

—Evan, quedan quince minutos y tienes un código D’Amalfi.

D’Amalfi no ha pasado nunca desde que estoy aquí, y eso significa que alguien acreditó fondos suficientes del tipo estratosféricos y luego puso una tarjeta en blanco en las manos de Jean.

No me lo creo. ¿Alguien ha hecho un D’Amalfi por mí?

—No, quédate un poco más… —gime Helena.

Helena y yo nos hemos visto con cierta frecuencia este año. Es una profesional que posa de gran femme fatale para sus clientes, pero la verdad es que en la cama es un ser perverso al que le gusta más hacer daño que disfrutar del sexo.

Lo que es su privilegio: está pagando.

Sospecho que su rango de “socialité” —que francamente no es diferente a ser una yatch girl— le hace tener que hacer de todo para los millonarios que son sus sugar daddies: así que disfruta venir a que yo haga esa parte, cambiando los papeles.

Ella cree que eso nos hace iguales, que ella es mi clienta especial, que por eso estamos más cerca.

No la saco de su error.

Porque, sin importar lo que haya pasado en tu vida, quién seas o con qué historia vengas, si estás pagando por mí, no somos iguales. ¿No hay suficientes óperas, novelas y películas sobre el porqué las prostitutas no se enamoran de sus clientes?

¿Debería ser diferente por mi género?

Helena se despide con un beso y la promesa de regresar a comienzos del próximo mes.

Jean ya me está esperando, metiéndome prisa para que me dé la ducha y el cambio de ropa más rápido que nunca me he dado —ni cuando estudiaba para actor— y regrese a la carrera al salón VIP del club en donde, en la barra, hay una mujer sentada.

El salón VIP siempre es caótico, con las chicas de más dinero exigiendo entretención y consiguiéndola, Mikael ofreciéndoles tragos, música, camisetas mojadas, diferentes novedades cada noche… pero en medio del caos, esta mujer está inmóvil, y me detengo un segundo a mirarla.

Porque la verdad no parece alguien que se haya gastado un D’Amalfi en mí.

Estaba sentada allí, con el vaso de champaña a un lado, el mentón en la mano, observando la pista de baile con una expresión de estar absolutamente perdida.

No era la primera con ese aspecto de desconcierto al encontrarse en la realidad lo que seguramente había sido un concepto gracioso, quizás lanzado como una apuesta a sí misma: “Sí, voy a ir, y voy a arrendar un tipo”.

Me sorprendió un poco su aspecto: por algún extraño motivo, chicas que vienen a veces con dinero para comprar el catálogo completo llegan arregladas como si fueran a competir en un concurso de belleza, como si eso hiciera una gran diferencia para nosotros.

¿Es en parte por las fotos? ¿Es porque hay algo enriquecedor, sanador, en el ritual femenino de encresparse las pestañas, plantarse el mejor vestido y el labial más rojo que tengan?

No lo sé. Sé mucho de mujeres —más que el promedio, seguramente—, pero eso es algo que no he dilucidado.

Pero esta chica llevaba un chaquetón de hombre sin forma, jeans y una camiseta, sin joyas a la vista y, ciertamente, sin rímel. Su pelo, de un rubio oscuro, estaba en un moño deshecho y, para hablar en plata, no tenía pinta de haberse acostado a dormir hace más de veinticuatro horas.

—Buenas noches. Esa champaña ya ha perdido sus burbujas. ¿Me dejas que la reemplace? Gratis, no le diremos a nadie… —le digo con mi mejor sonrisa, apoyando mi bíceps lo más cerca posible de su cara para retirar le la copa.

Ella parpadea, confusa, y me alarmo un poco: pensaría que está borracha o drogada, pero eso es una norma que tienen sumamente clara en la puerta. Pueden salir borrachas de aquí, pero nunca entrar, ni pagar, en ese estado.

—Tú eres Evander. —me dice, y se frota los ojos cansados antes de mirarme de arriba abajo.

No me está dando la mirada habitual lujuriosa, la que hace que, como un reflejo, asuma una de mis posturas: me echa la mirada que le echan los inspectores de Hacienda al negocio cuando vienen, y por un minuto se me pasa por la cabeza si no será algún tipo de infiltración de la ley, o peor aún, de narcos o grupos rivales.

Pero claro, cualquiera que hiciera eso buscaría una mejor actriz, supongo.

Me cuestiono qué decirle, pero me he quedado en blanco por un minuto mientras le cambio la champaña. No tiene sentido halagarle el aspecto: parece algo que le trajo el gato.

—Bébetela tú, si quieres —me dice, recostándose en la silla.

Se ve realmente exhausta, y tiene restos de maquillaje sombreándole los ojos. Son muys oscuros, sus ojos.

Sería pasablemente bonita, supongo, después de un baño y una siesta: mujeres con un aspecto tan aceptable normalmente no acaban aquí.

Pero me doy cuenta de que estoy haciendo un pésimo trabajo, y vuelvo a sonreír, acercándole la nueva copa tras dejar la primera tras la barra e inclinándome para que me vea la cara y mis ojos claros, que me han dicho son mi cuarto mejor atributo.

Y eso que son de un azul celeste increíble.

—Se nota que has tenido un día largo. ¿No te gustaría una tina, o un masaje…? Hay mucho que puedo hacer para que te relajes… —sugiero, imprimiendo insinuación en la palabra, pero por algún motivo tengo tan poco efecto que empiezo a preocuparme.

Ella entrecruza los dedos y parece estar pesando sus opciones, pero con tanta frialdad que mi ego está cada vez más desinflado.

Y no es lo único.

—Llévame adonde podamos estar a solas, Evander —me dice al fin, levantándose.

Se ha protocolizado: a clientas nuevas siempre se les trae al Penthouse Room.

La idea no es sólo impresionarlas, sino acostumbrarlas al lujo y que luego lo pidan.

Es una habitación muy moderna, con luces azules, una vista fabulosa de la ciudad (bueno, más o menos: sólo es un piso 7), jacuzzi, sillones de cuero azul metalizado y una cama enorme, redonda y negra, rodeada de un bar completo y una vitrina de juguetes sexuales de diseñador.

Personalmente, no soy un enorme fan de los juguetes, porque si la chica está pagando no es para sentir las caricias de Mr. Silicona —que podría sentir en su camita a un precio módico—, sino las mías, y yo soy un artesano muy hábil en mi trabajo.

Pero esta chica no se ve interesada en las caricias de nadie, y, por hacer algo, me acerco al bar y a la pantalla de control.

—¿Tienes alguna preferencia… algo que desees? ¿Puedo sugerir algo… música, quizás, algo más interesante de beber…?—

Ella se ha quedado de pie en el centro de la habitación, mirando alrededor, su expresión alarmándose al ver el anaquel de dildos y toys.

Empieza a darme una muy mala sensación esto.

Tiene pinta de haber sido enviada aquí sin enterarse bien de a lo que venía, o quizás la desafiaron y no quiso perder.

—Lo que quieras está bien —me dice al fin, sentándose en uno de los profundos sofás, apoyando los hombrosnerviosamente como si temiera que uno de los juguetes del anaquel apareciera de repente de entre los cojines y la atacara.

Cuando se recuesta, emite un bufidito sorprendido: la verdad es que son muy cómodos. Es parte de la experiencia, según Jean. Cuando empieza a cantar Teddy Swims, se pone un brazo sobre los ojos, pero da un respingo cuando siente mis manos en sus tobillos.

—¿Qué estás haciendo?

—Quiero que estés cómoda, y estas botas no se ven nada ligeras —le digo, los dos cócteles de fantasía que preparé en la mesa, tan coloridos, a su alcance—. Recuéstate, yo puedo hacer todo… —agrego con voz que quiere ser sexy.

La expresión de sus cejas es más bien apenada y algo azorada, pero me deja hacer, recostándose de nuevo, sin más que una leve contracción cuando deslizo las manos por el empeine. Por cómo se queja cuando presiono el metatarso mayor, esta mujer ha estado con tacones con mucha frecuencia.

Estoy empezando a hacerme la escena. ¿Una CEO exhausta? ¿Una heredera decepcionada? ¿Una esposa llena de tareas con un marido impráctico e inútil? Es joven, pero es posible que tenga al menos un par de niños exasperantes.

Este tipo de mujer no es la audaz, alocada picaruela que viene a jugar y quiere divertirse, sentirse perversa y superior a las demás dominándonos.

Creo que este es el caso —que no suele pasarme, porque no atraigo a esas mujeres normalmente— del tipo que nos usa como spa sexual y que no pretenden más que la conversación, la atención, los masajes y el sexo entusiasta pero vainilla que su esposo no les da. Más romántico que picaresco. Yup.

Puedo hacerlo. Soy un profesional.

—Cuéntame qué te gusta hacer. Estoy a tu servicio —le digo, tratando de mantener mi voz de coquetería, masajeándole las pantorrillas.

Abre una rendija de ojo, pero no me detiene cuando pongo un beso en una de sus rodillas.

Me enderezo despacio, trepando por su cuerpo para que tenga una excelente visión de mis ojos, hombros, bíceps, pectorales (hay un motivo por qué la camisa es elastizada: no me mato en el gym para no lucirme) y mi sonrisa, mientras subo mi mano por su pierna.

—Me gustaría un baño… —dice con voz un poco temblorosa, apartándose de mí.

Se bebe un sorbo del cóctel nerviosamente, y luego se ve inquieta cuando me levanto, pero sólo voy a echar a andar el jacuzzi para que se llene y caliente, asegurándome de darle un buen espectáculo al agacharme.

Me ha dado la espalda. Sorbe su cóctel sin quitarle el marrasquino, yendo a mirar por la ventana.

¿Esta mujer pagó todo eso para ignorarme? ¿Quiere que suplique? ¿O que la viole?

Estoy cada vez más confundido.

Espero que la cantidad de tequila puro con apenas el olor de granadina y jugo de naranja ayude en algo. Dejo que el jacuzzi se llene mientras preparo un plato de crackers, queso, chocolate y cerezas: quizás tiene hambre, y yo tampoco soy simpático cuando tengo hambre.