Esclavo de tus deseos 32. Clavicula Salomonis
78%

32. Clavicula Salomonis

Clavicula Salomonis

La teletransportación colectiva lo ha desgastado más de lo que había supuesto. Siente que sus fuerzas merman progresivamente y sólo ruega no tener que utilizarlas más.

Ése es el último tramo de su viaje, de su existencia.

Su destino siempre lo ha estado conduciendo a este momento y hubiera partido complacido si no fuera por ella.

Ve con tanta claridad lo que llena el corazón de Catalina, que apenas puede contener las ganas de amarla hasta el final. Un final que nota atrozmente cerca.

Wahêd los conduce hacia uno de los túneles subterráneos al azar. Pero cuando se aproxima a la entrada, ve un símbolo sobre el dintel. Se detiene y lo observa intrigado.

—Estos extraños caracteres que acompañan a este símbolo son los que se mencionan en el Lemegeton , el Transitus Fluvii, alfabeto oculto —apunta Sam—. Louis, ¿los reconoces?

Éste entrecierra los ojos y los estudia con atención.

—Las inscripciones parecen hebraicas.

Wahêd observa el dibujo. Un doble círculo encierra ocho flechas con figuras geométricas en los extremos que dividen el interior; en el espacio entre ambos círculos, aparecen cuatro inscripciones.

—No —dice él—. Son pantáculos planetarios.

Y no es hebreo, sino un alfabeto místico conocido como la Escritura de Malaquías, o escritura de los ángeles.

Para obtener la forma de los caracteres de este alfabeto se basan en las posiciones de las estrellas en los cielos y trazan líneas imaginarias de una estrella a otra.

Estamos ante uno de los sellos mágicos de Salomón, el pantáculo que invoca al planeta Venus.

—Imagino que la entrada a los demás túneles estarán marcadas por otros símbolos —aventura Sam.

Wahêd asiente y se dirige hacia el pasadizo de la derecha. Sobre la entrada, grabado en la piedra, hay un doble círculo de nuevo, esta vez encerrando un cuadrado seccionado en otros dieciséis más pequeños; dentro de cada minicuadrado, un carácter malaquiano.

—Éste es el pantáculo de Saturno —dice Wahêd—. Resulta obvio cuáles serán los otros dos.

Siente la mirada inquisidora de Cata sobre él; en cambio Sam y sus acólitos asienten.

—Júpiter y Marte, ¿no? —pregunta Sam.

—En efecto.

Wahêd siente cómo su cuerpo se rebela y su poder languidece. Esos sellos protegen contra espíritus malignos. Experimenta el impulso de alejarse de allí. Su interior se retuerce con un dolor pulsante que soporta a duras penas. No obstante, ha de continuar.

—¿Y cuál debemos seguir? —pregunta Cata, acariciándole el brazo.

Ella tampoco puede dejar de tocarlo.

Todos lo miran, pero él no sabe la respuesta.

Se encoge de hombros y frunce el cejo. El tiempo es crucial, su malestar se agudiza.

—Según la copia de Crowley, debemos ceñirnos al día y a la hora para averiguar el planeta correcto —interviene Sam.

—¿Tenéis aquí la copia?

—La tengo aquí —responde Louis, señalándose la sien.

—Bueno, pues es viernes —continúa Sam. Alza la muñeca y mira su reloj de pulsera, encarándolo hacia la luz que proyecta Wahêd—. Ahora son las ocho de la mañana.

Esta vez todos contemplan a Louis expectantes.

—Ambos datos coinciden con Venus —afirma él con seguridad.

Se dirigen de nuevo al túnel de la izquierda, el marcado con el pantáculo de Venus, y se aventuran en un corredor angosto y profundo.

Wahêd va primero, Cata tras él, Sam y los dos acólitos, Louis e Izan, cierran la fila.

El hueco eco de sus pasos resuena en la piedra, alargando el sonido a lo largo del túnel, envolviéndolos.

Wahêd comienza a sentir un aura extraña, latente e inquietante, como una presencia que se cierne con fuerza sobre ellos. Quizá sean los vestigios del poder que ese templo tuvo en la Antigüedad, reminiscencias mágicas, o incluso la regia figura espectral de Salomón.

Sea como sea, las vibraciones crecen a medida que avanzan y él las siente como pequeños aguijonazos que se clavaran en su piel.

Todos sus instintos se agudizan, sabe que deambulan por un lugar vivo, dispuesto a engullirlos en sus negras fauces.

Algo peligroso acecha en las sombras, no le cabe la menor duda.

Llegan a un recinto amplio, cuadrado, con paredes de piedra arenisca, plagada de inscripciones planetarias.

Hay cuatro gruesas columnas circulares formadas por bloques y labradas con símbolos cabalísticos, y en la pared opuesta, una enorme puerta de plata con la estrella de David grabada, les cierra el paso.

—No puedo teletransportaros a través de ese material —informa Wahêd.

Se aproximan al portón plateado y polvoriento.

—Resulta obvio que protege de los genios —comenta Sam.

Cata pasea sus dedos por el enorme hexagrama, con semblante pensativo.

—No está frío —murmura con asombro—. ¡Mirad, hay una rueda giratoria justo en el centro!

Wahêd se acerca y observa con atención. Hay dos pequeñas ruedas dentadas, una a cada extremo lateral de la grande. Y dos muescas, una arriba y otra abajo.

Acerca una mano a la rueda dentada que parece mover el engranaje.

Oye el roce seco y gastado de la piedra al girar y ve que en las casillas superiores se suceden cuatro símbolos planetarios, en las inferiores cuatro colores, negro, azul, rojo y verde, y que en el centro hay un saliente que supone que activa el mecanismo.

—Son los símbolos de Venus, Saturno, Júpiter y Marte —menciona Louis escrutando ceñudo la rueda.

—En efecto —masculla Wahêd—. Imagino que ahora sólo tenemos que hacer coincidir el símbolo correcto con el color adecuado.

—Bueno, entonces nada más es cuestión de ir probando —opina Sam, girando la primera rueda y presionando el saliente circular.

Se oye un resorte saltar bruscamente, justo cuando Louis grita:

—¡¡¡No!!!

Al punto, una de las cuatro columnas comienza a desplomarse, entre chirridos quejumbrosos que retumban por toda la sala.

Cata grita y se refugia contra el pecho de él, que la abraza, la pega a la puerta y la protege con su cuerpo.

Tras varios segundos agónicos, el ruido cesa, el suelo deja de temblar y una espesa nube de polvo y arena flota a su alrededor, impidiéndoles ver con claridad.

Cata y los hombres tosen violentamente. El derrumbamiento de la columna no sólo pone en peligro la estabilidad de la sala, sino que ha consumido parte del oxígeno que hay en ella.

—¡Maldita sea! —masculla Sam con un molesto carraspeo—. No tenemos margen de prueba.

—Ni de error —puntualiza Cata—. Si se desploma otra columna, se nos caerá el techo encima.

Wahêd se aparta de ella y observa los bloques de la columna, diseminados en el fondo de la estancia.

—Ha caído la columna izquierda de ese lado. Si fallamos de nuevo y cae su opuesta en diagonal, el techo se aguantará; en caso contrario, se nos caerá encima. Mejor no averiguarlo —concluye.

—Cuatro colores, cuatro símbolos y cuatro columnas, lo he sospechado justo cuando has girado el mecanismo —dice Louis, sudoroso y pálido.

—Por Dios, Louis, ¿recuerdas el esquema de los pantáculos angélicos de Salomón? —suplica Sam, mirando nervioso a su alrededor.

La piedra cruje y se lamenta, como si rozaran unas con otras, sometidas a una presión desconocida. La estructura se debilita.

Louis cierra los ojos, sus labios se mueven en rápidos y silenciosos susurros. Es fácil ver cómo su mente pasa de un recuerdo a otro, buscando el indicado. Su concentración es encomiable en un momento como ése.

Wahêd pasa el brazo por los hombros de Cata y la pega a él.

No se trata únicamente de la primaria necesidad de tenerla cerca, o de protegerla, es que además le transmite su fuerza.

No sólo su alma y su corazón se sienten atraídos por ella, también su debilitado espíritu ha descubierto que puede beber del poder que desprende la mujer.

Ha descubierto que ella es capaz de recargar sus fuerzas, al menos un tiempo.

Y cada segundo que su magia muere, él también lo hace.

—Si poseemos el favor de los pantáculos —comienza a decir Louis de manera mecánica, como si leyera un fragmento memorizado— e invocamos a los espíritus con ellos, obtendremos su obediencia y su sumisión, porque nos temerán.

Además de gozar de esas virtudes, nos protegen de peligros terrenales, de la hechicería y la brujería y ganamos el favor de los hombres.

»El fuego se extingue, el agua se aquieta y todas las criaturas temen los nombres escritos en ellos y obedecen por ese temor. Estos pantáculos se hacen del metal más adecuado a la naturaleza del planeta y de esta manera no es preciso observar la regla de los colores.

De repente abre los ojos, como iluminado por un pensamiento impactante, y nos mira con complacencia.

—¡Recuerdo los metales correspondientes a cada planeta!

Los demás dejan escapar el aliento y lo miran impacientes.

—Saturno se rige por el plomo, Júpiter por el estaño, Marte por el hierro y Venus por el cobre.

Los demás se miran entre ellos con la ansiedad pintada en los rostros.

—Puesto que este pasadizo es el de Venus, hemos de emparejarlo con el color cobre —musita Sam—. Pero ¿cuál es el color cobre?

—El color del plomo es negro —comienza Wahêd—, el del estaño ha de ser azul. El hierro, rojo, así que, por descarte, el cobre ha de ser verde.

—Pero el cobre es más parecido al rojo que al verde —objeta Louis.

—Yo sólo sé que Marte se rige por el color rojo —interviene Sam con convencimiento.

El corpulento Izan, que tiene los ojos muy abiertos y suda copiosamente, se agita nervioso y mira en derredor como buscando algo.

—Entonces Marte sin duda es rojo —dice Cata—. El óxido de hierro se usa para preparar pigmentos rojizos en la pintura al óleo. Y tengo la certeza de que el cobre corresponde al verde. En pintura usamos la malaquita para fabricar ese color, y en su composición lleva carbonato de cobre.

—Adelante entonces —aprueba Sam, fijando su mirada en Wahêd.