32. Clavicula Salomonis #2
Él asiente, dirige su mirada a Cata y, durante un breve instante, se pierde en sus ojos. Ese mar, ahora revuelto, sigue siendo su refugio de paz. Su último deseo sólo puede concedérselo ella, y es morir ahogado en su cerúlea mirada hasta que la luz de su alma se apague definitivamente.
Suspira, intenta calibrar las fuerzas que le quedan para salvaguardar la vida de los humanos que lo acompañan en caso de que no logren resolver el acertijo, y acciona los discos giratorios, colocando el símbolo de Venus arriba y el color verde abajo.
Hace una pausa, respira hondo y presiona el saliente.
La piedra vuelve a gruñir quejicosa. Una serie de crujidos se desatan durante apenas unos segundos. Todos aguardan temerosamente impacientes, respirando agitados, pegados al enorme y pesado portalón.
Sin embargo, nada sucede. Los ruidos cesan.
—La puerta no se abre —se lamenta Cata, pesarosa.
—Tampoco ha caído ninguna columna —señala Wahêd, tan confuso como ellos.
—Lo que quiere decir que no hemos errado —interviene Sam.
—No, pero algo se nos escapa —contesta él.
—¡Es una trampa! —exclama Izan, sumido en la desesperación.
—Tranquilízate, Izan —exige Sam, furioso—. Debemos mantener la calma y pensar en lo que se nos pasa por alto.
—Hasta ahora, todo está en relación con los pantáculos —rumia Louis con semblante concentrado—. Los planetas, sus colores... todo son características de los sellos...
La luz que emite Wahêd comienza a parpadear. Todos se vuelven hacia él, alarmados.
Se apoya en Cata, las fuerzas comienzan a fallarle.
—¡Yinn! —exclama ella, sujetándolo. Su hermoso rostro se tensa en una mueca aterrada.
—Estoy bien, pelirroja —musita con calma—. Un poco débil, sólo eso.
Cata se vuelve nerviosa hacia Louis.
—¡Tenemos que salir de aquí!
—Eso pretendemos todos —señala Sam—. Estos condenados sellos nos ocultan algo...
—¡Sellos! —exclama Cata con un deje esperanzado en la voz—. ¿Cuántos sellos hay por planeta?
Louis abre mucho los ojos, iluminados por una súbita revelación.
—¡Eso es! —dice—. Cada planeta tiene un número determinado de pantáculos. Siete Saturno, siete Júpiter, siete Marte y creo que cinco Venus.
—¡Joder! ¿«Creo»? —le espeta Cata, ansiosa.
—No queda más remedio que comprobarlo —sugiere Wahêd.
—Yo lo haré —propone Sam, aproximándose al mecanismo—. Ya lo hemos girado una vez y lo que quiera que vaya a pasar ha quedado detenido. Nos quedan cuatro.
Y, con apremio, vuelve a girar ambas ruedas hasta colocar el símbolo de Venus, un círculo con una pequeña cruz en su parte inferior, en la casilla superior y el color verde en la inferior. Presiona el saliente y repite tenaz la operación. Así hasta completar la operación por quinta vez.
Cata se abraza con fuerza a Wahêd, Izan aprieta entre sus manos el medallón que cuelga de su cuello y cierra los ojos, y Louis se limita a mirar con temor a su alrededor.
Un sonido brusco y un chirrido espeluznante los sobresalta. Algo metálico se desliza y unos goznes gruñen.
La puerta comienza a entreabrirse en lenta agonía.
Todos resoplan aliviados y se asoman precavidos a la negrura que los aguarda.
Wahêd se adelanta para iluminarles el camino. Mantiene a Cata junto a él; ella le rodea la cintura y se pega a su costado. No sabe muy bien quién sostiene a quién, ni quién protege a quién.
Aprieta los dientes, concentrando toda su energía en intensificar el halo que proyecta tan trabajosamente. Y a pesar de que consigue agrandar el círculo luminoso a su alrededor, no logra apreciar paredes, sino sólo un espacio vasto y despejado.
—Esto es enorme —murmura Sam.
El eco de su voz se pierde en el vacío, languideciendo en la distancia.
—Creo que estamos debajo de lo que fue la sala del trono —aventura Wahêd—.
Era la estancia más majestuosa de todo el templo.
Concretamente, nos encontramos en la Cámara del Tesoro, un duplicado exacto de la sala real en cuanto a dimensiones.
Salomón accedía aquí por un pasadizo oculto bajo su trono.
—¿Aquí estuvo el Arca de la Alianza? —pregunta Cata.
—Estuvo aquí, sí, en el santuario, dentro de un tabernáculo. En la parte norte del templo. Y no sólo el Arca, sino los más fastuosos tesoros de la Antigüedad.
Ella alza la mirada hacia él con curioso interés.
—¿Hay algo que no sepas?
—Ahora mismo muchas cosas.
Cata sonríe abiertamente.
—¿Como por ejemplo?
—Como por ejemplo lo que pensarán estos tipos si te llevo a un rincón oscuro un ratito mientras ellos buscan.
—Dios, Yinn, no estás tan débil, después de todo.
—Para eso y para ti, nunca lo estaré.
Siente la mirada prendada de la mujer sobre él y un calor extraño inunda su pecho. En realidad, lo que le ha dicho es justo lo que desea hacer en esos momentos; huir con ella muy lejos de allí.
De repente siente un escalofrío, una brisa helada ha penetrado junto a ellos en la cámara.
Contrariado, ve que no es el único que lo ha percibido.
Izan mira un punto concreto, justo detrás de ellos. Su nerviosismo ha desaparecido misteriosamente y en su semblante se muestra una curiosa complacencia.
Wahêd descubre que, como temía, hay más de un esclavo en los puntos estratégicos. Eso y que su amo acaba de entrar en la sala.
Acelera el paso y llegan al fondo de la cámara, donde vislumbran un cofre dorado sobre un pedestal de piedra caliza. En el centro de la pared se abre una estrecha puerta. En las paredes laterales asoman lucernas polvorientas.
Se acerca al cofre y lo abre. La tapa emite un gruñido.
Sam se inclina y mira dentro.
—¡Está aquí!
Alarga la mano y saca un libro de tapas metálicas, con el emblemático hexagrama grabado en el centro y relieves en las esquinas. Un pasador asegura el grimorio Clavicula Salomonis , La Llave Menor de Salomón, el verdadero Lemegeton .
—¡Dios Santo! También están los elementos para montar el almadel —exclama Sam, sacando una tablilla de cera con sellos protectores y cuatro velas.
Wahêd se tensa, la maléfica presencia, fría y sibilina que se agazapa en las sombras, aguarda insidiosa. Sabe que tendrá que contenerla mientras ellos realizan los ritos. Maldice interiormente su debilidad. Es consciente de que sin la ayuda de Cata no tienen ninguna posibilidad.
—¡Daos prisa! —apremia, clavando su preocupada mirada en Sam—. No estamos solos.
Siente la mirada de los demás como dardos asustados e inquisidores que lo sepultan con una responsabilidad que lo angustia.
Cata abre mucho los ojos y se pega a él. Sam y sus hombres se apresuran con los preparativos, echando furtivas miradas temerosas a la oscuridad que los rodea.
Wahêd se inclina hacia Cata. Una idea temeraria pero necesaria toma consistencia en su cabeza.
—No puedo hacerlo sin ayuda —confiesa—. Mi desvinculación como genio deteriora mis fuerzas, lo que, sumado a los últimos enfrentamientos, hace que mi poder se resienta cada instante un poco más.
»Sólo hay alguien que puede ayudarnos y es la hermana de Kamil, Yaced.
Es ambiciosa, y pretende apoderarse del trono.
Invocadla cuando tengáis preparado el almadel.
Me ayudará a enfrentarme a Kamil y sus legiones.
Mientras lo hago, debéis efectuar el rito de Convocación y de Eliminación.
Una vez que lo consigáis, y sólo en este caso, que Sam realice el de Vinculación con el anillo.
—Y añade, dirigiéndose a Cata—: Con ese rito no sólo perderás la condición de llave dimensional, sino todos tus poderes.
Con él desaparecerá tu condición de híbrida y recuperarás tu vida.
—Mi vida sin ti —musita ella con un hilo de voz.
—Tu vida, sólo eso importa.
Cata se abraza a su pecho y entierra su rostro en él.
La coge de los hombros y la separa para poder mirarla a los ojos.
—Escúchame, Cata, nada de lamentaciones. Piensa que yo nunca he sido real. Evócame como un sueño, o un recuerdo con el que sonrías o suspires, pero no como un amante, ni como un hombre. Sólo he sido un sueño del que estás a punto de despertar.
—Entonces no quiero despertar.
—¡Maldita sea, Cata, abre los ojos de una condenada vez! No cometas el error de tu madre, no entregues tu vida por una quimera. No merece la pena. Dentro de muy poco dejaré de existir, yo no importo.
Ella se derrumba en sus brazos entre sollozos, aferrándose a él con una intensidad que lo desgarra.
—A mí me importas. Y me importarás mientras respire, esté donde esté.
Wahêd ya no puede resistirse más. La sujeta con firmeza y se inclina sobre su boca.
Cata lo recibe con voracidad. Sus lágrimas son saladas y tibias, su anhelo infinito, su dolor le desgarra el pecho.
Desea morir en ese beso, otorgarle el olvido. Desea no haber caído bajo su influjo, no haberla tentado, pero fue débil e incauto y ahora ella pagará las consecuencias, al menos durante un tiempo. No ha sabido protegerla y si algo agradecerá a la muerte es evitarle el peso de su conciencia.
Se obliga a apartarse de ella y la mira lleno de sentimientos encontrados, todos con un marcado matiz culpable.
—¿Serás capaz de perdonarme?
Cata cierra sus enormes ojos turquesa, mientras gruesas lágrimas ruedan por sus mejillas en un reguero incesante. Cuando los abre, el sufrimiento que se refleja en ellos apuñala su pecho.
—¿Perdonarte? Si mi vida sólo tuvo sentido el día que te invoqué.
Wahêd se sacude tembloroso. Apenas es capaz de contener lo que estalla dentro de él: un amor tan grande que lo dota de una fuerza desconocida.
—No me iré sin saberte a salvo —logra decir—. Te lo juro. Como tú vas a jurarme que vivirás por mí. Como pago de mi sacrificio, exijo tu felicidad. Quiero tu palabra, Cata. Es... mi primer y último deseo.
Ella, llorosa y trémula, hipa y asiente. Se muerde el labio inferior y frunce el cejo.
—Tienes... mi corazón, mi alma... y mi palabra.
Wahêd asiente complacido, a pesar de que el dolor lo zarandea implacable. La estrecha contra sí y piensa que el amor es sin duda la energía más poderosa del Universo y que es afortunado por gozar de ella.
—Aléjate de mí, Cata.
La separa de él y se aparta unos pasos sin dejar de absorber cada detalle de su rostro.
Ella lo observa con extrañeza y miedo.
—No, quiero estar en tus brazos hasta el final.
—El final está detrás de mí.
Siente la presencia acercarse a su espalda ominosamente.
—¡No! —exclama Cata con impotencia.
—Te amo, pelirroja, como ninguna criatura amó jamás a otra.
»¿Quieres saber el tercer motivo por el que decidí ayudarte aquel primer día?
Ella asiente compungida.
—Porque comprendí que no podría negarte nada. Tus ojos me esclavizaron con más fuerza que tu invocación.
—Yinn...
Wahêd cierra los ojos un instante, atesorando la imagen de la mujer que ama, como escudo y espada contra lo que se abalanza sobre él.
Se vuelve, aprieta la mandíbula, cierra los puños y abre los ojos, asomando a ellos toda su fiereza, su empuje y decisión. Sus tatuajes destellan, acentuando su luminoso fulgor.
Dispuesto a encarar su última batalla.