31. Jerusalén #2
Los demás hombres se miran entre ellos. Detrás se oye el eco de los pasos del guardia.
—¿Cómo accedemos? —inquiere Sam con preocupación.
Yinn mira hacia atrás un instante y espera a que los pasos se alejen.
—Cogeos de las manos, tenemos que formar un círculo —explica, tomándome de la mano y tendiendo la otra—. No se os ocurra soltaros.
El acólito áureo de pelo claro, Louis, mira la mano de Yinn con cierta aprensión, pero titubeante, alarga la suya. Sus ojos brillan temerosos.
—Creía que estabas deseando presenciar otro truquito de magia —se mofa Yinn.
El hombre traga saliva y frunce el cejo, dándose valor.
Sam toma mi mano y la de su hermano Izan y así completamos el círculo.
Yinn nos mira uno a uno, respira hondo y cierra los ojos. Su poderoso pecho se alza en cada inspiración, su cejo se frunce y sus manos se crispan. De sus labios brota una extraña letanía, con aquella voz de ultratumba que nos eriza la piel.
Comienzo a sentir un hormigueo eléctrico que me recorre la piel, acompañado de una sensación de ligereza inusitada.
Miro asombrada a mis compañeros, que se diluyen ante mis ojos en una incorporeidad manifiesta.
Sus miradas alarmadas y estupefactas se tornan difusas.
Observo mi cuerpo y creo dejar escapar una exhalación de asombro cuando compruebo que pierdo consistencia.
A cada palabra pronunciada por Yinn, nos convertimos en seres translúcidos, apagándonos de manera gradual.
Siento vértigo y una sensación de vacío insidiosa que me inunda irremisiblemente. De repente, noto que caigo, que algo me atraviesa. Quiero gritar, pero no puedo. Soy arrastrada por una vorágine de colores entremezclados, succionada por un canal giratorio. Sólo una cosa me ancla, su mano.
Súbitamente, mis pies toman contacto con una superficie material y consistente, siento una leve sacudida y el hormigueo comienza a diluirse.
Respiro un aire rancio y acre que hace que me pique la garganta.
Todo es negrura pesada y opresiva, pero poco a poco una luz azulada comienza a iluminar el espacio cerrado en el que nos hallamos.
La luz proviene de Yinn.
Todavía unidos, con las manos enlazadas, nos observamos entre jadeos de asombro y semblantes descompuestos y asustados.
—¿Qué tal este truco? —le pregunta Yinn sonriente a Louis, que se sacude trémulo—.
Séptimo principio del hermetismo —agrega mirando a Sam—: todo se transmuta de estado en estado, de grado en grado, de condición en condición, de polo a polo, de vibración en vibración.
La verdadera transmutación hermética es un método, una práctica, un arte mental.
Un arte que buscáis, que tenéis a vuestro alcance, pero que por algún motivo os cuesta lograr. Todo es mente.
Yinn suelta la mano del acólito, pero no la mía. Me atrae hacia él y me abraza.
—Estás helada —dice, mientras me frota la espalda.
Mis brazos se enredan en su cuello. Yinn suspira cuando me fundo con él en un abrazo.
—Cata —me susurra al oído—, no puedo despegarme de ti.
Lo estrecho más si cabe, cuando oigo un carraspeo a mi espalda.
—Síii, ya sé —rezonga Yinn con pereza—, tenemos que salvar el mundo.
Se aparta de mí con evidente renuencia y mira hacia uno de los cuatro túneles que se abren en la sala en la que nos hallamos.
—¿Por qué brillas? —pregunto, admirando el halo de luz azul claro que mana de su piel, los tatuajes de sus antebrazos refulgen con intensidad.
—Porque si no, no veríamos nada —responde, guiñándome un ojo.
Bufo y pongo los ojos en blanco.
—Cata, soy un djinn de aire, poseo el poder de la tormenta, los relámpagos, los vientos y tornados. Este halo que proyecto es el fulgor de los rayos que soy capaz de desencadenar en mi interior.
—Impresionante —comenta Sam, maravillado—. Creía que todos los genios mágicos eran de fuego.
—No —aclaro—. Los hay además de aire, tierra y agua.
—Los cuatro elementos, cómo no —reflexiona Sam—, pensaba que eran elementos protectores.
—Lo éramos—afirma Yinn—, hasta que vuestra ambición nos traicionó.
—La ambición de un rey antiguo —matiza el Ipsissimus—. No creo justo que paguemos todos por él.
—¿Acaso Salomón fue distinto de como sois vosotros ahora? ¿Acaso he hallado algo más que ambición en vuestros corazones a lo largo de mis innumerables servidumbres? Ni uno solo de mis vasallajes me han hecho pensar lo contrario. Ni uno solo de los deseos que he concedido me ha sido devuelto.
»Sí, reconozco que ha habido humanos que han sabido utilizar bien sus deseos en favor de un bien común, pero han sido los menos. Te aseguro, Sam, que esa nimia proporción no os exime de culpa.
—Y aun así piensas sacrificarte por nosotros —murmuro con pesadumbre.
Yinn clava en mí su brillante mirada, mi corazón da un vuelco ante su intensidad.
—Esa pequeña parte me vale —replica, señalando mi corazón—. Hay futuro para vosotros, mas no para mí. En realidad sólo estoy siendo objetivo.
Trago saliva y aparto ofuscada la sola idea de perderlo. Empujo el pensamiento a un rincón de mi mente y lo encierro en un apartado oscuro y recóndito.
«No —me digo—, no sé cómo, pero no voy a perderlo.»
Siento ganas de llorar, aprieto los labios y bajo la vista.
—Elegid túnel —indica Yinn—, hemos de encontrar cuanto antes el Lemegeton .