Escape Room Capítulo 21
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Capítulo 21

Los suaves granos de arena se me quedan pegados a la barbilla al levantar la cara del suelo.

Pestañeo.

Lo último que recuerdo es el rugido ensordecedor del módulo de escape mientras este avanzaba a ciegas por las profundidades del espacio, pero ahora parece que he llegado al paraíso.

Unas nubes suaves y ligeras salpican el cielo azul despejado. El sol brilla con fuerza sobre la arena dorada que cubre la orilla. Más allá de esta playa veo el océano, de un azul perfecto que se intensifica al acercarse al horizonte.

Ya no debo de estar en El Escape.

Parece que he aterrizado en una isla desierta.

Un suave aroma a flores flota en la brisa cuando me pongo en pie.

Veo que Uala está saltando hacia la sombra de una palmera frente a mí.

La ualabí avanza sobre sus patas traseras y levanta diminutas nubes de arena.

Al mirar hacia atrás, veo un exuberante bosque verde, con una vegetación densa que oculta de mi vista el resto del paraíso.

Desorientada, lo rodeo despacio, buscando algún rastro del módulo de escape.

Cuando la tripulación del Apolo 11 volvió de la Luna, cayó en mitad del océano, pero yo tengo la ropa completamente seca y, aunque la playa parece estar llena de basura, no veo que una cápsula del espacio se haya estrellado en la arena.

Aturdida, comienzo a caminar hacia la orilla.

Recorro con la mirada los innumerables objetos que parece haber traído consigo la marea: redes de pesca, chanclas, envoltorios de comida y fiambreras, vasos desechables, botellas y bolsas de la compra.

Una avalancha de pajitas se extiende sobre una pelota de playa partida por la mitad, cuyo plástico desintegrado mancha la arena de un rojo chillón.

Oigo cómo los fragmentos de basura crujen bajo mis pies cuando me abro paso entre ellos. No sé por qué he pensado que esto era un paraíso. Se asemeja más a un vertedero.

Oigo el sonido de unos pasos correteando y me sobresalto cuando un cangrejo ermitaño se cruza en mi camino.

En lugar de en una concha, esta criatura ha encontrado su hogar en un bote de cosmética azul fosforito.

Lo arrastra tras de sí con sus pinzas negras mientras se apresura a esconderse bajo un teclado de ordenador roto.

Al observarlo todo con atención, reparo en un grupo de cuerpos en miniatura: muñecas de plástico y figuras de acción que se apilan en un montón deforme.

Estiro el brazo para coger un escuálido muñeco de la parte de arriba, pero el plástico, ya dañado por el sol, se me desintegra en la mano.

Estos juguetes deben de llevar ya años aquí.

Levanto la cabeza para mirar la playa. Los residuos de plástico se extienden hasta donde alcanza la vista. Parecen las ruinas de una antigua civilización esparcidas por la arena.

Las bolsas de plástico cuelgan de las ramas de un cocotero. Bajo la sombra de sus hojas, Uala escarba en el suelo en busca de algo que comer.

Desvío la mirada para contemplar el océano, preguntándome aún dónde estoy.

En una zona poco profunda y traslúcida percibo varios bancos de peces caleidoscópicos diminutos, y las olas que los bañan también desprenden colores.

Al examinarlas de cerca, veo que estas motas rosadas, azules y blancas son microplásticos, millones de diminutas partículas que brillan bajo la luz del sol.

¡Ggggrrrrh!

Un sonido ahogado hace que me dé media vuelta. En la sombra de la palmera veo a Uala tumbada, golpeando la arena con la cola mientras su cuerpo se retuerce de dolor.

—¡Uala!

Corro hasta el animal, gritando su nombre para que sepa que estoy de camino. La ualabí deja de moverse justo cuando llego hasta ella y su cola de color gris ceniza permanece inmóvil en la arena. Me agacho y le levanto la cabeza con cuidado mientras intento averiguar qué ha ocurrido.

Sobre la V oscura que forma su pelaje, las perlas negras de los ojos de Uala me contemplan sin verme, con el brillo apagado, convertidas ahora en una oscuridad sin vida.

Un collar de plástico azul brillante se le ha enganchado alrededor del cuello y el asa de una bolsa para escombros de obra se le ha clavado de forma dolorosa entre el pelaje.

Seguramente estaba rebuscando en su interior algo para comer y se ha quedado atrapada.

Cuanto más se esforzaba por liberarse, más se ahogaba, hasta que ha sido demasiado tarde…

Acuno entre los brazos a la preciosa criatura, incapaz de evitar que me caigan las lágrimas por el rostro.

Uala era lo único que me quedaba y ahora se ha ido.

Ya no logro pensar; duele demasiado. Noto cómo sube la marea en mi interior, un tsunami de pena que por fin se me escapa de los labios como un aullido animal.

La isla tiembla ante el sonido de mi llanto. Todos se han ido…

Me arden los ojos por las lágrimas, como si hubiera visto demasiado, pero, cuando miro a mi alrededor, a los objetos de la arena, oigo el eco de las palabras del anfitrión en algún lugar de mi mente: «Todo forma parte del juego».

Al contemplarlo todo con atención, atisbo una pieza de ajedrez medio enterrada cerca de la línea de la marea alta.

Es un caballo tallado en marfil que, debido a su color negro, parece haberse chamuscado.

Lo rodean más desechos que han traído las olas.

Hay una concha pintada de color rojo y una palanca de mando de plástico, así como un viejo carné de la biblioteca y un móvil roto.

En su pantalla agrietada veo la forma de una escalera roja dibujada en el cristal. Lo reconozco todo.

Comienzo a unir las piezas. La Respuesta que he estado buscando va tomando forma poco a poco en mi mente. A medida que los granos de arena brillan bajo la luz del sol, me doy cuenta de que puedo contarlos todos.

Tras acariciar el pelaje de Uala una última vez, dejo al animal en el suelo y me pongo en pie, despacio.

El sol sigue brillando, pero ya no noto su calidez conforme me acerco al móvil para cogerlo. Me lo llevo a la oreja, miro hacia el cielo y digo las palabras en voz alta:

—Ya no quiero seguir jugando.

Durante un segundo, todo se queda en silencio. Luego llega la respuesta:

—Eso es lo que dices siempre, Ami. —La voz del hombre surge directamente detrás de mí—. Pero debemos salvar el mundo.

Me giro y me encuentro al anfitrión de pie en la arena. Lleva una camisa blanca con el cuello abierto y unos vaqueros de color azul oscuro. Sus zapatillas beis son del mismo tono que la arena. Me mira con una pizca de decepción.

Pero, al observar sus ojos grises como el sílex, recuerdo quién es en realidad y dónde lo he visto. Conozco a este hombre desde el día en que nací. Es papá.