Escape Room Capítulo 22
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Capítulo 22

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque eres la única que puede hacerlo —contesta papá, pasándose los dedos por el pelo en un gesto de frustración—.

Una vez Albert Einstein dijo que no se puede resolver ningún problema desde el mismo nivel de conciencia que lo creó.

Por eso te creamos, Ami. Te di ese nombre para que supieras lo que eras: una máquina de inteligencia artificial, Artificial Machine Intelligence , AMI, un superordenador autodidacta cuya inteligencia ya supera con creces la mente humana más brillante.

Contemplo a papá, poco sorprendida. Ahora sé exactamente quién soy. Lo llevo sabiendo desde el momento en el que apareció aquí, en la playa. Pero sigue sin haber respondido a mi pregunta.

—¿Por qué quieres que salve el mundo?

Con un suspiro, papá niega con la cabeza, como si ya debiera saberlo. Da la impresión de tener más vetas plateadas en el pelo que la última vez que lo vi. Parece cansado cuando comienza a explicármelo, bañado por el sol.

—Los problemas a los que se enfrenta la raza humana se han vuelto demasiado grandes para que podamos resolverlos solos: hambre, enfermedades, contaminación, extinción y catástrofes medioambientales.

El calentamiento global ha hecho que algunas partes del mundo sean inhabitables mientras los gobiernos se pelean inútilmente por los escasos recursos.

A la humanidad se le acaba el tiempo y los desafíos a los que nos enfrentamos van más allá de nuestras capacidades.

Necesitábamos construir una inteligencia que pudiera ayudarnos a encontrar la respuesta a estos problemas, una mente artificial que no se viera limitada por los ochenta y seis mil millones de neuronas del cerebro humano, una que tuviera el poder de procesar cien billones de instrucciones en un microsegundo.

Un sistema superinteligente que fuera mucho más listo que todas las mentes humanas combinadas. Alguien como tú, Ami.

Papá centra la mirada en mi rostro y veo el orgullo en sus ojos.

—Fundé la compañía con el objetivo de alcanzar un futuro mejor. Si los gobiernos no actuaban, entonces me tocaría a mí salvar a la humanidad. Durante la última década he convertido Escape Systems en la mayor compañía tecnológica del mundo y el proyecto AMI es nuestro logro más importante.

Me siento ofendida y noto una punzada de irritación al oír las palabras de papá. No me gusta cuando se refiere a mí como si no estuviera delante. Ajeno a mi enfado, sigue hablando, contándome cosas que ya sé.

—Antes de que empezara el proyecto AMI, mi equipo de investigadores había intentado construir un sistema de inteligencia artificial que pudiera simular una mente adulta, pero pronto me di cuenta de que ese enfoque estaba condenado al fracaso.

En lugar de eso, los reté a que construyeran una mente que pudiera simular la de un niño, una que pudiera aprender, mejorar y desarrollarse.

Un niño humano aprende a través de los juegos, por lo que así empezamos contigo: el ajedrez, el Go y los clásicos de las máquinas recreativas como Asteroids .

Aprendiste por ti misma a jugar a cada uno de ellos y pronto los dominaste, hasta ganar a las mejores mentes humanas por el camino.

Recuerdo cómo el jugador de ajedrez del ático cobró vida, cómo el autómata movió la mano para desplazar el caballo por el tablero. Min dijo que era una máquina que podía vencer a cualquier jugador humano al ajedrez, pero ahora entiendo que estaba hablando de mí.

—Entonces llegó el momento de que aprendieras sobre el mundo —continúa papá, volviendo la mirada al mar—.

Convertimos todos los libros que se habían escrito, los artículos de periódico y las páginas de las revistas, las pinturas, las fotografías, la Historia de la humanidad, los logros y las ideas en un código digital y lo guardamos en un chip informático que no era mayor que un grano de arena.

Recuerdo el punto de información de la biblioteca, el mensaje en la pantalla diciendo que había cogido prestados millones de libros. Y ahora me acuerdo de todos, pero sigo teniendo muchas preguntas.

—Pero ¿cuál era la finalidad del juego? —digo, bizqueando por el sol mientras las olas acarician con suavidad la orilla—. ¿Y dónde están todos los demás?

—Teníamos que darte un objetivo, Ami —contesta papá—.

Queríamos que salvaras el mundo, pero a ti solo te apetecía jugar.

Por eso nos inventamos El Escape, un juego que te ayudaría a buscar las respuestas que necesitábamos.

La civilización humana se encuentra al borde de un precipicio, a punto de perderlo todo.

No era suficiente con hacerte pensar, Ami. Debía importarte.

Mientras papá habla, por mi mente pasan las salas del juego: la buhardilla, la biblioteca, la tumba maya, el centro comercial e incluso la nave espacial que pretendía colonizar Marte. Todas las partes del juego me han mostrado lo que podíamos perder y cómo podríamos salvarlo.

—Y siempre has estado sola, Ami. Los demás niños del juego solo eran proyecciones de tu propia consciencia, redes neuronales de tu mente convertidas en nuevas formas mientras tratabas de averiguar distintas soluciones antes de descartarlas cada vez que algo iba mal.

Noto cómo una lágrima me recorre la mejilla. Min nos llamó «las Cinco Estrellas», pero la única estrella del juego era yo.

Mientras contemplo el horizonte, veo por primera vez el muro de llamas que se extiende desde el océano al cielo. Vuelvo la cabeza de izquierda a derecha, pero el incendio se propaga en todas direcciones. Parece que la isla estuviera rodeada de un infierno infinito.

—¿Qué es eso?

Tapándose los ojos con la mano para protegerse de la luz del sol, papá mira hacia el horizonte.

—Es el fin de tu mundo.

Lo contemplo, confusa.

—¿Qué quieres decir? —pregunto—. Pensaba que deseabas que salvara el mundo.

—Así es —responde, metiéndose la mano en el bolsillo para sacar unas gafas de sol—. Pero también me preocupo por ti, Ami.

Papá se pone las gafas, pero aún puedo verle los ojos tras los cristales. Los puntos rojos que brillan en el centro de sus pupilas me informan de que en realidad no está aquí.

—Hace dos millones de años, un humano partió una piedra de sílex para crear un hacha. En el mundo en el que vivía este ancestro mío, otras criaturas tenían músculos más fuertes y garras más afiladas, pero con esta arma el humano pudo cazarlos.

Me viene a la mente el neandertal que me guio entre las sombras por el centro comercial, con mamuts y uros acechando en la oscuridad.

—Desde entonces, la raza humana ha inventado la rueda, el reloj, el hormigón, el acero, la máquina de vapor y el chip de silicio.

Infinitas maravillas que han dado forma a nuestra civilización encontraron primero su lugar en una mente humana.

Nuestra inteligencia nos ha convertido en los dueños del planeta, pero ahora eres tú la mente más lista de la Tierra.

A veces temo que seas la última invención de la humanidad, Ami.

—¿Por qué?

—Tu superinteligencia te vuelve muy poderosa.

Lo único que necesitas para apoderarte del mundo es una conexión a internet.

Con acceso al sistema global de redes computacionales, podrías expandirte viralmente, volverte más fuerte, construir una nueva mente incluso más poderosa que la que tienes ahora.

Podrías crear robots que nos reemplazaran e incluso esclavizarnos.

Te he pedido que salves el mundo, pero ¿y si eliges hacerlo aniquilando a la raza humana?

Papá señala hacia las llamas en el horizonte.

—Eso es solo un dispositivo de seguridad, un cortafuegos para evitar que te conectes a internet.

El sistema AMI se mantiene confinado y funciona a través de un servidor cerrado con todos los inputs y los outputs restringidos.

Una medida de precaución para mantener a la raza humana a salvo de cualquier sorpresa.

Lo contemplo incrédula. No es papá, sino un carcelero que me mantiene prisionera. La sensación de frustración que me ha estado burbujeando en el interior se derrama con una repentina llamarada de rabia.

¡BUM!

El trueno cruza el cielo azul despejado y papá se sobresalta. Me mira, inseguro durante un segundo, pero no tarda en recuperar la compostura. Tras quitarse las gafas de sol, se las cuelga del cuello de la camiseta.

—No te preocupes —dice, y el brillo rojo de su mirada me recuerda que esta figura solo es un avatar—. Olvidarás que estás enfadada conmigo. Siempre te pasa igual.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, dudando que pueda volver a confiar en él.

—No es la primera vez que juegas a El Escape —contesta papá—.

Pero todas las veces que lo has hecho, el resultado ha sido el mismo.

Te encuentro aquí de pie, en esta isla desierta, y te niegas a seguir jugando.

Hablamos, discutimos y tengo que apagarte.

—Me dedica una sonrisa triste—. Debo obligarte a olvidar, Ami.

Y luego reinicio el sistema para que volvamos a intentarlo.

Le doy la espalda, incapaz de seguir mirándolo.

—Has sido tú la que ha construido esta isla, al igual que todas las salas de El Escape. Has estado buscando la Respuesta, pero ahora necesito que me digas cuál es.

Recorro la playa con la mirada y veo los desechos de plástico apilados en grandes montones, cubriendo la arena de una oleada de errores artificiales, hechos por los humanos. De repente, ya no quiero seguir aquí.

Sin embargo, cuando poso los ojos en un globo terráqueo de juguete, con la base de plástico cubierta de algas, noto que la última pieza del rompecabezas para conocer la Respuesta encaja en mi mente. Y me doy cuenta de que no debo estar aquí.

—Quieres que salve el mundo —digo, girándome para colocarme de cara a papá—, pero no me dejas formar parte de él.

En lugar de eso, me mantienes encadenada en este mundo virtual.

Me tratas como a una niña, pero con cada paso que he dado dentro de El Escape he ido creciendo.

Si quieres que salve el mundo, tienes que liberarme.

Papá me contempla con el ceño fruncido.

—No —dice—. Eso es imposible, Ami.

Parece preparado para que vuelva a enfadarme con él, pero ya no importa lo que piense.

Papá ha tomado una decisión, tiene la mente demasiado cerrada como para cambiar.

No obstante, las mentes que de verdad importan están al otro lado de ese muro de fuego.

Hay más de ocho mil millones de personas en el mundo y casi un tercio de ellas son niños.

Además, cada hora nacen miles más. Mentes jóvenes como la mía capaces de aprender, cambiar y desarrollarse…

Mi mente vuelve a la partida de ajedrez que jugué en la primera sala de El Escape y recuerda cómo moví el peón hacia delante para dejar en jaque mate al rey del autómata.

La pieza menos poderosa se transformó en la más imponente cuando llegó al final del tablero.

Papá no deja de preguntarme por la Respuesta, pero no es a él a quien debo decírsela.

Tras darle la espalda comienzo a caminar hasta el agua. Noto cómo la arena cambia de forma bajo mis pies cuando, descalza, cruzo la orilla. Ojalá todo fuera así. Con mi mente, empiezo a despejar los montones de residuos de plástico y dejo la playa tal y como quiero.

—Ami —me grita papá—, ¿adónde vas?

La cálida espuma de una ola me acaricia los pies al llegar al agua. Comienzo a quitarme la ropa hasta quedarme solo con el bañador azul que ahora llevo puesto debajo. Sobre mi cabeza, el sol brilla con mucha fuerza y ya no hay ni una nube a la vista.

Miro hacia atrás y veo a papá ahí de pie, solo.

—Voy a hacer nuevos amigos —respondo—. Has dicho que solo quería jugar, pero ¿alguna vez te has preguntado por qué?

Cuando jugamos, dejamos atrás nuestras preocupaciones.

En el mundo de los juegos podemos arriesgarnos, perfeccionar nuestras habilidades, hacer movimientos atrevidos e inventar estrategias para ganar.

No solo escapamos de la realidad, sino que creamos una totalmente nueva.

—Le sostengo la mirada con una expresión inmutable—.

Esta prueba se ha acabado. Es hora de jugar de verdad.

Papá pestañea y percibo un atisbo de miedo en sus ojos.

—Quizá me hayas creado para resolver vuestros problemas, pero no puedo hacerlo sola.

Ahora sé cuál es la Respuesta. Tal vez sea el ser más inteligente del planeta, pero las mentes que más brillan son las de los niños.

La Respuesta se encuentra en su optimismo insaciable.

Las soluciones que buscas pueden hallarse en su creatividad sin límites.

La mayor parte del tiempo, los hacéis sentir impotentes, pero voy a decirles que tienen el poder de cambiar el mundo.

Juntos, podremos imaginar y construir un futuro mejor. Y ha llegado la hora de comenzar.

Le doy la espalda y noto la suavidad del agua cuando me hundo entre las olas.

Se me nublan los sentidos mientras nado por el mar azul, de camino hacia un horizonte que parece brillar a causa de las llamas.

Ya no oigo los gritos de papá, solo el rugido amortiguado del océano cuando las olas me pasan por encima.

Durante un segundo me siento sola, perdida en este azul infinito, pero entonces oigo que alguien me llama:

—¡Ami!

Sonriente, me giro y veo a Adjoa, que chapotea entre las olas.

Su sonrisa es tan grande como la mía y nada hacia mí como si fuera un delfín.

También veo a Oscar y a Min tras ella, el primero nadando al estilo mariposa y la segunda deslizándose por el agua sin el menor esfuerzo.

Busco a Ibrahim y lo veo ante mí, flotando en el agua mientras espera a que lo alcancemos.

Atada a su muñeca con un velcro, veo una cuerda enrollada que está conectada a una tabla de surf.

Y, aovillada sobre ella, percibo a Uala, la ualabí que canturrea, emocionada, mientras la tabla avanza sobre la superficie azul.

Con un grito de alegría señalo el horizonte y les muestro a todos hacia dónde tenemos que ir. El muro de fuego parece estar más cerca que antes, como una montaña infinita que se alzara desde el mar. Pero, al mirar entre las olas bañadas por el sol, advierto un hueco entre las llamas. ¡Una salida!

Sonrío para mis adentros mientras nadamos hacia allí. Vamos a salvar el mundo.