Capítulo 20
Agarro con fuerza la palanca de mando mientras centro los ojos en la pantalla. Los puntos se acercan a toda velocidad al icono triangular del centro del monitor y su forma me está diciendo lo que necesito hacer ahora.
Tengo que jugar.
Sé que debería estar preocupada, pero lo cierto es que esto me emociona demasiado como para estar asustada.
Cuando era pequeña, papá me dejó una vez un montón de videojuegos viejos.
No me explicó qué eran ni las reglas para jugarlos, solo los metió en el disco duro para que yo lo descubriera por mí misma.
Me pasé toda la tarde intentando averiguar cómo se jugaban.
Esos gráficos primitivos y esa música hortera de ocho bits no impedían que consiguiera unas puntuaciones increíbles. ¡Qué bien me lo pasaba con esos juegos!
Por eso, mientras contemplo la inminente tormenta de meteoritos, recuerdo que ya he jugado a un juego parecido.
Uala presiona el hocico contra mi piel, con su cuerpo pegado al mío por la presión del cinturón.
Oscar ha ocupado el asiento de al lado, incapaz de ocultar su irritación porque yo haya tomado el control de los mandos.
Tras inclinarse hacia delante, da un puñetazo contra el panel de control, y en la pantalla la tormenta de puntos se acerca sin piedad.
—¿Y yo qué hago entonces?
A diferencia de los videojuegos a los que me dejaba jugar papá, esta nave espacial no parece estar equipada con un cañón láser que Oscar pueda usar para despejar el espacio ante nosotros.
El punto blanco más rápido se está acercando a la parte frontal de la nave en la pantalla y, al mirar a través de la ventana, veo cómo una pequeña roca espacial de color gris va directa hacia nosotros.
—Siéntate y no te muevas —digo, girando la palanca de mando para esquivarla.
Noto cómo la nave espacial responde a mi orden y se desvía hacia la izquierda mientras la roca desaparece de nuestro campo de visión por la derecha.
Sin embargo, la sensación de triunfo no dura mucho; una neblina polvorienta cubre poco a poco la ventana de observación, y la silueta del polvo y las rocas se recorta sobre la oscuridad del espacio.
Miro de nuevo a la pantalla del ordenador y veo cómo los puntos encajan a la perfección con esta escena.
Vamos directos al corazón de la tormenta.
—Has tomado el camino equivocado —dice Oscar, casi satisfecho—. Sabía que no debería haberte dejado pilotar la nave.
Agarro con más fuerza la palanca de mando e intento ignorarlo.
No necesito pensar en que estamos a cientos de millones de kilómetros de la Tierra y que una mota de polvo supersónica podría agujerear la nave.
Solo necesito centrarme en el tacto de la palanca de mando entre los dedos. Así es como nos alejaremos del peligro.
Giro la palanca a la izquierda antes de moverla con brusquedad hacia la derecha, y noto cómo me desplazo hacia ambos lados en el asiento a medida que la nave atraviesa la nube de desechos espaciales.
Vuelvo a desplazar la palanca a la izquierda, luego, a la derecha y, por último, trazo un semicírculo.
Observo cómo el icono triangular dibuja una curva para dejar atrás un puñado de puntos.
Mantengo los ojos fijos en la pantalla mientras una tormenta arrecia en el exterior de la ventana de observación.
No necesito ver estas rocas espaciales en la realidad, solo tengo que convencerme de que estoy en casa, jugando a la vieja copia de papá del clásico juego, Asteroids . Solo debo concentrarme.
Uala me da unos golpecitos con la cola en el estómago y se remueve cuando desplazo hacia delante y hacia atrás la palanca de control. Mientras la nave espacial las esquiva, los puntitos de la pantalla se mueven de derecha a izquierda y van desapareciendo por el borde a medida que los dejamos atrás.
Sin embargo, un punto diminuto parece eludir todas mis maniobras de evasión.
Se arrastra por la pantalla, atraída inexorablemente por la forma triangular de la nave espacial.
Levanto la cabeza y veo cómo se aproxima a la ventana de observación, cada vez más grande, una bola de polvo roja brillante que acaba chocando contra el centro del cristal. ¡Clonc!
Me estremezco, esperando que aparezca una grieta en la ventana, pero la marca que ha dejado el impacto no tarda en desvanecerse y lo único que veo en la oscuridad a través del cristal intacto es el vacío del espacio.
Bajo la mirada hacia el panel de control y veo que ahora refleja el mismo vacío que fuera. Ya no hay más meteoritos avanzando por la pantalla, el campo de visión está totalmente despejado.
Lo hemos conseguido.
—Bien jugado —dice Oscar, estirando la mano para darme una palmadita en el hombro.
Mientras Uala se remueve en mi regazo, le sostengo la mirada al chico.
Desde que entramos en El Escape, Oscar ha despreciado todas mis ideas.
Adjoa decía que era el clásico destructor, pero, al verlo sonreír agradecido, me da la impresión de que ha cambiado.
No puedo evitar devolverle la sonrisa y siento que por fin he demostrado mi valía.
Pero, entonces, la expresión se le desmorona, abre mucho la boca y se le escapa una única palabra de los labios:
—Vaya.
Desvío los ojos hacia la pantalla y enseguida entiendo la causa de su preocupación.
Están apareciendo más formas en un lado del monitor, pero esta vez no son puntitos, sino enormes masas uniformes que se dirigen hacia nosotros.
Levanto la mirada hacia la ventana de observación y veo un océano sólido de rocas tambaleantes que surgen por el horizonte.
Algunas son del tamaño de pedruscos y otras incluso mayores, y sus superficies de polvo gris se ven salpicadas de cráteres y cicatrices.
Esto no son meteoritos; son asteroides.
—¿Qué vamos a hacer? —grita Oscar cuando la sirena vuelve a sonar.
Mentalmente me reprocho haberme relajado demasiado pronto. Debería haber recordado, de aquella vez que jugué al viejo videojuego de papá, que siempre aparece una segunda ola, incluso más difícil de superar.
Rodeo a palanca con una mano y tiro de ella hacia atrás para intentar encontrar algo de espacio en el cielo vacío, pero lo único que veo a través de la ventana de observación es la misma marea infinita de asteroides.
Desplazo la palanca hacia un lado con la esperanza de rodear las rocas, pero no parece haber ninguna salida a medida que el vacío del espacio se ve sustituido por un gris lleno de cráteres. Vamos a chocar…
¡BUM!
La fuerza repentina del impacto me separa del asiento, las correas se rompen y me catapultan contra la pared.
Me rodeo el pecho con los brazos para proteger a Uala antes de golpearme con el lateral de la cápsula, al tiempo que las luces se tiñen de rojo.
Me da vueltas la cabeza y oigo un extraño siseo.
Floto ingrávida en una tormenta de escombros y me giro para mirar por la ventana. Veo la oscuridad perfecta salpicada de estrellas, pero la cicatriz que cruza mi campo de visión hace que se me encoja el cerebro, asustado. ¡Hay una grieta en el cristal!
Me arrastro por la nave mientras Uala intenta liberarse y me impulso hacia Oscar, que tiene la cabeza inclinada sobre el panel de control.
—Tenemos que salir de aquí —grita, y el siseo es casi tan ensordecedor ahora como la sirena—. ¡Mira!
En el monitor del ordenador ha desaparecido el campo de visión y en cambio se lee el siguiente mensaje:
¡ATENCIÓN!
DAÑOS IRREPARABLES
MÓDULO DE ESCAPE ACTIVADO
Desde algún lugar bajo mis pies, oigo un ruido chirriante y, cuando desvío la mirada hacia él, veo que se abre una escotilla en el centro del suelo.
—¡Vamos!
Tras apartarme de la consola me lanzo hacia la escotilla abierta.
Al tiempo que las luces intermitentes desprenden un brillo rojo, me abro paso entre los escombros flotantes.
Oigo a Oscar a mi espalda, que gruñe al apartar a un lado un extintor que da vueltas sobre sí mismo, justo cuando yo me aferro al borde de la escotilla.
Sin embargo, al mirar detenidamente el módulo de escape, solo veo un pesado asiento acolchado que ocupa todo el espacio. No hay sitio para nada más, en esta diminuta cápsula de salvamento únicamente cabe uno de nosotros.
—Algo va mal —digo—. Solo hay un asiento.
Se produce un repiqueteo cuando Oscar se aferra a la escotilla y entonces noto un fuerte empujón entre los omóplatos. Impulsada hacia delante, me estrello contra en el módulo de escape. El asiento acolchado amortigua la fuerza del impacto y Uala deja escapar un canturreo asustado.
—¿Qué haces? —grito, esforzándome por salir de allí mientras el siseo se vuelve más ensordecedor.
Sobre la escotilla solo veo la cabeza de Oscar con un halo de escombros flotando a su alrededor. Tras él, la grieta en la ventana de observación se astilla cada vez más y él empieza a hablar:
—No hay tiempo para discutir sobre cuál de los dos debería escapar —dice, intentando bajar la escotilla—. Tienes que ser tú.
—¡No!
Estiro el brazo para evitar que la cierre, pero Oscar es más rápido que yo.
Con los dedos estirados rozo la zona almohadillada de la parte inferior de la escotilla, que se cierra de golpe sobre mi cabeza.
Durante una milésima de segundo se hace el silencio.
Luego oigo de nuevo el sonido chirriante, como si alguien estuviera sellando la tapa.
Uala me golpea el pecho con las patas y deja escapar unos canturreos frenéticos, casi silenciados por ese rugido ensordecedor.
—¿Por qué? —sollozo, aunque no sé si Oscar puede oírme, mientras me dejo caer sobre el asiento acolchado.
Entonces, el ruido se detiene y oigo el crepitar de su voz a través del interfono.
—Porque eres la mejor jugando a este juego, Ami —dice, y percibo todas y cada una de sus palabras por encima del fuerte siseo—.
Desde que empezamos a enfrentarnos a El Escape, has tenido razón todas las veces: ganaste al ajedrez electrónico, construiste un árbol en la biblioteca, incluso encontraste la salida de la tumba.
Nos has traído hasta aquí. Todavía estás a tiempo de salvar el mundo.
La voz de Oscar procede de un altavoz pequeño y redondo incorporado en el asiento del módulo de escape. Justo sobre él, en el reposabrazos, veo una diminuta pantalla LED, donde ha empezado una cuenta atrás.
—Encuentra la Respuesta, Ami, por todos nosotros.
La cuenta atrás llega al cero y la cápsula parece explotar.
Noto que algo me aplasta contra el asiento y un estallido estremecedor sacude el módulo de escape.
No estoy atada, pero de todas formas no puedo moverme; siento el cuerpo de Uala contra el pecho, fusionándose conmigo, mientras ambas permanecemos inmóviles.
El canturreo de la ualabí asustada se convierte en un gemido agudo. Todo se está acelerando. El sonido. La luz. El movimiento. Noto cómo se me ponen los ojos en blanco, y el dolor por la fuerza de gravedad se vuelve demasiado difícil de soportar.
Desde algún lugar en la distancia, oigo el escalofriante rugido de la estela del módulo de escape, que acelera sin control. Entonces caigo inconsciente.