Capítulo 19
Al principio creo que son imaginaciones mías, pero la oscuridad ante mis ojos se inunda de cientos de miles de puntos de luz. Parece que estuviera mirando a través de una ventana al infinito, a la vasta negrura del espacio, salpicada de estrellas.
Me sorprende darme cuenta entonces de que he dejado de descender, de que los peldaños de la escalera que sentía bajo mis manos y pies hace solo unos momentos se han desvanecido. Entonces percibo que sí que es una ventana. Y también que estoy flotando frente a ella.
Dentro de mi chaqueta, noto cómo el cuerpo de Uala se separa del mío.
Canturrea con nerviosismo cuando asoma la cabeza y ve las estrellas.
Alguien me tira del hombro y, al girarme, veo que Oscar se encuentra suspendido en el aire a mi lado.
Con los ojos abiertos como platos, también él mira por la ventana.
—¿Dónde estamos? —musita.
Contemplo las estrellas y trato de expresar mi respuesta en palabras.
Desde que hemos entrado en El Escape, prácticamente cada habitación que explorábamos parecía mayor que la anterior: la buhardilla, la biblioteca, el centro comercial…
Es como si El Escape fuera una TARDIS, una nave espaciotemporal más grande en el interior, como la del doctor Who.
Y ahora parece que contiene todo el universo…
Entre las estrellas vislumbro un punto azul pálido. No distingo la forma de los continentes ni los océanos, pero al instante sé qué es.
—Ahí está la Tierra —digo, observando el punto pálido que parece volverse más pequeño a medida que lo contemplo—. Y vamos en sentido contrario.
Me alejo de la ventana y doy una vuelta sobre mí misma, gracias a la falta de gravedad, y recorro con la mirada, frenética, el interior de la nave espacial.
Su blancura radiante y aséptica me recuerda al área de recepción en la que entré al acceder a El Escape.
Sin embargo, mientras que aquel espacio parecía tener capacidad para miles de personas, en esta diminuta cápsula solo entraría un puñado.
Hay cinco asientos reclinados apoyados contra las paredes curvadas y sus formas acolchadas muestran dónde debería sentarse la tripulación.
Frente a ellos hay un panel de control y, sobre este, veo más ventanas panorámicas.
A través de ellas capto multitud de estrellas más que brillan en la oscuridad, pero, por el rectángulo central, veo una esfera roja, cuyo disco creciente nos indica la dirección en la que vamos.
Sé lo que es, reconozco el planeta rojo por las páginas de mi Guía definitiva sobre el sistema solar . Es Marte.
Mientras Uala se remueve dentro de mi chaqueta, me acerco al panel para estudiar el puñado de controles y botones que rodean la pantalla de ordenador apagada.
Un monitor tan negro como el cielo infinito.
Hay una palanca de mando a la derecha con más controles debajo, etiquetados como CONTROL DE POTENCIA AUXILIAR y MANDO DE EMERGENCIA .
Comienzo a pulsar botones al azar, con la esperanza de que el panel de control cobre vida de repente.
—¿Qué haces? —me pregunta Oscar, chocándose contra mi hombro cuando se coloca a mi lado ante la consola—. ¿Quién te ha dicho que puedes pilotar esta cosa?
Pero no tengo tiempo de responder porque justo entonces la pantalla se enciende y veo que en ella aparece una imagen de Marte.
—Bienvenidos a El Escape —dice una voz que inunda la cápsula entera—. Los problemas de la Tierra se han vuelto abrumadores, por lo que esta misión tiene como objetivo que la humanidad construya un nuevo hogar. Al enviar una colonia a Marte, la raza humana podrá explorar una nueva frontera.
La voz sigue hablando, al tiempo que unas imágenes de la colonia inundan la pantalla. Ilustraciones retrofuturistas muestran a familias paseando por túneles de la era espacial, con rostros sonrientes que reflejan su felicidad ante su nueva vida en Marte.
—En las cuevas subterráneas de un volcán extinto en Marte —continúa la voz—, vivirá medio millón de personas en hábitats artificiales, protegidos de la intensa radiación cósmica que incide en la superficie de este planeta.
Unos complejos sistemas de soporte vital proporcionarán una atmósfera respirable.
Además, podrán explotarse los recursos del planeta para conseguir comida, energía y agua.
Mientras escucho, me doy cuenta de que ya conozco esa voz. Es una de las que nos habló al principio del juego. El anfitrión nos está contando cuánto tiempo nos queda.
—El Escape llegará a Marte en ciento setenta y cuatro días —dice—. Esperamos que disfrutéis del viaje.
La pantalla se apaga y miro a Oscar, cuya expresión ansiosa muestra un signo de interrogación.
—¿En serio? —pregunta.
—No lo sé —digo, pulsando los botones del panel de control para intentar que la voz vuelva a hablar—. Pero esta no es la Respuesta. Se supone que debemos salvar el mundo, no huir de él.
Noto cómo Uala se retuerce dentro de mi chaqueta. La liviana ualabí está intentando liberarse para descubrir lo que se siente al brincar sin gravedad. Pero, entonces, el repentino estrépito de una alarma hace que el animal deje de retorcerse y se quede paralizado por el miedo.
—¿Qué es eso? —grito, levantando la voz sobre la sirena ensordecedora.
—La culpa es tuya —dice Oscar, señalando la pantalla mientras el texto comienza a inundarla—. No deberías haber tocado esos botones.
Pero, mientras leo el mensaje, entiendo que no ha sido culpa mía, que es mucho peor que eso.
¡ATENCIÓN!
METEORITOS EN LA TRAYECTORIA.
SE REQUIERE MANIObrA DE EVASIÓN.
En la pantalla, las letras se desvanecen y las reemplaza el campo de visión.
Este muestra el espacio interplanetario por el que estamos volando y nuestra nave aparece en forma de un icono triangular en el centro del monitor.
En el extremo más alejado de la pantalla, ante el triángulo, veo una nube titilante de diminutos puntitos.
—¿Qué es eso? —pregunta Oscar, empujándome de nuevo mientras se mueve para conseguir una perspectiva mejor.
—Polvo espacial —contesto, dejándome caer en el asiento frente al monitor y abrochándome el cinturón—. Será mejor que hagas lo mismo que yo.
Aun flotando sin gravedad, Oscar me dedica una mirada de extrañeza.
—Un poco de polvo no nos hará daño, ¿no?
La nube se está acercando a la nave y no dejan de aparecer puntos en el extremo de la pantalla.
—«Polvo espacial» significa «meteoritos» —le explico a Oscar mientras señalo la parte derecha del monitor—.
Algunos son tan pequeños como un grano de arena, pero cada uno de estos puntos viaja a más de 70 000 kilómetros por hora.
Son inofensivos si son pocos, pero, cuando te encuentras con una nube así, necesitas actuar rápido a menos que quieras despedirte de la nave espacial.
Cierro los dedos de la mano derecha alrededor de la palanca de mando. Por extraño que parezca, notarla entre las yemas me produce una sensación tranquilizadora.
—Ahora siéntate porque vienen curvas.