Capítulo 18
La figura baja y fornida avanza hasta colocarse bajo la luz.
Parece un cavernícola. Lleva el pecho y los brazos desnudos cubiertos de un denso vello negro, pero el pelaje sucio que le tapa la cintura parece la piel de un animal.
Mira a Oscar, como si quisiera comprobar que está a salvo y, después, él también se agacha.
—Es increíble —musita Adjoa, que suelta la barra—. ¡Un neandertal!
Contemplo al hombre. Su rostro de nariz ancha está enmarcado por un pelo grueso y enmarañado y manchas de lo que parece sangre seca le cruzan las mejillas. Bajo la montaña que forman sus cejas pobladas, el neandertal me devuelve la mirada con sus ojos oscuros.
En silencio tacho la siguiente palabra de la lista: CAZADOR .
—Me ha traído hasta aquí —dice Oscar, arrastrándose hacia delante mientras Adjoa se agacha a su altura. Los cuatro formamos ahora un círculo imperfecto—. Creo que puede ayudarnos.
Uala se revuelve en mi regazo cuando niego con la cabeza, incrédula. No sé qué quiere decir Oscar. Hemos venido a buscar la Respuesta, no el Mundo Perdido. ¿Cómo va a ayudarnos ese cavernícola? No es el momento. Ni el lugar.
—Merece la pena intentarlo —dice Adjoa, y me sorprende oír su voz—. Enséñale la lista, Ami.
Después de abotonarme la chaqueta para mantener a Uala a salvo, saco el papel del bolsillo y se lo tiendo al cavernícola. Al hacerlo, me tiembla ligeramente la mano.
—Estamos buscando una salida —digo, y señalo la última palabra con el pulgar—. Exit , la salida.
Contemplo los ojos del neandertal. A nuestras mentes las separan decenas de miles de años.
—¿Puedes ayudarnos?
El cavernícola me mira, confuso. En la oscuridad de sus ojos solo veo mi propio reflejo. No sabe lo que quiero decir. No puede ayudarnos. Nadie puede hacerlo.
Pero, entonces, acepta el papel que le tiendo. Se lo guarda entre el pelaje y se pone en pie poco a poco. Nos hace un gesto para que lo sigamos mientras se dirige, decidido, hacia el escaparate vallado.
—Os lo he dicho —dice Oscar, poniéndose también en pie—. Vamos.
Tras abrir el metal roto, el neandertal mira a través del hueco y su figura robusta se recorta sobre la oscuridad del exterior.
Luego mira hacia atrás y nos hace un gesto para que nos apresuremos.
Escondida en mi chaqueta, noto la calidez del aliento de Uala.
La ualabí pega el hocico a mi cuello mientras sigo a Oscar a toda prisa y cruzo el hueco.
Adjoa y el cavernícola nos siguen de cerca hasta que los cuatro salimos a las tinieblas de la galería.
Mi cerebro va a mil por hora al atisbar las sombras cambiantes y oír los extraños sonidos de las bestias desconocidas que retumban en la oscuridad.
Cuando el neandertal fija también los ojos en la penumbra, las sombras que le cruzan la cara son incapaces de ocultar su mirada atormentada.
Con un gesto silencioso nos anima a seguirlo y los tres lo hacemos, manteniéndonos cerca de las tiendas cerradas.
—¿Crees que sabe adónde vamos? —pregunta Adjoa con un susurro a mis espaldas.
Niego con la cabeza.
—No lo sé.
Pero ante nosotros el neandertal se detiene frente a otra tienda en ruinas. Un cartel caído yace a sus pies, con una forma que parece una manzana mordida. Este local también tiene bajada la persiana, pero, cuando el cavernícola empuja una esquina, veo que hay un hueco.
Con un gesto apresurado se cuela en el interior y nos mantiene abierta la persiana para que pasemos los demás.
Oscar es el primero en imitarlo y rodeo a Uala con el brazo para mantenerla a salvo mientras lo sigo.
Miro hacia atrás y veo a Adjoa a dos pasos de mí.
Entonces percibo un fogonazo dorado de colmillos y garras que chocan con su cuerpo y oigo el rugido unos segundos demasiado tarde.
—¡No!
Se produce un crujido nauseabundo. Entonces, el tigre dientes de sable gira la cabeza y advierto que Adjoa cuelga sin vida entre sus mandíbulas.
—Ay, no, ay, no, ay, no…
No puedo evitar sollozar cuando el neandertal cierra la persiana y oculta el horror. Oscar tira de mí mientras aúllo de desesperación; mi mente reproduce una y otra vez la escena de cómo le han arrebatado la vida a Adjoa.
—Se ha ido, Ami —me susurra Oscar, nervioso, al oído—. Ahora, por favor, cállate o seremos los siguientes.
Dentro de mi chaqueta, Uala canturrea y yo escondo la cara en su pelo. Min, Ibrahim y ahora Adjoa. Todos se han ido. Este juego va a acabar con todos nosotros.
Noto una mano en el hombro y, cuando miro hacia arriba, el cavernícola me está contemplando. Los ojos se le han llenado de tristeza, como si comprendiera mi dolor. Me tiende el trozo de papel, que acepto.
Estudio la lista y cada palabra me recuerda todo lo que ha salido mal, pero, al contemplar la última, me doy cuenta de que ha cambiado. Las letras se han emborronado y las marcas negras forman ahora una palabra totalmente nueva.
EXTINTO
Levanto los ojos para sostener la mirada al neandertal.
Este antiguo humano que caminó por la Tierra hace cuarenta mil años se extinguió.
Algunos creen que el Homo sapiens , el hombre sabio, el humano moderno, acabó con los neandertales, al igual que hizo con el resto de los animales que hemos visto en este lugar.
Pero ¿cómo puede la extinción considerarse algo sabio?
El neandertal me da la espalda y comienza a caminar hacia la pared trasera del local.
Al mirar a mi alrededor, veo que estamos en una especie de tienda de tecnología.
Las largas mesas de madera de arce están llenas de filas uniformes de móviles, tablets y ordenadores, todos cubiertos por una capa grisácea de polvo.
Sin embargo, el neandertal ignora esos cachivaches y se dirige hacia una enorme pantalla rectangular y oscura que está fija en el centro de la pared.
Parece un espejo negro de unos dos metros de alto y medio de ancho. Solo veo mi reflejo cuando me coloco al lado del cavernícola. Oscar echa un vistazo hacia atrás, asustado, mientras se sitúa a su otro lado.
Le hemos pedido que nos enseñe la salida, pero esto es solo un callejón sin salida.
Entonces, el neandertal estira la mano para tocar la pantalla.
La mueve con firmeza mientras dibuja por ella: una gruesa línea roja sigue sus dedos como si estuviera pintando en la pantalla.
Asombrada, observo cómo traza una segunda línea vertical, paralela a la primera.
Cuando empieza a añadir líneas horizontales para conectarlas, las gruesas marcas rojas me recuerdan a los peldaños de una escalera.
Está creando arte.
La pantalla ya no parece un espejo. Siento que estoy contemplando la oscuridad de una cueva y la escalera se vuelve real cuando se sumerge en las sombras.
En ese momento se oye un fuerte ruido chirriante y, al girarme, veo al tigre dientes de sable, que presiona contra la persiana de metal. Percibo, con un estremecimiento, cómo los dos enormes dientes curvos que le sobresalen de la mandíbula superior están manchados de rojo.
Dentro de la chaqueta, Uala mueve la cola hacia delante y hacia atrás como si notara mi pánico. Me giro hacia el cavernícola mientras Oscar maldice en voz baja. El tigre dientes de sable sigue agitando la persiana, intentando abrirse paso a través de ella.
Con un grave gruñido, el cavernícola me anima con un empujón a que dé un paso al frente y, cuando estiro el brazo, rozo con las manos los peldaños de la escalera. ¡Sí que es real!
Mientras Oscar me grita para que me dé prisa, empiezo a descender por ella, agarrándome a los peldaños.
Bajo mis dedos, noto que están húmedos al tacto, como si los acabaran de pintar.
Miro hacia la oscuridad. A mis pies, no parece que la escalera esté enganchada a nada y sus pasamanos rojos se extienden sin fin.
Es como si estuviera entrando en un pozo sin fondo.
Al mirar hacia atrás, veo que el neandertal está cara a cara con el tigre dientes de sable justo cuando la bestia se libera.
En ese momento, la tienda desaparece de mi vista y ahora solo me rodea la oscuridad.
Oigo unas pisadas por encima de mi cabeza.
Oscar está bajando por la escalera. Ahora estamos los dos solos en medio de la penumbra.
No puedo evitar llorar con unas lágrimas silenciosas que me recorren el rostro al recordar lo que hemos perdido.
Adjoa, Ibrahim, Min, incluso la extraña amabilidad del neandertal que nos ha mostrado la salida.
Bajo los brazos y continúo, pasando las manos de un escalón a otro.
Me da la impresión de que estoy adentrándome en el inframundo.
La oscuridad que me rodea sigue siendo total.
Aunque cierro los ojos con fuerza para que las lágrimas dejen de caer, las tinieblas no desaparecen. Hemos venido buscando la Respuesta, pero, cuando vuelvo a abrir los ojos, no veo nada.
Parece que llevo bajando toda la eternidad, primero la escalera hacia la biblioteca, luego, los peldaños en ruinas que me llevaron a la tumba y, después, las escaleras mecánicas paradas del centro comercial.
Seguimos avanzando, siempre hacia abajo, rodeados de oscuridad. Y entonces veo las estrellas.