Capítulo 17
Permanezco ahí, paralizada, contemplando una criatura que no debería existir.
Sus colmillos de marfil se curvan con brusquedad hacia mí, con una longitud de tres metros o más.
Unas pequeñas orejas lanudas flanquean su extraña cabeza redondeada y me sostiene la mirada con sus ojos oscuros.
Entonces, una vez más, el metal repiquetea con fuerza tras nosotras debido a la rabia rugiente del tigre dientes de sable que sigue atrapado dentro de la tienda.
La trompa del mamut se mueve por el aire y suelta otra nueva nota de advertencia estrepitosa. Veo las sombras de otros seres desplazarse en la oscuridad y entonces me doy cuenta de que se están dirigiendo hacia nosotras.
—¡Corre! —grita Adjoa, y me coge del brazo justo cuando el mamut comienza a cargar hacia delante.
El suelo vibra mientras tropezamos y buscamos refugio en un puesto de golosinas. Nos agachamos para escondernos en esa caseta de color caramelo, con asientos arrancados amontados contra ella. Entonces, por encima del sonido atronador, oímos un coro ensordecedor de más bramidos.
Observo con la boca abierta cómo las sombras de una manada de mamuts lanudos pasan en estampida junto a nuestro escondite, moviendo las trompas de un lado a otro.
Una de las frenéticas bestias, que avanza aterrorizada, choca contra la fachada de la joyería a oscuras y sus colmillos curvos arrancan la persiana.
Mientras el mamut se tambalea, oigo el rugido triunfal del tigre dientes de sable ahora libre. El sonido de la estampida se aleja poco a poco. El mamut sigue adelante, agitando la cabeza, justo cuando veo cómo una sombra dorada comienza a seguir sus pesados pasos.
—¿Qué hacemos ahora? —musita Adjoa con el cuerpo presionado contra el mío, refugiadas en este escondite improvisado.
Me llevo un dedo a los labios, le hago un gesto en silencio para que me siga y comienzo a arrastrarme en dirección opuesta. A lo lejos oigo el bramido de los mamuts y espero que el tigre dientes de sable continúe persiguiéndolos a ellos, no a nosotras.
La enorme pasarela que cruza la galería de tiendas sigue en penumbra, pero, mientras avanzo entre las sombras, creo vislumbrar más figuras en la oscuridad.
Es imposible percibir ningún detalle porque los débiles haces de luz que se filtran en ciertas partes solo iluminan siluetas.
Sin embargo, estas sombras totalmente negras están en movimiento, formas pesadas de animales que emergen de las tinieblas.
Veo osos y bisontes, gigantescos ciervos con astas tan grandes que parecen abarcar toda la galería.
Creo distinguir algo similar a un rinoceronte, pero cubierto con una capa de pelo grueso y desgreñado.
Hay incluso animales más extraños que no reconozco, con cuernos gigantescos y desmesurados picos aterradores.
Me quedo paralizada. No hay forma de cruzar este zoo de fieras en penumbras y, cuando oigo el bramido de los mamuts detrás de nosotras, entiendo que tampoco podemos retroceder. Miro a mi alrededor, en busca de una salida.
La mayoría de las tiendas están a oscuras, protegidas de la estampida con las persianas bajadas, pero luego percibo una tímida pincelada de luz en uno de los escaparates.
A diferencia de los demás locales, este no tiene persiana.
En lugar de eso, la entrada está bloqueada por una valla metálica.
En la semioscuridad logro leer las palabras ObrAS DE RENOVACIÓN escritas en ella.
La luz procede de una grieta de la valla, un hilo plateado que muestra la entrada. O quizá la salida.
—Por aquí —susurro, tirando del brazo de Adjoa.
Moviéndonos con el mayor sigilo posible, corremos hacia la tienda vallada.
Empujo la valla rota, la mantengo abierta para que pase Adjoa y me estremezco cuando la luz plateada se filtra en la galería.
Miro hacia atrás, temerosa, para comprobar que ninguna de las bestias nos ha visto, y luego me apresuro a seguirla y dejo que la pesada valla metálica vuelva a su sitio.
La tienda está incluso más iluminada, y pestañeo mientras mis ojos tardan un momento en adaptarse al resplandor.
Este procede de una luz de emergencia junto a la entrada, pero la fuerza de su brillo inunda el interior de la tienda.
Veo estantes vacíos y burros para colgar la ropa, alineados en filas sobre el suelo de baldosas.
La mitad parece a punto de caerse, ya que los estantes amarillentos están agrietados y rotos.
Sin embargo, hay algunos nuevos, envueltos de forma pulcra con un plástico.
Los cables eléctricos cuelgan de ciertas partes del techo y los alambres desnudos se entrelazan como enredaderas marchitas.
—¿Qué hacemos ahora? —repite Adjoa, aún en voz baja, mientras avanzamos por el local—. Esos seres de ahí fuera…
Se interrumpe cuando oímos un correteo de pasos que procede del primer pasillo de estanterías. Adjoa me coge de la mano y me clava las uñas en la piel. En mi cabeza, veo al tigre dientes de sable dorado, que me ataca con sus colmillos y garras.
Volvemos a oír el mismo ruido, un ritmo similar al de un hipo que hace que me dé un vuelco el corazón. Estoy esperando a que la criatura aparezca cuando Adjoa gime, asustada. Entonces, el correteo se detiene y veo una diminuta cara peluda que nos contempla desde el conjunto de estanterías.
No puedo evitar echarme a reír cuando la criatura dobla la esquina dando brincos y mis peores temores se disuelven ante mis ojos. Es una cría de canguro.
Después de liberarme de la mano de Adjoa, me agacho mientras la cría salta hacia mí.
Su pelaje marrón ceniza se convierte en gris al llegar al final de la cola, mientras que el pelo de su barriga es de un suave color arenoso.
De pie no me llega ni a la altura de la rodilla, pero, al mirarla a los ojos, que le brillan como dos perlas negras, no puedo evitar sentir que me está juzgando.
—Hola —digo con suavidad para no asustarla.
La cría de canguro canturrea en respuesta. Luego se sube a mi regazo y se hace un ovillo.
—No deberías cogerla —dice Adjoa con un tono de advertencia en la voz—. Es un animal salvaje.
—Shhh. —Acaricio a la cría con la mano libre y noto la calidez de su pelaje suave—. La vas a asustar.
La canguro me contempla con curiosidad. En la cara, tiene una peculiar marca negra en forma de V que va desde la nariz a los ojos, sobre un pelaje de color amarillento.
—¿De dónde has salido? —pregunto en voz alta.
—Me preocupan más los demás —contesta Adjoa, lanzando un rápido vistazo a la valla metálica—. Aún tenemos que salir de aquí, Ami.
Asiento y frunzo el ceño al rozar con la mano un cuadrado de un material extraño en la espalda de la cría.
—¿Qué es esto?
Parece una etiqueta, pero la canguro se retuerce cuando intento mirarla con mayor atención.
—No te muevas —le digo, tratando de calmar al animal, que no deja de agitarse mientras estudio con los dedos la etiqueta que parece tener cosida al pelaje.
Poco a poco, mi táctica parece funcionar y la cría alza las orejas con curiosidad cuando empiezo a leer en voz alta lo que hay escrito en ella—: «El ualabí de Grey era nativo de Australia.
Se trataba del miembro más elegante, grácil y veloz de la familia de los canguros, pero se extinguió a causa de la caza humana.
El último ualabí vivió durante veinte años en cautividad y murió en 1939… ».
Me interrumpo cuando la ualabí me mira con los ojos brillantes. No me puedo creer que alguien quisiera hacer daño a algo tan bonito. Tras pegar el hocico a mi piel, deja escapar un suave canturreo, como si estuviera intentando decirme algo.
—No pasa nada —le digo, sin dejar de acariciarle el pelaje marrón ceniza.
Noto la calidez de su cuerpo junto al mío. Parece estar viva, pero la etiqueta cosida en el pelaje le hace parecer un juguete.
—Yo te protegeré, Uala.
La ualabí vuelve a canturrear, repitiendo el sonido de su nombre.
«Ua-la».
—¡Exacto! —exclamo—. Voy a llamarte Uala.
Sonrío y miro a Adjoa, pero mi amiga sigue frunciendo el ceño.
—¿Qué problema hay? —le pregunto—. ¿No crees que tenga cara de Uala?
—El nombre no importa, Ami —contesta Adjoa, y sus pecas se arrugan hasta formar unas líneas que denotan preocupación—. Es el hecho de que esté aquí.
—¿Qué quieres decir?
—Piensa en todo lo que hemos visto en este centro comercial —continúa, y la ansiedad de sus palabras se me cuela en el cerebro—. El tigre dientes de sable, los mamuts lanudos, todas esas criaturas imposibles del exterior. Incluso esta cría de canguro…
—Es una ualabí —digo, aún acunando a la criatura contra mí.
—¡No debería estar aquí, Ami! —replica Adjoa, y la aspereza de su voz hace que Uala se estremezca en mi regazo—. Ninguno de estos animales debería estar aquí. Murieron hace muchos años.
Aún agachada, me remuevo incómoda mientras tacho, en mi mente, las palabras de la lista una a una.
DORADO
CONGELADO
BOLSILLO
Un repentino repiqueteo hace que me vuelva hacia la entrada vallada y Uala se esconde entre mis brazos.
Adjoa se da media vuelta y coge una barra de metal.
Blandiéndola en alto como si fuera un arma, permanece en pie, dispuesta a defendernos mientras vemos cómo algo se abre camino a través de la valla metálica.
La luz de emergencia proyecta su resplandor en nosotras, por lo que su brillo nos dificulta la visión. Sin embargo, la figura en sombras se tambalea hacia delante hasta entrar en el charco de luz y entonces veo que es Oscar.
Lleva la sudadera negra desgarrada y los pantalones de chándal rotos hasta las rodillas. Jadeante, nos mira con los ojos abiertos como platos.
—Ahí fuera hay monstruos —balbucea a toda prisa—. Me han atacado. Pensaba que iba a morir.
Se deja caer de rodillas y en ese momento veo a la figura que está justo detrás de él.
—Me ha salvado.