Capítulo 16
—¿Qué crees que ha pasado aquí? —pregunto, observando las sombras cambiantes mientras nos abrimos paso por la galería en penumbra.
Las esquirlas de cristal crujen bajo nuestros pies cuando pasamos junto a los escaparates destrozados, con las fachadas vacías abolladas y destruidas.
No tenemos ninguna linterna con la que alumbrar el camino, por lo que nos guiamos por los haces de luz que se filtran por las grietas del techo.
La suave luminosidad baña los charcos y los montones de escombros de este lugar que debería estar lleno de gente.
—¿Dónde está todo el mundo?
—No lo sé —responde Adjoa, y su voz suena muy cerca de mí en medio de la oscuridad—. Pero al menos no tenemos que preocuparnos de hacer cola para las rebajas.
Me estremezco cuando advierto un maniquí sin cabeza tirado entre el polvo y la imagen me recuerda al instante a los montones de huesos de la tumba de la Reina Roja.
Está rodeado de carteles de descuentos y en las etiquetas se anuncia con orgullo: NO PUEDE QUEDAR NADA .
Pero, mientras percibo el silencio que inunda el centro comercial, siento que eso ya ha ocurrido, que aquí ya no queda nada.
Una oleada de tristeza me recorre el cuerpo.
Papá había dicho que este juego iba a ser el regalo perfecto, pero lo único que he encontrado en El Escape es una destrucción sin sentido.
No creo que él se imaginara algo así. Lo único que me queda y a lo que puedo aferrarme es la esperanza de que quizá la Respuesta le dé sentido a todo. Si logramos encontrarla…
—Creo que es aquí —dice Adjoa, sacándome de mis pensamientos con un tirón de brazo.
Se detiene ante otra tienda sin escaparate. Su nombre, escrito sobre la persiana, se ha despegado en parte y de él solo quedan las últimas letras.
YERÍA
Al igual que las demás tiendas por las que hemos pasado, esta joyería está sumida en la oscuridad.
La persiana metálica del local está bajada, pero parece que alguien la ha intentado derribar con un hacha.
En el metal hay un gran agujero irregular cuyos bordes afilados se curvan hacia dentro para mostrar el camino de entrada.
—Sígueme.
Adjoa toma la iniciativa y avanza hacia la tienda, pisando las esquirlas de cristal. Se encoge y entra por el agujero de la persiana.
—¿Seguro que es esto lo que tenemos que hacer? —pregunto mientras la sigo por el hueco, al tiempo que una sensación de nerviosismo me carcome por dentro.
Adjoa no me responde enseguida. Los vidrios rotos crujen bajo sus deportivas y, de repente, su silueta se recorta sobre una extraña luz azul.
—Mira esto.
Por alguna razón, dentro de la tienda hay más luz: un brillo luminiscente parece surgir del suelo.
Miro a mi alrededor mientras mi cerebro se esfuerza por encontrarle sentido a lo que está viendo.
Es como si estuviera contemplando una escena bajo el agua.
Las esquirlas de cristal que cubren el suelo emiten una luz iridiscente.
Parece un mar de seres luminosos que desprendieran un brillo azul verdoso.
Al principio me parecen peces fluorescentes, pero entonces me doy cuenta de que son relojes con esferas resplandecientes y manecillas que brillan en la oscuridad.
Mientras mis ojos se adaptan, comienzo a vislumbrar las vitrinas destrozadas y su contenido esparcido por el suelo. Entre las esferas luminosas de los relojes veo el rastro plateado de collares y pendientes, que brillan como un tesoro en el lecho marino.
—No creía que fuera a ser tan fácil —dice Adjoa, agachándose para empezar a buscar entre las joyas desparramadas—. Debe de haber algo dorado por aquí.
Estoy a punto de imitarla cuando oigo el sonido de unas suaves pisadas que parecen proceder de la trastienda. Me giro pensando que es Oscar en busca de la Respuesta, pero entonces lo veo.
Una figura con la constitución y la altura de un oso camina sobre sus cuatro patas.
Su pelaje dorado brilla bajo la tenue luz y avanza en mi dirección.
Contengo el aliento, incapaz de creer lo que hay ante mí: los ojos del felino más grande que he visto en mi vida.
Su mirada tiene un brillo dorado, pero son sus dos largos y afilados colmillos, que se le curvan desde la mandíbula superior, los que hacen que me dé un vuelco el estómago por el miedo. Es un tigre dientes de sable.
—Vaya, ¡qué bonito! —dice Adjoa, enseñándome un collar brillante—. Pero creo que es de platino, no de oro.
No lo ha visto todavía porque tiene la mirada fija en los objetos que cubren el suelo.
Quiero gritar, avisarle de lo que está pasando, pero las palabras mueren en mis labios mientras observo cómo el tigre abre la mandíbula.
Hemos venido hasta aquí en busca de algo dorado, pero creo que lo dorado nos ha encontrado a nosotras.
En ese instante, el tigre dientes de sable salta y se abalanza hacia delante con un rugido gutural.
El tiempo parece ralentizarse como un caracol cuando retrocedo de un salto y mi campo de visión se inunda de dientes y garras.
Estas cruzan el aire justo donde estaba yo hace unos segundos y luego el tigre aterriza con un rugido de frustración.
Sus poderosas garras chirrían sobre las esquirlas de cristal entre el polvo.
—¿Qué diablos…?
Adjoa se gira y, asustada, abre los ojos como platos al ver al animal extinto arañar el suelo a solo unos metros de distancia.
La agarro del brazo y corro a duras penas hacia la salida mientras el tigre dientes de sable ruge, pisándonos los talones.
Nos encogemos para cruzar el agujero en la persiana, y el metal vibra cuando la gigantesca criatura choca contra los listones.
Me giro y me aferro a los bordes irregulares de metal para intentar cerrarlos y evitar que la criatura cruce por el hueco. La persiana tiembla cuando el animal vuelve a chocar con ella y el metal gruñe como si estuviera a punto de venirse abajo.
—¿Qué es eso? —jadea Adjoa con voz frenética en mi oído.
Apretando los dientes por el dolor, consigo cerrar los bordes afilados.
La persiana tiembla de nuevo con un chirrido horrible cuando la bestia araña el hueco ahora cerrado.
Es imposible saber cuánto tiempo va a detenerlo, pero también es imposible pensar que existe.
Los tigres dientes de sable se extinguieron hace miles de años.
Debemos salir de aquí. Me vuelvo y contemplo las sombras mientras trato de recordar el camino por el que hemos venido.
La galería a oscuras ahora parece diferente.
Unas enormes figuras de estatuas congeladas acechan en la oscuridad.
La más grande parece un elefante y su silueta en penumbra casi toca el techo mientras nos bloquea el camino.
Adjoa grita cuando el tigre dientes de sable vuelve a chocar contra la persiana. El metal se estremece y desplaza los plafones del techo. Conforme caen, unos nuevos rayos de luz iluminan la sombra gigantesca ante nosotras.
Lo que pensaba que era una estatua es, en realidad, un animal.
Su figura colosal está cubierta de una espesa capa de pelo marrón rojizo.
Se sostiene sobre unas patas tan gruesas como el tronco de un árbol y su ancho lomo inclinado termina en una joroba puntiaguda.
Oigo el crujido de su pelo áspero cuando gira la monumental cabeza hacia mí.
Entonces veo sus largos colmillos curvos, cuya forma recuerda a dos signos de interrogación bajo la suave luz.
Pestañeo, no para ver mejor, sino para pensar mejor, incapaz de procesar lo que veo ante mí. Entonces, la bestia levanta la trompa y deja escapar un bramido que hace vibrar todo el centro comercial. ¡Es un mamut lanudo!