Capítulo 14
—¡Apartaos! —grita Adjoa, corriendo a trompicones para escapar mientras el esqueleto carmesí se arrastra hacia nosotros—. No dejéis que os toque.
La Reina Roja estira una garra esquelética y una lluvia de polvo rojo del cinabrio le cae de los dedos. La corona de jade le cuelga torcida sobre el cráneo y tiene los dientes a la vista mostrando una sonrisa fantasmagórica. Además, una luz roja le brilla en las cuencas vacías.
Paralizada por el miedo, no logro apartarme. Mantengo la mirada fija en la suya mientras la tumba tiembla con un rugido ensordecedor.
Oscar golpea la pared, pero la sólida roca se niega a moverse.
—¡Déjanos salir! ¡Déjanos salir! —grita.
Pero el anfitrión nos ignora. En este lugar, la que manda es la Reina Roja.
Tras ella, más figuras esqueléticas comienzan a levantarse poco a poco del suelo. Los huesos de los mayas muertos se ponen en pie de nuevo para servir a su reina. Miro las ruedas con los jeroglíficos e intento entender por qué todo ha salido tan mal.
En el punto más alto de los círculos inmóviles veo un grito tallado en piedra.
Las mandíbulas esqueléticas del jeroglífico parecen un portal abierto.
Recuerdo el nombre que Adjoa le ha dado a este símbolo, el Wayeb , el mes más peligroso, con cinco días sin nombre en los que los mayas creían que se abría el portal del más allá.
Y eso es lo que hemos hecho: hemos abierto las puertas del infierno.
Oigo un siseo repentino y, al darme la vuelta, veo que la Reina Roja está frente a mí, con los brazos esqueléticos extendidos.
Entonces, se lanza hacia delante para atraparme en un abrazo mortal, Adjoa me empuja y las dos nos tambaleamos hacia atrás mientras las rocas siguen cayendo.
Tropiezo con un pedrusco roto, me tuerzo el tobillo y no logro evitar caer al suelo.
Al levantar la cabeza, veo cómo la Reina Roja se gira ahora hacia Ibrahim.
Está de pie ante la espiral de jeroglíficos, con la cabeza inclinada para examinar la mariposa de piedra que se encuentra en su núcleo.
Perdido en sus pensamientos, mueve los dedos y los retuerce en busca de la Respuesta, pero no parece darse cuenta de que el esqueleto está ahí.
Abro la boca, preparada para avisarlo con un grito, pero entonces capto algo que se retuerce por el suelo. No es mayor que un grano de arroz, y su cuerpo negro y puntiagudo se arrastra hacia delante con movimientos ondulantes. Es una oruga.
La diminuta criatura está trazando un círculo perfecto en el polvo ante mis ojos. Su cuerpo segmentado se retuerce mientras avanza, ofreciendo una imagen cautivadora y extraña. En mi cabeza oigo cómo el anfitrión se ríe de mí.
«Mirad a vuestro alrededor con atención. Todo forma parte del juego».
Eso debe de significar algo.
Mi cabeza se acelera al recordar lo que Adjoa nos ha contado sobre los mayas.
Creían que el tiempo era un círculo que se repetía sin fin.
Observo cómo la oruga dibuja la misma forma en el polvo.
Pienso en lo que sé sobre estas diminutas criaturas y me devano los sesos en busca de alguna pista.
Las orugas solo viven un par de semanas, en las que comen una y otra vez.
—¡Ibrahim!
Oigo el grito angustiado de Adjoa, pero sigo con la mirada fija en la oruga. Entonces oigo un susurro en mi cabeza y la voz de Min me recuerda lo que le ocurre a este insecto justo después.
«He soñado que era una mariposa».
Al comprenderlo, levanto la cabeza hacia el muro de piedra sólida. Las ruedas con los jeroglíficos permanecen inmóviles, pero, mientras sigo con los ojos las formas en espiral, me doy cuenta de que el círculo no tiene fin. El final también es el principio. La oruga se convierte en una mariposa…
Mis pensamientos se transforman entonces en una certeza fría y firme. De repente tengo muy claro lo que debo hacer.
Me pongo en pie a duras penas y me dirijo al centro de la espiral de jeroglíficos. Cerca, Adjoa parece horrorizada al ver que la Reina Roja se mueve como una marioneta de hueso hasta ponerse de cara a Oscar, que retrocede hasta una esquina de la tumba.
—Venga —grita, fulminándola con la mirada—. No me dais miedo ni tú ni tu estúpido ejército.
En respuesta a su grito, oigo el roce del hueso contra la roca de la Reina Roja y sus sirvientes, que se preparan para atacar.
Esta es mi oportunidad, la breve distracción que necesitaba para apoderarme de la llave con forma de mariposa.
Noto la piedra caliente bajo las yemas de los dedos.
Sus alas se abren en una simetría perfecta cuando le doy una última vuelta.
Se oye un clic y las ruedas de piedra comienzan a girar de nuevo, avanzando con lentitud hacia el siguiente jeroglífico antes de detenerse una vez más con un estremecimiento. La mariposa de piedra se me resbala de los dedos y se cuela en el agujero, lo que me hace dar un paso atrás, sorprendida.
—Ami —grita Adjoa, y su voz retumba entre las paredes temblorosas—. ¿Qué has hecho?
Veo un brillo dorado en el centro del hueco y observo cómo empieza a ensancharse.
—He cambiado la fecha —contesto mientras la luz dorada parece volverse cada vez más luminosa.
Hay algo moviéndose en el agujero, que comienza a abrirse—.
No era el último día de la cuenta larga lo que necesitábamos, sino el primero de la siguiente.
El círculo sigue girando. Solo podremos encontrar la Respuesta si volvemos a empezar.
El hueco ahora ha adoptado el tamaño de una ventana pequeña y se está volviendo cada vez más grande con cada segundo que pasa.
Los jeroglíficos del centro de las piedras empiezan a desmoronarse y a revelar las alas doradas de infinitas mariposas que van surgiendo del agujero.
Los insectos salen de él como un torrente sin fin.
La Reina Roja grita mientras las mariposas se arremolinan a su alrededor y sus huesos de color carmesí desaparecen bajo la oleada batiente de alas doradas.
—¡Por aquí! —les grito a Adjoa y a Oscar mientras la tumba sigue temblando.
No veo a Ibrahim por ninguna parte, solo los huesos de los sirvientes de la Reina Roja, que se sacuden ante la inminente tormenta de mariposas que sigue volando hacia ellos.
Mantengo el brazo extendido ante mí y me abro paso entre la neblina dorada de alas. Oscar ya está en el portal, que cruza justo cuando Adjoa aparece a mi lado.
—¿Dónde está Ibrahim? —grito, levantando la voz sobre el aleteo atronador.
—Ya es demasiado tarde, Ami —gime, con la cara llena de lágrimas—. Tenemos que salir de aquí.
Me coge del brazo y empieza a empujarme hacia el portal, del que aún sale una corriente inagotable de mariposas. Más allá de sus alas doradas, percibo la oscuridad que nos espera y el perfil apenas iluminado de unas escaleras metálicas que se sumergen en la oscuridad.
Adjoa tira de mí mientras Oscar baja las escaleras a toda prisa, y lo único que puedo hacer es seguirlos.