Capítulo 13
Sostengo entre las yemas de los dedos la mariposa de piedra con los patrones en espiral de sus alas iluminados por un inquietante brillo rojo.
Parece como si la hubieran tallado a partir de este hueco y que la luz roja procediera de su interior.
Es el resplandor que llevo viendo a lo largo de todo el juego, el mismo que ahora me confirma que tengo razón.
Mientras los demás se amontonan a mi alrededor, coloco con cuidado la mariposa en la cerradura y noto cómo la pieza tallada encaja.
—Es perfecta —musita Adjoa, una voz susurrada entre las sombras.
Contengo el aliento y espero a ver qué ocurre a continuación, pero, a medida que pasan los segundos de silencio, dejo escapar un suspiro de perplejidad.
—Algo no va bien —comento, y miro más de cerca el tenue brillo que rodea las alas de la mariposa—. No ha funcionado.
—Tiene que hacerlo —dice Adjoa—. Todo encaja: el portal, la mariposa, Hunab Ku… Esta debe de ser la llave.
Me doy la vuelta y miro a los demás en busca de alguna pista. Ibrahim frunce el ceño y mueve los dedos como si los jeroglíficos fueran un cubo de Rubik que debiera resolver. Oscar cruza los brazos sobre el pecho, indiferente, con expresión de sabihondo.
—¿Qué pasa? —suelto, molesta por su sonrisa de superioridad.
—Si crees que es una llave —dice, hablando con lentitud como si fuera estúpida—, ¿no tendrías que girarla?
Pestañeo. Tiene razón.
Me vuelvo hacia la pared y estiro el brazo hacia la mariposa.
Noto la suavidad de la piedra tallada y, cuando empiezo a girarla, oigo un sonido inquietante, como si unos viejos engranajes comenzaran a accionarse.
La espiral de jeroglíficos emite de repente un espeluznante brillo rojo y observo cómo las ruedas empiezan a rotar.
—Funciona —dice Adjoa con la voz temblando de emoción—. Sigue girándola.
Mientras le doy la vuelta poco a poco a la mariposa de piedra, los jeroglíficos siguen moviéndose.
Embelesada, observo cómo avanzan las caras feroces de piedra y cómo el rugido de la maquinaria oculta hace que la pared vibre.
La rueda exterior parece estar contando los meses, y los símbolos que Adjoa nos ha mostrado brillan uno a uno a medida que se deslizan.
Por otro lado, la rueda interior parece retroceder en el tiempo porque se mueve en el sentido contrario a las agujas del reloj.
Sigo girando la llave, con la esperanza de oír algún clic que nunca llega.
—No lo entiendo —digo, alzando la voz sobre el estruendo—. Si aquí está el portal, ¿por qué no se abre? ¿Qué más tenemos que hacer?
—Deja que pruebe yo —contesta Oscar, y me empuja para poner la mano sobre la llave—. Para estas cosas hay que tener un don.
Pero, mientras sigue moviendo la llave con forma de mariposa, los círculos concéntricos de jeroglíficos no dejan de girar y la tumba tiembla a medida que avanzan en direcciones opuestas.
Observo, aterrorizada, cómo comienzan a caer del techo algunos pedazos de piedra.
Si no dejamos de girar ambas ruedas, vamos a acabar enterrados vivos.
Un brillo carmesí, del color de la sangre, parece filtrarse por los símbolos tallados y los rostros, pero no hay ningún indicio de que se esté abriendo ningún portal.
—Tal vez no sea un portal —dice Ibrahim, casi como si me leyera la mente—. A lo mejor es la puerta de una caja fuerte que mantiene protegida la Respuesta. La única manera de abrirla sería encontrar la combinación adecuada.
Miro a Ibrahim, quien tiene la cabeza inclinada hacia un lado, observando cómo giran los jeroglíficos.
—No es solo un calendario, sino una cerradura temporal —dice.
Mientras asimilo sus palabras, los símbolos giratorios parecen volverse más nítidos, como si mi cerebro estuviera liberándose del ruido y las distracciones para centrarse en lo importante.
No es una visión túnel, sino la visión perfecta para resolver un acertijo.
Y, si Ibrahim está en lo cierto, los jeroglíficos esconden la Respuesta.
Me vuelvo hacia Adjoa, que observa las ruedas con el ceño fruncido.
—Necesitamos encontrar la fecha correcta para abrir el portal.
Asiente en respuesta, con los ojos fijos en las ruedas mientras los fragmentos de roca siguen cayendo del techo de la tumba.
—La cuenta larga dura dos millones ochocientos ochenta mil días.
Eso es casi ocho mil años. No podemos probar todas las fechas con la esperanza de encontrar la correcta por casualidad, pero hay un día concreto que hizo famoso a los mayas: el 21 de diciembre de 2012, el día en el que, según la cuenta larga, se acabaría el mundo.
Se vuelve hacia mí con los ojos negros brillantes bajo la luz titilante de la antorcha.
—Esa debe de ser la fecha con la que abrir el portal, la fecha que nos dará la Respuesta y hará que se acabe este juego.
Levanto la mirada de los grabados en la piedra mientras las ruedas de la pared siguen girando.
El extraño brillo rojo que emiten todos los jeroglíficos se intensifica al máximo antes de atenuarse a medida que se alejan de él.
Ese debe de ser el lugar donde tenemos que marcar la fecha, pero, mientras contemplo las piedras giratorias, no entiendo cuál de los símbolos muestra el final de la cuenta larga.
Sin embargo, Adjoa parece tenerlo claro.
Tras apartar a Oscar de un codazo, se apodera de la llave y, apretando los dientes, empieza a girarla a mayor velocidad.
Mientras los jeroglíficos dan vueltas con un rugido ensordecedor, Adjoa mantiene los ojos fijos en el punto más alto de la rueda y observa cómo cada rostro tallado se ilumina brevemente con el brillo carmesí antes de pasar al siguiente. Entonces, pronuncia una única palabra:
—Ahora.
Cuando Adjoa deja de girar la llave, las ruedas de piedra se detienen de repente con un rugido chirriante y áspero. Mientras los fragmentos de roca caen del techo de la tumba, señala los jeroglíficos que brillan con más fuerza.
—Al final del decimotercer baktun —dice, haciendo un gesto hacia el siniestro rostro que está en mitad de la pared—. Ese es el último día de la larga cuenta. Debe de ser la fecha correcta.
Cuando observo el perfil rocoso, su único ojo desprende un brillo rojo. Dos jeroglíficos más se encuentran sobre él y veo, con un estremecimiento, que el más alto muestra una mandíbula esquelética.
El silencio se extiende durante un segundo. Luego, justo detrás de mí, oigo un ruido chirriante, como si un hueso rozara una roca.
Al girarme veo, con un pánico cada vez mayor, que la Reina Roja se está levantando de su tumba poco a poco.