Capítulo 12
—Es inútil —grita Oscar, que da un paso atrás mientras se limpia el sudor de la cara—. Sois un puñado de debiluchos que no sirve para nada.
Hemos intentado mover esta sólida losa de piedra durante lo que parecen horas. Los cuatro nos hemos esforzado por empujar la tapa del sarcófago para revelar su contenido. Sin embargo, a lo largo de todo este tiempo no hemos conseguido que se mueva ni siquiera un centímetro. Pesa una tonelada.
—Mira quién fue a hablar —replica Adjoa—. Esta es la única prueba para la que necesitamos fuerza bruta, en lugar de usar la cabeza, y resulta que a ti se te va por la boca.
Mientras los dos empiezan a discutir, les doy la espalda y suelto un grave suspiro.
Adjoa parece convencida de que la Respuesta se encuentra en el interior de este sarcófago, pero no logro desprenderme de la molesta sensación de que estamos pasando algo por alto.
Miro a mi alrededor, a las penumbras de la cámara funeraria, y observo las sombras titilantes mientras trato de averiguar qué estamos haciendo mal.
Ibrahim está agachado en el suelo, con la cabeza inclinada para examinar algo que ha encontrado allí.
—¿Qué pasa? —digo, preguntándome si sentirá lo mismo que yo.
Tras apartarse el pelo oscuro de la cara, me mira con el ceño fruncido, pensativo.
—He encontrado estos huesos.
Observo los restos de un esqueleto esparcidos por el polvo.
—Lo sé —contesto, a la vez que el cosquilleo del miedo me acaricia la piel—. Es horrible, ¿verdad? Adjoa dice que son de un sacrificio.
Ibrahim asiente.
—Y parece que les hicieron algo más. —Coge uno de los huesos y me lo muestra—. Mira.
Lo que está sosteniendo debe de ser un fémur, el hueso largo de la parte superior de la pierna.
Mide alrededor de medio metro de largo, pero, cuando Ibrahim le da la vuelta, veo algo extraño.
Uno de sus extremos está redondeado, como es normal, pero el otro parece afilado como la punta de un cincel.
—Es un arma, ¿no crees?
Lo cojo, contemplo el hueso afilado e intento averiguar para qué se habrá usado.
No creo que sea un arma, porque no parece una lanza ni una espada, a pesar de que el borde es lo bastante afilado como para cortar.
Por extraño que parezca, la forma me recuerda a una cuña, una de esas cosas que se encajan debajo de la puerta para evitar que se cierre de golpe.
Sin embargo, aquí no hay ninguna puerta que haya que mantener abierta…
Levanto la mirada y me encuentro con la de Ibrahim.
Inclina la cabeza hacia un lado, como si estuviera mirando el mundo desde una perspectiva diferente.
Recuerdo las palabras de Adjoa mientras paseábamos entre las estanterías de la biblioteca.
Lo llamó «descubridor», alguien que ve todo aquello que los demás pasamos por alto.
Este hueso debe de ser importante de alguna manera.
Oigo el golpe de una mano sobre la roca y, cuando miro hacia atrás, Oscar y Adjoa siguen discutiendo desde extremos opuestos de la losa del sarcófago.
—Si no podemos levantarlo, tendremos que romperlo para abrirlo —gruñe el chico.
Adjoa tenía razón. Oscar es un destructor.
Sin embargo, mientras muevo los ojos desde la losa de piedra que descansa sobre el sarcófago hasta el hueso cincelado que sostengo entre las manos, una idea se desliza hasta mi mente. Quizá en este acertijo sí que necesitemos usar la cabeza en lugar de la fuerza bruta…
Tras ponerme en pie, me dirijo de nuevo hacia Oscar y Adjoa.
Mientras los dos siguen peleándose, miro el extremo del sarcófago, allí donde la pesada losa se junta con el ataúd de piedra.
Está prácticamente sellado a la perfección, pero en un par de sitios veo grietas y salientes en las zonas donde la piedra se ha erosionado.
Son tan finos como el filo de un cuchillo, pero, si mi idea funciona, espero que sirvan.
Con cuidado alineo el hueso y coloco el extremo afilado en una de las grietas.
—¿Qué haces? —pregunta Oscar, dedicándome una mirada desdeñosa.
—Levantar la tapa —respondo.
—¿Tú sola? ¿Con un hueso? —Se echa a reír—. No tienes la menor posibilidad.
—No es un hueso, es una palanca —contesto, deslizando el extremo cincelado entre la base y la tapa del sarcófago—. Y, con la palanca correcta, puedes mover el mundo entero.
Con toda la fuerza que logro reunir, presiono el extremo redondeado. La losa de piedra comienza a levantarse, al principio solo unos milímetros, pero, a medida que aplico mayor fuerza y el hueco se ensancha, se desliza con un sonido estrepitoso antes de caer al suelo con un golpe ensordecedor.
Oscar retrocede de un salto y suelta un grito de sorpresa.
Respirando con dificultad, me quedo paralizada por el asombro durante un segundo, aún con el hueso afilado en la mano.
Ha funcionado. Sin embargo, aún no he recuperado el aliento cuando los demás se apiñan en torno al sarcófago ahora abierto.
—¡Lo has conseguido! —dice Adjoa, apretándome la mano cuando me coloco junto a ella—. Ha sido increíble, Ami. Ahora podremos descubrir cuál es la Respuesta.
Oscar mira en el interior del sarcófago y suelta un leve silbido.
—¿Qué más da cuál sea la Respuesta? —comenta—. Hemos encontrado un auténtico tesoro.
Un esqueleto yace boca arriba dentro del sarcófago, con los huesos en un estado perfecto de conservación.
A su alrededor veo incontables joyas exquisitas: collares de jade, brazaletes de plata y anillos de oro.
Las cuentas de malaquita y las perlas están repartidas entre pequeñas figuritas talladas, pero no es la visión de este tesoro lo que me hace soltar un grito de sorpresa, sino la capa de polvo de brillante color rojo que lo cubre todo.
—¡Me la quedo! —dice Oscar, estirando el brazo hacia la corona que reposa sobre el cráneo carmesí.
Sin embargo, antes de que pueda cogerla, Adjoa le aparta la mano.
—¡No la toques! —grita, con la voz espesa por el miedo—. Ese polvo rojo es cinabrio.
—¿Y qué? —dice Oscar, girándose enfadado hacia ella—. Esto vale una fortuna. Un poco de esa cosa que parece pimentón no me hará daño.
—No es pimentón —replica Adjoa, manteniéndose firme mientras Oscar la mira por encima del hombro—.
Es cinabrio. Significa «sangre de dragón» y es el mineral más tóxico de la Tierra.
Un solo roce podría matarte. —La luz parpadeante que se desprende de la antorcha hace que le brillen los ojos—. Es la trampa perfecta para los tontos.
Oscar da un paso atrás para alejarse de la corona cubierta de polvo, pero Ibrahim sigue contemplando el interior del sarcófago.
—¿Quién creéis que es? —pregunta.
Adjoa mira el esqueleto carmesí.
—Es la Reina Roja de Palenque —responde con un susurro, como si temiera despertar a la muerta—.
Una noble maya cuya tumba se encontró en el decimotercer templo de una ciudad perdida en las profundidades de la selva de México.
Nadie conoce su verdadera identidad, pero los tesoros con los que se la enterró hacen que algunos piensen que se trata de la última reina maya.
Tenía el cuerpo pintado con este polvo porque era del mismo color que el sol al amanecer y los mayas pensaban que le daría el poder para levantarse de nuevo, que la Reina Roja volvería a la vida.
Me estremezco solo de pensarlo. Luego miro hacia atrás, a los restos de esqueleto esparcidos por el polvo entre nuestras pisadas. De ninguna manera va a surgir nueva vida de esos huesos. Quizá las personas ricas sean las únicas que importan…
—Pensaba que habíais dicho que encontraríamos la Respuesta aquí —gruñe Oscar, aún molesto por no haber podido ponerle las manos encima a esas riquezas—. ¿De qué vale abrir la tapa si no nos lleva a ninguna parte? No nos ha mostrado ninguna salida, solo un montón de huesos viejos y polvorientos.
Adjoa frunce el ceño, pero esta vez no sabe qué contestar. Miro el esqueleto carmesí y todos los tesoros cubiertos de ese polvo venenoso. A lo mejor Oscar tiene razón y solo es una pista falsa…
Pero, mientras paso la mirada por los tesoros que rodean a los huesos de la Reina Roja, atisbo algo fuera de lugar. Las exquisitas joyas brillan bajo el polvo, pero, entre sus dedos esqueléticos, el cadáver parece estar sosteniendo una concha marina muy sencilla.
En mi mente oigo las palabras del anfitrión: «La Respuesta puede estar en los lugares más inesperados».
Saco un pañuelo del bolsillo, que utilizo para protegerme la mano, y estiro el brazo hacia el interior del sarcófago.
—Cuidado, Ami —susurra Adjoa cuando libero la concha de los dedos de la Reina Roja—. No toques el polvo.
El exterior de la concha está pintado de color cobrizo, pero, al girarla con cuidado, veo que contiene una piedra grabada.
Tiene forma de mariposa y en las alas presenta el mismo patrón que había dibujado en la tapa.
Dentro de la concha no hay polvo, por lo que, con cautela, cojo el objeto tallado con la mano libre y dejo caer la concha y el pañuelo en el ataúd abierto.
Mientras contemplo la mariposa de piedra, los demás se apiñan a mi alrededor para echarle un vistazo.
—¿Qué es? —pregunta Oscar.
—No lo sé —contesto, acercando la diminuta escultura a la luz.
Cuando la antorcha titila, unas rayas doradas se reflejan en las alas de la mariposa. Sé que solo es un juego de luces, pero parece a punto de echar a volar.
—Es la Mariposa Galáctica —anuncia Adjoa, con un amago de sonrisa en los labios—. Hunab Ku.
Mientras lo dice, noto cómo la emoción me estalla en el pecho.
Adjoa nos acaba de explicar que Hunab Ku muestra el camino a todo el conocimiento.
Miro a mi alrededor, a las paredes de piedra que nos rodean, a los dioses y monstruos que custodian este lugar.
Esta mariposa parece tallada en la misma piedra, casi como si debiera introducirse en alguna parte.
Mientras contemplo los extraños jeroglíficos que ocupan la pared opuesta de la estancia, algo parece encajar en mi mente.
—Si queremos encontrar la Respuesta, quizá esta sea la llave.
Aún con la mariposa de piedra en la mano, me dirijo hacia la pared más alejada, buscando con los ojos lo que creo que voy a hallar allí.
—¿Qué estás buscando? —pregunta Ibrahim, que se coloca a mi lado a toda prisa.
Sigo con los dedos las marcas de los jeroglíficos, un remolino de dibujos que forman espirales en la sólida piedra. Las caras talladas de jaguares y caimanes me devuelven la mirada y me enseñan los dientes con un gruñido, como si estuviera invadiendo su espacio.
—Una salida —respondo, intentando descubrir aún un lugar del grabado donde pueda encajar la mariposa—.
Es lo que hemos estado buscando en todo momento.
La trampilla del ático, la puerta de la biblioteca…
El juego se llama El Escape, por lo que debe de estar escondida por aquí, alguna clase de puerta por la que podamos escapar.
—Miro a la mariposa de piedra—. Y creo que esta es la llave que necesitamos para abrirla.
Vuelvo a contemplar la pared, estudio las grietas y los huecos entre las sombras. Además de las extrañas caras de bestias y hombres, veo también formas de conchas, círculos y líneas esculpidos en la roca.
—¿Qué crees que significan? —pregunta Ibrahim, siguiendo con la mirada la dirección de la mía, al tiempo que delineamos con el dedo las espirales de los jeroglíficos.
Sin embargo, antes de que yo pueda responder, Adjoa interviene y contesta:
—Creo que indican el tiempo —dice al aparecer de repente a mi lado.
A nuestra espalda, oigo una carcajada disimulada.
—¿Te refieres a un reloj? —pregunta Oscar, contoneándose para acercarse mientras buscamos pistas en la pared—. Bueno, parece que está parado.
Sé que está intentando hacer una broma, pero al contemplar los patrones circulares que forman los jeroglíficos, no puedo evitar pensar que sí que parece la esfera de un reloj enorme.
—No es un reloj —contesta Adjoa, estirando la mano hacia donde estaría el número doce en el enorme círculo—.
Es un calendario. —Comienza a recorrerlo con el dedo, pasando por todos los jeroglíficos tallados de las espirales—.
Los mayas no tenían solo un calendario como en la actualidad, sino tres.
Este es el Haab, un calendario solar que dura 365 días.
Cada uno de estos símbolos es un mes maya: Zotz , Tzec , Xul , Yaxkin , etc.
Había dieciocho meses y cada uno duraba veinte días.
—Cuando su mano está a punto de volver al principio del círculo, Adjoa se detiene y sus dedos sobrevuelan un extraño jeroglífico que parece un grito—: Y un decimonoveno mes de cinco días sin nombre que los mayas llamaron el Wayeb .
Era un momento de gran peligro en el que creían que los portales del más allá se abrían y el caos se desataba en el mundo.
Los susurros de Adjoa reverberan entre las paredes de la tumba y noto cómo se me eriza el vello del cuerpo por el miedo. Quizá estemos buscando una puerta, pero, mientras contemplo estas mandíbulas talladas, espero que no sea un portal al más allá.
Al mover la mano, Adjoa empieza a trazar el segundo círculo de jeroglíficos, una rueda dentro de otra rueda.
—Este es el Tzolkin . Es el calendario que los mayas usaban para señalar sus días sagrados. Banquetes, festivales y ceremonias…, todos marcados por el Tzolkin . Creían que podía incluso predecir el futuro.
Cautivada, observo cómo los ojos de Adjoa siguen los jeroglíficos circulares, al tiempo que las sombras se extienden sobre estos extraños grabados.
—Los mayas no consideraban que el tiempo fuera una línea recta —explica—, sino un círculo. La historia se repite. Lo que ha ocurrido volverá a suceder. Creían que el tiempo era un círculo interminable que se reiniciaba sin fin.
—Como tus palabras, que no tienen fin —musita Oscar.
Adjoa lo ignora y detiene los dedos en el centro del círculo.
—Hasta el final de la cuenta larga —dice—. Es el calendario que los mayas usaban para contar los días hasta que volvía a crearse el mundo. Una era, según ellos, duraba dos millones ochocientos ochenta mil días.
Adjoa separa la mano de la pared y veo el cúmulo de jeroglíficos que marcan la cuenta larga.
Las formas esculpidas de rostros monstruosos, pájaros y jaguares que parecen cráneos me devuelven la mirada, pero en el centro veo la sombra de un hueco en la pared.
Al observarlo de cerca, percibo que esa diminuta cavidad está tallada con la forma de una mariposa y, al compararla con la piedra que llevo en la mano, me doy cuenta de que encaja a la perfección.
—Ya está —digo al percatarme del suave brillo rojo que parece emanar de las profundidades del agujero—. Creo que he encontrado la cerradura.