Capítulo 11
Las rocas se desploman a mi alrededor mientras caigo.
Es como si estuviera atrapada en un desprendimiento de tierra que me lanzara hacia abajo, directa a la oscuridad.
Noto cómo se me retuerce el cuerpo y agito las piernas, desesperada, en el vacío.
Intento agarrarme a algo en la oscuridad, pero no dejo de mover los dedos sin cerrarlos en torno a nada…
¡BAM!
Choco con el hombro contra una piedra y el impacto repentino me corta la respiración. Es como si hubiera colisionado contra un muro de ladrillo y, mientras permanezco ahí tumbada, dolorida, noto la dureza del suelo contra el rostro.
Durante un momento, no me muevo, intentando averiguar si me he roto algo. Lo único que se oye en la oscuridad son mis propios jadeos. Entonces, veo un ápice de luz, que crece con un chisporroteo hasta formar un brillo anaranjado cada vez mayor.
Cuando me pongo en pie, con todo el cuerpo dolorido, veo que los demás también se están levantando a trompicones.
Parece que estemos en una especie de cámara, cuya única luz procede de una antorcha colocada a gran altura en una pared cercana.
Los muros de piedra están cubiertos de extrañas figuras talladas que representan monstruos y hombres acechando en la oscuridad.
A diferencia de la infinita biblioteca de polvo de la que acabamos de escapar, esta cámara solo mide diez metros de largo y quizá la mitad de ancho.
En el centro de la sala se encuentra lo que parece una sólida mesa de piedra y el irregular suelo está salpicado de huesos. Parecen humanos…
Al mirar hacia atrás, veo una escalera abovedada cubierta de escombros. Deben de ser del desprendimiento que nos ha traído hasta aquí. Forman un muro de piedra que bloquea la única salida.
Me giro para contemplar a los demás. Los tres me devuelven la mirada. Adjoa es la primera en hablar:
—¿Dónde está Min?
Sus trenzas oscuras enmarcan una expresión de auténtica preocupación, con los labios apretados, mientras espera mi respuesta. Sin embargo, cuando le sostengo la mirada, lo único que veo en mi mente es la cara de Min convirtiéndose en polvo.
—Se ha ido —digo, apenas capaz de responder—. He intentado tirar de ella, pero no quería venir. La puerta se estaba cerrando y había polvo por todas partes. He visto cómo se desintegraba…
Me interrumpo al notar cómo una lágrima me recorre la mejilla. Se produce un momento de silencio hasta que Oscar suelta una fuerte carcajada.
—Sí, claro —dice—. ¡Qué inocente eres, Ami!
—¿Qué quieres decir? —pregunto, devolviéndole la mirada, incrédula—. ¿No has oído lo que acabo de contar? ¿No has visto lo que estaba ocurriendo ahí fuera?
Oscar resopla y se limpia el polvo de la cara con la manga.
—Efectos especiales —responde—. Eso es todo. El fuego, el polvo, la desaparición de Min… Todo forma parte de la historia. Es la escape room definitiva, ¿recuerdas?
—Esto no es un juego —me quejo, y levanto la voz hasta gritar. Paso la mirada por los huesos dispersos y noto cómo me da un vuelco el corazón—. Acabo de ver cómo Min se transformaba en polvo.
—Es lo que quieren que pienses que has visto —dice, sacudiéndose la suciedad de las manos—. Min no era una de nosotros. Sabía demasiado. Piensa en todas las pistas que nos daba. Formaba parte del juego y ahora la han quitado de en medio para ver qué tal nos va por nuestra cuenta.
De pie a su lado, Ibrahim asiente despacio.
—He oído que hacen ese tipo de cosas en algunas escape rooms —afirma—. Ponen a una persona en el equipo para vigilarlo. Da pistas si el grupo se queda atascado, pero nunca confiesa que en realidad es un actor.
—¿Lo ves? —dice Oscar, y asiente mirando a Ibrahim—.
Sabe de lo que estoy hablando. No te preocupes por Min.
Estará a salvo con el anfitrión. Lo más probable es que ahora nos estén mirando.
—Recorre la estancia con la mirada en busca de una cámara oculta—.
Necesitamos demostrarles que podemos encontrar la Respuesta por nuestra cuenta.
—Sé lo que he visto —protesto mientras Oscar me da la espalda. Miro a Adjoa en busca de apoyo, pero mi amiga solo se encoge de hombros.
—Quizá tenga razón, Ami —dice.
Es como si estuvieran desesperados por convencerse de que sigue siendo un juego.
Noto una punzada de duda recorriéndome la mente.
¿Cómo puedo estar segura de que lo que he visto era real?
Es obvio que papá no me habría traído aquí si hubiera pensado que tenía alguna posibilidad de salir herida.
Recuerdo que, al rozar los dedos de Min, he sentido que empezaba a desintegrarse, pero las nubes de polvo tal vez me han ocultado lo que estaba pasando de verdad. A lo mejor solo eran humo y espejos…
—Bueno, entonces, ¿dónde estamos? —La brusca pregunta de Oscar me devuelve al presente—. ¿En una especie de ruinas antiguas?
Estudio la cámara abovedada, con su techo de piedra rugosa apenas más alto que nosotros. Las sombras bailan sobre las paredes esculpidas y las formas de los cráneos y los jeroglíficos nos rodean por todos lados. Al menos ya sé por qué lo llaman El Escape: aquí no hay salida.
—Estamos dentro de un templo maya —anuncia Adjoa tras inclinarse sobre los grabados en la roca para estudiarlos—. Es una cámara funeraria.
—¿Quién es Amaya? —dice Oscar con desdén—. ¿Y qué hace enterrada aquí?
—Los mayas son una antigua civilización —contesta, ignorando el desprecio con el que Oscar ha hecho la pregunta—.
Fueron muy importantes durante más de mil años y construyeron grandes urbes en los bosques de México y Centroamérica.
Luego desaparecieron de golpe y abandonaron las ciudades cuando su civilización colapsó.
Sus pirámides y palacios se pasaron siglos ocultos, perdidos en las profundidades de la selva, hasta que unos exploradores encontraron sus ruinas.
—Espera un segundo —dice Ibrahim, levantando la mano como si estuviera en clase y quisiera hacer una pregunta—. Pensaba que habían sido los antiguos egipcios los que construyeron las pirámides.
Adjoa niega con la cabeza.
—Los mayas también construyeron pirámides, con empinados escalones a cada lado.
En lo alto había un templo donde los sacerdotes llevaban a cabo sacrificios humanos, mientras que, en el interior de los edificios, los exploradores encontraron cámaras, trampas y túneles secretos.
Ahí es donde debemos estar ahora, en el corazón de una pirámide maya.
—¿Cómo sabes todo eso? —pregunto, insegura sobre la fuente de la que Adjoa ha sacado todos esos datos—. ¿Acaso te has leído Una guía rápida sobre las civilizaciones antiguas mientras yo subía por la escalera en la biblioteca?
Adjoa sonríe en respuesta.
—El decimotercer nivel de Tomb Raider: Underworld se juega en un templo maya —dice—. Por eso he reconocido los jeroglíficos. Os he dicho que estaba hecha para este juego.
Ibrahim frunce el ceño y estudia la estancia.
—Entonces, ¿solo necesitamos encontrar el túnel secreto y evitar las trampas?
—Y encontrar la Respuesta —dice Oscar, dirigiéndose a la larga mesa de piedra que hay en el centro de la habitación—, así que venga, a buscarla.
Tras sacarle la lengua a Oscar cuando se da la vuelta, Adjoa parece obedecer la orden y se aleja de los jeroglíficos mayas para empezar a examinar la cámara.
Tras apartar de mi mente cualquier pensamiento sobre Min, la imito y miro a mi alrededor en busca de alguna pista.
Creo que la única manera de salir de este juego es ganar.
Al estudiar los huesos secos que hay esparcidos a mis pies, reconozco la forma de las costillas, los fémures y las vértebras de las páginas de mi enciclopedia.
Sin duda son humanos. Un estremecimiento me recorre la columna cuando contemplo las cuencas vacías de los ojos de un cráneo fracturado que me sonríe con los dientes amarillentos.
—¿Son los huesos de las personas a las que enterraron aquí? —pregunto, y mi voz hace eco entre las paredes, aunque apenas he susurrado.
Adjoa niega con la cabeza.
—Son sacrificios humanos —me explica, pasando sobre la cascada revuelta de huesos—. Cuando un noble maya moría, se mataba a sus sirvientes para que lo acompañaran en el más allá. —Señala la larga mesa de piedra tras la que Oscar se encuentra ahora—. Esa debe de ser la persona enterrada aquí.
Al mirarla de cerca, me doy cuenta de que no es una mesa, sino un sarcófago.
Una sólida losa de piedra está apoyada sobre el ataúd monolítico, con un remolino de patrones y jeroglíficos tallados en la lápida.
Cerca de la parte superior, veo un pequeño hueco circular y capto un brillo rojo a través de esa mirilla.
Me recuerda al punto del mismo color que vi en el centro de la cámara y al que brillaba en la perla negra del turbante del jugador de ajedrez.
En mi mente, oigo de nuevo el susurro de las palabras del anfitrión.
«Controlaré todos vuestros movimientos».
Oscar tenía razón. Nos están observando.
Inclinada sobre ellos, Adjoa está estudiando los extraños grabados. El mayor es un círculo con una espiral en el interior.
—Es el símbolo de Hunab Ku —dice con un susurro mientras acaricia la forma con los dedos—. Algunos dicen que los mayas creían que era el dios que lo había creado todo.
—Entonces debería saber la Respuesta —gruñe Oscar.
Espero que Adjoa ponga los ojos en blanco ante la interrupción del chico, pero asiente con entusiasmo.
—Exacto —contesta, y le brillan los ojos negros por la emoción—.
¿No lo veis? Esto significa que vamos por buen camino.
Los mayas creían que Hunab Ku vivía en el centro de la Vía Láctea.
Eso es justo lo que representa la forma en espiral, la galaxia en la que vivimos.
Otros lo llaman la Mariposa Galáctica. Algunos creen que el símbolo de Hunab Ku muestra el camino a todo el conocimiento, por lo que aquí debe de estar la Respuesta.
Oscar sonríe y cruje sus nudillos.
—Vamos a quitarle la tapa a esa cosa.