Capítulo 10
Min se tambalea hacia nosotros con el rostro grisáceo por el polvo. Consigo llegar hasta ella antes de que caiga al suelo y noto su peso muerto entre los brazos.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Ibrahim, corriendo hasta nosotras para ayudarme a arrastrar a Min hasta el mostrador de la biblioteca, donde conseguimos sentarla apoyada contra él.
—No lo sé —respondo mientras observo cómo abre y cierra los párpados.
Oscar aparece junto a mi hombro.
—¿Ha encontrado algo? ¿Tiene el libro?
Adjoa está a punto de mandarlo a callar cuando Min abre los ojos de golpe.
—Aquí está el libro —contesta, y las palabras se le escapan de los labios con una risita—. He encontrado muchos libros. Grandes, pequeños, verdaderos y falsos. Y los he devorado todos.
Min vuelve a soltar otra risita antes de sacarnos la lengua. Con un estremecimiento, advierto que la tiene negra por el polvo.
El estrépito de un nuevo trueno cruza la biblioteca y el sonido retumba entre las estanterías. Apoyo la mano en el hombro de Min y me inclino hacia ella para averiguar qué ha ocurrido.
—¿Qué ha pasado, Min?
Pestañea de nuevo y vuelve a abrir mucho los ojos, como si me viera por primera vez.
—Duele —contesta con voz temblorosa mientras se toca la sien—. Aquí. Es como si el polvo estuviera hablando conmigo.
Parece un fantasma gris cuando levanta los ojos, llenos de angustia, para centrarlos en mí.
—Pensaba que encontraría la Respuesta, pero solo veo oscuridad.
Entonces empieza a toser y parece que no va a dejar de hacerlo nunca.
Con cada segundo que pasa, la oscuridad se vuelve más densa. El aire ennegrecido es tan espeso que me cuesta respirar.
—¿Qué ocurre con los libros? —chilla Adjoa, cuya voz prácticamente se pierde bajo el aluvión—. Debe de haber algo que podamos hacer.
Me cubro los ojos y contemplo la oscuridad con una sensación de desesperanza. Ahora mismo ni todos los libros del mundo podrían salvarnos. Son sus palabras las que nos están asfixiando.
Pero, mientras contemplo este cielo de polvo, algunas palabras comienzan a liberarse en el interior de mi mente.
«Otro cielo hay aún…».
El polvo cae como relámpagos de los estantes, pero me aferro a ese verso. Debe de significar algo.
—Tenemos que usar la cabeza —grito, girándome para mirar a los demás.
Adjoa, Oscar e Ibrahim aún sostienen en la mano su ejemplar de Un tesoro natural y extiendo el brazo para arrancarle a Adjoa el delgado volumen—.
Pensaba que había visto un poema dentro del libro, pero debe de ser un acertijo.
Si logramos resolverlo, encontraremos la salida…
—¿Qué decía? —pregunta Ibrahim con la voz amortiguada por la manga con la que se cubre la boca—. Las palabras de mi libro desaparecieron antes incluso de que pudiera leerlas.
Hojeo el ejemplar, que se abre por el mismo sitio de antes.
La página permanece en blanco, pero aún veo las palabras dentro de mi cabeza mientras las recito en voz alta:
Otro cielo hay aún ,
más sereno y más bello ,
y hay otra luz del sol ,
pese a la oscuridad ;
no te preocupes […] por los bosques marchitos ,
no te preocupes por callados campos .
He aquí un bosquecillo ,
cuya hoja es perenne .
Levanto la mirada de la página y veo que la oscuridad lo inunda todo.
Las sombras se derraman desde la parte superior de las altas estanterías, al tiempo que los libros flotan como restos de un naufragio en esta implacable avalancha de polvo.
El aire se arremolina, denso, con motas asfixiantes cuyo sabor amargo hace que me pique la garganta.
Estamos atrapados en una biblioteca de polvo y no sé resolver este acertijo.
Oigo que Ibrahim musita algo, pero sus palabras se pierden entre la confusión.
—He aquí un bosquecillo, cuya hoja es perenne…
Sus ojos parecen brillar cuando llega al final de la estrofa. Entonces se gira hacia mí y levanta las manos hacia el cielo.
—Este es el bosque —grita, haciendo un gesto hacia el laberinto de baldas—. Pensadlo. ¿Qué es una biblioteca? ¡Un bosque de libros! —Sostiene en alto su propio ejemplar y pasa las páginas mientras el polvo sigue cayendo—. Y dentro de cada libro hay hojas.
Contemplo a Ibrahim, perpleja. Ha encontrado la clave para descodificar el enigma, pero seguimos sin saber qué tenemos que hacer.
Medio cegada por el polvo, miro a mi alrededor, desesperada.
A través de la neblina asfixiante, centro la mirada en el punto de información, en su extraña estructura de metal, que se balancea bajo la tormenta inminente.
Mientras lo contemplo, soltando un jadeo irregular tras otro, de repente me doy cuenta de que me recuerda a algo más.
El enorme tronco con los largos brazos que se estiran en todas direcciones tiene la forma de un árbol.
Y eso es justo lo que necesitamos para respirar.
Miro el libro que tengo entre las manos.
—Todos los libros fueron en algún momento un árbol —grito, levantando la voz por encima del vendaval de polvo—. Y eso es justo lo que necesitamos ahora. Nos estamos asfixiando, pero los árboles liberan el oxígeno que respiramos, por lo que debemos construir uno.
—Es la tontería más grande que he oído en la vida —dice Oscar con desdén, adoptando una mueca de desprecio mientras la oscuridad nos rodea—. ¿Cómo se supone que vamos a construir un árbol?
Min vuelve a toser y, cuando la miro de nuevo, me está tendiendo algo. Es una página que ha arrancado de su libro, pero que ha doblado hasta darle una nueva forma. Parece una hoja, con los bordes afilados en punta y un tallo plisado que se le retuerce entre los dedos.
—Hay un viejo proverbio chino —dice Min, aún luchando por respirar— que dice que el mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años. El segundo mejor momento es ahora.
Cojo la hoja de origami y entiendo entonces lo que tenemos que hacer.
—El árbol ya está aquí —digo, señalando a las ramas desnudas del punto de información, apenas visible a causa de la tormenta—. Solo necesita hojas.
Mientras el polvo se arremolina a mi alrededor, corro hacia la estructura con la hoja de origami temblándome en la mano. Noto las motas de polvo entre los dientes mientras una nueva oleada de palabras me inunda la mente. Trato de sacármelas de la cabeza, centrándome en lo que necesito hacer ahora.
Al llegar a la máquina, retiro la gruesa capa de polvo que cubre la pantalla y contemplo el mensaje que hay escrito mientras la oscuridad crece.
NO SE RECONOCE LA RESERVA.
INTÉNTALO DE NUEVO.
Con dedos temblorosos, coloco la hoja de origami en el espacio vacío bajo la pantalla y observo cómo la fina línea roja del láser cruza el papel plegado.
Oigo un ruido chirriante y, al mirar hacia arriba, veo que uno de los brazos metálicos empieza a girar justo cuando un nuevo mensaje aparece en la pantalla:
RESERVA ACEPTADA.
INTRODÚCELA EN LA RANURA.
Ha funcionado. Estiro la mano, sujeto el brazo giratorio y lo palpo hasta encontrar el hueco que me ha pedido que busque.
Entonces lo noto, una diminuta ranura abierta en la rama cilíndrica.
Con torpeza, deslizo el tallo de la hoja en el interior de la ranura y doy un paso atrás para ver qué ocurre a continuación.
Un suave rayo de luz solar parece brillar sobre el papel plegado cuando una dorada luminosidad se abre paso entre la oscuridad.
Las palabras del poema me retumban en la cabeza.
«Y hay otra luz del sol…». Entonces, la hoja de origami comienza a desenrollarse por sí sola y el papel cruje a medida que se vuelve verde poco a poco.
Parece que esté recordando cómo era. Como le ocurrió a Pinocho, pasa de ser una figura de origami a la hoja de un árbol de verdad.
Lo contemplo, atónita. La solitaria hoja emite un brillo verde mientras el polvo flota a su alrededor. Entonces aparece un nuevo mensaje en la pantalla.
PRÓXIMA RESERVA
Al girarme sobre los talones miro a los demás. Min sigue desplomada en la sombra del mostrador.
—¡Ha funcionado! —exclamo mientras un nuevo trueno reverbera entre las paredes de la biblioteca—. ¡Necesitamos más hojas!
Tras volver a toda prisa junto a Min, arranco una página de mi libro y se la tiendo. Los demás observamos cómo, aún entre toses, dobla la hoja por la mitad, curva las esquinas y los bordes y pliega las pequeñas solapas hacia el interior. Cada doblez que hace la transforma más y más en una hoja.
Su rostro sigue de color ceniza cuando me la tiende.
—Date prisa, Ami.
Corro hasta el punto de información mientras los demás comienzan a arrancar las páginas de sus propios libros.
Tras escanear el papel, recibo el mismo mensaje de antes y otro brazo de la máquina se balancea hacia mí para que coloque la hoja en su lugar.
Adjoa e Ibrahim están siguiendo las indicaciones de Min, doblando las páginas de sus libros para convertirlas en hojas de origami.
Incluso Oscar parece unirse a ellos y, con una sonrisa de loco en el rostro, deshoja su ejemplar.
No dejamos de ir y venir desde y hasta el punto de información a toda velocidad para ir escaneando y colocando las hojas del árbol. Cada vez parece más real y las ramas desprenden un brillo verde cuando se estiran hacia un cielo que sigue rebosante de polvo.
Entonces oigo otro estrépito atronador, mucho más fuerte que el resto de los sonidos. Y observo cómo el oscuro tronco del punto de información comienza a abrirse.
—Por aquí —grita Oscar, avanzando a trompicones hacia la grieta cada vez más grande—. ¡Una salida!
Mientras el polvo se arremolina, observo cómo el chico se encoge para pasar a través del agujero.
Ibrahim y Adjoa lo siguen de cerca. Comienzo a imitarlos, pero entonces miro hacia atrás.
Min sigue desplomada en la sombra del mostrador de la biblioteca.
No va a lograr salir de aquí por su propio pie.
Corro de nuevo hasta ella, intentando no respirar el polvo que cae sobre nosotras como la lluvia. Tiene los ojos cerrados y debo agacharme para asegurarme de que sigue respirando.
—Despierta, Min —digo, sacudiéndola por el hombro para tratar de espabilarla—. Tenemos que salir de aquí.
La chica abre los párpados levemente.
—He tenido un sueño —comenta, mirándome con los ojos vidriosos, como si se acabara de despertar—. Era una mariposa.
Durante un segundo, una leve sonrisa le cruza los labios. Entonces le sobreviene un ataque de tos. Se cubre la boca con la manga y se echa hacia delante mientras esos gruñidos ásperos le convulsionan la esbelta figura.
Cada tos seca parece que va a ser la última y, cuando Min aparta la mano, veo que unas manchas negras le cubren la manga.
Con miedo en los ojos, me mira fijamente mientras arrecia la tormenta de polvo.
—Ahora me siento como si fuera una mariposa que soñara que es una chica.
—No pasa nada —le digo—. Voy a sacarte de aquí.
Estiro la mano para sujetar la de Min, pero, en lugar de eso, me coge del brazo. Me clava las uñas en la piel cuando le asalta otro ataque de tos.
—¿No lo entiendes, Ami? —dice cuando la tos por fin se atenúa y sus palabras surgen entre jadeos irregulares—. Me he equivocado. Antes no estaba soñando. Este es el sueño. Soy la mariposa.
La miro con fijeza. Lo que está diciendo no tiene ningún sentido. Creo que el polvo le ha envenenado la mente.
—¡Ami! —El grito hace que vuelva la cabeza. A través de la lluvia cegadora de polvo atisbo a Adjoa, con el rostro enmarcado por la oscura puerta que ahora ocupa la base del punto de información—. Tenéis que salir de ahí —grita—. Está empezando a cerrarse.
—Vamos —digo, tirando de Min para incorporarla mientras le coloco un brazo sobre mis hombros—. No voy a dejarte aquí.
A través de la tempestad, me dirijo a trompicones hacia el punto de información.
Min es un peso muerto a mi lado. El polvo se arremolina y se nos clava como dagas diminutas.
Cada respiración irregular me escuece en la garganta.
Siento una arcada y toso un rocío de flema negra al llegar al refugio de hojas.
Percibo el hueco oscuro en el tronco metálico y me acerco a duras penas a él, rezando para que aún tengamos tiempo de salir.
La puerta se está cerrando con un ruido chirriante y su vibración está haciendo que tiemble todo ese extraño árbol de metal.
Soy la primera en cruzar la puerta porque ahora es demasiado estrecha para que pasemos las dos juntas y Adjoa estira los brazos para tirar de mí.
Me vuelvo para hacer lo mismo con Min, pero, en lugar de imitarme, veo que da un paso atrás.
—¡Vamos! —grito, al tiempo que noto los laterales del áspero metal presionándome los hombros—. No puedo mantener abierta esta puerta durante mucho más tiempo.
Min niega con la cabeza. Un halo de polvo le enmarca la cara.
—Necesito despertarme —dice, dando otro paso hacia atrás—. Adiós, Ami. Por favor, encontrad la Respuesta por mí.
Estiro la mano, con los dientes apretados por el dolor mientras la puerta gruñe al cerrarse. Sin embargo, cuando mis dedos rozan los de Min, noto que empieza a desintegrarse.
—¡No! —chillo mientras nuestra amiga parece convertirse en polvo.
Durante un segundo, está allí y, al siguiente, ha desaparecido engullida por la oscuridad.
Contemplo horrorizada la violenta tormenta, incapaz de creer lo que acabo de ver.
Entonces noto que alguien tira de mí hacia atrás justo cuando la puerta se cierra con un sonido metálico y el suelo bajo mis pies se desmorona.