Escape Room Capítulo 9
41%

Capítulo 9

—¿Lo has encontrado? —pregunta Adjoa, y el toque ansioso de su voz me retumba en los oídos en cuanto toco el suelo con los pies.

Tras girarme, saco el libro del bolsillo con los nudillos blancos por haberme agarrado con fuerza a la escalera.

—He encontrado esto —le digo, tendiéndole el delgado tomo encuadernado en cuero.

Adjoa hojea el libro con una sonrisa de emoción que ni la oscuridad puede apagar. Sin embargo, a medida que pasa las páginas, el gesto comienza a desvanecerse hasta que se detiene y levanta la mirada hacia mí con una pregunta en los ojos.

—Está en blanco —dice mientras se le forma una arruga de extrañeza en la frente—. Aquí no hay nada escrito.

El corazón me martillea en el pecho.

—Antes sí lo había —respondo, esforzándome por contarle justo lo que he visto—. Creo que era un poema. Pero, mientras lo leía, las palabras se han convertido en polvo. Ha pasado lo mismo con todas las páginas. Es como si el libro se hubiera borrado.

Mientras hablo, la sala parece sumirse todavía más en la oscuridad.

Tras estirar el brazo, extiendo la mano y observo cómo el polvo se acumula en ella.

Cada mota parece brillar bajo el resplandor que desprende la luz del farol y, cuando levanto la cabeza, veo que el polvo sigue cayendo como un chaparrón. ¿De dónde procederá?

Una idea terrible me cruza la mente. Me giro y me dirijo hacia las estanterías en penumbra.

Sus baldas, cubiertas de libros, contrastan con el vacío callejón sin salida del punto de recogida A.

Con una sensación creciente de pánico, saco un puñado de libros y los reparto por el suelo.

En las cubiertas de cuero desgastado, las letras doradas de sus títulos parecen enviarme un mensaje: ¿Qué hemos hecho?

, Nuestro último aviso y Esto lo cambia todo .

—¿Qué haces? —grita Adjoa.

Pero, mientras me agacho para hojear sus páginas, la respuesta se me bloquea en la garganta.

Remolinos de ceniza surgen como la niebla de los libros en blanco, ahora con todas las páginas iguales.

Pestañeo, toso y muevo la mano en el aire para despejar la atmósfera, pero, cuando miro hacia abajo, las páginas permanecen en blanco.

Ya no queda ninguna palabra, solo polvo.

Una sombra se cierne sobre mí y, cuando levanto la cabeza, veo que Adjoa está de pie a mi lado. Le ha desaparecido la sonrisa y veo el mismo miedo en sus ojos que siento yo por dentro.

—Está pasando algo malo —digo, incorporándome a toda prisa—. Debemos volver.

Comenzamos a correr, retrocediendo sobre nuestros pasos a lo largo del oscuro pasillo lleno de libros.

Uno a uno, los faroles de latón van cobrando vida cuando pasamos, pero la luz que desprenden ahora parece estar envuelta en sombras.

Unas motas negras bailan ante mis ojos a medida que veo cómo las pisadas que dejamos desaparecen poco a poco bajo una cortina de polvo.

Tiro del cuello de mi top para cubrirme la nariz y la boca.

—A lo mejor proceden del fuego de la buhardilla —propone Adjoa, que jadea en busca de aliento mientras corremos.

Niego con la cabeza. A mí también me cuesta respirar.

—Son los libros.

Me da la impresión de que llevamos corriendo una eternidad.

Con nuestras fuertes pisadas vamos creando nubes de polvo nuevas.

Cuando hemos recorrido este pasillo antes, los libros se alineaban de forma pulcra por las baldas y se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Sin embargo, ahora, mientras corremos, veo cómo se dispersan por todas partes.

Parece que hubieran saqueado este lugar, arrancado los libros de los estantes y tirado los volúmenes al suelo.

Todo está cubierto de una capa de polvo que se vuelve más densa con cada segundo que pasa.

Contemplo la oscuridad creciente y veo que el hueco entre las enormes estanterías empieza a agrandarse.

Debemos de estar cerca del punto de partida.

Entonces oigo voces a lo lejos y, a medida que avanzamos, el sonido se vuelve más intenso.

Solo espero que los demás hayan tenido más suerte que nosotras.

—¡Ami!

Oigo el grito de Ibrahim cuando salimos al espacio central abierto, me giro y lo veo de pie en la sombra del punto de información. Oscar también está allí, contemplando la pantalla. Los largos brazos del poste no ofrecen refugio alguno contra el polvo que cae a nuestro alrededor.

—¿Lo habéis encontrado? —nos pregunta Ibrahim mientras Adjoa y yo intentamos recuperar el aliento.

Sostiene un libro en alto que reconozco al instante.

Un tesoro natural

Es el mismo libro que he encontrado en el punto de recogida A.

Adjoa saca nuestro ejemplar del bolsillo.

—Sí, lo hemos encontrado —le confirma la chica, hojeando el libro para mostrarle a Ibrahim las páginas en blanco—. Pero no pone nada.

—El mío está igual —dice Ibrahim—. Cuando lo he abierto la primera vez, pensaba que había algo escrito, pero las palabras parecen haberse convertido en polvo.

Recuerdo cuando he sacado el libro de las sombras de la estantería. Sí que había unas palabras escritas en el ejemplar de Adjoa, unos versos irregulares que tengo grabados en la memoria.

El ruido que produce Oscar al darle un puñetazo a la pantalla me desconcentra. Tras girarse, nos muestra el mismo libro.

—No sirve para nada —grita—. He intentado escanearlo un millón de veces, pero esa estúpida máquina siempre muestra el mismo mensaje.

Miro sobre su hombro para leer el texto que ha aparecido en la pantalla:

NO SE RECONOCE LA RESERVA.

INTÉNTALO DE NUEVO.

—Los libros son una pérdida de tiempo —gruñe—. Sabía que Min no decía más que tonterías cuando nos aseguró que aquí encontraríamos la Respuesta.

—¿Dónde está Min? —pregunto al darme cuenta de repente de que no estamos todos.

—No lo sé —dice Ibrahim—. Recuerda que nos hemos separado.

La biblioteca parece gruñir como respuesta, un sonido grave y estrepitoso que sacude la habitación.

Centro los ojos en la nube turbulenta que flota sobre nuestras cabezas, una masa arremolinada de polvo que se oscurece por momentos.

Cuando las motas aterrizan en mis labios, noto una sensación extraña que me recorre el cuerpo y no tardo en limpiármelas.

—Esto no pinta bien —grita Adjoa, levantando la voz sobre el clamor—. Nada bien.

Miro a mi alrededor y veo el oscuro mostrador hexagonal, que sigue vacío en el centro de la biblioteca. Allí no hay ninguna persona dispuesta a pedirnos que guardemos silencio. No sé qué se supone que debemos hacer ahora. Solo consigo pensar en que tenemos que salir de aquí.

Giro el cuello e intento ver algo en el laberinto de baldas. Entonces advierto que Min sale a trompicones entre las estanterías.