Escape Room Capítulo 8
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Capítulo 8

—Pero ¿dónde está el libro? —pregunto, buscando desesperada por las baldas cualquier indicio de la reserva que debería de estar esperándonos.

—No lo sé —confiesa Adjoa con las manos y rodillas llenas de polvo mientras se pone en pie tras revisar el último estante—. Debe de estar por aquí, en algún sitio.

Miro hacia atrás.

Las altas estanterías que flanquean el camino por el que hemos venido vuelven a estar envueltas en sombras. La única luz que sigue brillando procede del farolillo situado sobre el cartel que nos ha dado la bienvenida al punto de recogida A.

Sin embargo, cuando me giro para inspeccionar las baldas vacías que marcan el final de este callejón sin salida, sigo sin ver nada que podamos recoger.

—Tal vez la máquina de la biblioteca no funcione bien —comento al recordar los millones de libros pendientes que decía que yo había cogido prestados—. A lo mejor no era aquí donde debíamos venir.

Adjoa levanta la mirada y observa a los estantes infinitos que se extienden fuera de nuestro alcance.

—Todavía no hemos mirado por todas partes.

Hay otra escalera corredera apoyada en el extremo más alejado de esta estantería vacía. Espero que Adjoa se ponga en marcha, pero, en lugar de eso, se gira hacia mí.

—¿Puedes buscarlo tú, Ami?

La miro y veo que me tiende su carné de la biblioteca. Niego con la cabeza, creyendo que solo trata de volver a ser maja conmigo.

—Es tu reserva —digo, empujándole la mano con suavidad—. No la mía. Deberías ser tú quien la encontrara.

Sin embargo, ante mi rechazo, Adjoa esboza una mueca y una expresión incómoda le distorsiona el rostro. Lanza una mirada llena de nerviosismo a la escalera, con los peldaños de madera cubiertos de una fina capa de polvo.

—No… No puedo —tartamudea—. De verdad, no puedo.

Estoy confusa. Hasta el momento, Adjoa ha sido la que ha guiado el camino, pero ahora parece estar paralizada. Entonces me cuenta la razón.

—Me dan miedo las alturas.

La miro, desconcertada.

—¿Cómo es posible que te den miedo las alturas? —pregunto, esforzándome por ocultar mi incredulidad—. Has bajado por la escalera de la buhardilla, que parecía medir un kilómetro y medio.

—Era distinto —comenta Adjoa con un suave mohín—. No veía dónde estaba porque nos encontrábamos a oscuras. —Mira hacia arriba de nuevo, en dirección a las baldas interminables, todas iluminadas por un brillo inquietante—. Ahora no.

Vuelve a tenderme el carné y me sostiene la mirada, suplicante.

—Por favor, Ami, búscala por mí.

Adjoa ha dicho que era una aventurera nata, como Indiana Jones, pero parece que su fobia secreta tiene que ver con las alturas, no con las serpientes. Acepto el carné y me lo guardo en el bolsillo, junto al mío.

—Vale —digo, acercándome a la escalera—. Pero no te prometo que vaya a encontrar nada allí. Quizá todo esto sea una pista falsa.

—Gracias, capitana —dice Adjoa mientras una sonrisa de alivio le ilumina la parte inferior del rostro—. Te debo una.

Los peldaños de madera crujen a modo de protesta cuando empiezo a subir.

—Me encargaré de sujetar la escalera —dice, apoyándose en el último tramo en cuanto mis piernas lo abandonan—. No tienes que preocuparte por que se vaya a separar de la pared.

—No me preocupaba —musito mientras me estiro a por el siguiente peldaño—, al menos hasta que lo has mencionado.

Al mirar hacia arriba, veo un enorme muro de baldas que se extiende hasta el techo. Igual que con las demás estanterías, no logro ver dónde termina. Los estantes más altos desaparecen en la oscuridad. La escalera parece temblar mientras sigo ascendiendo. Ese es el problema del miedo: es contagioso.

Al bajar la mirada, me agarro con un poco más de fuerza a la escalera antes de estudiar el largo camino que me queda por delante.

No hay necesidad de subir o bajar la mirada, puedo mantenerla fija frente a mí, buscando de balda en balda a medida que asciendo.

Sin embargo, todos los estantes polvorientos que veo están vacíos.

Sigue sin haber ni rastro de la reserva de Adjoa.

El polvo se me escurre entre los dedos a medida que avanzo. No parece que nadie haya subido a esta escalera desde hace años, así que ¿cómo es posible que nos esté esperando aquí alguna reserva?

—No veo nada —grito, con la vaga esperanza de que Adjoa sugiera que nos rindamos, pero no tengo tanta suerte.

—Sigue mirando —responde, y su voz parece estar mucho más lejos de lo que pensaba—. Recuerda que todo forma parte del juego. Incluso esas estanterías vacías quizá oculten algún secreto. Sé que descubrirás algo, Ami. Lo siento dentro de mí.

En la frente se me forman gotas de sudor mientras oigo el eco del anfitrión.

«Todo forma parte del juego». Recuerdo el libro que he encontrado con la fotografía del bebé, la lágrima que parecía recorrer la página.

Se me viene a la mente de nuevo el susurro de las palabras que he leído en ella.

«¿Sabes lo que se siente al sentir, Ami? ».

Asiento mientras sigo subiendo. Estoy asustada.

El anfitrión dijo que controlaría todos y cada uno de nuestros movimientos. Pero, en la primera sala de este juego, ha estado a punto de dejar que muramos en el incendio. La escalera vibra cuando subo el siguiente peldaño. Si nos está viendo ahora mismo, ¿me cogerá si me caigo?

No me atrevo a mirar hacia abajo para no ver lo alto que he ascendido.

Sigo buscando, estudiando las baldas de una en una.

Algunas están etiquetadas con una única palabra escrita en un soporte de latón, situado en el extremo del estante: ZOOLOGÍA, FILOSOFÍA, CIENCIA, HISTORIA , etc.

Todo el conocimiento humano está clasificado y organizado dentro de esta biblioteca.

Min pensaba que encontraríamos la Respuesta aquí, pero cada etiqueta que veo solo cataloga una gruesa capa de polvo. Los estantes están vacíos.

Me detengo durante unos instantes para mirar hacia arriba y ver cuánto me queda por subir. La estantería sigue ascendiendo hasta perderse en la oscuridad y el muro de baldas parece tan escarpado como antes. El corazón me da un vuelco.

¿De qué sirve seguir subiendo si nunca voy a llegar al final?

Entonces lo veo: un pequeño volumen tumbado sobre la portada, casi escondido de la vista en una esquina oscura de la balda.

Me agarro con fuerza a la escalera con una mano y estiro el brazo para cogerlo.

Está cubierto de una gruesa capa de polvo, pero, cuando la sacudo, leo el título grabado en la cubierta con letras doradas y verdes:

Un tesoro natural

Una descarga de entusiasmo me zumba en el cerebro. Tiene que ser esto.

Sé que debería bajar la escalera de inmediato para enseñarle a Adjoa lo que he encontrado. Al fin y al cabo, es su reserva. Sin embargo, no logro resistirme a abrir el libro para ver de qué trata. Rodeada por las sombras de la estantería, leo estos versos irregulares:

Otro cielo hay aún ,

más sereno y más bello ,

y hay otra luz del sol ,

pese a la oscuridad ;

no te preocupes […] por los bosques marchitos ,

no te preocupes por callados campos .

He aquí un bosquecillo ,

cuya hoja es perenne .

Pero mientras intento leer el resto de los versos, las palabras empiezan a deslizarse por la página.

Observo sorprendida cómo la tinta negra se convierte en polvo y, al ahogar un grito de sorpresa, las motas flotan por el aire.

Contemplo el libro. Ahora la hoja se ha convertido en una sábana blanca y vacía.

Siento náuseas y empiezo a hojear el libro, pensando que debe de haber sido un error. Pero de todas las páginas brota una nueva fuente de polvo y, cuando entorno los ojos para ver en la penumbra, me percato de que ahora están todas en blanco.

No sé cómo ha pasado, pero, mientras me devano los sesos en busca de una explicación, advierto que ahora las sombras parecen más densas que antes. Miro hacia arriba, tratando de entender por qué, y noto cómo el miedo me sube por la garganta.

La oscuridad parece estar cayendo del techo y entonces lo entiendo. No es oscuridad, es polvo.