Capítulo 7
—¿Qué opinas de los demás? —pregunta Adjoa mientras nuestras pisadas retumban por el oscuro pasillo lleno de libros.
Las motas de polvo bailan bajo el brillo inquietante que desprenden los faroles situados en el extremo de cada galería de estanterías. Se encienden solo cuando alcanzamos el principio de la siguiente fila. Es como si la biblioteca no quisiera que viéramos lo que hay ante nosotras.
—No lo sé —digo, distraída por la pregunta de Adjoa, mientras entorno los ojos para mirar en la penumbra—. ¿Qué piensas tú de ellos?
—Me cae bien Ibrahim —contesta enseguida—.
Me gusta la manera que tiene de analizar las situaciones.
Además, ha sido el que ha encontrado el ajedrez electrónico y los carnés de la biblioteca.
Necesitamos a alguien así en el equipo, un descubridor, alguien que vea todo aquello que los demás pasamos por alto.
Asiento. Lo que dice Adjoa tiene sentido.
Si no fuera por las habilidades de exploración de Ibrahim, seguiríamos en esa buhardilla en llamas.
Noto cómo se me eriza el vello de la nuca al recordar el rugido del fuego.
Todavía no me creo que el anfitrión haya estado a punto de convertirnos en una tostada.
—Min es la lista —continúa Adjoa, contando a los demás con los dedos de la mano izquierda—. Conocía qué era el jugador de Marzipán o como se llamara. Siempre está garabateando en esa libreta suya. En mi opinión, es la cerebrito del equipo.
No puedo evitar sentirme un poco ofendida al saber que Adjoa piensa que Min es más lista que yo.
Al fin y al cabo, fui yo quien descubrió que necesitábamos presionar la tecla ESC.
para salir de la buhardilla. Sin embargo, no sirve de nada recordárselo porque ya ha pasado de ese tema y ahora me está contando lo que piensa de Oscar.
—Es una pena que hayamos acabado con alguien como él —dice.
Por la manera en la que escupe la última palabra, está claro de quién habla—.
En una escape room , algunos jugadores son buenos encontrando pistas y a otros se les da genial resolver acertijos, pero hay un último grupo de gente al que le gusta actuar rápido y romper cosas.
A ese pertenece Oscar. Es el clásico destructor.
Se pasa la vida usando la fuerza bruta en lugar del cerebro.
Tendremos que intentar mantenerlo a raya para que no nos haga fracasar a los demás.
El siguiente farol cobra vida en ese momento e ilumina las galerías ante nosotros, que son exactamente iguales que el resto.
Una escalera corredera está apoyada cerca de la pared.
Sus peldaños de madera ofrecen acceso a las baldas más difíciles de alcanzar.
Sin embargo, al mirar hacia las que se encuentran a mayor altura, no me imagino quién se atrevería a subir hasta ahí.
—¿Y qué opinas de mí? —pregunto, volviendo a centrarme en Adjoa—. ¿Qué aporto al equipo?
Adjoa cruza los brazos sobre el pecho y finge evaluarme.
—Un poco de todo, creo. Eres inteligente como Min, buena encontrando cosas como Ibrahim y no te da miedo enfrentarte a Oscar. —Una sonrisa traviesa le curva los labios—. Supongo que eso te convierte en la capitana del equipo.
Noto cómo me ruborizo, una calidez repentina me cosquillea las mejillas.
—No, gracias —contesto, y rechazo el halago de Adjoa negando con la cabeza—. No necesitamos un capitán.
La chica parece a punto de contradecirme, por lo que me apresuro a cambiar de tema haciéndole otra pregunta.
—¿Y tú? —digo cuando otro farolillo de latón cobra vida para iluminar el camino ante nosotras—. ¿Cuáles son tus habilidades especiales?
—¿Las mías? —Adjoa sonríe—. Soy el arma secreta del equipo, una mezcla entre Lara Croft e Indiana Jones, pero con más estilo.
¿Una madriguera mortal llena de serpientes?
Sin problema. ¿Una lluvia de espadas y una avalancha de rocas?
Adelante. ¿Una estatua con trampas explosivas?
Cuenta conmigo. Soy una aventurera de nacimiento.
Estoy hecha para este juego. Vamos —dice, acelerando el paso mientras seguimos avanzando por el pasillo de libros—.
No querrás que los demás nos ganen y nos quedemos sin diversión.
Es raro pensar que el resto está en algún otro lugar de la biblioteca, buscando lo mismo que nosotras.
Mientras Adjoa sigue adelante a toda prisa, paso el dedo por las estanterías y acaricio los lomos encuadernados de cuero que reposan allí, totalmente pegados los unos a los otros.
El olor a humedad inunda el aire y desprende un aroma que hace que parezca que estoy respirando los propios libros.
Bajo el brillo del farol leo los títulos en los lomos, todos escritos con letras doradas: ¿Los glaciales escuchan?
, ¿Puede nadar un submarino? o ¿Por qué no se caen las cosas?
Se supone que estamos buscando la Respuesta, pero aquí solo veo preguntas absurdas.
Tras detenerme durante un segundo, cojo uno de los libros de la estantería. La encuadernación de cuero rojo está desgastada por el tiempo, pero al menos las letras agrietadas de su título no forman otra pregunta.
LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES de Charles Darwin
Parece uno de esos libros antiguos que papá siempre quiere que lea, de los que, según él, me van a iluminar la mente.
Como esa vez que me dio las obras completas de William Shakespeare y se enfadó cuando me pilló leyendo una guía del Zelda .
Dice que debo ampliar mis horizontes, pero no entiendo por qué no puedo hacerlo con un videojuego.
Al hojear las páginas, el libro se abre por una fotografía, una imagen en color sepia de un bebé, con los ojos cerrados con fuerza y la boca abierta.
Parece que esté llorando, como si le hubieran hecho la foto justo al gritar, pero, al mirar mejor la imagen, empiezo a pensar que quizá se esté riendo.
Parecen dos emociones opuestas en la misma fotografía. Su expresión podría reflejar ambos sentimientos. El bebé grita, pero ¿es de alegría o de desesperación? Ausente, acaricio la imagen con la yema del dedo y ahogo un jadeo cuando una lágrima cae por la página.
Contemplo boquiabierta al bebé, tratando de averiguar si es real. Entonces veo una línea de texto que aparece bajo la fotografía: «¿Sabes lo que se siente al sentir, Ami?».
Cierro el libro de golpe y envío una nueva lluvia de polvo al suelo. Las palabras estaban impresas en la página, pero he podido oírlas en mi mente. La voz se parecía a la del anfitrión, susurrándome al oído.
—¡Ami!
El grito de Adjoa me libera de la oleada de miedo. Rápidamente, devuelvo el libro a la balda y me giro para mirarla, a unos veinte metros de distancia. Está de pie justo bajo otro farolillo de latón, cuya inquietante luz me muestra una sólida pared de estanterías vacías. Es un callejón sin salida.
El corazón me da un vuelco al pensar que hemos tomado el camino equivocado, pero, entonces, Adjoa se aparta a un lado y deja a la vista un cartel.
BIENVENIDA AL PUNTO DE RECOGIDA A
—Ya hemos llegado —dice.