Capítulo 6
Bajo mis dedos, el metal parece aceitoso al tacto cuando paso de un peldaño a otro. Estoy a punto de resbalar cuando doy el siguiente paso. No veo nada mientras desciendo. La oscuridad que me rodea es total.
Nadie ha dicho ni una palabra desde que dejamos atrás la buhardilla en llamas. Lo único que me informa de que no estoy sola en la oscuridad es el repiqueteo de pasos que oigo delante de mí y la vibración de la escalera, que se balancea hacia delante y hacia atrás.
Me da la impresión de que el descenso dura una eternidad.
Al contemplar la oscuridad, creo percibir un suave brillo bajo nosotros.
Esa tenue luminosidad se intensifica a medida que bajo los peldaños hasta formar, en la base de la escalera, un brillante círculo de luz.
Veo cómo los demás se reúnen en torno a él.
Oscar, Adjoa, Ibrahim y Min alzan la cabeza para mirarme mientras bajo los últimos escalones.
La escalera no llega hasta el suelo, así que tengo que saltar el trecho final. Una nube de polvo se levanta cuando mis pies tocan el suelo y mi aterrizaje retumba a lo lejos en medio de la oscuridad.
—¡Lo has conseguido! —dice Adjoa con una sonrisa de alivio mientras extiende una mano para ayudarme a ponerme de pie—. Hemos salido todos a tiempo.
Pero, antes de que pueda abrir la boca para contestar, un fuerte estrépito acalla todo lo demás. El ruido procede de la parte superior, sobre nuestras cabezas. Es la escalera de metal, que se está recogiendo hasta desaparecer en la oscuridad.
Miro a los demás. Quizá hayamos podido escapar del fuego, pero, mientras observo la zona más allá del círculo de luz que nos rodea, no sé qué se supone que tenemos que hacer a continuación.
—¿Dónde estamos? —pregunta Oscar, malhumorado—. No veo nada.
Como si fuera la respuesta a su pregunta, la luz parece volverse más intensa y hace retroceder a la oscuridad para revelar el lugar en el que hemos aterrizado.
—Ay, vaya.
Parece que estamos en una especie de biblioteca, pero es la más grande que he visto en mi vida.
Un laberinto de estanterías se extiende en todas las direcciones: las baldas de madera oscura ocupan todo el espacio desde el suelo hasta el techo y contienen hileras infinitas de libros.
No veo de dónde viene la luz y, cuando estiro el cuello para mirar la parte superior de la estantería más cercana, me doy cuenta de que apenas puedo ver el techo.
Las baldas silenciosas parecen no tener fin.
Es como si los libros se prolongaran hasta el infinito.
Cuando me giro hacia los demás, le sostengo la mirada a Min. Un amago de sonrisa le curva los labios.
—Bueno, parece que hemos llegado al lugar adecuado —dice, caminando hacia un enorme mostrador hexagonal que se alza en el centro de las estanterías.
De una manera extraña me recuerda al que había en la recepción, el que vi cuando entré en El Escape.
Pero las líneas que rodeaban aquel mostrador bajo y redondo eran nítidas y blancas, y este mostrador de madera oscura me llega al pecho y está cubierto por todos lados de una capa de mugre.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Oscar con brusquedad. Cuando sigue a Min hacia el mostrador central, levanta una nube de polvo—. Ese montón de basura electrónica de ahí arriba era más interesante que una aburrida biblioteca. Quiero algo de acción y aventuras, no un cuento para irme a dormir.
—¿No lo entiendes? —dice Min, señalando hacia las estanterías—. Sea cual sea la pregunta, encontraremos la Respuesta en la biblioteca. Solo tenemos que hallar el libro correcto.
Miro a mi alrededor, hacia las estanterías cavernosas. Al observar el pasillo de baldas más cercano, ni siquiera veo el final. Y hay muchos más pasadizos tenebrosos, que se extienden hacia todos los puntos cardinales. Debe de haber cientos de miles de libros en este sitio. Millones, incluso.
—Y parece que nos esperaban —comenta Ibrahim al estirarse sobre el mostrador polvoriento para coger un puñado de tarjetas. Nos tiende una a cada uno y, cuando cojo la mía, me doy cuenta de que mi nombre destaca con radiantes letras blancas sobre un fondo negro azabache.
—¿Por qué me das esto? —pregunta Oscar, pasándose la tarjeta negra de plástico por las yemas de los dedos.
—Es tu carné de la biblioteca —le explica Ibrahim, sosteniendo en alto el suyo para que todos podamos ver que son iguales—. «Bibliothèque Universelle», la Biblioteca Universal. Quizá nos resulten útiles si tenemos que encontrar un libro.
—No necesito un estúpido carné de biblioteca —replica Oscar, guardándose el suyo en el bolsillo de la sudadera—. Ni siquiera sabemos si debemos buscar un libro. A lo mejor hay un pasadizo secreto o algo oculto en este sitio. Solo necesitamos empezar a explorar.
Tras darle la espalda al mostrador, Oscar comienza a caminar hacia la estantería más cercana, levantando nuevas nubes de polvo con las deportivas.
—¿Quién me acompaña? —grita.
Al mirar a los demás, veo que Adjoa pone los ojos en blanco.
No parece que Oscar haya aprendido nada del desastre que se ha producido en el piso de arriba.
Me viene a la cabeza uno de los lemas de papá, el que siempre dice cuando intenta enseñarme algo y yo lo convierto en una competición y acabo cometiendo un error.
«No es bueno actuar sin pensar; la prisa es madre del error».
Y ahora entiendo lo que quiere decir.
—¡Espera un segundo! —exclamo, y Oscar se detiene de golpe—. Debemos idear un plan antes de cometer más errores.
—¿Y quién fue la culpable de eso? —escupe Oscar, girándose hacia mí con una mueca de desdén—. Fuiste tú quien se confundió y convirtió al jugador de ajedrez en una bengala.
—A eso me refiero —contesto, intentando esconder lo mucho que me molesta que Oscar me cargue con toda la responsabilidad—.
Pensábamos que estábamos haciendo lo correcto, pero, al apresurarnos a jugar la partida, la situación se salió de control.
Acabamos de salir con vida de milagro de esa habitación.
—Cuando se participa en una escape room , cualquier cosa puede ser una pista —dice Min, apoyándome—. En estos carnés de biblioteca vienen nuestros nombres. Así que deben de significar algo.
Miro el mío de nuevo y le doy vueltas. En la parte trasera hay un código de barras, una serie de líneas negras paralelas enmarcadas en un rectángulo blanco.
Mi mente va a toda velocidad. Los códigos de barras suelen contener información.
Tal vez la pista que necesitamos esté escondida en estas líneas paralelas.
—¿Habéis visto esto? —pregunto, sosteniendo en alto la tarjeta para enseñársela a los demás—. Si se supone que debemos usar estos carnés, tendremos que encontrar un dispositivo que lea los códigos de barras.
Deslizo la mirada por el imponente mostrador, pero allí no hay ningún bibliotecario que pueda ayudarnos.
Tampoco hay rastro de ninguno de los ordenadores que se usan para consultar información sobre los libros.
Solo hay una gruesa capa de polvo que demuestra que hace años que nadie pisa esta biblioteca.
—¡Por aquí!
El grito de Adjoa hace que me gire. Está andando en dirección contraria a Oscar y se encamina por otro de los largos pasillos de libros. Pero, mientras la observo, se detiene ante lo que parece un indicador de direcciones medio escondido entre las sombras que desprenden las enormes estanterías.
Corremos hasta ella para ver lo que ha encontrado y el polvo se arremolina bajo nuestros pies cuando alcanzamos el indicador de direcciones.
Al menos, pensaba que lo era, pero al mirarlo de cerca me doy cuenta de que es una especie de punto de información.
Una columna negra de metal se erige sobre una amplia base circular.
Mide tres metros de altura, y los largos brazos cilíndricos que surgen de la parte superior señalan en distintas direcciones.
Pero lo que me llama la atención es la pantalla situada en el centro del pilar, a la altura de mi cabeza.
Mientras los demás rodean la máquina, miro sobre el hombro de Adjoa para leer el mensaje en el monitor curvo.
BIENVENIDOS A LA BIBLIOTECA. ESCANEAD VUESTRO CARNÉ.
Adjoa coloca su tarjeta en el espacio vacío que se encuentra justo debajo de la pantalla. Observo la delgada línea roja de un rayo láser que se desliza por el código de barras del dorso del carné. Entonces, el mensaje de la pantalla cambia.
BIENVENIDA, ADJOA. TIENES UNA RESERVA. DIRÍGETE AL PUNTO DE RECOGIDA.
Oigo un sonido chirriante sobre mi cabeza y, al levantar la mirada, veo que uno de los brazos cilíndricos está girando.
Se detiene de repente, por lo que el dedo retorcido al final del poste ahora señala hacia uno de los pasillos de baldas más cercano.
Al final de esa estantería, un farolillo de latón cobra vida y su luz ilumina un cartel que dice: POR AQUÍ PARA IR AL PUNTO DE RECOGIDA A .
Adjoa sonríe.
—A de Adjoa —dice, guardándose el carné, antes de girarse para mirar a los demás—. Bueno, ya sé adónde tengo que ir. Escanead también vuestro carné para ver si conseguimos alguna pista más.
Yo soy la que está más cerca de la máquina, pero, antes de poder preparar el carné, Oscar se me adelanta.
—Apártate —replica, dándome un empujón con el hombro mientras escanea su tarjeta—. Si necesitamos un maldito libro para conseguir la Respuesta, seré el primero en encontrarlo.
Un nuevo mensaje de bienvenida aparece en la pantalla, al mismo tiempo que, con un chirrido, otro brazo metálico sobre nuestras cabezas comienza a girar.
BIENVENIDO, OSCAR.
TIENES UNA RESERVA.
DIRÍGETE AL PUNTO DE RECOGIDA.
Cuando se detiene, el brazo señala en dirección contraria. Me giro y veo cómo un nuevo farol ilumina la entrada de otro largo pasillo de libros. Bajo su brillo, distingo unas palabras escritas en dorado: POR AQUÍ PARA IR AL PUNTO DE RECOGIDA O .
—Es justo por donde iba a ir antes —gruñe Oscar, lanzándome una mirada acusatoria—. Te dije que mi idea era buena.
Lo contemplo, sorprendida. Si no fuera por mí, Oscar nunca habría sabido siquiera que debía buscar un libro. Mientras sigo pensando en alguna respuesta sarcástica, Ibrahim y Min escanean, por turnos, sus carnés. El mensaje en la pantalla dice lo mismo en ambas ocasiones.
TIENES UNA RESERVA.
DIRÍGETE AL PUNTO DE RECOGIDA.
Los brazos metálicos se mueven con lentitud y le indican a Ibrahim que vaya por un camino distinto al de Min.
Entiendo en ese instante por qué he pensado en un primer momento que este punto de información era un indicador de direcciones.
Sus brazos cilíndricos señalan hacia las cuatro esquinas de la biblioteca.
Es como si la persona que hubiera hecho las reservas quisiera que nos separáramos.
—Vamos, Ami —me anima Adjoa—. Te toca a ti.
Coloco el carné en posición y observo cómo el láser atraviesa el código de barras. Luego, al levantar la mirada, veo el nuevo mensaje que aparece en la pantalla.
BIENVENIDA, AMI.
TIENES 129 864 880 LIbrOS
PENDIENTES DE DEVOLVER.
SE HA SUSPENDIDO TU CUENTA.
No puede ser verdad. Vuelvo a escanear el carné, creyendo que la máquina ha cometido alguna especie de error, pero el mensaje sigue siendo el mismo.
Al inclinarse sobre mi hombro, Adjoa deja escapar un suave silbido.
—Va a ser una multa monumental.
No lo entiendo. Nunca he estado en esta biblioteca, y mucho menos he cogido prestados millones de libros. Esto no tiene sentido. Es imposible.
Aparto la tarjeta del escáner y froto el código de barras con la manga. Quizá tenga una mota de polvo que esté volviendo loca a la máquina. La coloco de nuevo en el espacio vacío bajo la pantalla y observo cómo la fina línea roja del láser pasa de nuevo por el código de barras.
No cambia nada. El lector sigue pensando que he cogido prestados más de 129 millones de libros y me está diciendo que no los he devuelto.
—Bueno, no tengo tiempo para perdedores —dice Oscar, que empieza a caminar hacia las estanterías—. Debo encontrar la Respuesta. Volveré antes incluso de que averigüéis cuál es la pregunta.
Vemos cómo se aleja y va dejando tras de sí la huella de sus deportivas mientras se dirige hacia el pasillo de libros iluminado por el farol.
Min se gira hacia los demás.
—Oscar tiene razón —dice—. Debemos recoger nuestras reservas.
Ibrahim asiente, pero noto cómo me ruborizo. No es justo. Todos los demás tienen una misión, una reserva que deben recoger en algún punto de esta Biblioteca Universal, pero a mí me han suspendido la cuenta. ¿Cómo se supone que voy a encontrar la Respuesta si ni siquiera puedo jugar?
—No te preocupes, Ami —dice Adjoa al notar mi decepción—. Acompáñame. Me vendría bien algo de ayuda para orientarme por aquí.
Se le curva la boca en una sonrisa cuando asiento, agradecida.
Sé que solo lo dice para ser maja, pero no puedo evitar sentirme aliviada por no quedarme sola. Hay algo un poco espeluznante en esta biblioteca desierta.
—Quedamos aquí en cuanto encontremos nuestras reservas —propone Ibrahim, aún con el carné de la biblioteca en la mano—. Sé que Oscar piensa que va a encontrar la Respuesta por sí solo, pero debe de haber alguna razón por la que todos tenemos un carné propio.
Observo de nuevo el punto de información. El mensaje de que han suspendido mi cuenta sigue apareciendo en la pantalla. No sé cómo encaja esto en la teoría de Ibrahim. Quizá sea la forma que tiene el anfitrión de decirme que no le ha gustado mi manera de jugar.
Al levantar la cabeza, miro más allá, hacia donde el farolillo de latón ilumina el punto de recogida A. Mientras Ibrahim y Min echan a andar en direcciones opuestas, Adjoa y yo nos dirigimos hacia nuestro pasillo en esta vasta catedral de libros. Es hora de explorar la biblioteca.