Capítulo 5
No logro pensar. La visión se me tiñe de rojo mientras el estrépito de la sirena parece ahogar todo lo demás. Los otros permanecen ahí de pie, paralizados por la conmoción, excepto uno de ellos.
Ignorando el ruido incesante, Min comienza a devolver con cuidado las piezas de ajedrez dispersas a sus posiciones iniciales. Una vez más, los peones negros y blancos se alinean formando una hilera los unos ante los otros.
—¿Qué haces? —pregunto, con el corazón retumbándome en el pecho, mientras la bombilla sobre nuestras cabezas parpadea con su tono carmesí.
Min coge un caballo blanco del lugar donde ha caído y luego se inclina sobre el tablero para devolverlo a su casilla inicial.
—Debemos volver a enfrentarnos a él —dice, levantando los ojos para sostenerle la oscura mirada al jugador de ajedrez—. Dejaremos que nos gane y así todo esto se acabará.
Pero, cuando la última palabra escapa de los labios de Min, de repente deja caer el caballo en miniatura con un grito de alarma.
El tablero se está quemando y cada casilla cuadrada brilla ahora bajo una llama siseante.
No sé cómo ha podido ocurrir algo así. Debe de haber un hornillo escondido bajo el escritorio y alguien debe de haber encendido el gas.
Al cubrir parte del tablero, la túnica del jugador de ajedrez también prende y Min retrocede cuando las llamas le acarician la manga.
Rápidamente tiro de ella para alejarla del fuego justo cuando el autómata se incendia también.
Mientras se quema, oigo un chasquido mecánico. El jugador de ajedrez levanta un brazo para señalarme con un dedo enguantado. A través de las llamas, veo su rostro de cera, que comienza a derretirse, pero en sus ojos oscuros brilla una mirada triunfal.
—Jaque mate —dice, con una sonrisa que deja sus dientes al descubierto.
Miro a mi alrededor, desesperada por encontrar algo con lo que apagar el fuego.
Ibrahim entra en acción, tira de una sábana que cubría un montón de equipos informáticos antiguos y revela varias pantallas agrietadas.
Sin embargo, cuando la lanza hacia las llamas para apagarlas, se prende fuego y el incendio se extiende por la buhardilla con un chisporroteo repentino.
El calor abrasador es tan intenso que nos obliga a retroceder.
Muevo los ojos entre el rostro derretido del autómata y el mensaje que inunda todas las pantallas de ordenador.
SECUENCIA DE AUTODESTRUCCIÓN INICIADA 98… 97… 96… 95…
Mi mente va a toda velocidad mientras trato de entender qué ha salido mal. Es El Escape, debería ser una aventura, pero, a medida que la buhardilla va quemándose, deja de parecerme un juego.
Oigo cómo el jugador de ajedrez suelta una carcajada desde el corazón de las llamas.
Aún parece una especie de mago, pero este hechizo que acaba de lanzar nos va a llevar directos al infierno.
Se le ha caído el turbante enjoyado y el cráneo derretido ha quedado a la vista, pero en la perla negra enganchada a él sigue habiendo un brillo rojo.
Eso debe de significar que la cámara aún está grabando.
El anfitrión puede ver lo que está ocurriendo.
—¡Esto no va bien! —grito directamente al objetivo de la cámara—. Tienes que dejarnos salir de aquí.
Pero el jugador de ajedrez continúa sonriendo mientras las llamas lo consumen.
—Venga, Ami —grita Ibrahim, tirándome del brazo para alejarme.
Lo sigo reticente y me abro paso entre los montones de basura electrónica mientras el fuego se expande por todas partes.
Al otro lado de la buhardilla, Min está agachada sobre la trampilla. Veo las marcas chamuscadas en la manga de su cazadora vaquera mientras se esfuerza por abrirla.
—No hay nada que hacer —dice cuando cruzamos la mirada—. Sigue bloqueada. —Bajo la línea oscura de su flequillo, advierto que una pincelada de miedo le recorre el rostro—. Debemos haber pasado algo por alto.
La sirena sigue gritándome al oído mientras miro a mi alrededor, tratando de averiguar qué puede ser.
Las volutas de humo negro flotan hasta el techo y su sabor acre comienza a asfixiarme.
El extremo opuesto de la buhardilla parece ahora un infierno.
Unas radiantes llamas anaranjadas rozan los monitores de ordenador apilados, pero los números parpadeantes de las pantallas siguen con su cuenta atrás mientras el plástico burbujea y arde.
73… 72… 71… 70…
Al darle la espalda al incendio, que cada vez es más grande, veo que Adjoa está de pie frente a un robusto ordenador de sobremesa que parece haberse escapado de la década de los ochenta. Su pantalla verde muestra la misma cuenta atrás.
66… 65… 64… 63…
—¿Qué haces? —pregunto mientras ella aporrea con nerviosismo todas las teclas.
—Estoy intentando parar la cuenta atrás —dice, sobrevolando el teclado con los dedos sin detenerse—. Necesito hackear el código para encontrar una manera de entrar en el ordenador, pero de momento no funciona nada.
Estoy a punto de preguntar qué puedo hacer para ayudar cuando Oscar se coloca ante mí. Se apodera del ordenador y le arranca a Adjoa el teclado de las manos.
—No hay tiempo para encontrar una manera de entrar —grita mientras lanza todo el equipo al suelo—. Tenemos que buscar una forma de salir.
El monitor explota cuando aterriza.
—¡Idiota! —exclama Adjoa, girándose hacia él, enfadada—. ¿Qué estás haciendo?
—Lo que deberíamos haber hecho desde el principio —responde Oscar, aplastando con la deportiva el teclado del ordenador, que escupe teclas por todo el suelo—. Destrozar este sitio.
Lo miro, incrédula. Oscar parece pensar que hacer trizas las cosas nos ayudará a escapar, pero los números que siguen pasando por las infinitas pantallas de ordenador que hay tras él cuentan una historia distinta. A través de la neblina del humo, sigo la cuenta atrás.
49… 48… 47… 46…
¿Qué pasará cuando llegue a cero? Mientras Oscar y Adjoa siguen discutiendo, vuelvo a mirar el brillo abrasador del fuego.
Parece que está vivo. Las llamas crepitantes cubren el lugar del suelo al techo mientras devoran los montones de equipos informáticos.
Cada vez que respiro me arde la garganta y, al mismo tiempo, el humo se expande y me va ocultando de la vista el resto de la buhardilla.
Quiero huir, pero no hay ninguna salida.
—Debemos encontrar un extintor —chillo, gritando sobre las voces enfadadas de Oscar y Adjoa—. ¡Tenemos que apagar el fuego!
Cerca, la carcasa de color marrón nogal de un equipo informático vintage estalla en llamas de forma espontánea.
El repentino calor es tan intenso que debo darle la espalda.
Veo a Ibrahim rebuscando con la cabeza inclinada entre las cajas caídas llenas de artilugios tecnológicos.
Alambres y cables se extienden por el suelo y las placas de circuitos se van dispersando por él mientras busca algo con lo que salvarnos la vida.
—¡Mira! —grita, girándose hacia mí.
Confío desesperadamente en que haya encontrado un extintor, pero lo único que tiene en las manos es un aparato electrónico. Es una especie de videoconsola portátil, pero su carcasa de plástico gris no es demasiado llamativa.
—¿Qué es eso? —pregunto mientras Min se acerca también.
—¡Es un ajedrez electrónico! —dice Ibrahim, tendiéndome el aparato—. Y está jugando vuestra partida.
Dos grupos de botones de goma flanquean la pantalla LCD gris y verde, con el nombre de la consola portátil escrito sobre ella en desvaídas letras rojas.
e-AJEDREZ 2000
Al coger el dispositivo, veo cómo las piezas de ajedrez titilan en la pantalla pixelada.
Los movimientos que hacen me resultan extrañamente familiares.
Peón blanco a D4, peón negro a D5, caballo blanco a C3, peón negro se come al blanco.
Ibrahim tiene razón, es la misma partida que la que he jugado con el autómata cuando le he ganado, los movimientos que han hecho que la buhardilla se incendie.
De pie cerca de mi hombro, Min suelta un chillido de emoción.
—Puedes volver a jugar —dice mientras los caballos negros y blancos se desplazan por el tablero.
Asiento, con los ojos fijos en los controles del juego. ÚLTIMA PIEZA, ÚLTIMO MOVIMIENTO, SIGUIENTE PIEZA, SIGUIENTE MOVIMIENTO . Presiono la cruceta para intentar seleccionar la siguiente pieza.
—Pero esta vez me aseguraré de perder.
Deslizo el dedo hasta el botón de SIGUIENTE MOVIMIENTO e intento poner en juego al rey, pero, en lugar de eso, veo cómo mi alfil se desplaza por el tablero.
Es exactamente el mismo movimiento que he hecho hace un momento.
Presiono con más fuerza los botones, pero nada parece funcionar.
Es como si la consola no me dejara jugar.
Veo cómo las piezas blancas y negras parpadean en la pantalla y siguen movimientos preestablecidos.
Sé cómo va a terminar la partida y no puedo hacer nada para evitarlo.
—Es inútil —digo, levanto los ojos y me encuentro con la mirada a Min. Los suyos, oscuros, brillan con el mismo miedo que inunda los míos—. No me va a dejar cambiar el pasado.
Detrás de Min, una pila tambaleante de ordenadores se derrumba de forma estrepitosa.
Oscar sigue destrozando todo mientras Adjoa le grita para que se detenga.
El sudor inunda la frente de Ibrahim cuando observa, horrorizado, el muro sólido de llamas que se acerca a nosotros.
A través de las volutas de humo, veo que el plástico de las máquinas se está derritiendo, pero la imparable cuenta atrás sigue presente en todas las pantallas agrietadas.
33… 32… 31… 30…
No logro pensar. Ni respirar. Papá dijo que esto iba a ser un juego, pero parece que va a ser nuestro fin.
—Debe de haber algo que estamos pasando por alto —grita Ibrahim, levantando la voz sobre el rugido de las llamas—. No lo estamos entendiendo.
Miro el e- AJEDREZ 2000: la misma partida se repite una y otra vez.
Los controles del juego están a la derecha, pero, en la parte izquierda, junto a la pantalla, hay cuatro botones más: CONFIGURACIÓN, SHIFT, PISTA y ESC .
Ibrahim dice que estamos pasando algo por alto.
Solo necesitamos una pista para entender qué es.
Pulso el botón con la palabra PISTA y observo cómo un mensaje se desplaza por la pantalla LCD del juego.
ENCONTRAD LA RESPUESTA. SALVAD EL MUNDO. ENCONTRAD LA RESPUESTA. SALVAD EL MUNDO.
Mientras el mensaje continúa bajando por la pantalla, veo cómo las piezas blancas y negras se siguen moviendo por el tablero digital. El juego no se ha detenido y esta pista no sirve de ayuda. Ya sabemos que tenemos que salvar el mundo, pero ahora mismo solo necesitamos salvarnos a nosotros mismos.
—Sigue intentándolo —me anima Min mientras Oscar se dirige hacia la trampilla.
Vuelvo a pulsar el botón con el pulgar y observo cómo cambia el mensaje:
EL RELOJ NO DEJA DE AVANZAR. LA CUENTA ATRÁS HA COMENZADO.
Es lo mismo que nos dijo el anfitrión antes de entrar en esta habitación. Levanto la cabeza para contemplar el fuego que nos rodea y los números que siguen bajando por las pantallas derretidas mientras continúan con su cuenta atrás.
14… 13… 12… 11…
No queda tiempo. No hay ninguna salida.
—¡Ami! —grita Adjoa, agitada, sobre las llamas—. Haz algo.
Presiono de nuevo el botón de PISTA , pero el mensaje no cambia. Es como si el anfitrión se estuviera riendo de nosotros. Me devano los sesos, intento entender qué hacer a continuación, pero solo logro oír sus palabras, que me retumban en la cabeza.
«El reloj no deja de avanzar. La cuenta atrás ha comenzado. Todo forma parte del juego. Lo único que necesitáis para conseguirlo está escondido dentro de El Escape».
Oscar golpea la trampilla cerrada mientras los números continúan la cuenta atrás.
10… 9… 8… 7…
Estudio el ajedrez electrónico y paso los ojos por los botones en busca de aquello que estamos pasando por alto. Y entonces lo veo.
ESC .
Escape.
La respuesta me está mirando a los ojos. «Lo único que necesitáis para conseguirlo está escondido dentro de El Escape».
5… 4… 3… 2…
Pulso con fuerza el botón ESC. y siento cómo la goma se estruja bajo mi pulgar. De repente, el rugido de la sirena se detiene y oigo un fuerte ruido metálico y chirriante.
—Se ha abierto —anuncia Oscar a gritos, y levanta la puerta de la trampilla, al tiempo que oímos un sonido similar al de una enorme serpiente metálica que se arrastra por un pozo.
Todos nos apiñamos alrededor de la trampilla para mirar hacia la oscuridad mientras Oscar se deja caer por el hueco.
—Hay una escalera de mano —dice, y su cabeza y hombros se desvanecen conforme desciende.
Tan pronto como Oscar desaparece, Min lo sigue y oímos el repiqueteo de sus pasos mientras ella también desaparece. Ibrahim es el siguiente, seguido de cerca por Adjoa.
Miro a mi alrededor. Todo está ardiendo. Aún tengo en la mano el e- AJEDREZ 2000, con su pantalla LCD ahora congelada, en tablas.
—¡Vamos, Ami!
Al oír la voz de Adjoa, lanzo el ajedrez a las llamas. Entonces, antes de bajar por la escalera, tiro de la trampilla para cerrarla sobre mi cabeza y empiezo a descender hacia la oscuridad.