Escape Room Capítulo 4
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Capítulo 4

Se produce un gran alboroto cuando los demás corren hasta donde estoy yo. Mientras se apiñan alrededor del escritorio, ya se han olvidado de la discusión.

—¿Qué es esto? —pregunta Oscar. Golpea la mesa con los nudillos—. ¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

El hombre no se mueve. Tampoco cambia de expresión, solo mira al frente, sin pestañear.

—Es el jugador de ajedrez de Maelzel —dice Min, con los ojos oscuros brillantes por la emoción—. Es un autómata que se construyó hace más de doscientos cincuenta años.

Tan pronto como dice esto, suelto un suspiro de alivio. Al principio no sabía si ese hombre era real o no. Algunas de estas escape rooms usan actores para que el juego parezca más creíble, pero, a medida que lo miro con más atención, percibo el brillo de su piel de cera.

—¿Quieres decir que es un robot? —pregunta Adjoa.

—Más o menos —responde Min—. Un autómata era una máquina que lograba imitar las acciones de una criatura viva.

Había pájaros mecánicos y bailarines de cuerda, que fueron los primeros robots y llevaban a cabo movimientos repetitivos cada vez que se activaban, pero el jugador de ajedrez de Maelzel era distinto.

Su inventor aseguraba que su máquina podía ganar en una partida de ajedrez a cualquier jugador humano.

Con un zumbido y un repiqueteo, el hombre mueve despacio la cabeza de un lado a otro, al tiempo que estudia el tablero de ajedrez que tiene ante él con los ojos fijos.

Contengo el aliento, esperando ver qué va a hacer a continuación.

Levanta el brazo izquierdo con un movimiento tan repentino que doy un paso atrás, sorprendida.

Extiende los dedos y su mano desciende para coger el peón blanco que está justo delante del rey.

Avanza dos casillas con la pieza antes de posarla de nuevo.

Mientras su brazo regresa con rigidez a su posición inicial, entiendo lo que se supone que tenemos que hacer: jugar.

Me inclino sobre el tablero y deslizo rápidamente un peón negro una casilla hacia delante.

—Oye —se queja Oscar, levantando la voz para protestar—, ¿quién te ha dicho que puedes jugar contra el robot?

Clavo la mirada en él.

—Soy campeona de ajedrez —respondo, enseñándole un pin que llevo en el top. En ella aparece un caballo dorado, orgulloso, bajo la palabra GRAN MAESTRA —. ¿Quieres ganar esta partida o no?

Cierra el pico de golpe.

Fue papá quien me enseñó a jugar al ajedrez.

Solíamos enfrentarnos en partidas infinitas que a veces duraban días.

Lo que más me gusta del ajedrez es que hay que seguir unas reglas.

Los dos jugadores comienzan con el mismo número de piezas: ocho peones, dos torres, dos caballos, dos alfiles, una reina y un rey.

Y el objetivo del juego siempre es el mismo: atacar al rey de tu oponente hasta que no pueda escapar. Jaque mate.

Pero, para conseguirlo, hay que actuar con ingenio, buscando la mejor manera de atacar las piezas del oponente mientras defiendes las tuyas.

Es un juego en el que se necesita lógica, estrategia y habilidad, tres cualidades que se me dan bastante bien.

Por eso papá dejó de jugar conmigo al final, no paraba de ganarle.

El jugador de ajedrez vuelve a cobrar vida con un chirrido.

Estira el brazo izquierdo para coger otro peón.

A medida que los engranajes metálicos adoptan la posición adecuada con un clic, deja el peón al lado del primero, una hilera de soldados que avanza hacia mi ejército de piezas negras.

Sin embargo, antes incluso de que su brazo vuelva a la posición de descanso, deslizo otro de mis peones para colocarlo frente al suyo.

El hombre mecánico se detiene durante un segundo.

Le tiemblan los dedos mientras su mano revolotea sobre el tablero.

Creo que no esperaba que fuera a mover ficha tan rápido.

Su cabeza vuelve a deslizarse de un lado a otro con lentitud.

Parece que esté pensando, pero creo que solo está actuando.

Entonces estira el brazo de golpe para coger un caballo y ponerlo en juego.

Es lo que me imaginaba que iba a hacer. Me como su peón. Primer punto a mi favor.

—Buena jugada —dice Adjoa cuando dejo el peón capturado sobre el escritorio.

Sonrío, pero, antes de que pueda sentirme demasiado satisfecha conmigo misma, el autómata vuelve al ataque.

Con un zumbido chasqueante veo cómo coge con la mano enguantada el mismo caballo. En esta ocasión lo hace avanzar de lado para comerse a mi peón.

—Sí —dice Oscar, dándome una palmadita en la espalda mientras el hombre coloca mi pieza de ajedrez en su lado del escritorio—. Buena jugada, campeona.

Lo ignoro y me centro en el tablero frente a mí.

Cuando juegas al ajedrez, hay que mirar al frente para averiguar los movimientos que puedes realizar para mejorar tu posición.

Hay sesenta y cuatro casillas en el tablero, por lo que existen demasiadas posibilidades.

Lo que tengo que hacer ahora es elegir la correcta.

Estiro la mano y muevo hacia delante uno de los caballos, pero, cuando el hombre me imita con su chirriante mecanismo, muevo también el otro.

—No sé si esto es lo que deberíamos estar haciendo —me susurra Min al oído, nerviosa.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, intentando no distraerme cuando el hombre mecánico desliza el alfil para ponerlo en juego.

—El jugador de ajedrez de Maelzel resultó ser una estafa —responde Min—. No era una máquina de verdad. Cada vez que jugaba al ajedrez, había alguien entre bambalinas que decidía los movimientos.

—¿Te refieres a que era igual que El mago de Oz ? —pregunta Adjoa—. Me encanta esa película. —Junta los talones de sus deportivas de color verde fosforito—. «Se está mejor en casa que en ningún sitio».

Con los ojos fijos en el tablero, muevo una casilla el peón que está frente a mi rey. Todo va según lo planeado. La estrategia toma forma en mi cabeza.

—Exacto —continúa Min mientras el jugador de ajedrez mueve su segundo caballo—. Solo cuando Dorothy desenmascara al auténtico mago puede volver a casa. A lo mejor es eso lo que necesitamos hacer para encontrar la Respuesta. Debemos desenmascarar a la persona que está controlando la máquina.

La escucho a medias, pues centro toda mi atención en el juego. Veo cómo los movimientos que debo hacer se desarrollan uno tras otro. Desplazo el peón para que ataque a su primer caballo.

El jugador de ajedrez cobra vida una vez más con un chirrido y coge el caballo con la mano izquierda. Cuando sus engranajes sueltan un chasquido, lo mueve en diagonal hacia la derecha para matar a otro de mis peones.

—Va ganando él —dice Oscar.

Niego con la cabeza mientras pongo a la reina en juego.

—No creo.

Bajo el turbante, el jugador de ajedrez mueve sus ojos sin vida. Si alguien lo está controlando como si fuera una marioneta, parece que no sabe qué hacer a continuación.

Despacio, con sacudidas tensas, estira el brazo izquierdo para mover primero al rey y luego a la torre, enrocando ambas piezas. Una jugada defensiva, pero no puede defender nada.

Sonriente, desplazo uno de los peones hacia delante para atacar a su caballo. Tengo ventaja.

Miro a mi alrededor, esperando felicitaciones, pero los demás están mucho más interesados en lo que está haciendo Min agachada ante el escritorio.

—El operador solía estar dentro —dice, inspeccionando las puertas y los cajones que esconden su interior—. Solo necesitamos abrirlos de alguna manera.

—He encontrado esto —anuncia Ibrahim, sosteniendo en alto una pequeña llave plateada—. No entra en el cierre de la trampilla, pero quizá aquí sí.

Se oye un chirrido metálico cuando el jugador de ajedrez niega despacio con la cabeza, como si nos estuviera aconsejando que no sigamos con lo que estamos a punto de hacer.

Min prueba la llave en la cerradura de la parte frontal del escritorio y vuelvo a oír el mismo sonido.

—¡Funciona! —exclama Min, levantando la cabeza con una sonrisa—. Veamos quién es el mago en realidad.

Todos nos apiñamos a su alrededor cuando abre la puerta doble y revela lo que se oculta dentro del escritorio.

Allí no hay nada, ni engranajes ni mecanismos metálicos ni maquinaria oculta.

Tampoco hay rastro del titiritero que está controlando las cuerdas del jugador de ajedrez.

El hueco bajo el escritorio está totalmente vacío.

Lo único que veo a través de una rejilla en la parte trasera es la túnica de color rojo fuego del autómata.

—No lo entiendo —dice Min.

Un zumbido me empuja a mirar al jugador de ajedrez de nuevo. Vuelve a estirar el brazo y cierra los dedos sobre el alfil antes de moverlo en diagonal para atacar a mi rey. Cuando coloca la pieza, oigo una única palabra que se le escapa de los labios:

—Jaque.

Su voz parece extrañamente humana mientras contemplo, desconcertada, el tablero. No lo he visto venir. Ni siquiera sabía que estaba en peligro. Me inclino hacia delante para mover rápidamente al rey y dejar de estar en jaque.

El chirrido de la maquinaria se reanuda de nuevo y observo cómo el hombre pone en juego el segundo alfil. Lo miro a los ojos y el brillo de las facciones de cera centellea en la penumbra. ¿De verdad estamos seguros de que no es real?

Aturdida, muevo uno de mis peones dos casillas hacia delante. Se puede hacer esto si es el primer movimiento de un peón, aunque a papá se le suele olvidar y me acusa de hacer trampas.

El autómata también mueve un peón y me pone en peligro. Todos se ponen a hablar a la vez, ofreciendo consejos y sugiriendo tácticas, pero necesito pensar. Muevo el alfil en diagonal una casilla para ganar tiempo.

El chirrido metálico comienza de nuevo, pero sé que no hay maquinaria alguna que haga ese sonido.

Es falso, como ha dicho Min, un truco para distraernos.

El brazo del jugador de ajedrez se mueve con lentitud y rigidez sobre el tablero para desplazar la torre una casilla a la izquierda.

Pero ¿y si el truco está en hacernos pensar que no es real?

No hay ningún mago que desenmascarar, solo una máquina, lo que significa que tengo que vencerla.

Muevo el caballo para atacar al alfil y veo cómo lo coloca fuera de mi alcance.

Muevo el rey. Se come mi peón, pero, a cambio, mato el suyo.

Todos se quedan en silencio mientras observan cómo se desarrolla la partida.

Las piezas de ajedrez bailan por el tablero: la reina, el alfil, otro alfil, la torre… Y entonces todo sale mal.

De la nada, su torre cruza el tablero para matar a mi reina. Sorprendida, contemplo cómo, con la mano enguantada, desliza mi pieza por el borde del tablero, que cae con un golpe seco en su lado del escritorio. Ahora estoy en un grave aprieto.

La reina es la pieza más poderosa del juego. Puede moverse por todo el tablero, en todas las direcciones y el número de casillas que se desee. Si pierdes a la reina, ganar se vuelve mucho más difícil.

Llena de frustración, muevo al alfil para comerme a su torre, pero la venganza no me hace sentir mejor. Con un chirrido empuja hacia delante otro peón blanco. El jugador de ajedrez está sometiendo a mis piezas a un ataque implacable.

Deslizo los peones hacia delante, pero con cada movimiento siento que estoy retrasando lo inevitable. Me va a ganar la máquina.

Entonces, Oscar se inclina sobre mí. Coge uno de los caballos negros y lo mueve dos casillas para matar a la reina del jugador de ajedrez.

—¿Qué haces? —le pregunto cuando coloca la pieza robada en mi lado del tablero—. Los caballos solo se pueden mover en L, no hacia delante.

—Hagamos trampas —dice, dedicándole un guiño a mi oponente—. Este viejo robot no se va a enterar.

Con un chasquido metálico, el jugador de ajedrez niega con brusquedad con la cabeza. Da tres golpes en el escritorio con la mano derecha enguantada y estira la izquierda para coger a su reina blanca y colocarla en la posición en la que estaba antes de que se la arrebatásemos.

—Creo que sí.

Entonces, el jugador de ajedrez hace un movimiento amenazador con la torre.

No sé qué hacer y voy moviendo las piezas por todo el tablero para reaccionar a sus insistentes ataques.

Me parece que me estoy quedando sin tiempo, sus movimientos recuerdan al tictac de un reloj.

Contemplo las piezas que quedan en el tablero buscando una manera de ganar.

Cerca de la esquina más alejada, un solitario peón negro está a punto de llegar al otro lado. Y, al mirarlo, lo recuerdo. El peón quizá sea la pieza más débil de todo el juego, pero, cuando llega al final del tablero, puede sustituirse.

Avanzo una casilla con el peón y, tras repetir la acción una vez más, corono y lo reemplazo por mi reina. Con una sonrisa, hago un gesto con la cabeza hacia la esquina opuesta, donde el rey blanco está ahora atrapado, indefenso.

—Jaque mate.

Con un chasquido chirriante, el hombre mueve la cabeza de un lado a otro y estudia el tablero ante él con sus ojos de color gris oscuro. No tiene escapatoria. No puede hacer ningún movimiento para evitar el jaque mate. Hemos ganado.

Levanta el brazo derecho y, por un segundo, creo que me va a ofrecer un apretón de manos. Pero, entonces, enfadado, dibuja un arco con el brazo sobre el tablero y derriba todas las piezas, que salen volando. Sobre nosotros, las luces se tornan rojas cuando se activa una sirena.

—¡Ami! —grita Adjoa—. ¿Qué está pasando?

Estudio la buhardilla, donde todas las pantallas de ordenador apagadas han cobrado vida con un parpadeo. Hileras de letras y números cruzan los monitores, y empiezan a repetir el mismo mensaje una y otra vez.

SECUENCIA DE AUTODESTRUCCIÓN INICIADA

Entonces, los números comienzan una cuenta atrás. Me giro hacia los demás con los ojos como platos por el miedo.

—Creo que no debíamos ganar.