Capítulo 3
Respiro hondo, entornando los ojos para ver algo en la oscuridad absoluta que me rodea. Oigo ruidos en las tinieblas, como el crujido de los tablones del suelo o un golpe pesado, similar al de una puerta al cerrarse.
Nunca le he tenido miedo a la oscuridad, pero me siento aliviada cuando la luz por fin cobra vida e inunda el espacio de un cálido brillo amarillo.
Nos encontramos en lo que parece una buhardilla.
Una bombilla desnuda cuelga del techo e ilumina un tejado en pendiente y paredes de yeso blanco cubiertas de telarañas.
Entre ellas hay montones de equipos electrónicos apilados allí donde miro: aparatos informáticos antiguos, teclados, monitores y torres de ordenador.
Una hilera de cables de cinta multicolor zigzaguea desde el interior de una bolsa negra de basura, al lado de otra que parece llena de CD y DVD, cuyos discos plateados se han derramado por el suelo.
Hay viejas cajas de embalaje y de cartón por todas partes, repletas de más objetos tecnológicos.
Además, todo está cubierto por una gruesa capa de polvo. Parece el lugar al que van a morir los viejos ordenadores.
Adjoa y Oscar ya están rebuscando entre los montones, y este último no deja de pulsar todos los botones que encuentra.
—Estos trastos son muy antiguos —dice Adjoa, agachándose para leer los nombres grabados en las carcasas de plástico—. A LTAIR 8800 , A CORN A TOM , C OMMODORE 64 … No son ordenadores, son reliquias.
—Por eso no funcionan —gruñe Oscar, presionando el interruptor de encendido de un grueso monitor. Sin embargo, la pantalla, que parece una caja, permanece en negro—. Solo es basura electrónica.
Al mirar a mi alrededor, trato de encontrar la puerta por la que hemos entrado.
No hay rastro de ella bajo el alero que hay a nuestras espaldas, solo una pared de ladrillo desnudo.
Al volver a girarme, centro los ojos más allá de los montones de cachivaches electrónicos para estudiar la oscuridad en el extremo más alejado de la buhardilla, pero solo logro vislumbrar un viejo sillón con el respaldo girado hacia mí.
Por allí tampoco hay ninguna puerta. Y, de todas maneras, no hemos entrado por ahí.
La única puerta que veo es una trampilla en el centro de la sala. Ibrahim ya está agachado sobre ella, girando el cierre para intentar abrirla. Niega despacio con la cabeza.
—Está cerrada.
A mi lado, Min garabatea en la libreta.
—Una única vía de escape visible —musita—. Cerrada.
—No os preocupéis —digo, estirando la mano para ayudar a Ibrahim a ponerse en pie—. Así funcionan estos juegos. Debemos resolver los acertijos para encontrar la salida.
—¿Qué acertijos? —resopla Oscar, rompiendo una caja de cartón para mirar el contenido de su interior antes de lanzarla hacia un lado—. Esto no es una escape room , parece más bien un mercadillo.
Una avalancha de cintas de casete se desliza por la abertura que le ha hecho a la caja y cae al suelo con un repiqueteo de plástico.
—Todo forma parte del juego —dice Min, levantando la mirada de la libreta—. Solo debemos descubrir qué tenemos que hacer.
Vuelvo a observar la buhardilla. Bajo la luz, las CPU amarillentas y las pantallas apagadas de ordenador me devuelven la mirada como si fueran lápidas.
No quiero darle la razón, pero no puedo evitar sentir que Oscar está en lo cierto.
¿Cómo vamos a averiguar lo que necesitamos hacer si no funciona nada?
Ibrahim coge el extremo del cable de uno de los ordenadores.
—A lo mejor tenemos que conectarlo a algún sitio.
Oscar lo fulmina con la mirada.
—Encuentra el enchufe, salva el mundo —dice con una voz que rezuma sarcasmo—. Sí, seguro que funcionará.
Adjoa se gira hacia él, enfadada.
—Bueno, ¿se te ocurre alguna idea mejor? —pregunta, amenazándolo con el dedo—. Todas estas cosas deben de estar aquí por alguna razón. Si conseguimos que funcionen, quizá nos den alguna pista.
—Tenemos que poner este sitio patas arriba —contesta Oscar—. Si hay alguna pista escondida entre los montones de basura, esa será la única manera de encontrarla.
Adjoa entorna los ojos.
—Es la idea más tonta que he oído nunca.
—Veamos si podemos…
—¿Y si…?
—Dadme el…
Todos empiezan a hablar a la vez. Los observo, incrédula, pasando la mirada de Oscar a Adjoa antes de centrarla en Ibrahim y, luego, en Min. Sus voces se vuelven cada vez más fuertes a medida que intentan hacerse oír.
Este es mi equipo. Se supone que debemos trabajar juntos para encontrar la Respuesta.
No tenemos la menor posibilidad.
Les doy la espalda. Papá dijo que este juego iba a ser divertido, pero de momento solo ha conseguido provocarme dolor de cabeza.
Entonces, por encima de la discusión, capto un ruido extraño que apenas alcanzo a oír. Es un chasquido metálico, como si una llave estuviera girando en una cerradura. Miro hacia la trampilla, pero el ruido no procede de ahí.
—Eh —digo, intentando que todos me presten atención—, ¿no oís eso?
Nadie escucha nada que no sea su propia voz. Vuelvo a percibir ese chasquido y miro a mi alrededor, tratando de entender de dónde procede exactamente.
Al principio pensaba que provenía de uno de los ordenadores, pero, a medida que me abro paso entre los montones de artilugios desfasados, me doy cuenta de que el sonido viene del extremo más alejado de la buhardilla.
Estudio la oscuridad, incapaz de ver nada más allá del respaldo alto del ancho sillón.
Avanzo hasta él. Diminutas moléculas de polvo bailan ante mis ojos y las sombras se alargan a mi alrededor ahora que tapo la luz.
El sonido se vuelve cada vez más intenso, como unos dientes metálicos que rozaran contra una rueda giratoria.
Me estremezco y la discusión a mis espaldas se desvanece cuando me centro en descubrir qué está haciendo ese ruido.
Entonces lo veo: un hombre está sentado, inmóvil, en el sillón.
No, no del todo inmóvil. Está tamborileando con los dedos de la mano derecha, cubierta por un guante blanco, sobre el escritorio ante el que se encuentra.
El repiqueteo rítmico se me cuela en la mente.
En el centro del escritorio hay un tablero de ajedrez, dispuesto para empezar una partida.
El corazón me da un vuelco cuando, al levantar la mirada, me encuentro con la del hombre.
Sus ojos de color gris oscuro se centran en los míos.
Parece una especie de mago salido de un viejo cuento de hadas.
Viste una túnica de color rojo fuego, con el cuello y las mangas adornadas con pelo.
Además, tiene una barba negra y puntiaguda, con una expresión severa en el rostro.
Entre sus facciones oscuras percibo un ceño fruncido bajo el turbante, adornado con una piedra preciosa que capta mi atención.
Parece una perla negra incrustada en la parte delantera del turbante, con un radiante punto rojo en el centro. Recuerdo la cámara que vi en el exterior de El Escape y las palabras del anfitrión retumban en mi mente. «Controlaré todos vuestros movimientos».
Ahora mismo me está observando.
El hombre deja de tamborilear con los dedos y el silencio que se produce a continuación es incluso peor.
—¡Ami! —exclama Adjoa desde el otro extremo de la buhardilla—. ¿Qué has encontrado?
—Creo que tienes que ver esto —respondo con los ojos fijos en la cámara—. Todos vosotros, de hecho.